Artes

Yo soy feliz, pregúnteme cómo

Carolina Lozada y su "encuentro" con la felicidad

Por Carolina Lozada | 14 de agosto, 2010

Todos los días la veo pasar al frente de mi casa. Es flaca, pequeña, pálida y fea, y siempre me saluda desde el otro lado de ventana; sonriendo desde su cara ancha y sin gracia; coronada con una pollina oscura y corta. Yo le respondo, tengo que hacerlo, no por obligación ni muestra de afecto, sino por mera cortesía. Mi saludo es seco, casi un gesto automático y aburrido. La muchacha (la llamo así porque no sé su nombre) trabaja en una compañía trasnacional que ofrece servicios y productos que garantizan la felicidad humana. Ella, una de sus vendedoras estrellas, lleva una chapa en el pecho que dice Yo soy feliz, pregúnteme cómo. Ya que nunca he creído en los rezanderos de la felicidad y me llamó la atención su letrero optimista, un día le hice una seña para que se acercara. “¿Cómo haces para ser feliz?”, le pregunté con un tono socarrón y descreído. Ella sonrió, lo que me permitió notar que sus dientes eran grandes y disparejos. “Es fácil, sólo debes comprar y creer”, me respondió, e intentó cruzar el umbral de la puerta; pero se lo impedí como un buen cancerbero que cuida su guarida. Muéstrame lo que tienes, le dije, pero hazlo rápido, tengo poco tiempo. La muchacha sonrió nuevamente, y al hacerlo noté que sus ojos se achinaban.

Lo que me mostró fue una particular caja de pandora: un kit que contiene un CD con terapias de sonidos para aumentar la alegría y la inteligencia; varios sobrecitos de tés hechos de la raíz del ginkgo biloba, la única que resistió la bomba atómica (a la muchacha le dio gusto darme esta información), y que sirve para repotenciar la energía perdida; otros tantos CDs con charlas de autoayuda, indispensables para solucionar los problemas cotidianos; manuales de terapia Zen para la relajación y la meditación; un juego de botellitas con gotas de flores de Bach, ideales para todo tipo de dolencias físicas y emocionales; un recetario de comida saludable (productos sin Karma, me aclara la muchacha); un atrapa-sueños para poner en el espejo retrovisor y no estresarse en las colas del tráfico; un manual con posiciones sexuales que estimulan los chakras del amor y la pasión; varios cristales de sanación con instrucciones encabezadas por el sugerente: “Usted ya no necesita médicos, eso es cosa del pasado. Ahora sánese usted mismo”. Y como añadido, en la misma tradición de las Telecompras (ésas que dicen “pero espere, hay más…”), la muchacha me mostró, como la gran ñapa universal, un producto diseñado especialmente para nuestro país: unos hisopos antibacterianos que limpian, de nuestros maltratados oídos, los microbios a los que diariamente estamos expuestos por la sobreexposición a las alocuciones reglamentarias. Ante el asombro que mostró mi cara al ver ese producto, la muchacha se largó a explicarme la utilidad de los susodichos, que, para ser sincera, yo veía como unos corrientes palitos con la punta de algodón. Pero no, no se trataba sólo de eso, me aseguró la alucinada vendedora, que a estas alturas ya me hacía preguntarme si acaso se trataba de alguna paciente escapada de un hospital psiquiátrico: los hisopos nos mantienen el aura limpia de las impurezas sónicas. ¡Oh, my God!, exclamé ya al borde de un llanto nervioso. “Pero espere, hay más”, prorrumpió la mujer como una evangélica poseída: estudios científicos han demostrado que todos nuestros males provienen del germen que se nos acumula en el pabellón de la oreja y cuyo sedimento se desliza rápida y mortalmente hasta nuestro cerebro, emitiendo ondas bacterianas que nos arruinan el cuerpo, el alma, la alegría, el futuro, el corazón, la vida. “La palabra también puede ser veneno”, remató la muchacha mientras me ofrecía un hisopo como muestra gratuita.

