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Sin título (a propósito de La Tigresa del Oriente)

El filósofo Víctor García Ramírez sobre la Tigresa de Oriente.

Por Víctor García Ramírez | 15 de marzo, 2011

La súper-mujer nietzscheana:

de Perú para el mundo

En la lucha entre tú y el mundo,

procura favorecer al mundo.

Kafka, Cuadernos en octava

La amarga polémica en la que se vio envuelto Stockhausen, ese gran compositor de música culta del siglo XX, al decir que el ataque a las torres gemelas del 11 de Septiembre de 2001 había sido “la más grande obra de arte jamás hecha” pues “lo que los espíritus han realizado con un único acto es algo con lo que en música nunca podremos soñar” sólo fue posible porque aún en el mundo no se conocían los poderes de La Tigresa del Oriente. ¡Qué talibanes¡ ¡Qué terroristas! Son unos niños de pecho frente los contoneos de tan magnífica peruana. Su mera aparición en el escenario, a eso de las 4 de la mañana, hizo derrumbar en mí toda la historia del arte. Obviamente se trató de un acontecimiento mucho más grave que el ocurrido en Nueva York porque, seamos honestos, qué importa la caída de un par de edificios financieros frente al hundimiento de El Prado, la galería degli Uffizi, el Louvre, el Metropolitan, el Orsay, el British Museum o el MOMA de Nueva York. Ni siquiera el Pompidou ni el Guggenheim, donde uno podría suponer que está parte importante de los límites del arte actual, pudieron soportar el embate una vez que la diva peruana empezó a desplegarse por el escenario “¿Dónde coloco esto? ¿Cómo decir que esto no es arte?” Tuve que rendirme ante la evidencia incontestable, ante la epifanía: La Tigresa del Oriente es, y no la caída de las torres gemelas, la más grande obra del arte jamás hecha.

El bar en la afueras de Buenos Aires estaba por reventar. La fauna humana estaba casi toda representada. Un aire de falsa clandestinidad dominaba el lugar. Los performances previos a la presentación de La Tigresa, que en su mayoría consistían en poderosas hipersexualizaciones de íconos infantiles y juveniles, estaban cargados de una elegancia impostada, ligeramente bizarra. La fiesta poco a poco tomó cuerpo de rito. Unas pocas miles de almitas borrachas esperaban gritando “¡Tigresa, Tigresa!” cuando no estaban coreando y bailando las grandes canciones pop de los años noventa. En pleno trance, una enfermera tomó el micrófono en el escenario para anunciar la aparición de la diva de sesenta y cinco años (dice ella, acaso sean más). Del fondo vino la doña, enfundada en su atuendo dorado, caminando lentamente, mientras declamaba a capella lo que me pareció fueron los primeros versos de su canción más piadosa: “El papa está en el cielo, el mundo está de duelo y los ángeles en coro le dan la bienvenida”. Con semejante entrada, la turba posesa gritaba tal y como Linda Blair lo hace en El exorcista, cuando el cura le echa agua bendita. Inmediatamente, las primeras notas de su éxito más grande, Un Nuevo Amanecer, hicieron estallar furiosamente un placer que sólo La Tigresa puede convocar.

Una canción tras otra y el delirio iba incrementándose. Aquellos que se acercaron sólo por curiosidad, cuya noche empezó como mera pose de fanático, terminaron dominados por un éxtasis genuino. Cuando pasaban los tres cuartos de recital La Tigresa anunció un concurso cuyo premio eran “unas garritas”, diseñadas por ella misma, que daría a los participantes del público que mejor hicieran los pasos de baile que Delfín Quishpe realiza en el video de la mejor anticanción del 2010, su tributo a Israel: En tus tierras bailaré. El escenario se llenó de entusiastas que bailaron, la agarraron, la besaron, como la gran estrella pop que ella es. Orgullosos, los ganadores, levantaban sus garritas evaneciéndose frente a los que permanecimos gritando en el tumulto. Para el momento del cierre del concierto una Wendy Sulka falsa y un Delfin Quishpe, de igual calidad, se montaron y doblaron (o cantaron, da igual) la gran pieza de la noche; la euforia llegó al punto más alto cuando todos los presentes gritaban con ojos cerrados y en las poses más estremecedoramente cursis: “Israel, Israel: ¡qué bonito es Israel!”

