Actualidad

El nacionalismo reduccionista

Octavio Vinces sobre el debate en torno a la inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña

Por Octavio Vinces | 9 de agosto, 2010

Dentro de la primera parte del Quijote, concretamente en la escena en que el cura califica al Tirant Lo Blanc como “el mejor libro del mundo” y lo salva así de las llamas donde iban a perecer las novelas de caballería de la biblioteca de don Alonso Quijano, Miguel de Cervantes dejó para la posteridad una inmejorable alegoría de lo multicultural. El debate en torno a la inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña nos recuerda, en pleno siglo XXI, que la realidad suele superar el alcance de las ficciones literarias, por más admirables que éstas sean.

Lo cierto es el rechazo a la calificación de Cataluña como nación contenida en el Estatut ha ganado un terreno que parece irrecuperable. En la discusión en torno a este tema parece renacer el enfrentamiento entre la libre determinación y la noción de estado-nación asociada a los nacionalismos de raíz decimonónica. Los totalitarismos europeos han dejado francamente mal parada a la entelequia estatal, tan íntimamente ligada a los conceptos de soberanía y territorio, y que a la vez presupone la existencia de un vínculo fundamentado en factores comunes e históricos, como la cultura, la religión y la raza. Creo que es Martin Amis quien afirma que los totalitarismos aborrecen la pluralidad porque sienten un profundo temor hacia la riqueza de matices que contiene la realidad. Es por eso que buscan taparla, modificarla y hacerla a su medida. Eso sí, poniendo como pretexto la utopía o los supuestos valores superiores. Las historias del franquismo o del estalinismo –con sus represiones lingüísticas o aterradoras políticas de aculturamiento— nos enseñan cuán artificiales y sobreactuados pueden ser esos elementos comunes e históricos que conforman un pretendido concepto unívoco de nación. En la vida real la nacionalidad es definible como una situación, un sentimiento o una actitud, pero en todo caso dependerá de múltiples factores. ¿Alguien dudaría que todo individuo tiene la posibilidad de identificarse con más de una nacionalidad, independientemente de su origen, su raza o su lugar de nacimiento?

A estas alturas sería recomendable para más de uno recordar las preguntas fundamentales que a partir de las enseñanzas del filósofo John Rawls, definen el problema central de la democracia liberal: ¿Cómo es posible que diferentes personas, que a su vez poseen diferentes concepciones de la vida, puedan no sólo vivir juntas sino además participar en la vida política? ¿Cuáles son las características de un sistema político capaz de incluir tal variedad, siendo a la vez estable y justo? Tal vez las respuestas a esas preguntas aparezcan en la concepción misma del modelo constitucional español: en éste la democracia no se basa en la imposición desde arriba de una doctrina o una visión del mundo, sea ésta producto de la razón, la historia o el dogma, sino que nace del consenso en un determinado concepto político de justicia, a partir del cual los ciudadanos —de manera individual o grupal— son libres de construir la vida a su manera o, lo que es igual, su propio mundo. La esfera de lo público se limita entonces a aquellas instancias que, siendo básicas para hacer viable el modelo, aseguran su estabilidad y su permanencia, así como el respeto de las diferencias. El modo en que la constitución española reconoce el llamado “hecho diferencial” —la identidad nacional, cultural y lingüística de cada una de las comunidades que conforman el universo de lo español— para tomarlo como base de consenso de la organización política resulta, además de emblemática y vanguardista, una solución para el problema de la organización política cuya eficacia el tiempo ha llegado a demostrar. Que las comunidades sean entes con igualdad de derechos entre sí, y que además su regulación y gobierno nazcan de una fórmula de compromiso con el estado nacional, explican la viabilidad de esa Nación (con mayúscula, como conviene a las peculiares reglas ortográficas de los juristas) común e indivisible que define la constitución española. Es por eso que la España moderna no es castellana en el mismo sentido en que la Yugoslavia posterior a Tito pretendió seguir siendo serbia. Las diferencias entre ambos modelos saltan a la vista: estabilidad, pluralismo y democracia por un lado; desmembramiento, totalitarismo y guerra civil por el otro.

El problema de la “Nación única e indisoluble”, derivado de una interpretación simplista y literal del artículo 2 de la constitución española, deja de ser tal a partir de aquel razonamiento, pues ésta ya no es más definible exclusivamente a nivel político, para convertirse en un concepto complejo, incluyente, y sobre todo abarcador a varios niveles. Es por eso que es posible ser español y catalán al mismo tiempo, al igual que gallego, canario, vasco o andaluz (o incluso catalán y chileno y mexicano, como Roberto Bolaño en las calles de Blanes o en las gradas del Camp Nou).

