Ciudad

Su propio santoral

Héctor Torres: Para la gran mayoría, no entender del todo de qué va la vida es un indiscutible consuelo

Por Héctor Torres | 20 de mayo, 2010

“Oh, muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta…”

Para unos pocos pensar en el tránsito por la tierra es una virtud. Para la gran mayoría, no entender del todo de qué va la vida es un indiscutible consuelo. Una ganga. Caminar desorientados entre el tumulto, como perros recién abandonados, termina siendo el mejor sedante para atravesar esa larga calle que se llama vida.

No era el caso de Marielba.

Fue amamantada con el relato de una épica personal hecha con trozos de recuerdos, exageraciones y superlativos provenientes de la memoria de unos padres viejos. Iba a ser una cesárea electiva y a la mamá (con un embarazo a los 45 años) se le adelantó el parto. Un desprendimiento de placenta. Una beba ahogándose en sangre. El clásico ¿la madre o la hija? La cesárea de rutina convertida en emergencia, con anestesia general incluida. El manido cuento del repentino viaje a un mar de playa azulísima. En otra versión era un cañaveral. En otra, la casa de la remota infancia. Lo inalterable es que en esa plácida soledad, la madre escuchó una voz que la llamaba por su nombre y le ordenaba volver.

Yo iba a tener una niña, recordó a su regreso. ¿Y la niña?, preguntó asustada.

Vas a tener que ponerle Marielba, le dijo la voz que la trajo de vuelta, porque trabajé duro para que tú y ella se quedaran con nosotros. La niña tardó mucho en respirar, así que podemos esperar complicaciones.

***

Las anunciadas complicaciones se verificaron en una niñez y una adolescencia transitadas con el interruptor de a toque. Con un perenne cable flojo en su circuito. Convulsiones, epilepsia, primidona, fenobarbitol, carbamezapina, primeros auxilios, efectos secundarios, números de emergencia anotados en la lonchera, en una plaquita colgada al cuello, en el bulto, fueron las palabras que desentrañaban (o sujetaban) para ella el misterio de la vida.

Y si para ella no fue fácil, para sus padres viejos la zozobra tenía un dibujo preciso de líneas silueteadas con un bisturí. Veían crecer a su única hija con las mismas demandas de las chicas de su edad: libertad y autonomía. Sólo que a la de ellos solía reseteársele su registro de operaciones sin previo aviso. Y año tras año cocinaban su angustia con ingredientes llegados a diario de la calle y de los titulares de prensa: libidinosidad a granel, cobardía, descomposición social, violencia sin sentido, misoginia, una cultura de chistes sexistas, silencio cómplice. Y una nena que podía convulsionar lejos de los suyos quedando a expensas de una ciudad que, para sus padres, sólo podía ofrecer maldad.

Para Marielba, la lucidez consistía entonces en esperar el día para el que fue preparada toda su vida. Para sus resignados padres viejos, la tragedia era una lotería que rozaba el nombre de su hija en cualquier repique telefónico inesperado, en cualquier pisada inusual frente a la puerta de casa, en cualquier fiesta de la chica, en cualquier carro sospechoso. En esas brisas frías que se colaban por las ventanas durante los atardeceres de enero.

Era saber que el cheque con el que se paga la felicidad de reunir a los seres queridos a la hora de la cena, se cobraba todos los días con la redoblada angustia de esperarla. Y cada noche la opresión crecía en la medida que Marielba tardaba en llegar. Y cada mañana, al despertar, se preguntaban si contarían con la mima buena suerte del día anterior.

Porque si es una hazaña tener éxito en atravesar ese cotidiano camino de la oficina a la casa, en una ciudad como Caracas, es fácil hacerse una idea del tamaño de la epopeya de los padres de Marielba de llevarla hasta la otra orilla, la de la adultez, luego de verla salir y regresar a casa todos los días de todos esos años.

Y aprendió a crecer dentro de las reglas de su propio juego. Vivir en ese equilibrio de cuidarse de los excesos, pero también del desmedido control de esos excesos, para evitar quemar la anémica lámina de su fusible. Aprendió también que la mente es una gran caja atiborrada de sensaciones de todo tipo, y que la llamada realidad no es más que la mayoría estadística en el orden de esas sensaciones.