¡Viva Dionisio! gritaba una chica, en pleno amanecer, mientras sostenía a otra que vomitaba en la salida del bar. Yo la miré y se me ocurrió que tal vez no fue Dionisio, mucho menos Afrodita, sino un Sileno lo que poseyó a La Tigresa esa noche; así deben ser los Silenos ¿no?, los borrachos divertidos de la mitología griega. Esa había sido parte de la primera de las tres tesis que, con unos amigos, elaboré sobre la diva; mientras bebíamos en esos laboratorios de grandes ideas fugaces que son las tascas caraqueñas. En la segunda tesis sosteníamos que había un concepto feminista innovador detrás de La Tigresa, cuyo verdadero nombre es Judith Bustos, y que probablemente no era mera casualidad que su nombre fuera casi el mismo que el de Judith Butler, la destacada teórica feminista norteamericana. De hecho, llegamos incluso a proponernos como meta demostrar que ambas eran la misma persona y que La Tigresa no era más que la puesta en práctica de la famosa noción butleriana del género como performance. Unas cuantas birras menos hicieron que desestimáramos la empresa por absurda, pero no por incoherente. La tercera tesis nos llevaba a pensar que La Tigresa simplemente era el resultado de la inversión de los valores travestis. Es decir, los travestis eran hombres que habían empezado imitando a las mujeres, lográndolo con tal éxito que las mujeres, de un tiempo para acá, imitan travestis. En consecuencia, la mujer que imita al hombre que imita a las mujeres, imita a la segunda potencia, por lo que extrae una hiper feminidad: una supermujer. Eso es La Tigresa: el emblema más reciente de la versión de la mujer nietzscheana latinoamericana: la supermujer. Pertenecía a esa gran estirpe de mujeres que desde Iris Chacón y Yuyito han encantado a las audiencias de nuestro continente. Por si fuera poco, su apariencia coincide exactamente con las supermujeres tal y como las describe Sufjan Stevens en una de sus grandes canciones: con unos super ojos para tener una super-visión, unos super labios para una super-succión y unas super caderas para una super-reproducción. Adiós a la idea puritana de que el exceso de maquillaje simboliza la falsedad femenina, no es nada de eso, de lo que se trata es de la Era de la Super Feminización ¡Sí! Nuestro descubrimiento de taguara nos puso contentos y, además, nos pareció muy fácil de demostrar fenomenológicamente. Sólo hace falta andarse por cualquier rincón de Latinoamérica donde la estética dominante de las uñas postizas, el pelo oxigenado, los ropajes atigrados y las tetas y nalgas de silicón, reluce en todo horario y para todo público; en las secretarias de las oficinas, en las ascensoristas de cualquier ciudad y en todas las fiestas de bautizos, quince años y matrimonios.

Pero estas bellas cristalizaciones teóricas, estas aproximaciones onto-psico-sociológicas elaboradas con mis amigos del PEPO (la Pequeña Enciclopedia de la POrquería) fueron aniquiladas cuando vi a La Tigresa del Oriente en el escenario y se me reveló lo que realmente importa de ella, su gran lugar en la historia del arte. Cómo no lo pensé antes: con ese look a lo Candy Darling venida a menos es obvio que La Tigresa es una hija de Warhol. Con ella todo es banalidad e ironía en el altar: la adoración como ejercicio. Claro, todo esto entendiendo el arte pop como el resultado de un mundo donde, por un lado, los dioses y las prácticas religiosas han sido puestos al margen del espacio público; y, por el otro, la expansión de la democracia y con ello (aunque no tendría por qué) la expansión también de la idea, de algún modo maravillosa pero en el fondo falsa, de que cualquier vida es buena sólo por el hecho de ser deseada. Por supuesto que no se trataba de un asunto nuevo. Con respecto a lo primero hay que reconocer que el papel de la religión para congregar a la sociedad desde el siglo XIX lo fue ocupando cada vez con más fuerza el arte. Los nuevos dioses eran las grandes obras, los artistas y, correspondientemente, los museos cumplían el papel de ser los templos de peregrinación, a tal punto que para muchos las grandes catedrales en occidente hoy tienen más valor como formas artísticas que como espacios de religiosidad. Esto era lo que sucedía al entrar el siglo XX, pero sólo se hizo autoconsciente con el gesto de Duchamp y su Fuente, el famoso urinario, para, décadas después, con Warhol, ir más allá de la autoconsciencia y legitimar este tipo de gestos como el modo de hacer arte y, de este modo, poblar este mundo descreído de dioses. Un poblar de dioses que empezó siendo una práctica, pese a las grandes diferencias, muy vinculada a la gran tradición del arte; en el sentido que se mantenía la preservación de dos criterios: técnica y calidad artística. Criterios que fueron perdiendo prioridad para dar paso a las más diversas formas de lo humano. Y es aquí donde entra la segunda parte de lo dicho, el tufo democrático en el arte, la idea de que todo vale, en el que en la competencia entre el arte y la banalidad de la vida cotidiana es el mismo arte el que apuesta por la vida real. Una democratización de la banalidad de la vida, de su instantaneidad, que se esconde detrás del mismo siglo que adoró a María Callas y Nina Simone y que terminó adorando, se dice que por las mismas razones, a Madonna y su séquito; y que da paso a que, poco tiempo después, se haga lo propio con La Tigresa del Oriente.

