Artes

La torre de Babel en Caracas

Breve geografía nostálgica sobre nuestra ciudad y sus espacios para hacer música

Por Aquiles Báez | 8 de abril, 2010

Recientemente vinieron unos amigos extranjeros y quise llevarlos de visita a espacios que les permitieran entrar en contacto con la cultura venezolana y, en especial, con la música. Quería que experimentaran la escena local y llevarlos a espacios tradicionales y diversos comparables al barrio de La Candelaria en Bogotá, San Telmo en Buenos Aires o el Zócalo en Ciudad de México. La verdad es que me entró una frustración muy grande ya que no conseguí donde llevar a mis amigos.

Ciudad de recuerdos, música de memoria

Empecé a ser músico recurrente de los espacios caraqueños desde muy joven. Más de una vez mi mamá tuvo que sacarme un permiso para tocar porque era menor de edad. Incluso llegué a tocar regularmente seis veces a la semana: un día interpretaba boleros, el otro sones cubanos y al siguiente música venezolana.

Me presenté con grupos de música española, brasilera, tango, música de ambiente, pop, salsa, en fin, creo que en esa época pasé por tantos géneros que me quedó una ensalada de ritmos que aún convive conmigo. Vivía de “matar tigres”, al punto que otros colegas decían que me parecía a Daktari, porque yo no mataba a los tigres sino los criaba (para los mas pequeños esta era una serie de televisión sobre un médico veterinario en África). Me decían -y todavía mucha gente de esa época me conoce así- “Guataca” (que en el argot criollo significa oído musical). De chico estudié en la calle que una de las mejores escuelas de música. Confieso que aprendí y sigo aprendiendo de ella.

Siempre me mantuve estudiando a la par que vivía de mi oficio de músico. Una vez estando en una clase de composición académica con el maestro Juan Carlos Núñez, le llevé un ejercicio que era un cuarteto de cuerdas y cuando me preguntó que cómo había aprendido armonía de esa forma tan sofisticada, le respondí que tocando boleros y bossa novas.

Otros tiempos

La Caracas de mis inicios musicales, sin duda alguna, era otra. Apenas había empezado a funcionar el metro desde Plaza Venezuela hasta Propatria. Muchas veces salía de tocar y regresaba tranquilo en mi buseta. En lo que me compré un carro me comenzaron a llamar para más toques, pues podía ahora hacer de transporte. Eran comunes los encuentros en restaurantes donde la música tenía un rol protagónico como “La Bussola”, “Da Graciela”, “El Parque”, “La Fonda”, clubes de jazz como “De Gala”, “Scape” y muchos otros que ya no recuerdo. Uno imposible de olvidar es “Juan Sebastián Bar”, local al que se podía ir para ver a los maestros y percatarnos de todo lo que se podía aprender.

Recuerdo con mucho cariño el set de la tarde con el Cholo Ortiz, “El negro” José Quintero en el bajo (quien es padre de Frank, Leo y Maricruz) además de Alfonso Contramaestre en la batería. También existían los espacios para la salsa, el rock, el pop, lo venezolano, etc. Luego estaban los sitios populares, los de esos inmigrantes que hicieron suya la ciudad. Los mismos que se movían subterráneamente en una suerte de guetos culturales.

El crisol musical

A fines de los setenta llegaron hermanos de distintos países que ampliaron el espectro musical caraqueño. En la esquina de la avenida las Acacias con la Casanova, en el Hotel Odeón, los ex-integrantes de la agrupación “Perú Negro” tenían un restaurante de comida peruana en donde hacían una peña. Tocaban valses peruanos, festejos y marineras. Allí conocí lo que era el “cajón” (En esa época no estaba de moda como ahora). De hecho, varios percusionistas caraqueños aprendieron estos ritmos, en este pequeño espacio de la calle de los hoteles.

Por esa época empezó mi pasión por el tango. Primero empecé a tocar con la cantante Esperanza Márquez, quien es una excelente intérprete. Con Esperanza conocí ese sentimiento desgarrador del tango y me hice asiduo merodeador de locales como la “Peña Tanguera” y el “Club Uruguayo” de los Chorros.

