Artes

Vicios y virtudes

Por Héctor Abad Faciolince | 14 de diciembre, 2009

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He comprobado a lo largo de la vida que si uno persigue pulir sus virtudes con un celo excesivo, puede volverse un moralista insoportable. Y lo mismo al contrario: hay que tener cuidado de no combatir con demasiado ahínco los propios defectos, porque éstos tienen su gracia escondida. Uno es mal juez de sí mismo, pero pensemos en esto: nuestros amigos más queridos, sin los defectos que les son característicos, perderían la mitad de su encanto. ¿Qué queda de Juan sin su loca hipocondría, de Pepa sin sus celos, de Carlos sin su vanidad? Un bulto amorfo y vacío. Lo que somos, lo somos también, y en buena medida, por nuestros defectos. El que tenga un defecto, que lo cuide. He conocido personas que, de tanto vapulear su vanidad, se quedan sin amor propio. Mujeres que por domar su gula con demasiado esfuerzo han terminado anoréxicas, y otras que a fuerza de vigilar su concupiscencia se volvieron frígidas. Conozco también avaros que por temor de serlo llegaron a ser manirrotos y todo lo perdieron. Es más: avaros y manirrotos no son otra cosa que manirrotos y avaros en potencia.

Todo aquello que la moral de las virtudes persigue y el terrorismo de los defectos abomina, puede ser visto de distinta manera. La tendencia de alguien a ser lento e inactivo no es necesariamente pereza y abulia: puede verse como la actitud de alguien que no está interesado en la desenfrenada competencia del mundo y prefiere marginarse y sumirse en una inoperante paz espiritual. La misma a la que llegan ciertos santones a quienes mucho se admira porque parecen meditabundos, y en realidad dormitan.

De tanto querer ser sabios, algunos eruditos se vuelven pedantes, pedorros de citas, siempre en esa insufrible actitud docente en la que creen que todo conocido, amigo o amante no es otra cosa que un alumno. De tanto perseguir la indudable virtud del conocimiento, hay sabihondos que se vuelven insufribles. Y lo mismo se puede decir de la verdad: los que exageran con ella, los héroes de la sinceridad, son una amenaza para la convivencia pacífica.

El orden y la limpieza son saludables, sin duda, pero quién no conoce enfermos de orden y maniáticos de la higiene que convierten en un calvario la vida cotidiana. Yo siempre he sospechado que los que mucho se lavan no son otra cosa que sucios intrínsecos que añoran con denuedo una limpieza que nunca alcanzarán. Sospecho de los puros, de los limpios, de los que hacen alarde permanente de su apego a la moral y a la verdad. Ahí mismo pienso en lo contrario. No hay que exagerar, pero prefiero un toque de olor en la axila al inodoro sobaco de un maniquí viviente.

El perfeccionismo puede ser un defecto grave. No hace mucho los ingenieros de ferrocarriles japoneses hallaron una estadística preocupante: sus trenes se descarrilaban más que los trenes europeos, sin motivo aparente. Al fin hallaron la respuesta en la excesiva precisión de su cultura: los durmientes estaban puestos a una distancia precisa, al milímetro, y lo mismo los espacios que se dejan entre los rieles para efectos de dilatación. Pues bien, estas distancias perfectas producían al pasar de los trenes una especie de resonancia que hacía que todo el hierro vibrara al unísono, hasta salirse de su sitio. Ya lo ven, no hay que renunciar a todas las imperfecciones ni a todos los defectos. Nos ayudan.

La perfección, dijo alguien, es una tentación luciferina. Conozco muchos escritores que no escriben, atormentados por la incapacidad de soportar el peso de sus defectos. Lo primero que hay que aprender a soportar cuando se escribe, cuando se emprende cualquier actividad artística, es el destino inevitable de la imperfección. Eso es lo humano y así nos crearon los dioses que no existen: tan imperfectos como ellos. A imagen y semejanza de lo posible. Los padres o profesores que persiguen hijos y alumnos perfectos, producen monstruos. Hay que tener el valor de convivir con los defectos propios, y con los ajenos. Y también el valor de no buscar ser, a toda costa, un dechado de virtudes que, a la larga, es más bien un duchazo de antipatía.

Fuente: El Espectador

Héctor Abad Faciolince 

Comentarios (4)

lector
14 de diciembre, 2009

Sr. Abad, muy interesante su escrito, tan real y cotidiano que no le damos la suficiente importancia por ser parte de nuestras vidas, esa tentacion luciferina de la perfeccion,esta tan disfrazada que a veces no la oimos,ni setimos,ni la vemos. Que importante para todos lograr un equilibrio en la sason, ni tan dulce ni tan salado..

Adriana Ponte
14 de diciembre, 2009

Extraordinario este este texto…lo suscribo al 100%.

Cada día cultivo mis defectos y aprecio los de mis seres más queridos, he llegado incluso a quererlos más por sus defectos que por aquellas cosas que llaman virtudes.

Felix
14 de diciembre, 2009

Excelente escrito; enjundioso e invitador a la reflexión. La perfección no es obstáculo para el cambio, dijo alguien por allí, siempre, dentro de los parametros del sentido común y el sentido de tolerancia.

Raùl
2 de mayo, 2010

Como artìculo de opiniòn resulta entretenido, sin embargo alejado de la realidad pues el autor cae en el maniqueismo al determinar con absoluta arbitariedad en los diagnosticos extremos, polares. si bien es cierto que existen personas como las que indica, tambièn es cierto que son pocas, felìzmente. Y si estas personas preñadas de excesos intentaran cambiar, no perderìan su identidad como la asegura el autor, sinò mejorarìan como seres humanos y sobre todo harìan la vida del resto menos tortuosa. No caigamos en el absolutismo, tampoco en el relativismo que son las herramientas màs usadas para descalificar algo.

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