Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Ts’ai lun, inventor del papel

Por Prodavinci | 7 de diciembre, 2009

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Si el mundo que nos ha tocado vivir no estuviera poblado por seres tan ingratos, todos los días elevaría plegarias al gran Ts’ai Lun, donde quiera que se encuentre. Desde la llegada del papel, su gran invención, a Occidente, nuestras vidas han dependido más de este maravilloso material que de cualquier otra materia prima, que no sea estrictamente alimentaria. Somos, oficialmente, por la partida de nacimiento, y dejamos de ser por la de defunción. Para los escritores, y me gustaría contarme entre ellos, las obligaciones con el ingenio chino del s.II d.C., son incontables. En estos momentos que preludian la desaparición del papel como soporte de libros, diarios y revistas, no está demás releer la biografía escribiera Fan Yeh tres siglos después de la muerte del gran Ts’ai Lun:

A finales del reinado de Yen P’ing (106 d.C), Ts’ai Lun era un empleado de la corte antes de ser ascendido a miembro de la Guardia Imperial. Al ascender al trono, el emperador Ho Ti, lo designó Consejero Privado. Más tarde, Ts’ai Lun fue nombrado inspector de obras y, bajo su dirección, los ingenieros y artesanos fabricaron espadas con materiales que sirvieron de modelo a las generaciones futuras.

Antiguamente, se escribía sobre pedazos de bambú o sobre tiras de seda llamadas “chih”. Pero como la seda es costosa y el bambú muy pesado, no resultaban materiales apropiados. Fue ts’ai Lun el que tuvo la idea de hacer chih a partir de cortezas de árboles, cáñamo, trapos viejos y redes de pescar. Ts’ai le presentó al eperador, durante el primer año del reinado de Yüan Hsing (105 dC), sus proyectos apara la preparación de papel y fue altamente reconocido. Durante el primer año del reino de Yüan Ch’u (114 d.C), la Madre Imperial le concedió a Ts’ai el honorable título de Marqués por sus continuos servicios. Poco después, Ts’ai se convirtió en uno de los jefes de palacio.

En el cuarto año de su reinado (117 d.C) el Emperador encontró alteraciones en los libros de historia y ordenó a dos estudiosos corregir estas faltas, de acuerdo a las reglas de la dinastía Han. Fue el mismo Ts’ai Lun el encargado de este importante proceso de correcciones y enmiendas. Ts’ail Lun recibió una orden secreta de la Emperatriz To para que inventara unas calumnias en contra de un miembro de la familia imperial. Después de la muerte de la Emperatriz, el sucesor al trono fue un emperador menos complaciente y ordenó a Ts’ai Lun a que e entregara al Ministro de Justicia para ser juzgado. Ts’ai Lun se sintió tan avergonzado que, después de darse un baño y vestirse con sus mejores ropas, se envenenó.

Aunque el destierro del buen Ts’ai fue el definitivo, encuentro imágenes en este poema de la dinstía Tang que se corresponden con su trágico destino:

ALEJANDOSE CON DOS AMIGOS TAMBIEN CONDENADOS AL DESTIERRO

Nunca esperé un decreto imperial a mi favor,

en este estado de cosas es poco el placer que encontraré

en el canto o el vino.

El brillo de la luna se desliza con el río y los gansos salvajes

se dirigen al sur.

Hasta las montañas más lejanas los árboles dejan caer

sus hojas.

Complacido de que mi aislado exilio sea cerca del mar,

no soy en el espejo más que una sombra llena de canas.

Ganamos en años, pálidos y marchitos; afligido por estos exilios,

pongo más atención a las flechas y dardos de la gente. Liu Chungking (714-790)

No sé a qué edad Ts’ai se quitó la vida, pero como Sócrates, hizo bien evitándose el pan amargo del exilio que, para un cortesano, como reconoció Maquiavelo, es doblemente amargo. Aun a otro poema, esta vez una epístola moral del XVII español, lo relacionó con Ts’ai, quien no habría ganado poco de haber tenido la oportunidad de leerlo. Estas son apenas las primeras cuatro y bien rimadas estrofas:

Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más activo salen canas,

El que no las limare o las rompiere

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.

El ánimo plebeyo y abatido

procura, en sus intentos temeroso,

antes estar suspenso que caído,

que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.

Prodavinci 

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