Y cómo no adorar a La Tigresa del Oriente, su presencia es un gran pedazo de “vida real”. Como cualquier tía, abuela, vecina cincuentona en cualquier fiesta latinoamericana canta, baila, declama, se arrastra dando bendiciones, jugando a la diva, sin importar la afinación, la rima, la estructura, la música, no el arte sino el sentimiento. Puro romanticismo, claro está: todo lo que pesa es la intención. Ella lleva un trozo de la vida familiar andina al escenario, pero sin maquillarlo ni edulcorarlo, sin acercarlo a ningún ideal, sino en su cruda potencia, cuyo acto es mantenerse en estado de potencia, rompiendo con ello toda la vergüenza adolescente que genera la desvergüenza y la simplicidad de esos familiares con aspiraciones artísticas. Nos mete a todos en una fiesta de patio. Los que frente a Judith Bustos se burlan, los que no entienden, los que creen que se trata de un circo freak con malas intenciones, simplemente ponen en evidencia sus vergüenzas, su incapacidad de ver la sencillez del mundo como parte de su mundo.

La Tigresa es, entonces, una romántica postmoderna. Y digo postmoderna porque es la etiqueta de moda, porque decirlo no significa nada, es como era decir existencialismo en los cuarenta, donde todo lo no clásico se calificaba de existencialista. Y hay que decirlo así, con los epítetos de moda, porque a fin de cuentas La Tigresa es también moda; lo que significa que tiene su belleza y que responde al tono de una época, que descubre un tiempo en nuestro tiempo. Que qué es eso, que cuál belleza; la belleza de todo lo que brota libremente, lo que da muestra de libertad y simultáneamente la fomenta. Que cuál tono, que cuál época; la época, nuestra época, de los dioses fugaces, de los dioses mortales y que quizá, por ello mismo, es la época más divinizada de todas las épocas del hombre, la menos atea, la más creyente, la más fiel, la que más ora. ¿Es que acaso no se repiten como oraciones las canciones más sonadas? ¿No permiten los ipods hoy, lo que los walkmans y los discmans, ir orando en todo momento, al caminar, al correr, atar el pensamiento al verso? ¿No es una relación de fidelidad la de los admiradores frente a sus artistas? ¿No son los conciertos grandes y masivas misas?

Si por otra parte esto no le parece y en realidad usted piensa que lo que digo es sacrilegio, que no puedo igualar la verdad de la religión a la falsedad del arte, pues yo le digo que sí puedo, que se hace, desde hace mucho, desde siempre. Que usted no cree en dioses efímeros y que, después de todo, no le gusta la vida real y mucho menos que la misma sea tratada como arte, pues quéjese. Ya el mismo arte se ha quejado de sí mismo y de no poder ser más que vida o es que acaso ¿no era eso lo que hacía Discépolo al decir que “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón”? Sí, siglo XX, cambalache problemático, y el siglo XXI también, y tiene razón la queja de Discépolo y la suya y la mía y la de todos, pero el mundo, exactamente siendo como es, también tiene razón.

Que si La Tigresa del Oriente es arte, cualquier cosa es arte; y si cualquier cosa es arte pues el arte ya no interesa; está bien, como usted diga, pero yo le digo que el arte sólo interesa por partes, que nunca ha interesado “todo” en el arte y que para separar, para ver qué interesa y qué no, está nuestra capacidad de juicio, individual, inalienable. Y este derecho a decir que no frente a lo que sea debe mantenerse pero sin olvidar que el juicio también está para dar con el reconocimiento e integración de aquello que aparece y que no puede ser despreciado por el mero hecho de que no se adviene cómodamente a nuestra sensibilidad. La función crítica de la inteligencia y la sensibilidad es esencialmente discriminadora, sí, pero con vistas siempre a una articulación más amplia. En otras palabras: la capacidad de juicio no está para masturbar al gusto, sino para servir de contrapeso a él. Con todo esto, lo que quiero resaltar es que a lo que nos ha obligado el arte pop, y el caso de La Tigresa del Oriente, es a no pensar el arte como algo que depende de clasificaciones cognitivas, sino que es esencialmente vínculo con la vida y que es eso, en realidad, lo que lo hace valioso; la inagotable capacidad del arte de hacernos ver en la vida lo que vemos como no la habíamos visto. Tal vez haya que admitir que lo que se ha hecho improductivo, a fin de cuentas, es el término arte y que eso, como señala Arthur Danto, en su texto El abuso de la belleza, es lo que palpita detrás de las declaraciones de Stockhausen –que vistas en su contexto no pretendían ser un halago al sonado evento terrorista, sino resaltar lo difícil que es hablar del arte en términos de creación, y la maleabilidad y amplitud del término “arte” hoy día–. Es que quizá es la palabrita “arte” la que ya no nos sirva para mucho; y digo la palabrita  para indicar que se trata de la noción de arte y no el arte mismo que, como la vida, sigue y seguirá brotando. ¡Abajo el arte y larga vida a las Tigresas!