Al final de la avenida Luis Roche existía un restaurante trinitario. Algunas veces, mientras uno comía un pollo al curry, un señor trinitario se paraba con un Steel Pan (instrumento de metal como una especie de barril abollado). Había otro sitio en San Bernardino donde se reunían todos los chilenos, bolivianos y algunos argentinos. Ellos tenían una peña folklórica sureña, en donde aprendí a amar las chacareras, cuecas y zambas.

Luego, si pasabas por Chacaíto, los colombianos tenían unos antros buenísimos donde tocaban vallenatos y cumbias. También repetidas veces fui a escuchar fados en el “Club Portugués” con unos señores que eran fabulosos.

Los amantes del flamenco tenían un par de tablaos y en algún lugar de la Candelaria de cuyo nombre no puedo acordarme había un señor con una gaita gallega (que yo creía que era escocesa o maracucha). También existían los restaurantes franceses e italianos con los señores armados con acordeones y algún otro instrumento. La comunidad brasileña tenía varios espacios como “La Línea” en la avenida Libertador y “La Padrona” en Los Chaguaramos, donde tocaba un grupo fabuloso llamado Café Brasil.

Existían sitios donde se escuchaban sones cubanos como “La Delia”, lugar favorito de La Banda Sigilosa y el “Cadáver Exquisito”. Cerquita de ahí, en la misma calle de los hoteles, se hacían grandes toques en el Hotel Terminus. Las orquestas de salsa tenían “El Hipocampo” y muchos otros sitios que no recuerdo porque, paradójicamente, había que entrar con zapatos de suela y chaqueta. Además, por lo general, eran muy costosos. Por supuesto que, como buen irreverente, odiaba ese tipo de códigos y mucho más para bailar salsa. Cerca de los noventa aparecieron lugares como “El Sarao” y el recordado “Maní”.

Si quería alguna llanerada me iba a “La Apureña” donde siempre había músicos sorprendentes, o al restaurante “Dama Antañona” en el centro a escuchar música cañonera. Por un tiempo también existió el “Zaguán de un Solo Pueblo” donde había música de todas las regiones de Venezuela con una programación fabulosa de artistas tradicionales.

Aparte podías escuchar gaitas en la “Hawai Kai”, la “Nueva Esparta” y cualquier sitio de las Mercedes. Había espacio para el rock y el pop, como “Pida Pizza” en las Mercedes y otro sitio que estaba al lado.

Los amantes del Mariachi tenían a las “Trompetas de México” en la avenida Libertador. Los hermanos Pantelis y Costa Palamides tenían un grupo de música griega. Se sentía la internacionalidad de la ciudad. Salían de la nada con sus cánticos una nube de “Hare Krishna” por Sabana Grande. Eran frecuentes los conciertos de música sefardita en la Unión Israelí. En el boulevard de Sabana Grande, en el “Gran Café”, se sentaban todas las tardes una tribu de gitanos que no solo venían de España sino de toda Latinoamérica. Además podías disfrutar de la comida típica de los turcos, chinos, libaneses, alemanes, rusos, polacos, húngaros y japoneses. Existía toda una variedad gastronómica digna de cualquier ciudad cosmopolita.

Existía un amplio espectro musical aunque a veces fuese subterráneo. A veces creo que viví en una Caracas que muy poca gente conoció o que quedó en el olvido, toda llena de multiculturalidad. Una suerte de torre de Babel criolla.

Cuentos de la nocturnidad caraqueña

La noche es difícil, fuerte, dura, pero trae consigo algo simpático: te da mil anécdotas. Un día estaba tocando en un local y viene un borracho de esos que son fastidiosos e impertinentes. Me dice en un tonito que de entrada era desagradablemente imperativo:

—“Mira gordito, tócate ahí ‘El amor es azul’.

—No me lo sé —le dije. (Por supuesto que todo lo que me decía, me lo sabía, pero era tan impertinente que siempre le respondía negativamente).

—Bueno, entonces tócate ‘Motivos’.

—Tampoco me la sé.

—Entonces tócate ‘El Rey’.

