Artes

Cadáver exquisito (extracto), por Norberto José Olivar

Norberto José Olivar, con su novela Cadáver Exquisito, fue finalista del Premio Rómulo Gallegos 2011

Por Norberto José Olivar | 5 de junio, 2011

El cielo tormentoso de agosto

Casi el único recuerdo que guardo del poeta luciferino, Hesnor Rivera, se remonta a un día, no sé de qué mes, de 1984. Tenía yo veinte años y estaba en ars Gráfica observando cómo Lilia diagramaba unos poemas míos con los que pretendía convertirme, de un día para otro, en el bardo más formidable de la ciudad. Estaba seguro —quién no con veinte años— de que mis musas no tenían parangón en la historiografía de las letras locales. Era una especie de Juan García Madero maracucho, pero claro, aún no sabía quién era Juan García Madero ni de su militancia fanática en el realismo visceral. Pero ahí estaba, a punto de provocar un Big Bang literario en esta chamuscada playa en la que vivo.

Les cuento que se abrió la puerta de la imprenta, y el poeta Hesnor Rivera cruzó el dintel como si cabalgara sobre el espinazo de un demonio. Llegó embutido en un paltó gris, con un pañuelito rojo apenas asomado en el bolsillo superior izquierdo y un escudito dora- do —por sus años de profe universitario— en la solapa derecha.

Se detuvo frente a nosotros con aires de virrey y dejó ver su sonrisa tensa y pulcra. Los dientes eran de una simetría tan perfecta que deduje se trataba de una costosa plancha confeccionada por el señor Rafael Villalobos, el más cotizado de los técnicos dentales en las ruinas de El Saladillo.

Con modos afectados besó a Lilia en ambas manos y dijo, con la precisión de quien habla frente a un micrófono: mi querida Lilia, tan bella como siempre, provocando en la pobre un rubor infantil inocultable.

El poeta me saludó con una ligera reverencia y, sin decir nada, pasó directo a la oficina del gerente general a tertuliar. Luego iría al supermercado a comprar unas cervezas y de bajada a su casa recalaría en El Emporio del Libro, una venta de viejo donde podía narrar sus anécdotas sin que nadie bostezara ni por accidente.

No era ni muy alto ni muy bajo. Sus carnes lucían un moreno amostazado raro, pero en ninguna forma desagradable, de hecho, los chismes en los corrillos literarios perjuran que era uno de los ganchos más infalibles a la hora de las conquistas clandestinas, sobre todo en sus pateadas mundanas por el Viejo Mundo o por los bares del sur.

Su pelo, más blanco que negro, cuidadosamente peinado hacia atrás, dejaba al descubierto unas amplísimas entradas que le daban una pinta más de leguleyo que de juglar. Llevaba un bigote también repleto de canas y recortado con meticulosidad. Recuerdo que Lilia dijo, entre pucheros, que le encantaban los olores del poeta, sin adivinar que el perfume que se aplicaba, el objeto de su admiración, era la popular colonia para niños Johnson & Johnson. Nadie descubrió nunca el misterio de sus fragancias. Y las orejas, grandes, flácidas y vistosas, las afeitaba con una enfermiza dedicación.

Lo que más me impresionó de ese fugaz encuentro fue su voz: profunda, tenebrosa, sensual, capaz de seducir a la mujer más complicada y mandar al carajo a cualquiera de sus detractores con la misma contundencia. Voz de macho vernáculo, decía Lilia con la resignación que transpiran las solteronas maduritas y sin crías.

Digo ahora que la primera noticia que tuve de Hesnor Rivera es de 1978, cuando mi tío Luis Alberto, trajeado con un safari beige y zapatos de patente color vino, apareció en casa y dejó un ejemplar de El visitante solo. El libro estaba ilustrado por Francisco Bellorín, tenía tapas duras y una cubierta falsa de una elegancia tremenda. Daba gusto acariciar el papel satinado de la tripa y cogerlo entre las manos. Después de aquel manoseo voluptuoso me tumbé en la cama a leer: Atiendo de memoria al visitante/ que me veo ser ciertas mañanas/ del porvenir desde ahora perdido…

Pasadas ciento diecisiete páginas cerré El visitante embargado por una extraña intranquilidad. Volví a tocar la tapa del libro imaginan- do que el autor no era Hesnor Rivera sino yo. Vi mi nombre impreso en aquella magnífica tipografía y dije, con la obstinación irrebatible de un adolescente, que sería poeta. Decidido, la perturbación que me corría por la sangre no amainó en lo más mínimo, por el contrario, tuve que instalarme en el pequeño escritorio donde hacía mis deberes escolares y comenzar a escribir un poema que recuerdo muy extenso y, en palabras de Oscar Wilde, empelotado con la virtud de todos los vicios.