Víctor García Ramírez es filósofo.

Comentarios (26)

luis moncada
16 de marzo, 2011

brrllante articulo

Willy McKey
16 de marzo, 2011

Grande, querido Víctor. Un texto impregnado de la más punzante inteligencia. Quien vea a la Tigresa hoy sin leerte antes no habrá visto a la Tigresa.

Alfredo Meza
16 de marzo, 2011

La Tigresa de Oriente nos dice que el arte no es una búsqueda obsesiva por la simbiosis perfecta entre la técnica y el talento. Lo de esta artistas es grandioso justamente por todo lo contrario. Que su trabajo sea elevado en este texto a la categoría de arte no es más que un justo reconocimiento a la pérdida del sentido del ridículo propuesto como un arte. Y coincido con McKey. Nadie puede ver a la Tigresa sin antes leer esta nota

Ernesto Cazal
16 de marzo, 2011

Me parece que este artículo sobre La Tigresa es el equivalente al que escribió Bret Easton Ellis sobre Charlie Sheen. Estimadísimo Víctor, pluma certera, que acuchilla, como siempre. Suscribo las palabras de Willy.

Maripili Salas
16 de marzo, 2011

Que maravilla que hayas publicado este texto. Lo valía. Un grn abrazo

Sandra
16 de marzo, 2011

La fulana tigresa es una mujer o un transfor?,dios nunca la he visto y no se a que se deba su èxito

Rebeca
16 de marzo, 2011

Victor, Victor… gracias por este articulo! Me cambias totalmente mi lectura del fenomemo Tigrezzza! Espectacular! Besos desde Lyon

Hannah L Migliavacca
16 de marzo, 2011

Por supuesto! La hija de Andy Warhol…y vos sos la reencarnación de Arnold Hauser y Worringer todo en uno! Perdónalos Spengler porque no saben lo que dicen, birra mediante. Uds que están informados…me dicen que es la hermana gemela de Lina Ron. Qué hay de verdad en eso?

Millán
16 de marzo, 2011

Mirada reflexiva y honesta al fenómeno Tigresa. No sería lo que es sino por nosotros mismos, lo que nos genera como sociedad e individuos y lo que identificamos como arte. ¡Éxitos!

ALEXANDRE DANIEL BUVAT
17 de marzo, 2011

El amigo Garcia, demostró con ese artículo que se puede hacer un arte el escribir sobre el arte con ironia llena de citas y cultas lecturas y así fabricar artistas en la concepción de quienes antes no pensaban que los personajes y las actuaciones tomados como referencia entraban en esa categoría…. Pronto quizá veamos la creación de la “asociación de filosófos amigos del Vallenato” y la creación de una cátedra en alguna universidad (posiblemente sea inglesa la pionera) sobre los oscuros y elementales eternos efímeros de lo humano en el arte de masa, o algo por el estilo

