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Esperando a Auster, por Boris Muñoz

Una crónica sobre la presentación del libro Sunset Park de Paul Auster

Por Boris Muñoz | 18 de marzo, 2011

Es una de esas tardes grises de fines de otoño en que a las 5 ya es noche cerrada, una de esas tardes que son el presagio de un invierno demasiado largo y demasiado frío. Paul Auster no llegará en un buen rato, pero el público ya ha comenzado a ocupar los asientos del teatro Brattle, uno de los pocos santuarios del cine de autor que todavía se mantienen en pie y con dignidad por el mundo. Aunque está en las inmediaciones de Harvard Square, rodeado por bancos y tiendas caras, el Brattle no es nada lujoso. La pintura de tonos grises de las paredes está a punto de desconcharse y sus espesas cortinas de terciopelo mustio parecen acumular el polvo de décadas. Pero su atmósfera acogedora y alternativa, con luces tenues que invitan a un cuchicheo bajo, casi en susurros. El fondo musical está a cargo de Lou Reed, lo que calza como anillo al dedo, pues Reed y Auster han trabajado juntos, ambos son bardos de Nueva York, aunque Auster haya nacido en Newark. El público está compuesto sobre todo por lectores fieles y devotos que portan en sus manos no uno sino varios libros de Auster, con la esperanza de que al final de la lectura el autor les estampe su autógrafo. La muchacha al lado mío, tiene una bolsa repleta de sus novelas. Extrae una por una y va abriendo sus páginas para revisitar pasajes que ya han sido subrayados.

Sunset Park acaba de ser publicada y los patrocinantes anuncian que está será la única lectura que Auster ofrecerá en Massachussets. Ya no hay un asiento vacío. Sólo falta el autor. Una chica anuncia que los libros estarán a la venta en el fondo de la sala. Y ahora sí, tras el pesado cortinaje, se asoma Auster. Pero no. Todavía no es su turno. Aparece un viejo amigo para hacer una breve presentación. Lo único memorable que dice es que después de muchos años de amistad, todavía no deja de sorprenderle la capacidad de Auster para absorber conversaciones y vivencias ajenas para luego verterlas en sus ficciones.

Al fin Auster entra en escena. Camisa azul, suéter marrón de cuello en V, jean negro. Sigue siendo un hombre apuesto y emblemáticamente fotogénico: los ojos como dos aceitunas grandes absorben la sala de un solo vistazo, la cara angulosa y las líneas de expresión geométricas, el mentón cuadrado. Tiene 63 años pero frente a cualquier otro hombre de su edad aparenta una decena menos. Sin embargo, hay signos del tiempo más sutiles que comienzan a notarse: la línea del cabello ha retrocedido en profundas entradas y en su cabeza el color gris prevalece sobre el negro, la piel de la cara se ha adelgazado hundiendo los pómulos y afinando los labios, su cuerpo ya no es atlético sino delgado y ligeramente encorvado. Una chica toma una foto con su teléfono y se lo coloca contra el pecho.

Auster se calza sobre la nariz unos lentes de carey redondos –estilizados, pero clásicos– y cuenta muy suscintamente de qué va Sunset Park. A diferencia de sus otras novelas, ésta transcurre en un presente inmediato, entre el otoño de 2008 y la primavera de 2009. Y que como ninguno de sus demás libros, la fue escribiendo al mismo tiempo que se desenvolvían los acontecimientos de la ficción. Sin otro preámbulo, comenzó a leer:

“MILES HELLER. Por casi un año, él ha estado tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay al menos dos trabajos al día, a veces hasta seis o siete, y cada vez que él y su grupo entran a otra casa, son confrontados por las cosas, las innumerables cosas abandonadas por las familias que han partido”.

Su voz es gruesa y gangosa, con un siseo leve, pero nítida y con una dicción perfecta. Miles, el protagonista de su libro, está obsesionado con las cosas abandonadas y toma miles de fotografías de ellas sin saber por qué. Lo único claro es que Miles ha hecho todo por escapar de su pasado y que las cosas son abandonadas por una razón precisa: las familias han sido desalojadas de sus casas por no poder pagar las hipotecas. Lo único que permanece son las fotos de las cosas que ha dejado tras de sí el estallido del sueño americano.

Auster va tendiendo breves puentes entre los personajes. El público lo escucha sumido en un silencio expectante, una curiosidad casi urgente. Miles vive en el sur de Florida, pero por razones que el autor no revela en la lectura, ha tenido que huir una vez más refugiándose en Brooklyn, en una casa que ha sido recientemente tomada por un extraño grupo de ocupas. La casa da al superpoblado cementerio de Greenwood, con 600.000 fosas. Allí se reencuentra con Bing Nathan, el excéntrico capitán de los invasores y quien regenta el Hospital de las Cosas Rotas; conoce a Ellen, una artista frustrada que busca la redención, y también a Alice, estudiante del doctorado en literatura en Columbia University, cuya tesis de grado gira alrededor del impacto transformador de la Segunda Guerra Mundial en la sociedad americana. Alice es la intelectual de la partida y el ensayo que escribe sobre la película El mejor año de nuestras vidas (1946), dirigida por William Wyller, es el vaso comunicante a través del cual Auster sugiere que Sunset Park es también un texto sobre una gran crisis de época que terminará por cambiar la vida de todos a los que les ha tocado vivirla.