Sabía cuando se encontraba en el umbral de un ataque porque, de pronto y sin aviso, podían acudir a sus sentidos las percepciones más impredecibles. Un intensa franja fucsia atravesar su campo visual, por ejemplo. O ver por un momento la calle en blanco y negro. O un súbito olor a café. O el sabor incuestionable de una pizza con anchoas… Y luego el cortocircuito. Y la Nada. Y nacer nuevamente en este mundo recuperando por retazos las coordenadas de su ubicación en él.

Y llegó a los 25 años con una vida casi normal. Y terminó por acostumbrarse a vivir y a esperar El Gran Ataque, el que según sus padres la dejaría a expensas del mal, en una ciudad cada vez menos noble, más descreída. Más maldita. Y así, tuvo sustos y tuvo ataques menores sin consecuencias. Y tuvo carro y tuvo novio y tuvo mucho sexo enamorado y tuvo un día una noticia que dar a sus padres.

Quiso celebrar esa noticia como una chica caraqueña normal, cenando y tomando con unas amigas, escapada de ese novio sobreprotector con el cual se libró de unos padres sobreprotectores. Al día siguiente desayunarían junto a esos padres para darles la noticia.

Eran cerca de las diez cuando volvía a casa en su carro. Había decidido bajar la presión al control. Había decidido desmontar poco a poco sus mitos fundacionales. Esa noche decidió que se fundiría en el universo de las chicas normales que beben y celebran, se embarazan y sueñan irreverentes con el futuro, a pesar de una ciudad que sabe agredir a todos los sentidos, sin demostrar preferencia por ninguno.

Cruzaba la oscura soledad de Los Caobos, la avenida Andrés Bello, Maripérez, buscando la Cota Mil, cuando un intenso olor a naranjas invadió el interior del carro. Estaba tan relajada que tardó un par de segundos en entender. Cuando lo hizo ya no había demasiado espacio para ninguna de las maniobras que creció practicando. Antes de que la bruma colmara su campo visual, alcanzó a ver las luces de una gasolinera solitaria y logró llevar el carro, acelerando y girando sin muchas precauciones, hasta detenerlo frente al surtidor de aire.

Debía venir fuerte, porque la fragancia de las naranjas era de una precisión aterradora. Abrió la puerta buscando aire y sintió el frío sordo de la noche. El sitio estaba solo. Ya casi sin ver, vio la figura de un hombre salir de los baños de la gasolinera. Un hombre, un solo hombre moreno caminaba hacia ella en esa oscuridad que todo se lo comía.

En las grietas de voluntad con las que su instinto procuraba dar la batalla, quiso disuadirlo advirtiéndole que su papá era ministro… que su novio era policía. Quiso apelar a cualquiera de esas estrategias con las que las chicas pretenden mantener al mal a raya con inocentes chantajes, pero apenas pudo dar un paso fuera del carro antes de caer desplomada, mientras escuchaba, a lo lejos, una voz de hombre decir:

¿Qué fue, flaca?

Se zambulló de cabeza en el agujero oscuro del apagón sabiendo que fue educada por sus padres toda su vida para esperar ese momento. Que en su religión ella era el cordero de algún dios. Que su sacrificio debería tener algún oscuro sentido.

***

Despertó.

Había un fuerte olor a gasolina. Como siempre en esos casos, no tenía muy clara su identidad ni su ubicación en el planeta. Descubrió que el olor venía de un trapo en que reposaba su cabeza a manera de almohada. Vio un cuarto mal iluminado lleno de cauchos. Recordó dónde estaba cuando escuchó la misma voz de antes del apagón, decirle:

Bien fea que te pusiste, flaca.

De inmediato, indignada, se palpó el cuerpo, y descubrió que estaba vestida. Llena de grasa, pero completamente vestida. El odio se convirtió en aturdimiento.

Te tuve que traer para acá porque andaban rondando unos tipos raros en un carro.

Enfocó la mirada y vio a un muchacho moreno de unos veintitantos años, con una braga sucia de mecánico. Se permitió entonces soltar las lágrimas que la estaban asfixiando.

Gracias, fue lo único que pudo decir.

¿Tú tienes novio?, le preguntó el muchacho adelantando la cabeza con una sonrisa de galán.