—No me la sé —conteste en un tono más contundente.

A lo que el borracho exclamó a todo volumen:

—¡¡Noooooo!!!!! Entonces no sabes tocar un coño.

Por esa época la ciudad brindaba unos espacios de intercambio cultural a veces surrealistas. Recuerdo que un día, caminando por la avenida Baralt en el centro, veo un pizarrón en una cervecería que dice: “Hoy, en vivo directamente desde Madeira, ‘El carrao du Funchal’ el único portugués que canta música llanera”.

Les juro que no entendía a que se refería este aviso ya que el carrao es un pájaro y se le dice carrao, gabán, gorrión, turpial o cualquier pájaro a los cantantes de música llanera, pero que a un tipo de Funchal se le llamara así no tenía mucho sentido para mí.

Me quedé a verlo y era el propio “Portu”, como decimos, que casi no hablaba español cantando joropos así: “Pajareeillo, pajareeillo que vooulaish por meas reveirash, porque no vooulaish agora que llegó a primaveira”.

La cosa en verdad era muy cómica, un tanto cantinflesca y al rato estaba muerto de la risa, lo reconozco, pero me puse a reflexionar. De repente me percaté que este hombre tenía el valor de cantar ante una audiencia llanera con su acento y sin complejos, en plena avenida Baralt, asumiendo su rol de inmigrante adaptado a una nueva cultura. Después de pensarlo un poco creo que el hombre despertó en mí una profunda admiración porque la valentía se respeta.

Los espacios perdidos

En los ochentas del viernes negro, había más campo de trabajo para los músicos que querían vivir del oficio. Había música para todos los ambientes, los restaurantes finos y no finos tenían grupos en vivo, las areperas tenían una “criollada” y existían bandas de pop americano y rock en distintos locales.

Teníamos algunos clubes de jazz con programación internacional al punto de que iconos del jazz como Dizzy Gillespie tocaron en el “Juan Sebastián Bar”. Pienso que perdimos, en algún punto, esa imagen de la ciudad cosmopolita que tenía una amplia diversidad cultural. En el momento en que dejamos de ser esa Venezuela Saudita que fuimos, muchos de los que vinieron de otras tierras buscando mejoras económicas se fueron.

Una vela para San Antonio puesto de cabeza

Ahora rememoro tantos sitios recorridos en esa Caracas de los ochenta. Me viene de golpe ese recuerdo de un tiempo en que vivíamos sin tanto contratiempo. Teníamos un espacio para nuestra cultura y hasta para otras. Siento que hemos perdido parte de nosotros en este viaje. Así es que esta noche le pondré una vela a San Antonio, que es el santo de las cosas perdidas, para ver si encuentro a esa Caracas que se llevó el tiempo: a esa Caracas hecha torre de Babel.

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Foto: Argenis Amarista

Aquiles Báez 

Comentarios (27)

Jomar Daboin
8 de abril, 2010

Maestro tus articulos son excelentes que gusto hacer ese recorrido por la caracas de los 80 donde comenzaron a pasar cosas, algunas como el juan sebastian han sobrevivido la mayoria ya no esta. Yo toco seis dias a la semana y no me da chance de ver nada nocturno (cuando vengas meto suplente jeje), pero me defiendo con la publicidad que los panas hacen en el facebook de los toques en el dia. Bueno mi pana cada articulo que publicas es como una master class he aprendido mucho de cada uno. Un abrazo y exitos profesor! Jomar Daboin.

Beatnhey Rondon
8 de abril, 2010

Aquiles… La verdad es que leer tu artículo me ha producido una mezcla de nostalgia con una cosa bonita que no se puede describir. Me arrancas sonrisas con ese portu llanero pero al final me queda un recorrido visual de mi Caracas, de nuestra Caracas que se manifiesta para nosotros a nivel sonoro. Sí, no aguanto un par de lágrimas. Tú eres parte del soundtrack de esta ciudad y ahora pretendes contarla de una manera distinta. Cuán agradecida estoy. Hay una ciudad que hoy habla un verbo más rápido, pero por allí se van armando ghettos musicales, refugios que se nos ofrecen. Pero tienes toda la razón. Ahora me pregunto ¿dónde irán mis chamos cuando ya tenga edad de coger calle como para nutrirse multiculturalmente? Seguiré haciendo mi labor Gracias nuevamente por darme más motivos para seguir enamorada de mi ciudad. Bea