Aquiles Baez
17 de marzo, 2011

Víctor, muy bueno tu articulo que de seguro será muy polémico . En torno a la tigresa de oriente, no niego haberla visto muchas veces asombrado como lo planteas, que ahora cualquier cosa puede ser arte. Este articulo me llamó a una gran reflexión. Es patético que uno sienta que tiene que competir como artista con toda esa mediocridad que hay en el mercado. Convertimos la “estética” en “estítica” y digo esto porque ni siquiera se producen ideas pestilentes, sino que queda ese vacío disfrazado de cultura que plantean estos tiempos, donde no sale ni siquiera una idea. Creo en la democratización de los espacios y que todo el mundo tiene que tener derecho a esa oportunidad. La tigresa es un ejemplo de ello, ya que sin la democratización del Internet, ella tan sencillo como que no existiría. Quizás me gustaría que también la gente así como ve a la Tigresa que tiene millones de hits en el Internet, viera lo interesante que esta aconteciendo en la realidad artística de America Latina. Que la referencia fuera un Pedro Aznar, una Claudia Gómez, Martha Gómez, Soledad Bravo, Chabuca Granda, etc. Viviendo en los Estados Unidos es impresionante como nos identifican con esteriotipos como la “Tigresa” y no son capaces de ver el otro mundo, que tenemos un universo que plantea una nueva música que suena a Latinoamérica en el siglo 21. Quizás me gustaría que la gente se interese por los artistas de calidad. No dudo que quienes hacen esta música tipo la Tigresa, etc, lo que hacen creyendo que es una maravilla, pero la realidad es que su resultado es el objetivo de una burla. Cuando leí tu articulo, al principio por supuesto me vino la simpatía sobre la popularidad de la Tigresa. Luego me dio una gran tristeza pensar en lo que nos hemos convertido. Pero hay que volver a la realidad, la de luchar cada vez contra un sistema que se deteriora, y quizás el target de uno es ver como puede hacer florecer la calidad en este monstruo que se ha convertido el arte.

Harold Mota
17 de marzo, 2011

Es un buen artículo, con fenómenos como este queda evidenciado como nos aterra el morbo que nos produce todo aquello que consideramos vulgar o ridículo, en el fondo estamos tratando de ocultar nuestro gusto y afinidad con una Tigresa. Cuántos de nosotros no hemos disfrutado de una pariente, vecina o allegada que tiene ese aire de espontaneidad que hechiza. Ellos lidian con sus emociones y las muestran sin preocupación, eso el algo que la mayoría de los cobardes disfrazan.

Maripili Salas
17 de marzo, 2011

Eso es como las actitudes (por no decir ridiculeses) de Lila Morillo y Tatiana Capote. Si ellas no fueran como son, no tendrían esencia,no fueran ellas. ¿Quién se imagina a Lila como una simple mortal? Y nosotros hemos aprendido a aceptarlas tal cual como son, fenómenos. Imposible verlas de otra manera.

Luis Yslas
17 de marzo, 2011

No me gusta la Tigresa. Me aburre. Me parece una mujer sin gracia y sin talento. Sin vergüenza. No comparto, aunque puedo comprender, el delirio que desata a su alrededor. (Quizá todo eso que me distancia de ella sea su fortaleza, su extraña forma de permanencia en el imaginario actual, su atípica dignidad). Sin embargo, no puedo sino reconocer este texto como un impecable ejercicio de reconstrucción estética. Víctor hace las veces de cirujano plástico no tanto de la forma como de la exégesis negativa de la Tigresa. Reconstruye de modo brillante la patética imagen (¿acaso real? ¿acaso nuestra?) de la Tigresa de Oriente y nos la devuelve remozada, con la semblanza de un objeto de arte raro e incomprendido. Víctor no descubre el arte en la Tigresa. Me parece más bien que lo instala a fuerza de argumentos de una lucidez contundente, persuasiva y fascinada. Creo que cuando la escritura nos ofrece otras formas de mirar aquello que uno ya creía visto (y juzgado), estamos en presencia de la literatura. Porque sólo una prosa alquímica como la de Víctor puede llegar a transmutar tigresa en belleza.

Norberto J. Olivar
17 de marzo, 2011

La Tigresa del oriente es un ‘aguacatón’ disonante

mahebo
17 de marzo, 2011

Concuerdo con Luis sobre en cada punto, coma e inerrogante y en especial en lo último “una prosa alquímica como la de Victor puede llegar a transmutar tigresa en belleza” Lo cual por lo demás en manos de otro puede constituir un verdadero peligro.

El Pollo
18 de marzo, 2011

Aún recuerdo aquella noche cuando, en un momento cualquiera de nuestras fascinantes conversaciones, Víctor me dijo: Pollo, ven a ver este video. Mis pupilas se dilataban y contraían ante el asombro de mi primer contacto con Mrs. Tigress y Delfin hasta el fin. Concuerdo con Luis y con Mahebo. Gracias Víctor, solamente tú podías mostrarnos a la Tigresa de esta manera. Abrazos de Pollo.

Pedro Uzcanga C.
18 de marzo, 2011

Este artículo también me recordó aquella excelente crónica de Edgardo Rodriguez Juliá, UNA NOCHE CON IRIS CHACÓN. Vale la pena leer sobre estos productos de la cultura popular.