Con una sonrisa que la hacía ver más fea, me preguntó: “¿Quiere ser feliz? ¿Se anima? Sólo le cuesta…” Pero antes de que dijera el monto ya le había tirado la puerta en la nariz. Eché llave, temerosa de que la mujer pudiera tumbar la puerta con las manos y el rostro enloquecido. Me quedé parada un rato en el más absoluto silencio, esperando escuchar el portón de salida, pero al no oír nada decidí asomarme a la ventana, y ahí estaba ella, como el personaje de una película de suspenso, sonriéndome y saludándome con la mano. A sabiendas de que no se iba a ir si no la despedía, asomé un poco la cabeza, mientras sostenía la puerta con el resto del cuerpo, y volví a escuchar su propuesta: “¿Quiere ser feliz? Es fácil”. No, hoy no, le respondí con una sonrisa nerviosa. Otro día será. “Muy bien, hasta luego, yo siempre estaré por aquí”. Su despedida me sonó a advertencia, a sujeto peligroso merodeando la casa. Yo siempre estaré por ahí. Por fin la vi alejarse, y me quedé con su hisopo limpia-aura en la mano. Afuera, un automóvil forrado de propaganda anunciaba desde un altoparlante la alocución reglamentaria del día en la plaza principal. Recordé en ese momento que desde hacía unos meses se había puesto en vigencia una ley que obligaba a toda la comunidad a presenciar y escuchar las alocuciones del Intendente en vivo. Y en el caso de personas mayores o de enfermos, los funcionarios del Estado, previa inspección, ubicaban pantallas y altoparlantes en lugares estratégicos para que ningún ciudadano se quedara sin escuchar los importantes discursos. Esa semana le tocaba a mi comunidad. Guardé el hisopo con sumo cuidado mientras me recriminaba por no haberle pedido al menos una docena de esos palitos mágicos.

Carolina Lozada 

Comentarios (26)

Arturo
14 de agosto, 2010

Creo que su texto es algo intolerante. Más que con la vendedora que cree ser feliz y vive en total tranquilidad en su ignorancia (a raíz de un sinnúmero de problemas sociales que habría que analizar) sentí antipatía por usted. Fue usted la que le abrió paso y ella se acercó con la inocencia y el desconocimiento que sería ridiculizada después en un texto. Así es como lo veo a la distancia. Mi comentario es de buena fe y con todo respeto.

Katherine
14 de agosto, 2010

No me gustó.

Salvador
14 de agosto, 2010

Creo que nos van a hacer falta muchos hisopos, y de acuerdo con que las palabras pueden hacer daño.

Clarice
14 de agosto, 2010

Por los comentarios que han hecho, sospecho que “la felicidad” es objetivo de muchos en este mundo miserable; qué importa que ésta venga en un “kit” y sea, al menos, una posibilidad que, curiosamente, vacía nuestros bolsillos porque ahora ella, la felicidad, es un producto más del mercantilismo. Es esto último, me parece, lo que pretende destacar el texto de Carolina Lozada.

Sin embargo, creo que, en el fondo, la esperanza debe ser bienvenida venga de donde venga. Tenemos, eso sí, la capacidad para elegir cuál tomar y cuál no; podemos ser críticos, despellejar ciertas formas de “venderla” o sencillamente seguir siendo observadores pesimistas de todo lo que pudo ser nuestra civilización y no fue.

Personalmente creo que, como dice Yourcenar, la felicidad es prematura en este mundo, el nuestro. Lo cual no sugiere descartar ciertos placeres, las bondades de un mundo que no está allí para satisfacer nuestras expectativas.

Dura vida.

Antonio
14 de agosto, 2010

No veo la intolerancia por ninguna parte. Es como que nos disgutemos con la mala de la novela hasta el punto de ofender a la actrin si la vemos en la calle. Es un texto que dibuja una realidad del día a día con visos medio surealistas, alguito de humor e ironía que digiero con facilidad. Es un mini relato creativo y fácil de leer. ¿Porqué no probar con algún tema de predicadores capaces de dar un parao a la histeria ?

Sydney Perdomo Salas
14 de agosto, 2010

A mi me ha parecido una película de suspenso jajajaja…Ya esperaba que esa tía feliz hiciera algo escalofriante a la chica jajajaja…! Tal vez que la tele transportara con una energía aurica a otro mundo, tipo manga asiático jajaja…Ya el rasgo físico que le dio a la chica me ha activado la imaginación al instante.