Ya el constitucional español dio su veredicto en contra de la idea de nación contenida en el Estatut. Pero esto tal vez no importe demasiado a la larga. La espontaneidad de las sociedades y de los seres humanos, en sus múltiples caminos y variables, termina siempre imponiéndose. Por lo demás, la democracia liberal es el único sistema político capaz de hacer que la tolerancia de las diferencias sea una opción viable. Una sociedad abierta siempre estará dispuesta a verse a sí misma para repensarse y recrearse, y encontrar así los canales que permitan el desenvolvimiento espontáneo de su propia historia. Nada más lejos de esto que un concepto de nación unívoco y reduccionista.

Octavio Vinces 

Comentarios (6)

oscar alberto caceres
10 de agosto, 2010

Me parece un excelente análisis de un problema tan actual que ocupa no solamente a España, sino en el caso de mi país, Venezuela, el actual proyecto de un regímen autoritario de imponerse como estado único, olvidándose -entre otros factores sociopolíticos- que venimos de un tradición de una democracia abierta y plural. Felicitaciones

Ignacio De Leon
12 de agosto, 2010

Rawls me parece un poco contradictorio. Para afirmar la diversidad de la tolerancia, trata de consensuar (esto es, uniformar) un concepto de justicia compartido por todos. Pero acaso no es esta una manera de eliminar la diversidad?

Mas consistente me parece Nozick, para quien la definicion de lo “justo” no esta atado a un concepto “matriz” idealizado sino a la forma como se alcanza en el caso concreto.

De igual manera, la democracia, entendida como la “voluntad de la mayoria”, puede llegar a anular la diversidad, como han intentado reiteradamente los tiranos, comenzando por Hugo Chavez. Democracia, en el sentido genuino, es proteccion de las minorias a ser distintas. Por esta razon, pareciera que el nacionalismo (Estado nacion que se impone sobre todo lo demas, llamese provincia, municipio, o incluso, individuo), esta divorciado del sentido democratico de proteccion de la libertad.

Por lo anterior, me parece que es delicado emplear el concepto de democracia para defender el derecho a la diversidad. Creo que el de libertad es un punto mas firme en esa defensa.

Muy interesante articulo. Felicitaciones a Octavio.

Octavio Vinces
13 de agosto, 2010

Hola, Ignacio:

1. Tengo la impresión de que Rawls busca también de alguna manera garantizar el principio del respeto a las minorías (a la manera en que lo planteó John Stuart Mill siglos atrás) mediante el planteamiento de un concepto de justicia que es POLITICO (a political concept of justice) y no de otra índole, que además va de la mano con otra idea esencial: el del consenso social que coincide parcialmente (overlapping consensus, recordemos el sentido del verbo inglés overlap, que nos remite a la teoría de la intesección de los conjuntos). Rescato de este planteamiento su renovada forma de plantearse la teoría del contrato social -que es un elemento esencial de la democracia liberal-, de una forma que permite entender por qué es viable que gentes con diversas concepciones religiosas, culturales, morales y aún con distintas costumbres e idiosincracias, puedan convivir de forma pacífica dentro de una misma sociedad y, por ende, bajo una misma organización política.

2. El nacionalismo, llegado al paroxismo, siempre es enemigo de la libertad y de las minorías. Me parece importante subrayar que el concepto de minoría no siempre es estadístico.

3. Es verdad que repetidas veces, las tiranías han utilizado, y siguen utilizando, la palabra “democracia” para legitimar sus barbaridades y excesos. Creo que este artículo no habla de ese tipo de engrendros, sino de una democracia liberal. Y sin libertad, en sentido lato, no es viable que esta exista. El respeto a la diversidad tal vez sea una consecuencia de esto. En ese sentido, es muy importante que resaltes el concepto de “libertad”, como lo haces en tu comentario.

Un abrazo!

Ignacio De Leon
13 de agosto, 2010

Mi objecion a Rawls es que su concepto de Justicia no es ni mejor ni peor, objetivamente hablando, al planteado por otros, incluso defensores del totalitarismo. Cierto, a algunos les parecera que el Maximin y el “observador neutro” (Original Position) son garantia de que las decisiones se toman sin tener en cuenta la situacion personal del analista, lo cual elimina todo sesgo de parcialidad. Sin embargo, por que el criterio de Rawls ha de ser cualitativamente superior al de otro filosofo politico, como Marx? Es cuestion de gustos. Por eso creo que el error esta en el enfoque “idealizar la Justicia”, en lugar de afincarse en los procesos para hacerla tangible en el caso concreto. Aristoteles sostenia que la moral es consecuencia de nuestras acciones y no al reves: estoy de acuerdo.