Debo decir que antes de que mi primigenia obra poética desapareciera sin dejar rastro, la mostré sobreponiéndome a la vergüenza, a mi profesor de Castellano, Sixto Ferrer, a quien llamaban, si no me equivoco, «punto y coma» por una cojera congénita que no le dejaba caminar como a cualquier homo sapiens. ¡Muy bueno!, exclamó simulando un interés real en el asunto delante de sus otros colegas que ve- getaban en el Salón de Profesores, provocando que voltearan a mirar con sus gestos amargados y soñolientos. Me sentí puesto en evidencia y desde ese día me carcome un odio exacerbado por el impertinente cojo; bien dicen que para guardar un secreto entre dos lo mejor es que el otro esté muerto.

Cogí el poema, lo doblé —las manos me temblaban— y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón de caqui, pero antes de que pudiera salir, el traicionero cojo dijo, tronando, que enviara el poema al diario Panorama a ver si lo publicaban en la sección de Artes y Letras, ¡mándalo a la atención del subdirector del periódico que es el poeta Hesnor Rivera! Al escuchar esa noticia quedé pasmado en la puerta, ni entraba ni salía, el aire acondicionado se estaba escapando por mi perplejidad, supongo que por eso el feo cojo de Castellano hizo adiós con la mano para que entendiera que debía retirarme.

Hecho lo que dijo, compré el periódico todos los días, por varios meses, hasta que en- tendí que mi poema jamás aparecería y acabe por olvidarlo. Desde ese día también odié furibundamente a Hesnor Rivera, quizás eso explique por qué nunca me esforcé por conocerlo. Era un patán que se sentía amenazado por un gurrumino de catorce años. Y creo que tenía toda la razón, yo habría hecho lo mismo.

Mi librito fue impreso y titulado, pomposamente, Balada para una ciudad maldita; constaba de cincuenta versos libres —porque después de varios intentos no pude escribir ni un solo soneto—, y estos versos terminaron en un agujero negro. Ni un comentario en los dos periódicos de la ciudad, apenas unas palabritas alentadoras, corteses, de mis compañeros del taller literario Octavio Paz que dirigía el doctor Luis Guillermo Hernández, de resto, puro silencio; ni Rosa —mi novia de por esos días— tuvo la delicadeza de felicitarme. La verdad, fue un libro invisible.

Tenía veinte años y era un fracasado. Los grandes hombres triunfan a los veinte: Marco Polo, con diecisiete años, hizo su primer viaje a llevar un recado del Papa a Kublai Khan; Darwin se embarca en el Beagle a los veintidós y comienza a escribir el diario que poco después le daría fama y prestigio; Newton, también a los veintidós, desarrolla su cálculo de fluxiones. Sin ir muy lejos, Rick Porcello, de veinte años, de los Tigres de Detroit, tiró un juegazo sin hit ni carreras en apenas setenta y siete lanzamientos. Adolf Hitler, a los veinticinco, se alistó en el ejército alemán, ascendió a cabo, lo condecoraron varias veces y ganó la Cruz de Hierro. A George Bush, padre, y con éste cierro la lista, le impusieron la Cruz del Vuelo Distinguido a los veintiuno por sus certeros bombazos durante la Segunda Guerra. Y yo, a los veinte, ¿qué había hecho?: ¡nada!, imprimir mil ejemplares de Balada para una ciudad mal- dita de los que vendí once. Y un buen día, de tanto ver los paquetes arrumados en mi cuarto, los quemé uno a uno. Sólo guardé una copia y la enterré en el fondo de alguna gaveta, pero no consigo olvidarla, que es lo mismo que recordar que nunca, en esta vida maldita, podré ser un poeta genuino.

¡Toma, mira este periódico!, para que recuerdes que estamos en otro mundo: «Ancianos de una tribu matan a un aborigen con sus cantos»

Perdido el paraíso, C. N.

El día que Hesnor cumplió veintiún años, dijo a doña Hilaria que tenía que irse muy lejos de «San Nicolás», así se llamaba la menesterosa casita donde vivía, porque para ser poeta, de los buenos, había que andar el mundo a pie. La mujer, que estaba atareada en quehaceres de corte y costura, lo miró aterrada y preguntó si era en serio que quería hacerse poeta, no creo que sirva para otra cosa, respondió con los puños apretados para que no le viera los temblores.

Doña Hilaria odiaba a los poetas. Como Platón, los consideraba perjudiciales, perversos, una plaga de piojos salida del Éxodo. Hesnor la entendía y estaba de acuerdo con ella. Le preocupaba que viera su decisión como una afrenta, has salido igual a tu papá, imaginó que diría ella, pero su madre sabía cuánto lo odiaba él.

Francisco Lares Granados es un traidor y lo último que quiero es parecérmele. Es la mejor manera de vengarnos, dijo a su madre sin parpadear, que sea mejor poeta que él, ¿no te parece?, soltó y se veía que lo había pensado bien.