Muy bueno, sería genial que fuese más largo el cuento. 😉 Algo así como ¡Continuara…! jeje 😀

Saludos y mis respetos sinceros. 🙂

Mariana
14 de agosto, 2010

Me divierte mucho el estilo irónico de la narración. Quizá se pudiese desarrollar más el estado de ¿frialdad? del personaje principal. Me gusta el papel de la vendedora, y en ningún momento creo que haya quedado ridiculizada, la noto fuerte, bien construida. Al final de cuentas hay que recordar que se trata de un cuento, esto es ficción, y como en todo relato, hay una gran variedad de personajes, buenos, malos, tontos, débiles… lo importante es que resulten creíbles según el plano en que se muevan =)

José
15 de agosto, 2010

Como a todo inconverso, me molestan las visitas con buenas nuevas, sobre todo si la mensajera es “flaca, pequeña, pálida y fea”. Los mensajeros de buenas nuevas deben ser sexualmente atractivos. ¿Qué felicidad es esa que no incentiva con un buen pedazo de carne? ¿Acaso una felicidad sustituta, vegetariana, espiritual?

Julieta Buitrago
15 de agosto, 2010

A mi me ha gustado mucho… esa gente tan feliz, siempre me ha parecido muy sospechosa… por decir lo menos!! ¿Será que asocio a la vendedora con el payaso “it” de Stephen King?

Jaco
15 de agosto, 2010

Sin duda es un cuento con una carga reflexiva y proporcionalmente irónico. No obstante, no deja de ser ameno; y tampoco hay duda que “buscar” la felicidad es un objetivo de vida de muchos de nosotros. El detallazo es que no viene en un cajita o kit, sino en como lo asuma cada quien. Bien dice el dicho: Si la vida te da limones, haz limonada.

Mart
16 de agosto, 2010

La vendedora pudo haber sido bastante fastidiosa, pero usted fue bastante maleducada según lo que cuenta. Realmente es uno de los pocos textos que no me han gustado de Prodavinci.

Ángela Lusinche
16 de agosto, 2010

¡Felicito a la autora! Me gusta como maneja esa parte interna de todo ser humano al momento de creer o no en algo. En una decisión, lo normal es la sospecha y la duda. No observo prejuicio ni intolerancia en el cuento.

¡Gracias Carolina!

Wendy
16 de agosto, 2010

a mi si me gusto

Eunices
16 de agosto, 2010

Me encanta la presunta intolerancia de los presuntos comentaristas producto de la presunta intolerancia de la autora 😉 ¡Qué intolerantes somos! Abrazos!

eduardo mujica
16 de agosto, 2010

Creo que seguramente la vendedora tampoco cree en esas recetas milagrosas para ser felices, pero de alguna manera tiene que ganarse la vida, asi sea vendiendo mentiras

victor
17 de agosto, 2010

El estilo de la narrativa es punzante, llega facilmente al corazon del lector, existen casos de comportamientos similares en la vida cotidana, muy verosimil, tan de la vida, que nos ponemos en el lugar de los persOnajes y los respaldamos.Muy bien creados los personajes, en tan pocas lineas que has escrito, dejastes ver el humano sentimiento de los personajes, tan reales que, salimos en defensa de ellos.Felicitaciones, saludos.

Abel Rodríguez
17 de agosto, 2010

Si es un cuento, es un buen cuento: breve, ameno y bien escrito. Asombra que se lo considere “intolerante” sólo porque se recrean en un personaje, más bien en “el personaje”, la fisonomía y el carácter aparente de cierta gente, en todo caso heróica en su candidez, que acaso tiene razones para ser infeliz y que, sin embargo, sale a la calle a vender felicidad. Lo mejor es la imperturbable “felicidad” del personaje aún ante el portazo. De eso si querría yo comprar un poco.

José S
18 de agosto, 2010

Intolerante y pareciera que le falta un cierre a este cuento. Siempre hay motivos para ser Feliz y está en nosotros mismos encontrarlos. Esperaba que el narrador hubiera descubierto, dentro de todo lo malo de la historia, algo estimulante, un camino hacia la sensación de felicidad. No me gustó.

