Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Los Pernod de Joseph Roth

Por Alejandro Oliveros | 4 de diciembre, 2009

rothViernes. 4 de diciembre.

4.45am

Un mail del amigo Andrés Boersner, donde me dice que apenas deje de llover se acercará al “Café Tournon” a tomarse una copa de ajenjo. El “Tournon”, entre Odeon y el Jardin de Luxemburgo, llegando a rue de Vaugirard, era el bar (porque no tomaba café) donde se reunía Joseph Roth con sus amigos. Allí, y en otros bares aledaños, bebió y bebió su destierro, una experiencia amarga que había comenzado, sin embargo, mucho antes de 1933, cuando llegó a París, y que podríamos referir a los últimos días del imperio austro-húngaro, la única patria que conoció como suya.

En el catálogo de la exposición que le dedicara el Museo Judío de esa ciudad, JOSEPH ROTH IM EXIL IN PARIS 1933 BIS 1939, encontramos esta entrevista de 1961 con Mme. Germaine Alazard, propietaria del hotel y “Café Tournon” y que cita Claudio Magris en alguno de sus artículos sobre el escritor austriaco:

-Roth vivía enfrente, en el Hotel Foyot. Cuando fue derribado quiso mudarse para acá pero no tenía una habitación disponible. Entonces se mudó por un mes a Boulevard Haussmann. Incluso cuando vivía en el Foyot llegaba a mi café todas las noches. Por fin un día le conseguí un cuarto y se mudó.

-Necesitaba el ambiente de un café. Nunca escribía en su habitación.

-Yo me encargaba del manuscrito en el cual estaba trabajando mientras estaba inconcluso. Lo mantenía cerca de la caja registradora y se lo entregaba cuando volvía para seguir escribiendo.

-Todo estaba en su cuarto cuando murió y se lo entregué a Mme. Gidon. Ya no conservo ninguno de sus manuscritos. Su editor era Plon. Conservo cuatro hojas del manuscrito de EL ANTICRISTO.

-Siempre me enviaba noticas cuando quería beber.

-Tenía un lado infantil, al comienzo de cada nota me decía que le gustaría un Pernod.

– Su afición al Pernod le afectó la vista. Decía que se estaba suicidando. Le prohibí seguir bebiendo.

-Me llamaba “l’oiselle”. Una vez lo atrapé tomando, me molesté con él y le dije, “C’est fini. Je ne me occupe plus de vous”. Me dio todo tipo de excusas y me envió unas flores.

-La gustaba escribir en la terraza cuando hacía buen tiempo y si no lo hacía adentro, allí en el mismo rincón.

-La primera vez que colapsó, el 23 de mayo de 1939, lo llevaron a su habitación. Llamé a su amigo Morgenstern que también vivía en el hotel. Bajé para llamar por teléfono al doctor. Mientras lo hacía, Roth volvió a bajar y sentó en la mesa. No quería moverse de allí ni abandonar el lugar. Por fin llegó el médico con una ambulancia para llevarlo al hospital. Mme. Gidon, a quien también llamé, llegó en ese momento. Ella y yo nos queríamos hacer a un lado, pero Roth, siempre un caballero, nos dijo con un gesto de su brazo: “Les dames d’abord”.

(Madame Alazard hablaba en voz alta y en forma directa pero tenía un buen corazón. “Hat etwas von einer Kokotte”).

-Lo visité esa noche en el hospital y el día siguiente. Tenía un pequeño cuarto sólo para él.

-Me ocupé de él cuando tuvo problemas con los ojos. Tenía que ponerle gotas dos o tres veces al día. “Madame, vous voulez me mettre des gouttes dans les yeux?”, me preguntaba como un niño.

-Yo hacía todo lo posible para que no tomara. Pero me hacía trampa. Se iba a otro café de los alrededores. Al lado de la librería Flammarion. Decía que iba a comprar unos cuadernos. Llegaba hasta allí y luego cruzaba la calle para llegar al otro café. Todo el mundo lo conocía. Iba al “Au petit Suisse” (en la esquina de Vaugirard y Corneille, frente al Teatro Odeón). Me dijeron que iba allí a tomar: “Mme. votre client boit au Petit Suisse”. Cuando regresó le dije, “¿Cómo estaba su Pernod?”. Y me dijo, “Cómo lo supo?”, de lo más impresionado.

-No escribía en su habitación, allí sólo pensaba en su novela, después podía escribirla de un tirón.

-No se llevaba el manuscrito a su cuarto. Yo se lo guardaba y me decía, “Ve, tengo una buena secretaria”, refiriéndose a mí.

-De noche, entre 5 y 10 amigos venían a visitarlo. Hablaba con todos y seguía escribiendo. Siempre estaba rodeado de amigos.

-En el Hotel Foyot se portaba como un “grand seigneur” y pagaba por todos. Nunca daba autógrafos, decía que lo que querían es que sus libros subieran de precio después de muerto.

-Predijo su propia muerte. La describió en LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR. Allí cuenta cómo alguien muere de una caída mientras estaba tomando.

-Yo siempre estaba en la caja, era como una jaula, es por eso que me llamaba L’oiselle.

-Nunca se refería a su pasado. Uno no sabía si su esposa estaba viva o muerta. El episodio con su esposa ensombreció su vida.

-Su manera de pensar siempre fue clara. Hablaba buen francés. Sus dificultades para caminar (por el edema de sus pies) lo acompañaron hasta el final

(Mme. Alazard tiene alrededor de 48, con un pelo negro que ha sido hecho más negro con el tinte. Ha ido engordando. Se sentó a mi lado y puso su brazo en el mío con cierto erotismo. Parecía haber estado realmente preocupada por Roth. Como apunta Janes, tenía apenas 25 años en 1938 y era pobre, “Nosotros (Roth, Mongerstern y yo) éramos los descuidados”. Pero después de eso, recibió una herencia, compró el local y se hizo rica).

5.50am

A esta hora, todavía llena, la luna se aleja hacia poniente con un dejo de melancolía. De esta manera, dos días después del plenilunio, ya no la veremos hasta enero de 2010. Mientras, en Radio Classique, la serenata, “Ven, vieni alla finestra”, de la mozartiana “Don Giovanni”, acompañando a la luna en su camino irreversible hacia el oeste, durante los últimos minutos de esta hora de penumbras intermedias que preceden al amanecer, la mejor para escribir.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

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