Becky
8 de abril, 2010

Aquiles, recién descubrí ProDavinci y he disfrutado mucho tus escritos. Qué nostalgia sentí pues conocí muchos de los lugares que aquí describes. Felicitaciones y mi admiración por tus artículos. Un abrazo, Becky

miriam osorio
8 de abril, 2010

Qué nostalgia…. me acordé también las noches en el Ateneoo que oíamos “descargas de jazz” y de ahí salíamos a buscar un taxi a las 2 am sin miedo alguno, inclusive un domingo (ay si lee esto mi cuasi hermano mayor) en el Feelings de Las Mercedes para oír y bailar salsa… ahora para oír buena música hay que esperar un pequeño concierto en algún sitio como Corpbanca o restaurant/bar pero previo aviso…. no es así como vámonos para tal lado que ahí siempre están tocando tal cosa… ya no.. pero vendrán mejores tiempos para todos…

Irene Lucena
8 de abril, 2010

Dios tengo solo 23 años y fue inevitable no sentir tristeza, hasta me salieron algunas lágrimas (entre risas por lo del borracho y el carrao portu). Sentí añoranza de algo que no viví… Sinceramente te envidio de buena manera (si es que la envidia puede llegar a tener un espectro positivo) porque lo que viviste siempre he querido experimentar. Aunque no canto ni toco instrumentos desde muy niña aprendí a escuchar música de todo tipo (gracias a mis abuelos, padres y tíos) que paseaban por toda esa gama musical que mencionaste y pues desde que tengo memoria la música es una de mis pasiones. Verdaderamente es muy difícil hallar lugares donde se pueda disfrutar de buena música con tus amigos o familiares. A veces me paseo por el Centro Cultural La Estancia (como por nombrar alguno) para escuchar algo diferente que no sea la electrónica o el reggaeton que es prácticamente lo único que se oye en disco y radios, pero no es suficiente… Creo que a parte de rezar debemos buscar eso que como venezolanos hemos perdido. Muchísimas gracias por compartir tu historia!

Nacarid López
8 de abril, 2010

Yo que nunca fui a caracas en esos tiempos (por ser bebe y además sin recursos para salir de mi pueblito) nunca hubiese imaginado que esa Caracas hubiese existido, que bonito y que bueno que gente que haya disfrutado de ella como tú, nos deje estos hermosos relatos del recuerdo, para por lo menos tener una imagen dibujada de lo que una vez fue

Juan Jo
8 de abril, 2010

Que bueno Aqui! te felicito! un abrazo!

nicolàs contreras
8 de abril, 2010

excelente crònica, para aquellos que tuvimos la oportunidad de conocer esa caracas que describes no nos queda màs que la remembranza y la sensasaciòn de haber perdido algo que no supimos valorar en su momento y que sin embargo ahora nos hace falta. Esa idea de vivir en una ciudad atractiva para muchos que dejaron sus paìses de origen para compartir con nosotros su cultura y sus vivencias. Sòmos demasiado jòvenes para añorar el pasado pero con frecuencia pienso en esa època como aquella en la que fuì feliz pero no lo sabìa, en la que me imaginaba que el destino nos tenìa guerdado otra cosa y que mis conciudadanos y yo nos merecìamos un futuro de progreso, de crecimiento y de abundancia. Requiem por lo que pudimos haber sido y no tuvimos el coraje para serlo.

daniel gil
9 de abril, 2010

Aquì estoy en tu casa de la vela de coro leyendo tu artìculo y me dio alegrìa porque tambien vivì esa època y eso queda en el disco duro como un buen recuerdo. SALUDOS.