Adriana de Bera
18 de agosto, 2010

Me parece un escrito que la vendedora es como una vecina de la comunidad en la que vivo en Israel, tiene las mismas características y abusan de ella. A veces le preguntaba del cómo tolera tanto, que yo no podría y me dijo: nunca aceptes tu como yo, tú eres diferente y esa soy yo, así. Sí, puede ser personas que han aprendido a ver la vida de una forma, resignados a sus caracterísiticas físicas, personales, en fin. Que esa es la vendedora y la autora no tuvo paciencia tampoco para respetarle como humano. Muy bueno, bien manejada las caraterísticas de ambos personajes en el cuento, pero con su crueldad..

Saint Jonh
18 de agosto, 2010

Me gustó el final del cuento y la construcción del personaje (vendedora), ciertamente es un cuento genuino, poco común, que se arriesga a tratar un tema neurótico, que al final se nos escapa de la realidad inmediata y nos traslada a una realidad extraña e incómoda. Me encantó tu cuento.

Gabriel Campero
21 de agosto, 2010

De este cuento, como con otros de la autora, me impresiona especialmente ese pincel fino de miniaturista con que consigue transmitir semejante variedad de detalles en un espacio tan reducido.

Habiendo leído dos libros de la autora debo decir que hay otro aspecto digno de analizar y es la intención directa o leit motivada de retratar prejuicios, especialmente los que se dan en un vecindario: la manera en que un vecino ve al otro, o como las palabras, los eslogans y las frases hechas están cargadas de prejuicios… Me parece que esta intención, al igual que ocurre con aquellos que intentan retratar la frivolidad, es triquiñosa. La primera pasa por prejuiciosa, la segunda por frívola (tal vez haya algo de esta interpretación en los comentarios que anteceden).

Dicho eso, quedé con la impresión de perderme varias cosas en el cuento, cosas que solo se entenderían al leer a los demás cuentos con los que éste cuadra… Lo que sí no puede perderse es la limpieza, precisión y maestría de la prosa. Algo poco común y nunca carente de valor.

Saludos a todos desde Piedecuesta, Santander, Colombia.

Andromeda
22 de agosto, 2010

Nunca se me ocurriría relacionar al escritor con el texto como si se tratara de un registro plenamente autobiográfico. A mí me parece que este relato se sustenta en una realidad cuyo reflejo paródico se expone en forma admirable: una sociedad compleja en la cual la comunicación se enrarece porque cada quien tiene sus propias preocupaciones y formas de solucionarlas. El detalle final del hisopo que le da un estupendo toque ci fi reconcilia de algún modo a los personajes. Quizá uno tiene lo que otro necesita, pero en un mundo tan complejo y cargado de comportamientos neuróticos, los acercamientos resultan difíciles, como tan bien se expone aquí. Me encantó.

José Antequera
26 de agosto, 2010

Una ficción orwelliana, inquisitorial y abundante en miradas panópticas. Un punto crítico de la experiencia del narrador y el lector es el asedio permanente del afuera que irrumpe sobre el mundo individual cancelado por el estridentismo del discurso político. Esta es la época de Foucault, el tiempo en el que los poderes de la realidad se ciernen sobre los de la ficción. Triste todo esto, pero vivimos unos días de sospechas y traiciones, reedición inconclusa de la épica y de héroes apocalípticos como los de Guimaraes Rosa.

Carolina González Arias
30 de octubre, 2010

Excelente texto. Redondito, inteligente, y lo más importante, expresa un mundo de ideas de forma concisa y bellamente trabajadas.

Fernando Monasterio
12 de noviembre, 2010

El narrador o narradora (no está explícito) no me parece nada intolerante, más bien aguanta mucha perorata, y esto por culpa de su curiosidad. Yo también soy curioso y me quedé con las ganas de saber qué pasó con el hisopo, si lo probó, si dio resultado. Y esto es algo que sí le reprocho al personaje que narra, que me haya dejado colgado en la ignorancia.

Ruben
10 de junio, 2011

Me hizo recordar a los testigos de jehová un sábado a las 7 de la mañana abordando mi casa con sus revisticas atalayas anunciando el fin del mundo y yo con ese ratón del día viernes por la noche tratando de dormir y çermelas con la resaca. ¿Será que si voy a casa de uno de esos testigos un viernes a tomar curdas que yo compré a las seis de la mañana querrá, será tolerante?

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