Artes

La teoría del café francés

Norberto José Olivar: "El extravagante autor de El burdel de Lord Byron, Luis Antonio de Villena, dice que el café vuelve inteligentes a los franceses, mientras que el té hace de los ingleses unos auténticos amargados."

Por Norberto José Olivar | 4 de enero, 2011

El circunspecto y tímido Robert Walser llegó a sentirse muy refinado leyendo periódicos parisinos. En el Café de Flore, de Saint Germain des Prés, por ejemplo, llegaba de bastón y sombrero, se sentaba de piernas cruzadas y leía taciturno y rítmico Le Temps o Le Figaro. Estas lecturas lo hicieron tan aristócrata y patricio que decidió no hablarle a nadie, no mezclarse, guardándose así de contaminantes modos trogloditas o de torpes ladys que llegaron a pretenderlo.

El extravagante autor de El burdel de Lord Byron, Luis Antonio de Villena, dice que el café vuelve inteligentes a los franceses, mientras que el té hace de los ingleses unos auténticos amargados. Esta segunda idea da cierta base para elaborar una teoría acerca del refinamiento que produce el café y la prensa francesa. Ya advertía Kafka lo propicio de los cafés europeos para sentarse a escribir y pensar.

Si aceptamos lo anterior como una ley de la evolución y el progreso literario, va quedando en claro del por qué vamos tan flacos en estos menesteres. Lo primero sería que el Ministerio de Cultura propiciara la proliferación de cafeterías parisinas por todo el país y la libre circulación de Le Parisien, Le Figaro, Libération, Le Monde, por supuesto, previa inclusión del francés como segunda lengua, lo que obligaría a impulsar un proyecto educativo y estético absolutamente revolucionario y libertario.

Mientras llega la hora de este «salto francés» debo conformarme con mi mesa de la fuente de soda Irama, armarme de paciencia para soportar aquello que no puedo cambiar, como el desfile de amigos desconsiderados que se apersonan a demostrarme que son muy leídos y las bullarangas politiqueras que más de una vez me han hecho saltar entre líneas o perder alguna idea que habría cambiado el curso de la historia. Quizás estemos próximos al restablecimiento de la Commune de Paris, breve, pero perturbadora y capaz de ordenar estos desmadres, espera uno.

¿Café au lait? —me pregunta Rubén, el mesonero a cargo del rango de mi mesa. Y que, por lo visto, ha decido adelantarse al salto francés.

S’il vous plaît —balbuceó sorprendido y optimista, para qué negarlo.

Y si empecé con Walser recojo con él: Los productos de la lengua castellana —confieso— ya no hallan gracia alguna ante mis ojos. Se me ha olvidado mi lengua originaria y materna. ¿Será esto perjudicial? ¡Traitor!, oigo que alguien grita a lo lejos… y no sé por qué, pienso en los días radiantes y festivos de los guillotinadores franceses. Digamos que, por ahora, eso es historia lejana también.

*Disculpen mi francés, por favor

Norberto José Olivar 

Comentarios (23)

Federico Vegas
4 de enero, 2011

Una pregunta impostergable: Si el café vuelve inteligentes a los franceses y el té hace de los ingleses unos auténticos amargados, ¿qué hará de nosotros tanto whisky?

Rafael
4 de enero, 2011

Federico, el whiskey, al menos, nos hace más pobres. Con esos precios… Hay cierta humildad en el café y el té.

Adriana
4 de enero, 2011

Quizás lo único que se pueda comparar de Irama con los cafés franceses es el ambiente aletargado en el tiempo de las ciudades europeas (obviando que ese “ambiente” se vuelve arte decó en la Irama de sillas naranjas y mesas cuadradas con manteles verdes) Los comensales… imaginemos un café parisino lleno de turistas maracuchos.(¡!) ¿Es eso lo que llaman globalización? ¿fronteras imaginarias? Habrá que preguntarle a Rubén. ¡C’est la vie!

Norberto J. Olivar
4 de enero, 2011

¿Whisky? , bueno, yo me volvía hombre lobo, pero ahora solo bebo vino chileno con pitillos de los finitos, miren el escalafón de los profesores universitarios y se compadecerán de este servidor. Abrazos!!!

