Actualidad

Odio a las iguanas, por Norberto José Olivar

Con el cuento que publicamos a continuación, Norberto José Olivar obtuvo el Sexto Premio Internacional de Relato Sexto Continente de Radio Exterior de España y Ediciones Irreverentes.

Por Norberto José Olivar | 8 de mayo, 2011

A mi madre,
aunque no lo merezca

Odio a las iguanas. Me gusta irlas espachurrando, una a una, con el carro. Perseguirlas, acorralarlas y, finalmente, compactarlas al asfalto y dejarlas en el puro cuero. Pero no siempre fue así. Para justificar esta rara obsesión, confieso, con cierta vergüenza, que mi infancia transcurrió en una clínica siquiátrica conocida como «La Ricardo Álvarez». Era el manicomio de los ricos, de los mantuanos, diríamos hoy. Estaba en las primeras cuadras de la avenida Bella Vista, dos edificios blancos de tres pisos, con un hermoso y amplio jardín en medio que servía de unión. Y muchos árboles, enormes, en los alrededores. Mi padre era el Jefe de Administración, y mi madre enfermera del edificio de mujeres. De modo que, a falta de niñera, me iba con ellos al trabajo y me soltaban en aquel inmenso vergel como si fuera el Central Park. Y por supuesto, acabé amigándome con muchos locos de los de «verdad». Había uno que corría descalzo por todas partes con un casco de moto, y yo me desarmaba el esqueleto tratando de alcanzarle en mi Harley Davidson Elektra de 500 cc o más. Recuerdo, también, una vieja llorona y piche a la que tenía un miedo atroz, me abrazaba y me llamaba por el nombre de su niño muerto. Mi madre, muy calmosa, me decía que le siguiera la corriente, «tranquilo, mi rey, que no te va a morder» aseguraba riendo. Otro se pasaba el día sentado bajo el sol pensando en conspiraciones insólitas, encamisado a la fuerza y repartiendo maldiciones e improperios a diestra y siniestra. En una silla de extensión, apartado, con las sienes calcinadas, estaba un hombre, grande, canoso, con la cara ladeada y babeando constantemente. Mantenía la mirada perdida y me parecía que se aburría todo el tiempo. Y así, sería imposible hablar de la variedad de locos que vi desfilar durante esos años. Pero un día —fatídico— llegó uno al que le dio por cazar iguanas. Me dijo que las iguanas cuando se las ve boqueando es porque quieren absorber tu alma, son enviadas de satanás para espiarnos, «se te quedan mirando y si te muerden, sólo que dios haga tronar te sueltan, si no te dejan seco», decía cuchicheando, con miedo a que alguna de ellas pudiera oírle. Y una tarde, nublada y calurosa, me pidió que le siguiera al extremo norte del jardín para mostrarme algo. Fuimos tras los arbustos y quedé petrificado con tantas iguanas que había matado. Sin embargo, una —la más grande y monstruosa— estaba viva e inquieta. La tenía atada del cuello como a un perro, «esa tenéis que matarla vos», dijo con seriedad aterradora, y me dio una piedra para que le machacara la cabeza. Pero apenas pude acercarme. La iguana tenía los ojos rojos y lengüeteaba amenazante. Entonces saltó a morderme y a darme “rabazos” enfurecidos. Los gritos alertaron a mi madre y al resto de la enfermería de guardia. No recuerdo nada más. Según cuentan, me desmayé bajo las garras de aquel lagarto infernal.

«Todavía estabas muy chiquito cuando eso» dice ella, mi madre, muerta de risa, cada vez que lo recuerda y vuelve a contármelo.

Diciembre 17 de 2010

*******

Ilustración: Juan Bravo

Norberto José Olivar 

Comentarios (4)

luzgracia
8 de mayo, 2011

… y eso que en aquel tiempo las iguanas no comían cables y dejaban a medio país sin luz!

María Eugenia
9 de mayo, 2011

caramba con las iguanas de Norberto, que no me va a dejar volverlas a ver igual nunca más; me encantó el toque final, materno, freudiano.

Ginebra Piñeiro
10 de mayo, 2011

Muy bueno, irreverente, interesante el artículo y en total acuerdo con el comentario de Luzgracia!! ;D

jorge fernández
10 de mayo, 2011

En este relato, sobre todo en la primera línea, hay una notable influencia del inicio de un cuento de Rulfo. Por lo demás, la anécdota es divertida. Y aunque el argumento no es ingenioso, tampoco lo es en muchos de los títulos de, por ejemplo, el mejor Cortázar. Es ingenioso el desarrollo, y como decía Wilde, se escribe no porque se tenga algo que decir, sino porque se quiere decir algo.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.