Ciudad

Presentimientos

Héctor Torres: "Las balas también tropiezan con cuerpos de niños cuyos padres apenas les quitan la mirada de encima por unos segundos. Y entran en casas sin ser invitadas. Por eso, el que se reúne con los suyos cada noche tiene pleno derecho a celebrar la vida"

Por Héctor Torres | 6 de septiembre, 2010

Y también me dijo, no te mortifiques
que yo le envío mis avispas pa’ que lo piquen
Juan Luis Guerra (Las avispas)

Nadie sabe cómo fue a parar allá. Una madrugada Herminia y sus hijas despertaron con sus ladridos y, al asomarse al balcón, lo vieron. Había quedado atrapado del otro lado de los rieles, en las vías superficiales del Metro, a unas tres cuadras de la estación. Podía ver los eventuales carros y las personas pasar al otro lado de la cerca metálica, pero el instinto le decía que no intentara cruzar el campo minado de los rieles. Caminaba de un lado al otro y ladraba por tandas, cada vez que el hambre, la sed o el miedo le enterraban un poco más el cuchillo de su desconsuelo.

Cinco días después, cada vez más débil y desorientado, seguía en sus periódicas rutinas de ladrar y caminar de un lado al otro, moviendo ansioso la cola, sin que autoridad alguna atendiera los llamados de Herminia que, madre al fin, suplicaba por su rescate.

Estamos resolviendo, le respondían en automatic mode.

El perrito se moría poco a poco, frente a los miles de carros y personas que, a toda hora, formaban parte de ese río desalmado e indiferente que en última instancia le regalaba al paso una breve mirada de curiosidad.

¿Quieren una metáfora más gráfica de lo duro que es estar solo en la ciudad?

Aunque tener quien vele por ti tampoco es que sea garantía de nada. Las balas también tropiezan con cuerpos de niños cuyos padres apenas les quitan la mirada de encima por unos segundos. Y entran en casas sin ser invitadas. Por eso, el que se reúne con los suyos cada noche tiene pleno derecho a celebrar la vida.

Lástima que hay quien no note tanta fortuna.

***

Herminia sí sabe que reunirse con sus hijas es celebrar, pero también sabe que hasta ese momento, en esta ciudad, en este país, todo es incertidumbre. No se sosegaba hasta abrazar a sus hijas, a las seis de la tarde (si los jefes no se ponían ocurrentes a última hora y el Metro se portaba bien), cada día, luego de buscarlas al colegio, almorzar con ellas, dejarlas solas y volver al trabajo en un despacho de abogados, hasta esa hora en que le volvía la vida.

Las niñas se sabían de memoria las advertencias y las repetían automáticamente sin despegar la vista del televisor. “No le abrimos la puerta a nadie”, “no estamos solas, mi mamá está en el baño”.

Y como si domar los pensamientos masoquistas que bebían de esa pesadilla diaria que la prensa reflejaba no fuese un trabajo a tiempo completo, la niña mayor le comentó días atrás que habían estado llamando a casa, durante la tarde, y colgaban sin hablar.

Tres días después del mismo episodio incluido en el recuento de todas las noches, agobiada de tanta realidad y tantos oscuros presentimientos, se fue al Sambil al salir del trabajo y le compró su celular:

No atiendas más el teléfono de la casa. Si soy yo, te llamo por aquí, ¿entendido?

El infierno adquirió entonces forma de SMS con pésima ortografía:

“Mami, sigen yamando, qe ago?”

Herminia, leyendo el SMS, no podía dejar de pensar en lo solo que es el edificio durante el día  (1). Pero qué hacer si esa es la vida de todos. Pagar un alquiler para cocinar, dormir y guardar los niños durante la tarde.

Algunos afortunados, hasta tenían con quién tener sexo ocasionalmente.

Al cuarto día las llevó a la casa como siempre y, cuando iba de vuelta al trabajo, algo sin palabras le dijo que hacía mal en volver a salir. Pero ¿En qué artículo de la Ley del Trabajo está establecido el “presentimiento” como falta laboral justificable?

Y se fue más apesadumbrada que de costumbre.

***

No eran las tres y media cuando recibió el SMS. Al ver el nombre, entendió que los presentimientos se estaban corporizando de a poquito. Y le estallarían en la cara si no hacía algo. En ese momento la muchacha de Contabilidad le estaba contando cómo unos atracadores exigieron todos los Blackberrys presentes en un cine, localizándolos por bluetooth.

No se equivocó. Leyó: “Mami, ai unos ombres afuera y estan tocando”.

Un relámpago helado le recorrió el cuerpo. Eso que era un temor ubicuo adquirió apremiante solidez. Un fogonazo venido de la sangre hizo que agarrara su cartera y, sin informar a nadie, cogiera la calle, viendo una y otra vez la maldita escena del pasillo solitario, con apartamentos vecinos tan ausentes de adultos como el de ella, con hombres trabajando fríamente para entrar en su casa, previamente radiografiada con maña y maldad.