Samuel F. Sotillo
4 de enero, 2011

Esto me recuerda a Borges, que decía que nosotros los latinoamericanos estábamos más cerca de los franceses que de los mismos españoles, visto el estado de absoluto abandono en que estaban las letras peninsulares para entonces (dejando a un lado la década de plata que precedió a la guerra civil). Y no dejaría de ser irónico ese regreso a París, cuando estamos a punto de celebrar el centenario de ese período histórico de nuestras letras, cuando los escritores (y pintores) latinoamericanos que se respetaban hacían su obligada pasantía por la Avenue des Champs-Élysées y sus cafés, lugares donde Úslar, Asturias y Carpentier se sentaban a conversar sobre esa novedad que llamaban “realismo mágico”, o donde Huidobro intentara aniquilar a Darío con su grito de “no te serviré”. Muy interesante.

José Miguel Roig
4 de enero, 2011

¿Qué ocurre con los que tomamos manzanilla (no la de alcohol)?

ramon.elias
5 de enero, 2011

Nolberto, el café nos vuelve más lúcidos, a todos, en la mañana. ¿Inteligetes?, no lo creo… el que nace barrigón, ni que le pongan horquetas. Siempre es bueno conservar el humor y expandirlo, sin esas procacidades de los humoristas de pacotilla con títulos nobiliarios. Saludos.

Pd. Hay “guisquis” tan buenos que en vez de dar “ratón” -al día siguiente- lo que dan son ganas de seguir bebiendo.

Daniel Centeno
5 de enero, 2011

Compadre, si se le olvidó su lengua originaria y materna, entonces, cómo escribió este artículo? Cuídese mucho y ya sabe que estamos jodiendo!

María Eugenia
5 de enero, 2011

Conservador caballero costumbrista colombiano, fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, D. José María Vergara y Vergara (no, no tenía familia maracucha), no supo de Walser pues murió en los 1870s antes de que éste naciera; eso no fue óbice para que escribiera “Las tres tazas” (chocolate, té y café), un ensayo magistral y deleitoso sobre el cambio cultural en Colombia según si predominara la influencia mediterránea o anglosajona.

http://www.ensayistas.org/antologia/XIXA/vergara/

En cuanto a la observación de Federico Vegas, no tengo más que ver mi triste tazota de aguachirri, American coffee, y escuchar a mi hija al salir de casa, “mom, I can’t believe you were born in Venezuela, this coffee s…cks!” Hablando de influencia cultural, modales, et al

María Eugenia
5 de enero, 2011

Villena contrapone “inteligencia” vs. “amargura” y, que yo sepa, no son contrarios, sobrando los ejemplos; su punto razonable ha de ser, si le leo bien, que la verdadera inteligencia es vital y no amarga y en eso se parece al buen café. Cosa buena del café es que admite, si no matrimonio sí arrejuntamiento ocasional con lo etílico, léase con el ron o el Irish Coffee(por mi detestado y dulzón , por aquello de “borracho no come dulce”). Voy a probar con mi favorito a ver: “Para todo mal mezcal… para todo bien también”. ¡Salud a todos! Apenas empezó el año y ya estamos inspirados por lo que veo.

Samuel F. Sotillo
5 de enero, 2011

¿Y qué será del coffee estadounidense? ¿es la cantidad lo que explica su hegemonía cultural? Como diría Umberto Eco, un cafecito no es igual a una “cup of coffee”, la primera la rendimos en sorbitos y a pie para que nos dure, mientras que la segunda la jalamos en sorbos y sentados, para no alargarla demasiado. Buenísimo, el ensayo de Vergara y Vergara.

Norberto J. Olivar
5 de enero, 2011

Exquisito ensayo el de Vergara y Vargara!

