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Cinco sueños con escritores argentinos, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 27 de noviembre, 2011

Una tarde en Boğazcale, un pequeño pueblo al este de Ankara, en Turquía, estuve un par de horas estudiando la venta de gallinas mientras esperaba mi autobús. Un camión se había detenido frente al sitio de donde debía partir; tenía unas doscientas jaulas y en cada una de ellas había una gallina. Su conductor era un hombre moreno que llevaba una camiseta blanca y negociaba los precios con sus clientes; cuando el precio había sido acordado ya, el hombre sacaba a las gallinas de sus jaulas y, fuera de la vista de los clientes, pero precisamente frente al sitio donde yo me encontraba, les hacía un tajo bajo cada ala y uno bajo el cuello y las dejaba allí. Yo había leído en algún sitio que de esta forma el animal no sentía ningún dolor, y quizás fuera realmente así porque las gallinas parecían no percibir siquiera el charco de sangre que se formaba a su alrededor y se unía un poco más allá a un río rojo que corría desde los bajos del camión hasta la esquina y luego se perdía de vista; en algún momento cerraban los ojos y su cuello caía a un costado y el conductor del camión regresaba a recogerlas y las entregaba a los compradores, que se marchaban llevándolas cogidas de las patas mientras sus cabezas bailaban al final del cuello como los signos de interrogación de una pregunta nunca formulada.

Ya en el autobús, esa noche, soñé que las gallinas eran los escritores argentinos, todos ellos, los que habían sido y los que eran y los que serían, y que yo veía cómo morían y bajo sus pies se formaba un charco de sangre que en lugar de correr en dirección a la esquina empezaba a correr en dirección a mí: desperté cuando me tocaba. Me lavé la cara en la siguiente estación de autobuses y, mientras bebía un té, estuve pensando en ese sueño y en otros sueños que había tenido y que trataban del mismo asunto.

Yo había soñado que iba a una librería y le decía al dependiente que quería devolver todos los libros de escritores argentinos que había comprado allí, excepto los de Juan Rodolfo Wilcock; el vendedor me preguntaba por qué no quería devolver también esos y yo pensaba que los libreros de Argentina venían cada día peor.

Soñé que había un escritor argentino que tenía el dibujo de la planta de un pie en la planta de un pie y por eso era el diablo.

Soñé que César Aira echaba vitaminas en mi vaso.

Soñé que encontraba a Henry James, que me decía: «El problema con muchos editores argentinos es que su trabajo puede hacerlo cualquier secretaria y sus jefes se han dado cuenta». Yo no sabía qué responder; le preguntaba: «Mister James, how can I use the third person as you did?», pero de inmediato recordaba que Henry James me había hablado en español y me sentía un imbécil; James me miraba a su vez con una profunda decepción y yo pensaba que estaba reprochándome no haber entendido, aunque no sabía si lo que debía entender era el funcionamiento de la edición en Argentina o algo más importante, la vida o algo así.

Soñé que estaba caminando por Buenos Aires cuando unos turistas se me acercaban y me preguntaban si conocía un bar llamado «Didion». Yo les respondía que no y ellos me decían que estaba en la calle Talcahuano, en el barrio de «Arenales» y yo les preguntaba si aparecía en sus guías de viaje, pero ellos decían que no y agregaban que el bar aparecía en «la última novela de Rodrigo Fresán». Yo, que no había leído el libro, me sentía apenado.

Soñé que estaba escribiendo cuando descubría que tenía insectos en los bolsillos; no sabía cómo habían llegado allí, y trataba de que nadie los viera, pero los insectos comenzaban a salir de mis bolsillos y yo pensaba que eso era finalmente lo que me hacía un escritor y no la desesperación y el miedo, y los dejaba salir, huir de mis bolsillos contra mi voluntad y mi paciencia y ahogarse en el río de sangre en el que (en un sueño que no había tenido aún pero que tendría) se ahogaban los escritores argentinos, los que fueron y los que son y los que serán y (pero esto sólo lo entendí en aquella estación de autobuses turca, esa noche) yo mismo, que me ahogaba con ellos.

Patricio Pron 

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