Estoy embarazada, le dijo ella con ternura.

Vas a tener que ponerle Jacson, le dijo el muchacho, porque te pasa eso en la calle y no lo cuentas.

¿Y si es hembra? ¿Jacsan?, le pregunto Marielba, sonriendo y sintiendo que cerraba un viejo ciclo.

¡Nooo, qué  va! dijo el muchacho con cara solemne: Si es hembra le pones Micaela, como mi vieja.

*******

Foto: alexng0302

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (33)

Hanna Carjevschi
20 de mayo, 2010

Uff, Héctor… No sabía si iba a desayunar con una tragedia o con el cierre romántico, optimista, esperanzador. Igual me conmueves con tus “historias que podrían ser”. Qué bien resumes esta angustia de padres con la responsabilidad de “llevar a la otra orilla” a nuestr@s hij@s. Gracias por tus líneas, por tu permeabilidad para lo cotidiano como escencia y por tu elocuencia para contarnos de vuelta nuestro día a día.

Leopoldo Tablante
20 de mayo, 2010

Hermoso final, Héctor, y me gusta mucho los mundos sensoriales que anticipan un ataque de epilepsia. Abrazo, L.

Knhur Carrasquel
20 de mayo, 2010

Caramba Héctor me arrancaste lágrimas y pusiste mi alma a tono para el día. A apreciar TODO porque la bondad está detrás de las cosas que presumimos malas y retorcidas. Hermoso

María Salas
20 de mayo, 2010

Vale, eso no se hace, que angustia. Menos mal que está fuera de lugar común… uff

Giovani Mendoza
20 de mayo, 2010

Final sublime…

mahebo
20 de mayo, 2010

Querido amigo con cada relato se van puliendo tus dotes narrativas. El ritmo,el tono y sobre todo el suspense del final,dàndole un maravilloso giro y mostrándonos que no todo está perdido en esta jungla de basura y asfalto, que las almas buenas son las más.

Laura
20 de mayo, 2010

Que bien escribes. Por narrarnos la vida subterránea de la gran ciudad y zambullirnos directo por recovecos que generalmente la mirada prefiere obviar, leerte es un placer y también una tensión. Y que bueno es recordar que detrás de lo que creemos más perverso y dañino, puede estar el rostro de la bondad.

Eduardo Mujica Alvaréx
20 de mayo, 2010

Hector,excelente relato, mantienes durante todo el trayecto al lector expectante, felicitaciones, y brindanos con más.

Mitchele Vidal
20 de mayo, 2010

El gran Héctor. Lo leí sin respirar.

Sydney Perdomo
20 de mayo, 2010

¡Genial relato! Me recuerdan a mi sobreprotectora madre. Gran fuente de supervivencia cotidiana!

¡Saludos y mis respetos sinceros! 😀

Carlia
20 de mayo, 2010

Micaela, como mi vieja! Buen final, no me lo esperaba!

tatiana blanco
20 de mayo, 2010

increible, tambien pensaba que el final seria tragico, pero nada que ver bien sublime y hasta romantico, lo cua nos hace falta porque con tanta crueldäd que nos rodea resulta altamente reconfortante y esperanzador y pensar con certeza VENDRA UN MAÑANA MEJOR.

gisela kozak
21 de mayo, 2010

Me puso de buen humor

Javier Liendo
21 de mayo, 2010

Definitivamente otra magistral presentación de la realidad-ficción urbana. Tienes una visión muy especial de la ciudad. La comparto y la alabo al 100%. Muchas gracias por la inspiración, por cierto… creo que me pondré a escribir de inmediato. D.R.

Emmanuel Sanchez
21 de mayo, 2010

Exelente historia… soy un poco vicioso a los libros y se reconocer una buena narrativa ( a pesar que yo no la tenga ).