Si vas a ser famoso y rico te doy mi bendición, dijo ella tras un meditabundo silencio. Hesnor lo prometió y ella lo abrazó estremecida de pura rabia.

Quiero que tu papá te vea en los periódicos, que vea tus libros y que lo mate la envidia, dijo doña Hilaria llorando.

Hesnor trató de calmarla, le recordó que El Nacional había publicado sus primeros sonetos y que seguro su padre los había visto. Y si no, ya los vería, porque él iba a publicar mucho, no sería de esos escritorcitos que se pasan toda la vida con un libro, él saldría en la prensa todos los días. A doña Hilaria se le escapó una sonrisa medio malvada, casi maligna, de imaginar la cara de sorpresa de Lares Granados. Se apartó de Hesnor y abrió una de las gavetas de su máquina de coser, sacó un pequeño bolsito de lana y se lo dio. Él quería rechazar semejante sacrificio, pero sabía que lo necesitaba demasiado porque aun con lo ahorrado, más lo que ganó en el premio de literatura que organizó la universidad entre los estudiantes, no era suficiente para viajar, con todo y que había obtenido las dos menciones: poesía y cuento, publicados luego en el primer número de la revista universitaria.

Doña Hilaria —sonándose la nariz— preguntó adónde iba. Le dijo que a Chile porque tenía que conocer al grupo de poetas surrealistas de Mandrágora. Ella no sabía qué era un poeta surrealista y no le interesaba mucho. Ahora sólo pensaba en Lares Granados. Lo odiaba. Y le gustaría verlo muerto.

Hesnor Rivera salió de su casa, en el sector El Poniente, el 3 de agosto de 1950 —y no en el 49 como algunos creen— en horas de la mañana, atosigado por un calor sofocante que apenas si dejaba respirar del vaporón que subía del asfalto. Llegó a la parada de carros de la plaza Baralt en cuarenta minutos. Lo esperaba, impaciente, con un morral a cuestas, Otto Rincón, compañero de la universidad y ahora de viaje. Hesnor lo miraba con cierto aire de superioridad sólo por ser más bajito que él y por molestar. Le decía, riéndose, que era la encarnación de Sancho Panza, y yo, por supuesto, don Quijote, añadía burlón y cariñoso. A todas estas quién podía imaginar, ni Otto, ni Hesnor, ni doña Hilaria ni nadie, acaso los perros que callejeaban por ahí a esas horas, que diez minutos después un terremoto como de cien grados en la escala de Richter sacaría a la gente del sopor playero que los hacía cabecear cual sapos moribundos.

La crónica periodística consultada dejaría boquiabierto al más escéptico. Por ejemplo, en paralelo al zarandeo telúrico se registraron algunos hechos horribles e insólitos: en la calle Venezuela, entre el bar Caracas y el cine Delicias, el señor Abraham Vargas se pegaba un tiro en la cabeza delante de su mujer y de su hija; en una casa de la Obispo Lazo, doña Cruz María Ruiz se empapó de kerosene y prendió un fósforo que la convirtió en la primera tea humana que se haya conocido por acá. Otra doña, menos vieja, Rita Fonseca, vivía encerrada en su rancho de El Milagro, con ventanas y puertas clavadas por miedo a una secta tenebrosa que, supuestamente, la perseguía para sacrificarla; los vecinos aseguraron que la desdichada había escrito al gobernador y a un tal doctor Matos Romero, pero ninguno respondió nunca, así que suponen ellos, los vecinos, que la infeliz se atragantó con estricnina hastiada de tanta angustia e indiferencia gubernamental.

Mientras esto sucedía, los choferes de carros de alquiler aparcados en la plaza Baralt, arrancaron despavoridos al ver que el edificio El Globo y la torre del Convento parecían venirse abajo. Una oxidada camioneta picop Chevrolet dio tres vueltas en el aire y quedó patas arriba. Contabilizaron varios arrollados, uno acabó muerto por fractura de cráneo y escoriaciones generalizadas.

En los cerros del Paraíso, no tan lejos de allí, se abrió una grieta de más de un metro de profundidad a todo lo largo de la zona, por donde resbalaron animales, niños, mujeres, y que socavó varias casas que terminaron por desmoronarse en los días siguientes.

Hesnor y Otto quedaron paralizados a un lado de la estatua pedestre de don Rafael María Baralt, sólida y protectora, a pesar de sacudirse como un enfermo de Parkinson. Y de pronto el piso quedó quieto, no de a poco, sino de sopetón. Los ruidos llegaban de lejos, encajonados: radiadores reventados, sirenas enloquecidas, lloriqueos, motores que apagaban o encendían, gritos de gente buscándose. Muchos empezaron a salir. Se aglomeraban en la plaza y en las adyacencias, temerosos de que la tierra volviera a sacudirse.

