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Dioses de América, por Umberto Eco

Una de las mayores diversiones del visitante europeo que va a Estados Unidos ha consistido desde siempre en sintonizarse el domingo por la mañana con los canales de televisión dedicados a las transmisiones religiosas.

Por Prodavinci | 15 de marzo, 2011

Los que no han visto nunca estas asambleas de fieles arrebatados en éxtasis, pastores que lanzan anatemas y grupos de mujeres que se parecen a Woopy Goldberg y bailan rítmicamente gritando “Oh Jesús”, quizá se hayan hecho una idea viendo recientemente la película Borat, pero claro, habrán pensado que se trataba de una invención satírica, tal como lo era la representación de Kazajistán. Pues no, el de Sacha Baron era un caso de “candid camera”: el humorista filmó lo que de verdad sucedía a su alrededor. En fin, que una de estas ceremonias de los fundamentalistas norteamericanos hace que el rito napolitano de la licuefacción de la sangre de San Jenaro parezca una reunión de estudiosos de la Ilustración.

A finales de los años sesenta visité la Oral Roberts University de Oklahoma (Oral Roberts era uno de estos telepredicadores carismáticos), dominada por una torre con una plataforma giratoria: los fieles mandaban sus donaciones y, según la cantidad, la torre emitía al éter sus oraciones. Para ser contratado como profesor de la universidad había que responder a un cuestionario donde aparecía esta pregunta: “Do you speak in tongues?”, es decir, “¿Tiene usted el don de las lenguas, como los apóstoles?”. Se decía que un joven profesor que tenía una gran necesidad de trabajar contestó: “not yet”, “todavía no”, y se le contrató a prueba.

Las iglesias fundamentalistas eran antidarwinianas, antiabortistas, sostenían la oración obligatoria en los colegios, si era preciso eran antisemitas y anticatólicas; en muchos estados eran segregacionistas, pero hasta hace pocos años representaban, en el fondo, un fenómeno bastante marginal, limitado a la Norteamérica profunda de la Bible belt. El rostro oficial del país estaba representado por gobiernos que ponían sumo cuidado en separar política y religión, así como por universidades, por artistas y escritores, por Hollywood.

En 1980, Furio Colombo dedicó a los movimientos fundamentalistas un libro titulado Il Dio d’America (El Dios de Norteamérica), pero la mayoría lo consideró más una profecía pesimista que un reportaje sobre una realidad que estaba creciendo de manera preocupante. Ahora Colombo ha vuelto a publicar el libro con una nueva introducción, que esta vez nadie podrá tomar por una profecía. Según Colombo, la religión hizo su ingreso en la política norteamericana en 1979, en el curso de la campaña presidencial entre Carter y Reagan. Carter era un buen liberal, pero era un cristiano ferviente, de los que se denominan born again, renacidos a la fe. Reagan era un conservador, pero era un ex hombre de espectáculo, jovial, mundano, y religioso sólo porque iba a misa los domingos. Lo que pasó es que el conjunto de las sectas fundamentalistas se alineó con Reagan, y Reagan les correspondió acentuando sus posiciones religiosas, por ejemplo, nombrando jueces contrarios al aborto para el Tribunal Supremo.

Y por su lado, los fundamentalistas empezaron a sostener todas las posiciones de la derecha, apoyaron los lobbies de las armas, se opusieron a la asistencia médica y a través de sus predicadores más fanáticos apoyaron una política belicista, imaginando incluso la perspectiva de un holocausto atómico necesario para derrotar el reino del mal. Hace unos meses, la decisión de McCain de elegir a una mujer conocida por sus tendencias dogmáticas como su fórmula vicepresidencial, así como el hecho de que, por lo menos al principio, las encuestas premiaran su decisión, va precisamente en esa dirección.

Colombo, sin embargo, hace notar que, si bien es verdad que en el pasado los fundamentalistas se oponían a los católicos, ahora los católicos se van acercando cada vez más a las posiciones de los fundamentalistas (véase, por ejemplo, el curioso retorno al antidarwinismo cuando ya la Iglesia había firmado el armisticio, permítaseme la expresión, con las teorías evolucionistas). Y en efecto, es interesante que la Iglesia italiana se haya alineado, no con el católico practicante Romano Prodi, sino con un laico divorciado y vividor. Lo cual hace pensar que también en Italia predomina la tendencia a ofrecer los votos de los creyentes a políticos que, indiferentes a los valores religiosos, están dispuestos a conceder el máximo a las instancias dogmáticamente más rígidas de la iglesia que los sostiene.