En este momento, el autor hace una pausa para buscar una página marcada con un papelito. Ha abandonado a los invasores y reanuda su perfecta dicción de locutor para terminar la presentación de su elenco con Morris Heller, editor, y Mary Lee Swann, consagrada actriz, los padres divorciados de Miles. A estas alturas hay ya mucha tela que cortar. Estamos en el punto del “y ahora qué pasará”.

El narrador termina de leer abruptamente, cierra el libro, se quita los anteojos y ofrece quedarse todo el rato que sea necesario para los autógrafos. Paradójicamente, es un final sin final, un anticlímax en el que los destinos de los personajes han quedado sin desenlace suspendidos con tenues hilos en la mente de los asistentes. Pero también es el final de un acto de ilusionismo. Los lectores le han entregado a Auster su incredulidad transformándose en inocentes escuchas y en rehenes del cuento. Para ellos –o para los personajes– no habrá redención a menos que terminen de leer el libro.

Boris Muñoz 

Comentarios (8)

Thamara Jiménez
18 de marzo, 2011

Excelente, Boris. Gracias por permitirnos estar allí. El relato de lujo de una atmósfera, un detallado plano medio del escritor y el encanto de verte caer y arrastrarnos a su trampa.

RJ
18 de marzo, 2011

No conozco la obra de Auster pero después de haber disfrutado de esta sabrosa crónica voy a buscar alguno de sus libros

Luis Yslas
18 de marzo, 2011

Boris tiene la habilidad de los cronistas de raza: nos cuenta una historia ajena como si la estuviéramos experimentando en tiempo real, y nos deja la sensación de que lo vivido por otro nos compete y nos incluye. Que vengan más, Boris…

BLANCA
19 de marzo, 2011

Boris, Excelente relato. Me rescata. Soy fanática de Auster. Esperé ansiosa Sunset Park… me desencantó, gratuita toda ella. Sin la profundidad de las anteriores y, bien como dices, los personajes como suspendidos, sostenidos por un hilito que tildamos de capítulo titulado por cada protagonista. Digamos que no me disgustó esa nivelación pero la historia queda ahí … ahí. La culpa, la insatisfacción, la fragmentación familiar, la soledad y la libertad expuestas desde el principio quedan como a la buena de los vientos… en fin… esperaré por otra … Tal vez aburrimiento o compromiso con su hija … Sunset Park

Boris Muñoz
19 de marzo, 2011

Blanca, mucha gente comparte tu decepción. La crítica ha sido inusitadamente (¿justificadamente?) dura con Auter en este caso. Yo tengo mi propia opinión. Esperé a leer el libro para escribir la crónica. Sin embargo, no quise hacer una crítica ni una reseña. Me pareció más interesante narrar la vivencia de la lectura en vivo, un breve momento lleno de encanto y que en cierta manera es irrepetible. Esto forma parte de una idea más amplia que he llamado el arte de perder el tiempo. La idea es que pese a que la sociedad en que vivimos nos escamotea cada vez más el ocio, todavía es posible encontrar reductos donde perder el tiempo de una forma más libre y enriquecedora que en los canales establecidos de entretenimiento programado y de la cultura del espectáculo. En ese sentido, incluso para perder el tiempo se necesita arte o hay cierto arte en saber perder el tiempo. Puede haber arte al ir a una lectura, visitar una exposición, leer libros, caminar por la calle, ver televisión, ir al cine, comer rico, conversar en un café, pero solo en la medida en que esos actos sean puntos de fuga y nos despierten conexiones en las que no habíamos reparado. O algo por el estilo. Saludos

BLANCA
21 de marzo, 2011

Boris, de hecho tu crónica me pareció fantástica Y claro que tienes razón, que rico el ocio y para mi ganancia pura… pero dime, si tienes este fragmento: Por casi un año, él ha estado tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay al menos dos trabajos al día, a veces hasta seis o siete, y cada vez que él y su grupo entran a otra casa, son confrontados por las cosas, las innumerables cosas abandonadas por las familias que han partido, no esperarías algo mejor… en fin, te seguiré leyendo y esperaré por Auster. Saludos

Georgina
25 de marzo, 2011

Gracias por acercarnos creer que estamos con usted, compartiendo esas lineas leidas directamente por su autor, un amigo estuvo presente en esa tarde singular, la cual estimó un instante puntual en su vida, un punto de fuga que dejará secuelas positivas en esa persona, una manera de acercarnos a Auster en donde el ocio puede ser como bien dice, un arte que debemos aprender y disfrutar

Mariahé Pabón
27 de marzo, 2011

Una crónica excelente de Boris. No hay necesidad de viajar si él nos uenta con detalles sus vivencias. Mientras leo las memorias de Johnny Cash en una edición preciosa que adquirí en una de esas Ferias ambulantes que se montan en Caracas creo que no valdrá mucho la pena leer a Auster ese fenómeno mediático que parece no corresponder ya a su fama. Me salí del asunto. Boris, me encanta leerte. Cash, es la historia de ese forajido de la vida que nos mantuvo siempre al borde del abismo del que siempre surgió con su voz ronca que sobrevivió a todos los embates. Lo malo de Auster es que no canta.

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