Alonso García
5 de enero, 2011

Extraordinaria tertulia… Pensar (vaya ironía) que leo esto desde un cíber café. Ahí se los dejo. Un abrazo

Amanda González
6 de enero, 2011

Mirá Vampiro, esa teoría tuya lo que lleva por dentro es la contrarrevolución, ¡soís un pillo, pero igual te adoro!

jorge sanguino
8 de enero, 2011

La amargura de los llamados inteligentes. Saber que siempre llueve,que el agua cae, y poco a poco se evapora que sino crecemos moriremos,que el tiempo es otro invento,no reconocido por algunos hombres.Hablar para no ser oido,será mejor el silencio como lenguaje, olvidar el ruido de las palabras,esperar que la intuición reine en silencio; Mejor me tomo un café. Para mi no importa el lugar, mi concentración está en el liquido.

Héctor
8 de enero, 2011

El café hace inteligentes a los franceses… Entonces también los hace cobardes y capaces de darles su café al primer aleman que se los pida. Pero si los ingleses inventaron el humor, realmente no le encuentro sentido.

Ruben Mesa
9 de enero, 2011

Wao que profundo!

María Eugenia
9 de enero, 2011

Héctor ¡qué graciosa observación! atribuirle la poca “resistance” gala al cafe-au-lait.

Norberto J. Olivar
9 de enero, 2011

Me alegra que este breve divertimento convoque tan animada tertulia, pero es cosa buena recordar que el café no debe tomarse a pecho, al menos eso decía mi madre:”Te quema y te deja bizco”. Gracias a todos por su buen humor!!!

Alfonso Ocariz
10 de enero, 2011

Claro, para los que no podemos disfrutar el cafe Irama que lo toman del que se producía en la hacienda Blandín del Chacao rural, esa sabroza infución es tradición de manifestación de aprecio de todos aquellos que a nuestras casas se acercan, por supuesto, me refiero a la ciudad tachirense de Rubio, emporio de producción cafetalera que junto a otras áreas montañosas de los Andes, constituyó la fortaleza económica de nuestro país a finales del siglo XIX. Nuestro acceso al exquisito mundo parisino, nos lo permitió el bodadoso café que nos suministraba las tan necesarias divisas para emprender ese anhelado viaje, pero, tal vez, con una escala previa en el puerto alemán de Hamburgo, para descargar el preciado producto que emanaba de nuestras tierras. El café, en nuestro caso, fue manifestación de aprecio, de calor humano y de bienvenida al visitante, era como un aviso de que podía quedarse unos días en nuestras casas, donde nos esmerabamos por demostrar nuestra calidad de anfitriones.

María Eugenia
10 de enero, 2011

Alfonso, gracias por recordarnos esto, al menos yo, que sabía lo del café tachirense y la bonanza del XIX, leí lo suyo como si fuera 1a noticia; hace tantos años que no pruebo un buen café venezolano; al recibir un paquetico de Las Llaves es que me aguan los ojos. El café creó ciudades, erigió monumentales edificios, trajo a las cocottes francesas hasta la Mérida mexicana, hizo y deshizo culturas.

Héctor
17 de enero, 2011

Concuerdo con Jorge Sanguino. Aborrezco a Umberto Eco, todo el me recuerda a papel viejo, gastado, formado en pilas y esperando ser recortado. Me recuerda los montones de libros del ministerio que atestaban la biblioteca de mi escuelita. Rellenos de miles de palabras metodológicamente colocadas por algún comunista de bolsillo que acariciaba su tesis de sociología. Detesto a la semiótica, la medicina semiótica que devoró a toda una generación de intelectuales venezolanos. Demasiado preocupados en explicar el significado y dedicados a despreciar el mundo de rancho y miserias que arrastraría nuestro destino. El café me hace sentir bien y aqui en Meopham, aunque el café no se llame San Antonio, ni la mantequilla Rica. Te las arreglas por que la vida es bella.

Samuel F. Sotillo
17 de enero, 2011

Cuánta amargura en algunos… supongo que debemos culpar la atmósfera… en fin, esto es sólo una broma que, como los mensajes de una serie televisiva, se auto destruirá en algún futuro que no conocemos. Soy de la provincia, no capitalino, así que el café para mí es lo más “comunista” que puede haber; mi abuela paula siempre tenía su termo lleno y a la espera de que algún cristiano cruzara el umbral de su puerta para ofrecerle: una taza de café negro o un marroncito y un trozo de arepa pelada. En su casa no había santas cenas sino santos café y arepita… pero, en fin…

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