Un ventarrón frío empezó a soplar des- de el Lago. En ese instante se abrió la puerta del Convento y apareció el fray Gabriel, un flaco blanquiñoso, alto como un poste de luz, de barba larga, ensortijada, piojosa, de edad indeterminada, ojos hundidos y nariz respingada. Vestía una pesada túnica marrón ajusta- da con un cordel blanco. Salió con una biblia gigante en las manos y leyó a gritos un pasaje del libro del Apocalipsis: «¡cuando abrió el sexto sello hubo un gran terremoto, el sol se puso negro y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla y todo monte y toda isla se removió de su lugar! ¡Y los reyes, los ricos, los capitanes, los poderosos, siervos y libres, se escondieron de aquel que está sentado sobre el trono y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado!, ¡¿y quién podrá sostenerse en pie?!».

Cualquiera pensaría que esto lo invento, pero los incrédulos pueden verificarlo en los reportes de prensa del viernes 4 de agosto de ese año. En el caso de Panorama, la nota fue redactada por el venerable reportero Juan Vené. No se trata de un cuento de Hesnor Rivera, porque sabemos que de los poetas no hay que fiarse, el propio Giambattista Bodoni lo sugirió. Como sea, Vené detalla que después del viento frío y húmedo que empezó a entrar a la ciudad, siguió el incomprensible fenómeno de un cielo absolutamente rojo, tal como leyó el fray Gabriel desgañotándose. Esto sirvió de preludio a lo que vino de inmediato: ¡del cielo inflamado comenzaron a caer bolas de fuego al Lago! Puedo dar la mala impresión de estar haciendo cumplir la profecía apocalíptica a como dé lugar, pero no es así, soy fiel al documento citado. No obstante, sé que cuesta admitirlo.

Yo no espero que crean, al fin y al cabo, esto no es más que una novela, pero el estupor que me asalta al leer el reportaje es indescriptible. Imagino a Hesnor y a Otto —petrificados del espanto— mirando en dirección al merca- do principal que es por donde podían ver el Lago a un tiro de piedra. Y en torno a ellos, la gente cayendo de rodillas, juntando manos para rezar, intentando, desesperados, saldar sus deudas con el más allá, porque aquello que presenciaban no podía ser otra cosa que el principio del fin del mundo. Y para sumar otros males, el servicio eléctrico se averió y se desató una espeluznante tormenta que confirmó la proximidad de la catástrofe temida.

En medio de esta confusión, del aturdimiento que paralizó a Hesnor y al pobre Otto, dejándolos como testigos de piedra de aquel espeluznante espectáculo, apareció de entre el gentío, con gestos duros, emparamada y calada hasta los huesos, doña Hilaria. Tuvo que sacudir a su hijo para que volviera en sí y le dijo que se dejara de pendejadas y buscara la forma de irse de inmediato, que ni siquiera la llegada del fin del mundo era excusa válida para dejar la poesía, le reprendió furiosa por verlo tan asustado.

Juan Vené reportó que el temblor, el color rojo del cielo, la tormenta y las bolas de fuego que vieron caer al Lago, fueron motivo suficiente para crear alarma e histeria en la ciudad. Gentes, bomberos, policías, todos andaban como locos corriendo de un lado a otro buscando guarecerse de la hecatombe.

Shakespeare escribió que el ojo del poeta, al pasear su mirada entre el cielo y la tierra, contemplando fenómenos desconocidos, acaba dándoles forma con su imaginación: los engrandece, los sobreestima, los vuelve otra cosa, cuando en realidad son nada. Hesnor no tenía la menor idea de lo visto. Las palabras de fray Gabriel se incrustaron en su cabeza, se convenció de que semejante asunto no podía ser otra cosa que el mentado apocalipsis; pero la repentina aparición de su madre no dio tiempo para hacer lo que se espera de alguien que está presenciando cómo se acaba el mundo, ¡andá vete, ese cura está loco!, dijo doña Hilaria con los brazos en jarra, muy brava. Hesnor la miró, también a Otto, y dijo como poseído por un demonio: Mi país rumia en secreto/ el agua de los desastres/ desencaja los dientes de las alas y rumia/ los dientes que desangran/mucho más/ que los remos de un náufrago/ mucho más que las jóvenes bajo el cielo/ tormentoso de agosto/ rojas baladas cruzan la noche/ como estrellas errantes.

Hesnor jamás olvidaría esos versos, pero no volvería a ellos hasta 1952, en una noche de tormenta frente al lago, sin dinero, sin fama y deprimido. Deseando, desesperado, que aquel 3 de agosto de hacía dos años atrás, hubiera sido el día del juicio final. El Apocalipsis.

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Norberto José Olivar 

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