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Conjetura en torno a la libertad

Norberto José Olivar parece obsesionado con el problema de la libertad. En esta violenta incursión le da vueltas y vueltas al asunto. Es un texto rápido y nervioso, como si en el fondo le espantara encontrar una respuesta, o, quizás, porque finalmente la consiguió…

Por Norberto José Olivar | 9 de febrero, 2011

A Daniel Vera y Frodiana

—Sé lo que sabes, pero no todo…
—No, todo no…
—Ni yo tampoco. O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este mundo sin saber muchas cosas, porque hay cosas que el saberlas mancha. Eso es el pecado original, y la Santísima Madre nació sin mancha de pecado original…

Unamuno

La libertad sólo es compatible con la literatura, fuera de ella va siendo cosa incómoda de sobrellevar. Voltaire pensaba, así lo escribió en su Tratado sobre la tolerancia, que pocos pueblos de la antigüedad trabaron el libre pensar, y hay mucho de cierto aunque no sea por completo verdad, porque la única estrategia viable para engrillar el pensamiento, o la libertad, o el espíritu, es que el sometido no lo sepa ni lo sienta, allí entra la sofisticación de la política y la publicidad, para que la falta de libertad sea más bien, una consecuencia del libre albedrío del buen ciudadano, o del fiel súbdito, pero las sutilezas son maneras modernas de sometimiento, mientras que las pretéritas dejan mucho que desear en sus modales y delicadezas, por eso mi duda. Pero de una u otra, y como diría Voltaire, discutir esa ausencia es un embarazo pegajoso y traumático que no tiene nada de cierto ni de claro. Digo también que esta ausencia va siendo asunto de genética social, de células madres, porque tienen que ver con elementos fundacionales, no de próceres con nombre y rango, sino con la idea de libertad con que se nos engendra. Del Derecho Divino pasamos —sin propedéutico ni aviso— al abrigo del caudillo benévolo y canonizado, de ipso facto, saltando de venerable a santo por la pura gracia, de la desgracia pura, así, de un pueblo que lo recibe y adora como a su salvador y profeta tan esperado; que si vemos bien, sabemos que es el mismo, Ancien régime, pero menos elegante y con esa falta de estética que tanto padecen los que tienen la verdad consigo. En fin, que Vallenilla Lanz nos dice mucho de esos menesteres, aún con su lacaya intención, pero que por espacio y pereza me ahorro de repetir aquí, porque es lección aprendida y repetida en el catecismo patriotero de cada día, aunque sospecho que muchos ignoran de dónde provienen tan esclarecedoras ideas que a menudo oímos transmutadas en manual de progreso nacional.

En este punto y aparte cito a Saul Bellow —a quien odio con todas mis ganas, porque siempre tiene la razón— que achaca, sin más ni menos, la obediencia al facilismo y la flojera: «Ya no voy a ser responsable de mí mismo —escribe— algo que agradezco. Estoy en otras manos, liberado de la autodeterminación, cancelada la libertad ¡Hurra la supervisión del espíritu!». ¡Bendito sea dios que para eso está el caudillo! En él reposa nuestro espíritu, no nos preocupamos por el mañana, somos como pajaritos a su caro cuidado. Esa es la clave del entuerto, ayer, hoy y siempre, de Comte a Baudrillard, y nos va quedando en claro lo enturbiado de estas aguas propias que no conocen reposo. Entretanto, la democracia, la industria y la felicidad condicionan su cuajadura a la ausencia de libertad como voluntad del libre arbitrio republicano. La elección personalizada de esta ausencia está consagrada, legitimada, legalizada e interiorizada en los recovecos más insospechados de nuestro ser, que casi podríamos confundir (¿o no?) con nuestra dulce idiosincrasia. Ya lo dijo la prosa enredosa y suspicaz de Baudrillard: «la conciencia moral o conciencia colectiva son efectos totalmente mediáticos». Y el honorable Vargas Llosa, tan de moda en estos días, ha dicho, reiterada veces, que la literatura y la concomitante noción de libertad, pueden ser nocivas para el orden social y para una vida de moralina aceptable y enaltecida.

Mucho falta por decir de estos meandros, ni lo oculto ni lo evado, pero baste esta ligera conclusión, este cierre apresurado e intempestivo, para dar una idea de todo lo que no dije y que puedo resumir, aforísticamente, para los buenos entendedores, de la siguiente manera: Los hombres verdaderamente libres, tienen su lugar asegurado en la sociedad: el manicomio, la cárcel o el cementerio.

Norberto José Olivar 

Comentarios (7)

Sol
9 de febrero, 2011

¿Libertad? Palabra compleja, muy compleja. La tengo en alta estima dentro de mi pensamiento y pareciera estar allí como fiera enjaulada al no encontrar su propio significado en el mundo exterior. ¿Libertad plena? …utopía. Sólo en la imaginación tenemos las riendas sueltas.

Saludos!

Sotillo
9 de febrero, 2011

Muy bueno, amigo olivar. La libertad es pura angustia, diría un existencialista. Dijo Leibniz, y antes que él creo que fue Platón, que pagamos ser libres con el pecado, o al menos esa fue la excusa que el alemán le inventó al acreedor divino, así que esa cita de Unamuno viene como anillo al dedo.

Víctor Garay Oleas
9 de febrero, 2011

Para que quepan menos dudas que conjeturas, ni se dé rienda suelta a enredosamente suspicaces prosas procaces, de algún que otro aventajado y batiburrilloso Baudrillard, podríamos atrevernos a espetar este espectorante escupitajo utópico, de esperpéntico y estético categorema, ante cualquier adversa atrocidad carcelaria de los nefastos y nauseabundos sátrapas de siete suelas socialistoideas, que plagan el recalcitrante reino de sus maniáticos mundos: la libertad es un mesías pregonero,/ a quien andan buscando/ mefistofélicos y dictadorzuelos denarios/ que se gastan un tartufoso judas tenebroso,/ para pretender protervamente traicionarla,/ bajo retrógrados regímenes hugorilarios,/ tétricamente totalitarios,/ o con musulmaniática mueca macabra,/ de talibánicas tozudeces fascistoideas fundamentalistas… Para que no prolifere más tanto ergastulante ensañamiento genocida, gracias, Víctor Garay Oleas.

jorge sanguino
9 de febrero, 2011

Recuerdo, a un pensador perdón recuerdo lo que dijo uno que creia en la libretad [Estamos condenados a ser libres*}

Juan
10 de febrero, 2011

«…no nos preocupamos por el mañana, somos como pajaritos a su caro cuidado. Esa es la clave del entuerto…» He allí la razón, la culpa colectiva por la cual la democracia es difícil y compleja, y la dictadura fácil y monocromática: la democracia implica responsabilidad, educación, meditación, asumir las consecuencias y rectificar. La dictadura, irresponsabilidad, ignorancia y patanería, impulso cretinoide y alegre, no asumir las consecuencias (aunque se sufren igualmente), no rectificar.

cecilia
11 de febrero, 2011

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