Germán Díaz
19 de marzo, 2011

“Los que frente a Judith Bustos se burlan, los que no entienden, los que creen que se trata de un circo freak con malas intenciones simplemente ponen en evidencia sus vergüenzas, su incapacidad de ver la sencillez del mundo como parte de su mundo”. Excelente frase y ampliamente abarcadora del sentido del texto; en lo personal y con una mirada extemporánea – creo no necesaria de amplía sofisticación -, se puede identificar este espacio | Prodavinci| como un lugar de crítica ilustrada o al menos académica; un espacio donde los fanáticos de la Tigresa no necesariamente hacen vida evidente. De este mismo espacio y el espacio de quienes se esfuerzan en establecer juicios sobre lo que musicalmente y/o artisticamente – sin pensar que ambos conceptos formaren una relación necesaria-, representa el ritmo de la selva peruana con lo que la crítica cultural tiene que decir al respecto. Este “respecto” es la elaboración totalmente pos-colonial de los lugares subalternos en la representación del arte y la música de estos colectivos, usualmente de mayoría demográfica. El espacio donde una mujer de la selva peruana, quiso -y efectivamente logró- establecer una conexión con el lado del mundo que posee Internet y dejar la suerte de su fama a dicho medio, represento un esfuerzo de buscar un espacio en el mercado para ser visible, un lugar de “agency”. El internet es un medio que no tendría sentido en el espacio social chicha, como ella misma lo afirma en una entrevista. Al dejar claro estos asuntos podemos pensar a la tigresa como una expresión sincera de su realización performatica que pone en quiebre las realizaciones estéticas creadas por las corporaciones sobre las culturas populares o lo que llamamos, el folcklore. Es decir, quizás la tigresa y el furor hipster que produce en los jóvenes de clase media de los centros urbanos de latinoamerica, son una evidencia de como las asimetrías locales son expuestas sobre lo que se percibe como arte o espectáculos en estos lugares y lo más interesante es como queda en evidencia, en la crítica de sentido común, los efectos de discursos civilizatorios de los grupos enceguecidos por el consumo de la modernidad – que no ha llegado a todos- y que quizás sea este un espacio para marcar cuan lejano puedo estar del ridículo espacio que representa este locus postmoderno de la cultura chicha peruana

Nayar Rivera
21 de marzo, 2011

Un ensayo brillante. Bien por incluir a Danto. Sin embargo, hubiera preferido un poco más de poesía, de la mezcla de fascinación y novedad que provoca la Tigresa, pues creo que esa es la razón de su éxito, más allá de la explicación del éxito de la Tigresa, que puede acabar convirtiendo el texto en un alegato irónico (que creo que no es).

Federico Sabas
21 de marzo, 2011

La definición de arte es suceptible de discusión, ya que revisadas las definiciones se observa un desacuerdo conceptual: Desde cualquier actividad o producto realizado por el hombre con finalidad estética o con el fin de comunicar “algo”, pensamientos, sentimientos, ideas…hasta representar ideales reales o imaginarios utilizando cualquier medio o recurso (visual, acústico, tactil, olfativo o gustativo). También es, una habilidad para hacer una actividad de manera virtuosa o una manifestación de creatividad y por extensión hasta una visión particular del mundo que incluso, al principio de los tiempos tuvo funciones rituales, mágicas o religiosas. También el arte es un componente de la cultura en el que se reflejan los planos económicos y sociales y la transmisión de ideas y VALORES; por todo esto me parece peligroso y preocupante que lo que ella pueda transmitir se pueda considerar arte; si esto es así, entonces lastimosamente vamos en retroceso. Lo que si no admite discusión es que el arte , sea cual sea su definición, requiere de un aprendizaje, debe tocar las fibras sensoriales y producir un sentimiento en otros que involucra a las personas que lo producen como a quien lo observa y lo disfruta. El arte proviene de la inspiración e inspira a quien lo goza; el arte conmueve, rescata y hace aflorar lo mejor de los seres humanos. Cualquiera en el “patio” se emociona y enardece; sobre todo a la sombra del sopor etílico; pero de allí, a considerar lo que ofrece La Tigresa como un fenómeno artístico, hay un abismo de encanto. Por favor Señores!!!