Omar Acosta
9 de abril, 2010

Que buen articulo Aquiles, eres el vivo ejemplo de los músicos de nuestra época, y eso que cuentas, aunque nostálgico, es el origen de la suerte que hemos tenido todos los músicos venezolanos de tu época, gracias a la vida!, y sin contar a nuestros maestros de la radio de esa época, Serenata Guayanesa,Lilia Vera,Gualberto, Cecilia, el Cuarteto, raíces, Simon Díaz,Sevillano, un dos tres y fuera,etc, etc (interminable) ,etc, que tiempos de oro!, fuimos y somos el resultado de todo eso, el mundo no lo sabe, pero somos gente con suerte!, un abrazo, con la admiración de siempre. Omar

Ignacio Izcaray
9 de abril, 2010

Te felicito AQUILES por esta extraordinaria crónica de un tiempo que vivimos y compartimos en la música y la vida. La Nostalgia es un arma de doble filo: sirve para morir o para matar.

A veces me descubro recorriendo los bares y locales de la época y entro en LA PERGOLA para ver a una GRAZIELLA radiante y feliz, fumándose un bolero que tiene la voz de NANCY TORO; mientras en la caja, el italiano aquel (con cara de contable de la Mafia) que luego se la jugó ,luce siempre incómodo y tenso. Como fuera de lugar. Dos tragos y cinco boleros después me voy al RESTAURANTE EL PARQUE para que el grupo IMAGEN me cante una de Serrat o de Rubén Blades. Alli Karina, Klever, Santiago, Rafael y Verónica, alternan con la recordada Heddy Baena o con Floria Marquez o contigo que acompañas a Esperanza un tango reo. El humo del cigarrillo satura el espacio y me irrita los ojos y me obliga a cerrarlos un instante. Cuando los abro, ya no estoy en EL PARQUE sino en la Pizzería DELIA oyendo a ELADIO, ARCHIE PEÑA y toda esta pata de maracuchos talentosos que refrescan la calle de los Hoteles de SABANA GRANDE Y justo cuando estoy comiéndome una Reina Pepiada en EL TROPEZON , me despierto en Madrid tratando de acordarme cuánto pagué por ella.

Un abrazo de tu hermano de siempre

Lorena Liendo
9 de abril, 2010

Como que escribir se te está dando igual de difícil que la música, chamo. Gracias por compartir tus inquietudes (las mías, quizá las nuestras) y relatarlas con tanta sabrosura y veracidad. Porque no hay nada mejor que contar anécdotas verdaderas. Gracias por el sentimiento, también, que nose escatima, pero sí se dosifica en las palabras, las imágenes y las referencias tomadas “de la vida meesma!” Gracias, en fin, por existir (suena a clisé, pero es verdad).Abrazos del alma..naque

francisco martínez
9 de abril, 2010

eso sin contar con LA MENTA, en Plaza Venezuela, donde todo el jazz tenía parada o el sofistica bar Fedora en las Mercedes, donde Pat O´brien y el Negro Maggi, inundaban de jazz las noches caraqueñas. gracias Aquiles, por devolvernos la memoria.

Zeneida Rodriguez
9 de abril, 2010

Yo no vivi esa época, asi que la verdad es que me parece que tu relato me hizo imaginarme MI CIUDAD CARAQUEÑA tan distinta a cómo la siento ahora. Hoy tenemos muchas ventajas, la tecnologìa, los celulares, la comunicación, y sin embargo, no logramos llegar a la gente. Cómo hacìan en esos tiempos para promocionarse, para comunicarse con los amigos y decirles aqui estoy vamos a gozar un rato… que se yo… Me encanta haber leìdo algo que tal vez en muchas ocasiones he escuchado de Aquiles. Gracias por compartirlo. Cómo siempre lo he sentido, eres un gran Maestro. Besos, te quiero mucho. LA JESI.

Roberto
11 de abril, 2010

Excelente trabajo.Ojala tuvieramos esos espacios como en esa epoca. Gracias por el recuerdo.