@seleccionada ligia Isturiz
21 de mayo, 2010

Héctor Torres, me debías este cuento que reconcilia con la ilusión, que te pone a soñar bonito con la realidad que puede ser, con ese final mágico corolario inesperado de una atmósfera cargada. ¡Y qué bien cuentas! Construyes con las palabras las historias más disímiles – sórdidas o sublimes- como narrador sobresaliente entre los de tu generación Gracias por el rato y por los sentimientos !

miriam osorio
21 de mayo, 2010

Hector, qué belleza… aunque no lo creas estaba leyendo el relato como los piratas.. con un solo ojo, jajaja, porque temía el final y zuaz…. me lleno de amor y esperanza por la gente hermosa de este país… estoy totalmente conmovida …. gracias

miriam osorio
21 de mayo, 2010

solo para marcar el espacio y me lleguen los comentarios… gracias

marianela c.
22 de mayo, 2010

¡Bello! Confieso que lo estaba leyendo con desconfianza porque ¿hasta cuándo la desesperanza? Pero me arrancaste una carcajada limpia con el Jacsan jajajaja. Ojalá haya sido Micaela 🙂

Me voy de buen humor a dormir.

Federico Vegas
22 de mayo, 2010

¡Bien, Héctor!

Juan Carlos
22 de mayo, 2010

Excelente cuento. Te felicito.

Curiosa
22 de mayo, 2010

Que relato. Del susto dejé el plato de comida a un lado, estaba haciendo puchero y sentí que era como hija mía. Muy bueno.

Marialcira
22 de mayo, 2010

Excelente!! sin más comentario que ese

Nasly
22 de mayo, 2010

Estuve esperando todo el rato por un final desgraciado… como los intelectuales de todo pelaje parecen odiar los finales felices. ¡Que bueno! que bien lo resolviste Héctor, giro inesperado y bonito. Este cuento y los ensayos que llevo 2 días leyendo de Federico Vegas me han reconciliado con Caracas.

Nasly
22 de mayo, 2010

PS: OJO, que el relato y su sorprendente final también admiten una lectura retorcida…pero no les voy a quitar (ni a quitarme) la ilusión

Georgina
24 de mayo, 2010

Héctor que me has puesto a llorar como una nenita, excelente este relato en la puta-amada ciudad no todo se ha perdido. “un hombre alado extraña la tierra,” no se porque esa imagen dela canción de Cerati me vino a la cabeza al leerlo

Rebeca Pineda
24 de mayo, 2010

Buenísimo!

Héctor Torres
26 de mayo, 2010

Muchísimas gracias a todos por sus comentarios. Sí, era necesario (y así lo pensaba el sabio editor) un poco de esperanza, de creer que lo real estadístico esconde una realidad posible. Y a esa realidad también vale la pena apostar. En momentos en que se acelera la descomposición de la gestión de un gobernante que, de tanto buscar enemigos en lugar de soluciones, terminó creyendo que la solución era buscar enemigos; en momentos en que importantes promotores de la formación de una ciudadanía próspera y responsable están siendo hostigados (quizá por eso mismo), en momentos en que el país que quiere ser civilizado se sigue poniendo a prueba; es deber de la palabra buscar espacios para la esperanza y para enaltecer los valores que nos hacen humanos. Al menos, de vez en cuando. Este modesto hecho de congregarnos aquí para conversar sobre una ficción, sobre la condición humana y los valores que nos mueven, ya es una forma digna y valiosa de dar la batalla por la condición humana, por la civilidad. Nos leeremos en la próxima entrega. Abrazos a todos

Yamila
1 de julio, 2010

Que viaje! Maravilloso final, muy tierno. Gracias.

Adina
27 de diciembre, 2010

Hector (ya te siento mi amigo)como te dije anteriormente, estoy comenzando a leerte, cuando termine el relato salio de mi una carcajada con lagrimas de emocion, y de amor , estamos a finales de diciembre y veo que no has escrito nada nuevo, que paso?.. espero seguir leyendote, acuerdate que te estoy recomendando.

ALEJANDRA SUROK
30 de abril, 2011

Wow. Este Hèctor Torres como que llegò a mi vida de lectora para quedarse. mi nivel literario es bajo, pero el tema urbano es acadèmicamente hablando, para lo que estoy formada.Es mi pasoòn. Y esta crònica me llega mucho. Saludos, Hèctor. Nos conoceremos y lo seguirè leyendo !

Irene Lucena
20 de mayo, 2011

Una vez más nos llena con tu magia sobre lo cotidiano. Simplemente maravilloso! Un abrazo y a esperar por más.

Carolina
11 de julio, 2011

Cada vez escribes mejor!

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