Willy McKey
22 de marzo, 2011

Respetado señor Federico, permítame discrepar respetuosamente y por razones varias con sus afirmaciones. Creo que su comentario se muda desde una región contextual que comprende que hay varias nociones de arte (una visión que comparto plenamente) hasta otra en la que se afirma con (creo) excedida seguridad que el Arte debe ser una cantera de VALORES, haciendo uso mayúsculo del sentido. Esa última noción, la por usted defendida, creo que se extravía de la misma manera que se extravía el criterio que desde el Poder pretende endilgarle al Arte una responsabilidad que, al menos ontológicamente, debería corresponder a regiones del saber vinculadas con el conocimiento (la escuela; la familia) y que no tienen por qué coincidir con la formación de criterios estéticos.

Lo inmanente es la incomodidad presencial (quiero decir “en tiempo presente”) del Arte: eso que permite que subraye, que diagnostique, que ponga en evidencia una dimensión sintomàtica que deviene terrible por acertada.

Vincular la idea de VALORES mayúsculos con la responsabilidad del Arte (si es que tiene alguna) es una instancia peligrosa capaz de activar a ese pequeño censor (“censor”, no “sensor”) que nos habita e intenta ordenar el Mundo de acuerdo con los subjetivos valores individuales (aunque estos puedan, fàcilmente, disfrazarse de colectivos).

Esa noción de Arte, cuando avanza escandalizada, dejaría por fuera movimientos como el Letrismo, una buena cantidad de piezas de The Factory, todo Duchamp y al menos la mayoría de de piezas que van desde la obra de Russell hasta las manifestaciones performàticas… no equiparo a La Tigrea con estas piezas, pero quiero decir que esta parte del patrimonio artístico universal sólo puede apreciarse con sentido del humor y sin miedo de saber que eso que està delante es, ademàs de plàstica, una expresión sintomàtica de buena parte de lo que nos construye individual y colectivamente.

Alejandra
22 de marzo, 2011

He visto a la Tigresa…cantò o doblò un cd,la gente se burlò, cantò 20 minutos,si a eso se le puede llamar cantar.Felicito al filòsofo por hacer un tratado sobre esta señora,muy bueno,muchas palabras,pero creo que deberìa emplear tanta sabidurìa en otras cosas que valgan la pena.Si algo tiene la sra tigresa es que te deja atònito(a) de ver tanta chabacanerìa y que ¿guste?:Saludos

desde el cubil felino
24 de marzo, 2011

Antes de tomar el avión de regreso al Perú estaba sola en el aeropuerto. Sola con mi asistente, mi hija, mi esposo. No hubo medios, ni periodistas, ni fans, ni estaciones de radio fm comentando mi peinado, ni gente que me dijera a la cara que canto realmente mal . Creo que ante la carencia de tantas cosas necesarias,a las claras no soy ninguna artista.Pero si me puedo convertir en excusa para el razonar creo que no sería la primera vez que se “conceptualice” sobre algo que a simple vista resulta absurdo, inconsistente,cultura chicha tercer mundista y estorbona para algunos, falta de talento evidente, repulsivo, molesto… como ha ocurrido ya en el discurso sobre el Arte, y perdonen por mencionar la palabra. Aprendemos a pensar por lo que vemos, lo que visitamos, lo que escuchamos. Y aprendemos, aprendiendo. O solíamos aprender así. …ya, ya!…No es cuestión de sabiduría, no! Es cuestión de elección.¿Quién en este momento podría no elegir hacerse notar de alguna forma, mínima incluso? ( como yo, grrrrr); ¿quién podría resistir el gusto por las redes sociales, sea como testigo o protagonista sin pruritos morales, racionales o simplemente de sensibilidad, sí, con un pequeño y famoso placer culpable?. Es decir: ¿qué tan resistidos podríamos estar ya a entender que no importa qué opinemos, porque lo que se vé y lo que no se vé no tiene caso distinguirlo en el silencio visual de nuestro virtual existir? Esto sucede detrás del monitor o la pantalla, y sucede además cuando encontramos “anónimos útiles” que nos hacen sentir – corrijo: que los hacen sentir a ustedes, tigrillos- menos ridículos. Es decir, que nos sentimos muy ridículos exceptuando el momento en el que unos cuantos más que nosotros cantan exactamente lo mismo, aprendido incluso esa misma tarde, vía yutuvi antes de irse al bar de moda alternativa a tararear conmigo? Me parece a mí que el deseo de comprenderlo todo y de abarcarlo todo, obliga a tener que meter todo en el mismo saco. Este “tener que totalizar la tolerancia” se vuelve así una opción para quien quiera salvar para el arte o para youtube qué hago y qué no hago, eso sí: felinamente.Algunos, más diestros o más perspicaces, saben que ese tolerar no pretende territorializar, afirmar, dirigir. Pretende más bien reconocer márgenes, que no quiere decir marcar fronteras. Otros, más ingenuos, creen que se trata de lo mismo margen que frontera(aclaro: frontera sería decir “soy esto sí, y esto no” y margen sería decir ” soy desde esto”; “soy porque no tengo esto”) Por lo tanto, esa actitud un poco desengañada por no decir mezquina acerca de si vale la pena o no verme en un concierto porque doblo,o porque soy patética – porque de no ir, no habría necesidad de decir nada de si soy patética, porque qué necesidad de decirlo a estas alturas en que ya se sabe, ¿no?,era simplemente no ir- , o de si acaso la sabiduría tendría forma de palabras para ilustrar la transformación de lo que soy en belleza -como si en algún lugar yo no fuera la belleza sobre el escenario según yo misma y mis rugidos. Yo pregunto: ¿para qué lugar no soy bella? ¿ para el que va a escucharme cantar? ¿para el que me visita?. Todo eso sobraría porque mi presencia desafía al concepto previo digo yo humildemente, como zarpazo final.