Las piernas no se estaban portando a la altura. Ni la cabeza. Ni los pulmones. Nada en su cuerpo estaba cooperando con la colosal tarea de llevarla, nueve estaciones y tres cuadras, de vuelta a casa. Sobre todo no la cabeza, que se solazaba en ver fotogramas con puertas fracturadas, un apartamento en desorden, niñas temblando en un closet o bajo una cama.

Un dolor le aplastaba la espina dorsal y la obligaba a contener arcadas y gemidos.

***

Cuando el tren llegó al fin a Colegio de Ingenieros, se subió al vagón un hombre flaco, seco, con un penetrante olor cáustico a tono con su aspecto. Llevaba una especie de camisón blanco largo con bordes azules, sandalias y un gorrito. Una pelambre larga, gris, desordenada, hacía de barba. Huesudo y de mirada extraviada, caminó lento hasta colocarse a su lado. Al rato comenzó a entonar unos cánticos que sonaban a lenguas muertas siglos atrás, dejando flotar las manos en el aire, como si fuese un ciego a punto de tocar algo.

Al cabo de un momento, cesó de golpe y le dijo, con una sonrisa triste:

La lucha fue dura, pero el Maestro tiene más poder. Hemos vencido.

Y sin decir más se bajó en la siguiente estación.

Lejos de sentirse mejor, Herminia se inquietó más. No se inquietó: se arrechó. Le arrechó la absurda escena en que ese hombre extraño le dirigiera la palabra. Le arrechó esta estúpida ciudad y el hecho de no ser hombre y no llevar una pistola en el pantalón. Se arrechó con el tiempo que se pone pastoso cuando le conviene y con el hecho de no poder volar, desmaterializarse, pulverizar enemigos con su mente.

Llegó a su estación, atravesó las tres cuadras de siempre y subió por la escalera los dos pisos de siempre. Hubiese dado su vida en ese instante por encontrar su reja cerrada. En efecto, la encontró sin necesidad de transar la vida. Eso, sin embargo, no aplacó el terror que la tenía dominada como una llave inglesa. Tenía que verlas, examinarlas, tocarlas enteras, intactas, sonrientes, inocentes. Cuando metió la llave, el corazón le dio un vuelco al notar que la cerradura tenía unos mordiscos como de un alicate o de una herramienta.

Pero estaba cerrada. Ese viejo mecanismo que no sabía a quién agradecer su invención, decía que en su casa sólo estaban sus hijas. Y nadie más.

***

Y de verdad que los tipos lo intentaron todo. Hay días de mala leche y con eso no se puede. Todo estaba calculado y todo salió mal. Se les rompió una mecha, se les trabó un alicate de presión, bajaron unas viejas por las escaleras, les alertaron de unos policías en la esquina. Un trabajo de mierda que debieron abandonar.

Esta vaina tiene una protección muy arrecha, mi pana, dijo uno de los tipos que creía en vainas, y decidieron abandonar un trabajo que parecía mandado a hacer.

***

Al cerrar la puerta tras de sí, vio a las niñas sentadas en el sofá, viendo televisión. Abrazarlas, sentir la suave tibieza de su piel y sus olores a leche tibia, una, y a madera fresca la otra, fue abrir las compuertas de un vendaval que la estaba acalambrando. Lloró, abrazándolas duro, desde el fondo de sus pulmones. Las niñas estaban desconcertadas. Pero muy pronto, y a falta de explicación, la mayor intentó zafarse para no perderse la película. La más pequeña, cuando pudo hablar, fue al grano:

Mami, ¿nos trajiste algo?

*******

(1) Según cifras del INE, en 2009 ocurrieron 395.754 delitos en casas y apartamentos en todo el país.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (24)

carlia
6 de septiembre, 2010

Y ¿cuántas Herminias habrán existido hoy? Viví su angustia. Excelente. Un abrazo.

Rosa Prat
6 de septiembre, 2010

¡Minutos como siglos! Excelente siempre 🙂

AustralND
7 de septiembre, 2010

Cuánta zozobra y cuánto sufrimiento. Muy bueno el relato, terribles los sentimientos que despierta. Saludos

mharía vázquez benarroch
7 de septiembre, 2010

Más que excelente. El elemento angélico del metro es maravilloso. Enhorabuena maese.

Ybelisse Colina
7 de septiembre, 2010

Excelente…Saludos.

isabel molina
7 de septiembre, 2010

Al terminar de leer el relato las lágrimas brotaban de mis ojos a borbotones. Me llegó muy profundo porque siento lo mismo con mis hijos que ya son adultos y salen de noche. Siento que el alma me llega al cuerpo cuando escucho sus llaves al regresar. Excelente historia, magnifica manera de presentarla. Felicitaciones a Héctor Torres. Gracias a Prodavinci por publicarla

DarkPrinceRS
7 de septiembre, 2010

Tienes toda razon, lo menos indicado para despues de almorzar… pero realidad inevitable de nuestro entorno. Dios guarde a las Herminias y a sus familias.

María Antonieta Arnal
7 de septiembre, 2010

Triste realidad, muy común en estos tiempos. Sólo nos queda confiar en Dios.

Mitchele Vidal
7 de septiembre, 2010

Los que tenemos hijas sabemos cómo es eso de no respirar hasta tener encima su cálido olor a leche tibia o a madera fresca.