Aquiles Baez
12 de abril, 2010

Quisiera darle las gracias a todos los que han comentado este articulo por las diferentes vías virtuales, como a través de mi email personal, Facebook, web page, etc. La verdad es que creo que podemos volver a lo que un día fue y eso depende del esfuerzo del colectivo. Hay muchas cosas que se pueden hacer para mejorar la calidad y buscar espacios que sean para la música no solo en caracas sino en todo el país. Pienso que no hay que quedarse por muy hermosa que sea con la nostalgia. A partir de ella hay que renacer como el ave fénix. No me considero un ser utópico sino mas bien atípico. Quizás por eso para mi es importante no solo soñar sino construir realidades.

pedro guerrero
13 de abril, 2010

Aquiles, tu artículo me parece, además de cierto, revelador. Creo responde en gran medida esa pregunta que muchos nos hacemos ahora ¿qué nos falta, qué es todo este sin sabor, esta ausencia de algo que no logramos definir? La Cultura, en todas sus expresiones, nos hacía mucho más digeribles en un pasado no tan lejano. Eso nos falta, hemos ido acabando con todos los espacios comunes que la música logra siempre de espontánea manera. Sirva tu artículo para generar buenas ideas y tratar de arrebatarle estos rincones a la desidia

Adriana
15 de abril, 2010

Bello Aquiles, sigue sigue sigue sigue, no pares!

Alejandro Reyes
21 de abril, 2010

Que maravilla este trabajo. Llegué acá por el otro articulo de la música venezolana. Hermoso esfuerzo de educar a lo que fue, incluso de lo que puede ser. ¡¡¡¡¡Gracias!!!!!!

liz Izquerdo
30 de abril, 2010

Hola Aquiles, gracias por tu articulo, me trajo muchos recuerdos y sorpresas tu articulo. Yo soy immigrante y ahora entiendo esa diversidad cultural. Cunado vivia en Venezuela no la tenia tan clara. Algunos de los lugares que hablas nunca los conoci, de otros…era asidua visitante. . Creo que siempre se ve el pasado con nostalgia.Tenemos esa capacidad para guardar como tesoro esos lugares, espacis que nos dieron grandes expereincias aunque en ese momento no pareciera tales. Estoy de acuerdo contigo en que hay que pasar la nostalgia y hacer pero no estoy segura que esa diversidad cultural todavia existe en venezuela. o tal vez sigue siendo subterranea y simplemente los espacios han cambiado de sitio y duenos. Digo, yo no vivo alli y cuando voy no tengo el tiempo para explorarla. Yo no hablaia de espacios musicales…pero lugares como El avila, el jardin botanico, el reloj de la UCV, la cachucha, la torre de la previsora, los restaurantes chinos del bosque reflejan la ciudad de caracas

Aida Flores
2 de mayo, 2010

Aquiles, cómo no recordar la Delia, el Oh Gran Sol, el Juan Sebastián y los eventos del bulevar de Sabana Grande, entre tantos otros que nombraste o que nombraron otros! No sabes como me reí del carrao de Madeira: genial! Nunca me cansaré de decir que eres lo máximo. Gracias a gente como tu siento un orgullo enorme de ser venezolana.

Hugo Pérez
7 de mayo, 2010

Gracias Aquiles. Que buena crónica nos has regalado. Si me lo permites añado tres lugares más al inventario. Ubicados los tres en El Rosal. 1.- Una cerveceria que estaba en la Av. Venezuela, en la esquina donde ahora está Mac Donald, allí todos los años en noviembre y diciembre tocaban “Los Cardenales del Exito” antes de irse a hacer su show en el Hotel Tamanaco. 2.- “La Taguara de Lorenzo”, un local donde por primera vez muchos caraqueños vieron a “Cheo” Hurtado hipnotizando a la audiencia con su manera de tocar el cuatro. 3-. Un local en la Av. Tamanaco, pequeñito pero muy importante, y que muchos recordaran, pues por años fue la sede del Grupo MANGO.