De cualquier manera, cuanto yo pueda haber hecho antes y durante mi estadía en Venezuela, lugar dónde como dije en mis conciertos,tuve una aceptación inmensa desde el principio, y que resultó al final,todo este eje de ideas que me hace pensar que no se trata tanto del decir como del hacer del decir-o del decir hacer del hacer(Algo que es muy complicado y sistematizado, pero que sucumbiría desangrado ante una garra que se mueve muy lento para firmar autógrafos, y que aún con dulzura se dirige a los que se burlan de ella y de sus cantidades de maquillaje)

Me fui sola,pues, sin la cobertura de estaciones de radio, ni fotos vía twitter contando como estaba vestida, ni qué sombrero o peluca llevaba. El público tras los conciertos, que resultaba ser frío, apenas se hablaba entre sí, como si al final no supiera qué hacer con la vergüenza después de corear dos canciones con gusto pero dobladas de una pista,casi como sintiendo que se trataba – que soy- un chiste de loco video loco.

Ahora pienso desde mi cubil felino, que quizá se trata de sentir nuevamente ganas de emocionarse. De que se ansía tener que fabricarse la emoción a partir de la evidencia colectiva de que algo nos emociona. De que la Tigresa es un producto artístico auténtico autóctono ( nótese cuántas fronteras hay en todo eso). De necesitar ser en la emoción de algo, como si fuésemos – como si fuesen, ustedes, aclaro, tigrillos- los propiciadores de una buena nueva. Que no lo que es, claro, porque la buena nueva la da el yutuvi ( ¿escucharon ya la canción última de Delfín el minero?)

Claramente yo no soy una artista. ¿Pero se entiende que no por mí los/las artistas dejan de serlo? ¿alguien dejaría de escuchar a Celine Dion o a la primerísima Mirla por escucharme a mí? ( de algún modo, secretamente, no les resultaría tan divertido ya verlas)Esa es la pregunta y quizá nadie la respondería sino Celine Dion o la Primerísima que se atreven como yo, a subirse a un escenario. Y de eso tal vez se trate todo… aunque nos separe obviamente la voz. (Lila Morillo, es más mi cómplice que mi rival por eso que ustedes notan y yo no puedo alcanzar a decir) Entonces: no es “hasta aquí es Celine, y hasta aquí , la Tigresa”; sino que desde aquí,Lila, Mirla, Celine, Mariah, Mirtha, Maria Teresa,Shanya, Dolly, Ella, Bessie, Britney, Shakira,… nos parecemos y yo elegí eso pero no por eso soy igual a ellas. Sino que elijo individualmente un parecido que ustedes han de hacer o no, un gusto real. Mi razón de ser, es pues, no tener que ser. El arte no tendría entonces que preocuparse por el salvaje estampado de mi existir. Creo que lo que podría tratarse es de devolver a los márgenes (recuérdese: desde el vacío, desde la carencia) aquello que simplemente nos emocionaba, y que lidia con las neurosis y las histerias de lo humano íntimamente, vívidamente, y no desde el discurso.

Ni siquiera el falso amor de fanáticos hace pensar ya en el vacío.Por mi parte quizá exagero en lo que no tengo para que puedan verlo mejor. Pero de eso se trata la vida. Querer un nuevo amanecer.

Federico Sabas
26 de marzo, 2011

“Fuertes a lochas” a que esto no lo escribió La Tigresa.

Aníbal
25 de junio, 2011

Junto a Novalis y Jean Dubuffet, con esta obra Víctor pertenece al “gabinete logológico”. Un excelente ejercicio de filosofistizar: “desflemante y vivificante”.

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