Héctor, como siempre, maravilloso.

Eduardo Mujica
7 de septiembre, 2010

Excelente relato, nos ubica a todos en este ambiente de permanente inseguridad en la que vivimos de una u otra forma. !Felicitaciones!

Beatriz
7 de septiembre, 2010

Que ralato tan de la vida diaria y pensar que de alguna u otra forma esa angustia la vivimos todos los venezolanos todos los días. Dios protega siempre a las tantas Herminias y sus hijos. Ojala el Presidente entendiera que ningún venezolano tiene un día plácido y tranquilo y la zozobra esta presente desde que nos levantamos hasta regresar a casa.

Beth
7 de septiembre, 2010

Exclent, magistralmente tratado, maravillosamente de entrar en la mente de 1 MADRE de esas en #Venezuela q 100pre estan solas con sus hij@s x los siglos de los siglos…

Xavier
8 de septiembre, 2010

Excelente relato. La incertidumbre arropa al mundo. En Puerto Rico ocurren proporcionarmente la misma cantidad de delitos y quizas más, teniendo en cuenta que es una isla de menos de 4 millones de habitante. La angustia que narra el relato se vive igual en Miami, Los Angeles y México, y siga sumando. Por eso el tema de este relato es universal.

Karina
8 de septiembre, 2010

Esto me hizo recordar, cuando de pequeña me quedaba sola en mi casa (hace 12 años más o menos), porque mi mamá trabajaba. Y siempre me alertaba cada vez que alguien desconocido tocaba la puerta. Hasta cuando llovía a cántaros me ponía nerviosa. Siempre llamaba a mi mamá, o mi mamá me llamaba a mi cuando habían pasado algunas horas y yo extrañamente, no había llamado. Creo que lamentablemente todos en algún momento pasamos por esa angustia al vivir en esta ciudad.

Lucas García
9 de septiembre, 2010

Bien bueno, Héctor

Becky
10 de septiembre, 2010

Héctor, muy bueno su relato. Qué angustia! Todas las mamás nos identificamos con Herminia…

Maripili
11 de septiembre, 2010

Por lo menos esta vez no sucedió nada… bueno, sí. Pero la angustia es de todos los días, es cotidiana.

@maricruzpacheco
12 de septiembre, 2010

El corazón se me salía por la boca con cada paso que daba Herminia…que don de hacer vivir las palabras tienes Hector, Dios te lo bendiga!

Héctor Torres
13 de septiembre, 2010

Los comentarios ilustran no sólo la permanente sensación de inseguridad en que estamos sumergidos los ciudadanos, sino la certeza de la impunidad y la falta de respuestas efectivas por parte de las autoridades que acompañan nuestros terrores cotidianos. Además de un ejercicio de escritura (que lo es), este texto es también una forma de acercarnos a esos temas que a todos nos afectan, un forma de lidiar con ellas en nuestra vida diaria. Todo, menos el sedante olvido, que es más peligroso que lidiar con la realidad. Muchas gracias a todos por comentar. Gracias por los conceptos emitidos y las generosas palabras sobre mi trabajo narrativo. Nos reuniremos en la próxima crónica.

Me enterneció particularmente tu comentario, Isabel

Abrazos a todos.

Lin
13 de septiembre, 2010

Héctor, tu conexión como escritor con el ser humano es un don que muy pocos llegan a manejar hasta lograr la fuerza emocional que tú transmites en tus textos. No respiré hasta que terminé de leerlo, sólo se me escapó un suspiro ante la belleza de esa realidad mágica en la que uno confía casi a ciegas para poder abrir la puerta cada día y dejar a nuestros hijos en casa, con el celular como extensión del cuidado maternal y una miríada de ángeles custodios. Con el corazón aleteando corro a abrazar a mi hija, y te abrazo.

reyna varela
17 de septiembre, 2010

Hector..¿tienes hijos? Y madre de tus hijos? ¿compañera? Percibo una conexión tan fuerte entre ambos que has sabido ponerte en su lugar, no maginando, sino siendo fiel a ese misterio que para una mujer signifian los “presentimientos”. He sentido más de una vez el relámpago del miedo en mi columna vertebral. Te abrazo.

Luisa De La Ville
2 de octubre, 2010

Héctor, sencillamente maravilloso. Es difícil no sentir una identificación total con Herminia. Lo veo también como la semilla de un muy buen cortometraje. ¡Gracias!

Héctor Torres
2 de octubre, 2010

Gracias, queridas amigas, por sus comentarios. Sí, Reyna, tiendo mucho a ponerme en el lugar de los seres queridos. De hecho, es un excelente ejercicio hasta con desconocidos. Cuando logras dominar el ejercicio, comienzas a entender tantas cosas del otro, y comienzas a verlo como alguien más cercano. Abrazos

diana
3 de octubre, 2010

Que bueno y que real! Se sigue como viendolo minuto a minuto. No solo los pasos de Herminia sino la dependencia de sus hijas en ella. La historia Matriarcal de las ciudades latinoamericanas. Y como sufren madres e hijos…

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