En ese sentido, me parece que el “consenso” que reclama Rawls en el fondo no es tal. Si no aceptamos su premisa del Maximin

Octavio Vinces
13 de agosto, 2010

Me olvidaba algo! Mi lectura de Rawls no es la de “A Theory of Justice”, que intentó contradecir Nozick desde una visión libertaria, sino la de “Political Liberalism”, que seguramente contiene una versión bastante más evolucionada del tema de la organización política y de la eficiencia de la democracia liberal. Me atrevo a pensar que la posición de lo justo de Nozick no se encuentra esta vez tan alejada del concepto político de justicia, que ciertamente no obedece a una matriz determinada. Estamos en términos prácticos sin duda alejados de los planteamientos históricos de la filosofía romántica (y de los nacionalismos que estos conllevan, por favor!!), y quizá más cerca de una teoría política basada en los imperativos morales de la filosofía kantiana. Saludos!

Ramón Pirela
15 de agosto, 2010

Suponiendo que el planteamiento general del artículo se centra en la pregunta… “¿Cuáles son las características de un sistema político capaz de incluir tal variedad, siendo a la vez estable y justo?… y su conclusión, en la respuesta… “la democracia liberal es el único sistema político capaz de hacer que la tolerancia de las diferencias sea una opción viable”…cuyo sustento es… “La espontaneidad de las sociedades y de los seres humanos, en sus múltiples caminos y variables, termina siempre imponiéndose. Una sociedad abierta siempre estará dispuesta a verse a sí misma para repensarse y recrearse, y encontrar así los canales que permitan el desenvolvimiento espontáneo de su propia historia.” Eso es lo que hemos venido viendo desde que la burguesía desplazó al feudalismo del poder, y en la medida que la modernidad, la educación y práctica democrática alcanza a las mayorías. Sin embargo, a pesar de disponer en la actualidad de ejemplos como el de la URSS comunista, China comunista, la Alemania nazi y la Italia fascista, muchos intelectuales aun sueñan con “el país de las maravillas” modelado desde el poder del Estado-Nación. Ven en el ejercicio económico libre de los ciudadanos, propio de los sistemas democráticos, la expresión máxima del egoísmo humano, pero no les parece egoísmo que un dictador y sus adláteres quieran imponer su voluntad a las mayorías. Presagian la decadencia del progreso y bienestar de las naciones democráticas, pero no ven el atraso y la indignidad que sufre el pueblo de Cuba. Ahora paso a comentar dos ideas del usuario Ignacio León: “Sin embargo, por qué el criterio de Rawls ha de ser cualitativamente superior al de otro filosofo politico, como Marx?” (Ignacio León) Utilizar el pensamiento político de Marx para dudar o cuestionar la consistencia de la filosofía sobre democracia liberal, en el siglo XXI, se aprecia como una añoranza afectiva, quizá sin llegar a lo pasional. El análisis de organizaciones políticas se mide por sus resultados, no por el “gusto” del analista. Aunque la imparcialidad política es relativa, en gastronomía el gusto tampoco garantiza la neutralidad o imparcialidad de los jueces catadores. “En ese sentido, me parece que el “consenso” que reclama Rawls en el fondo no es tal. Si no aceptamos su premisa del Maximin” (Ignacio León) Si aceptamos que puede haber 6500 millones de ideologías con sus correspondientes códigos de justicia, esparcidos solitarios por el planeta, entonces tenemos que aceptar que cada ideología responde a las condiciones que se plantee cada persona según sus circunstancias. Pero cuando se agrupan en sociedad, deben ponerse de acuerdo en la organización política que les convenga a todos y el código de justicia que convenga a todos, o sea, deben llegar a un consenso y suscribirlo en un “Contrato Social” o Constitución. Si se llegó a un consenso para establecer la organización política y el código de justicia donde se juzgue a todos por igual, entonces es también suponer que se llegó a un consenso sobre las condiciones o premisas que le den soporte a la organización y al código de justicia consensuados. Debido a la diversidad de ideas y situaciones de un conglomerado que abarque a un país, resulta imposible que todos concuerden un mismo consenso, por lo cual, se hace necesario que responda a las necesidades y condiciones de las mayorías, que respete la convivencia con las minorías, pero éstas a su vez, deben aceptar lo establecido por aquellas.

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