MoraimaC
7 de mayo, 2010

Mi querido Aquiles: Mil gracias por tan hermosa crónica. Los que ya no vivimos en el país pero siempre, siempre, hemos sido unos amantes de la buena música- y de paso hemos intentado ser cronista de la música urbana- te lo agradecemos un chorro. Además, me has hecho revivir sabrosamente esos momentos, esos lugares, esos olores, esos sabores, esos colores, esas risas, esa alegría…nuestra gente. Y mira que hemos sido unos privilegiados: tuvimos la dicha de disfrutar la multiculturalidad y la seguridad en esa hermosa ciudad que es Caracas. Nos la vacilamos, pues. Y con las páginas culturales de los periódicos o determinadas emisoras y programas de radio (cómo no recordar a Radio Capital y todo lo que nos dio) o simplemente con radio radiobemba, era más que suficiente para seguir el hilo conductor y descubrir ese espacio musical. Y la nostalgia no sólo es para morir o matar, como dice el querido Ignacio, sino para sentirnos vivos y reconocernos en nuestras aficiones, en nuestros amores de siempre… como el amor a la buena música.

Con el cariño y la admiración de siempre, Moraima

roger dos santos
4 de enero, 2011

querido aquiles

yo soy el hijo de el tal carrao de funchal, pues me gusto tu publicacion, tambien queria decirte que es un gran hombre y adora a venezuela mas que nada y ademas bueno me imagino que cuando lo fuiste a ver estaria recien llegado a venezuela ese hombre mejoro mucho el idioma y se hizo muy amigo de muchos cantautores de musica venezolana y luego pasado los anhos cantaba muy bien y represento a venezuela en portugal por 2 veces y ademas canto musica llanera en muchos sitios y regiones de venezuela, estoy muy orgulloso de mi padre, aunque tome como una burla tu publicacion sobre el, luego entendi tu punto de vista el es y fue muy querido por cantautores venezolanos como reinaldo armas un gran amigo de el, julio miranda, cristobal jimenez entre otros, si puedes averigualo con reinaldo armas u otros, me encantaria que me escribieras de vuelta. saludos y buen trabajo

Aquiles Baez
15 de febrero, 2011

Roger disculpa que no había leído tu comentario, la verdad es que esa ocasión admire la capacidad de adaptación de tu padre a esta nueva cultura venezolana y eso lo trate de manifestar en mi articulo. Los venezolanos somos muy vaciladores y burlones, me incluyo en ellos, pero sin duda alguna hay que tener guáramo para pararse a cantarle a un publico recio música recia. No conozco el trabajo musical de tu padre, de seguro no solamente es importante sino que lo veo como un inmigrante incorporado a una nueva tierra. Cuando uno vive fuera de su país empieza a entender lo que es ser inmigrante, de hecho tengo en los momentos mas de quince años viviendo fuera de Venezuela y no me siento adaptado. Felicito no solo el empuje sino la capacidad de adaptación. Espero escuchar prontamente algún trabajo musical del Carrao que de seguro será mas trancao, que el de muchos nacidos en esta tierra de gracia. Te agradezco el comentario . Saludos

María Eugenia
15 de febrero, 2011

Lo mejor que he leído en Prodavinci, un paseo acogedor. Gracias por abrir un camino hacia la Caracas que conociste de un modo tan amoroso y tan cómico. Entrañable.

¡Qué suerte tuviste y cómo te envidio! Yo crecí en un bunker, como hija de europeos, y no pude llegar a esos sitios que tanto me hubieran encantado y que tú nos regalas. Sí que conocí el Juan Sebastián Bar pero creo que eso es todo, de los lugares que cuentas. Me gustó Vitas Brenner cuando apareció con su “Ofrenda”. Me gustaba la música de los 007, uno de los cuales, Manolo, vivía al lado.

En Caracas, en los 70s, cambió todo, entró el rock y después la música disco y la cocaína a estropear los conciertos de Fania y todo se volvió una porquería, en comparación con el ambiente sano y vital que había antes. Hasta los muchachos de la esquina, en la 4a ave. de Los Palos Grandes, 3a transversal, dejaron de tocar gaitas en Navidad y la gente ya no patinaba tanto tampoco. Bailé un solo joropo.

Ahora, desde Los Angeles, estoy escuchando al Carrao del Funchal y aprendiendo un poquito gracias al grupo de Facebook “Vivencias del abuelo”, de la música llanera.

Gordon
7 de febrero, 2017

El sitio al lado de Pida Pizza era Mr. Ribs

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