Habría que reflexionar sobre un discurso del carismático Pat Robertson, en 1986: “Quiero que piensen en un sistema de escuelas en las que las enseñanzas humanistas estén completamente vedadas, una sociedad en la que la iglesia fundamentalista asuma el control de las fuerzas que determinan la vida social”.

Prodavinci 

Comentarios (6)

Daniel
15 de marzo, 2011

Qué triste realidad

ALEXANDRE DANIEL BUVAT
15 de marzo, 2011

Y pensar que no solo en EEUUAA, crecen como hierba mala anti racional y anti ciencia esos “cristianos” y “católicos” fundamentalistas sino que han invadido las sociedades latinoamericanas, desde los sectores mas necesitados de aferrarse a algo , y superticiosos como los muy pobres, los jugadores, los semi analfabetas, paro tambien algunos militares, políticos y hasta banqueros.. Realmente en el fondo son un poder económico y politico, que se podria asociar a otros politicos que usan la religión (no son islamistas) para un atrasado dominio y un retorno al oscurantismo. Triste realidad verdaeramente

Luis
15 de marzo, 2011

No se trata sólo de necesidad de aferrarse, sino necesidad de creer en algo, en algún asidero que ayude a compensar las deficiencias afectivas, soledades, abandonos y desesperanzas, sean éstas circunstanciales o generadas por trastornos profundos de la siquis. Es allí, donde el predicador, entrenado en las lides del convencimiento y de la promesa, cuyo cumplimiento sólo requiere para su ejecución feliz, morirse primero, entra en escena, con los brazos y, los bolsillos abiertos.

Gustavo Ramírez
15 de marzo, 2011

Todo análisis conduce, en mi opinión, a que la ignorancia de la gente, sumada a sus necesidades materiales y afectivas, son el caldo de cultivo más fértil para que esas, para mí, pobres gentes (Y son millones, infortunadamente) sucumban ante los encantadores de serpientes providenciales que, ahora como hongos, crecen y se reproducen entre los estratos sociales más desguarnecidos en términos de instrucción y de amplitud mental (Quizás ésta es consecuencia de aquélla) En Venezuela tenemos un dicho: “Todo los días sale un pendejo a la calle y quien se lo encuentre es de él”. Obviamente, todos los días salen a las calles del planeta miles de humanos vulnerables (Nuestros pendejos) y allí los esperan, voraces, los muy habilidosos predicadores (Valga la redundancia) para “cogérselos para ellos, y con ellos sus billeteras y chequeras, no faltaba más. En suma, es la ley de la selva: “Survival of the fittest” diría un anglosajón. “Sobrevivencia del más capacitado” en traducción libre. Los eternos vivos explotando a los eternos bobos, bajo la máscara del ilusionista creador de soluciones espirituales y materiales. Delincuentes, en mi opinión, por aprovecharse de pobres seres desvalidos mentalmente y presa fácil de la obvia codicia de aquéllos. Triste, triste…

Jonathan Seckermann
16 de marzo, 2011

¡Qué Dios nos libre!

@manuhel
27 de marzo, 2011

En Dios creo.

El hombre no es más que un algo efímero, perecedero, limitado en todos los sentidos, una especie que se degenera y que cada día se hace más vulnerable a mutaciones celulares, ambientales y naturales; en fin, el ser humano como tal, es alguien que se aferra de manera tendenciosa a la Literatura y a la ficción para tratar de convencerse a si mismo de lo que no es, y de lo que nunca será.

La Vida Eterna bien vale 15 minutos de oración al día, y las costumbres y principios bíblico no tienen ningún conflicto con un mundo mejor, un mundo perfecto, partiendo del precepto de que la perfección (no confundir perfección con lo ideal) es relativa.

En Dios creo, porque creer en Dios me hace bien!

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