Actualidad

Exiliados, ciudades; por Santiago Gamboa

Por Santiago Gamboa | 7 de noviembre, 2011

El exilio es uno de los nombres del viaje. Si el exilio es forzado se convierte en un viaje triste, en una suerte de condena, porque ser un exiliado, en el fondo, es ser alguien mutilado. Sólo algunos han tenido la suerte de transformar ese sentimiento en algo perdurable. El poeta turco Nizam Hikmet, por ejemplo, nunca pudo regresar a Estambul, su ciudad, y por eso el exilio fue uno de los motores de su poesía. Como una llama, siempre encendida dentro de él. Podía sentirse cómodo en otros lugares, amar en otros lugares, pero era un hombre mutilado. Sobre esto escribió versos memorables, como este que dice:

“Entré a Sofía un día de primavera, bella mía.
La ciudad en la que naciste huele a tilos florecidos.
Y todos me dieron la bienvenida.
La ciudad en la que naciste es hoy para mí la casa de un hermano.
Pero uno no olvida nunca su propia casa,
ni siquiera en la casa del hermano.
Duro oficio es el exilio, muy duro”.

Las ciudades que reciben al exiliado abren sus brazos, pero todo es muy triste. El exiliado no camina por la ciudad real sino por la que lleva adentro, y cruza calles, entra a cafeterías, se detiene por un rato en la fila de un cine, enciende un cigarrillo al lado de un puente, pero en realidad no está ahí. El exilio convierte las ciudades en espacios invisibles.

Espacios, eso sí, llenos de historias.

Me contaron de una pareja de cubanos que, después de mil aventuras y angustias para salir de la isla, logró reunirse en la ciudad de Gotemburgo, Suecia. De todas las ciudades tristes del norte de Europa, Gotemburgo puede ser la más triste y la más fría. Más o menos un mes después de llegar, una tarde, los cubanos vieron el anuncio de un concurso de baile de salsa. Aún no hablaban sueco, pero entendieron lo esencial y fueron a inscribirse, seguros de que ganarían y que podrían ajustarse un dinero extra. La noche del concurso la cosa no pintó nada fácil. Los suecos también sabían bailar y había otros latinoamericanos. La pareja sudó, hizo sus mejores pasos, y, después de una reñida final, lograron ganar el primer premio. Se abrazaron de alegría y subieron al escenario, pero se llevaron una sorpresa. El primer premio era una estadía de una semana en Cuba.

A principios de los 90, en París, conocí a muchos exiliados. Sobre todo políticos y económicos, dos formas muy parecidas de lo mismo porque en ambas la posibilidad de volver era un sueño imposible. Sus casas, apartamentos pobres de periferia, eran verdaderos templos de la nostalgia, al punto que llegué a convencerme de que ellos, en el fondo, eran los verdaderos colombianos. O incluso: los verdaderos latinoamericanos, pues había de todas partes. Esas casas parecían agencias de turismo, llenas de afiches del país, artesanías del país, música y libros del país. En sus reuniones, además de bailar la música propia y comentar la actualidad desde todos los ángulos posibles, se discutían también las recetas y todos sabían dónde conseguir la yuca y la hoja de guasca para el ajiaco o los mil tipos de sancocho.

Eran los perfectos latinoamericanos, pero es duro el oficio del exilio en el que hoy tantos, colombianos o venezolanos (escribo esto en Caracas), deben vivir.

Santiago Gamboa 

Comentarios (4)

reyna
7 de noviembre, 2011

No es conigo…y me diliio ( no puedo acentuar con este equipo) Me dolio porque conoci muy de cerca alos exilados politicos argentinos en Mexico a principios de los setenta. El tercer parrafo es exacto. Los vi de esa manera infinidd de veces…Me contagiaron su nostalgia. Enferme y regrese a caracas, al aroma del cafe con leche…

Corina Michelena
8 de noviembre, 2011

¡Hermoso!

Fina Weitz
9 de noviembre, 2011

Ciudadano del Mundo como Cortazar,brillante¡

Daniel Requeijo
11 de noviembre, 2011

Cuando por cualquier razón abandonas tu paíste, te comviertes en una hoja de papel en blanco y la vida debes comenzar a escribirla de nuevo. Somos ciudadanos del mundo pero el terruño sigue siendo un iman que nos señala el origen.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.