Artes

Las razones del apóstata

Por Joaquín Marta Sosa | 21 de septiembre, 2009

Libre lectura

apostatasPor Joaquín Marta Sosa

Nunca le pagaremos suficientemente bien a Fernando Savater por su tarea de difusión popularizada de los grandes temas de la filosofía, de esos que resultan acuciantes para la condición humana y la definición de su destino, pero que nos resultan difíciles de respirar. Es precisamente en este territorio angustioso y comprometedor, donde tiene años convertido en un extraño escritor de bestsellers cuyo gancho no consiste en tramas de suspenso ni en ficciones góticas ni en la invención de episodios improbables y enigmáticos en la historia, sino en proponer con claridad y lucidez las grandes preguntas sobre el sentido de la vida. No obstante, también ha incursionado en el teatro, el relato y la novela. Salvo en ésta, y probablemente en un solo caso, el de su novela voltaireana El jardín de las dudas, su obra directamente literaria resulta menor. No es así cuando acomete la crónica, el escrito polemizador, sus artículos sobre los purasangres y el turf, la columna periodística o el memorialismo. Dueño de una escritura de altísima calidad, sus textos brillan por la iluminación expositiva, la transparencia argumental y los puntos de vista novedosos. Seguramente que en su obra mayor tengan que contarse La infancia recuperada (1976), Criaturas del aire (1979), la mejor de todas, creo, La tarea del héroe (1982) y Apóstatas razonables cuya primera edición es de 1976 y la más reciente, la tercera, del 2007.

Este libro profundamente savateriano es el que más gozosamente he leído una y otra vez a lo largo de sus treinta años de edad y de sus sucesivos desarrollos (comenzó con nueve retratos, ampliados luego a quince hasta alcanzar los veintinueve de la edición más reciente). Pretendido como la revelación de un fracaso, la del novelista que no alcanza a serlo y que termina refugiándose en la biografía, culmina como una obra intelectual y literaria de evidente y hondo calado, de carácter desafiante, de reto a los bienpensantes y al pensamiento conservador, hasta constituir una verdadera historia esencial de la apostasía y sus diversas manifestaciones en el mundo occidental.

La apostasía que reivindica Savater es la que él denomina razonable, es decir, la que no responde al fanatismo de las verdades imperantes con una suerte de contra-fanatismo que se pretende irreverente y que no pasa de ser reaccionario. Esta apostasía racional funda su combate contra la osificación oxidada del orden dominante en una sólida argumentación, ilustrada y susceptible de ser contrastada y discutida. Es la que discute y no dispara, la que expone para oír y no para acallar, sin renunciar a su propósito esencial, el de impedir que la historia se dé por concluida y, por el contrario, contribuir con buenas razones a abrirle nuevos derroteros que a su vez deberán darle paso a otros.

A pesar de que el libro está armado por sucesivas semblanzas de los muy variopintos apóstatas escogidos, adquiere una naturaleza perfectamente unitaria gracias a la permanencia de un hilo reflexivo y crítico que las ensambla a todas en un panorama compartido, el de que la historia no sería posible sin la apostasía, sin la fractura de los paradigmas de pensamiento y cultura una vez que han dado todo de sí, lo cual sucede irremediablemente en los dos casos. En efecto, no hay sistema de pensamiento ni orden cultural que no terminen por asfixiarse a sí mismos a pesar de que mantengan adherentes, cada vez más irracionalmente fanáticos cuanto más cerca está del colapso aquello a lo que se aferran. De esta manera, la enseñanza última del libro es que los apóstatas, a pesar del manto de impiedad y de la sombra de sospecha con la que se intenta cubrirlos cada vez que levantan su palabra, son los verdaderos hacedores de la historia, y algo más: aquellos que mantienen viva la llama de lo propiamente humano, esa conciencia de que nada es para siempre, de que todo está destinado a la mortalidad y a la sustitución (salvo la muerte), a pesar de lo cual no es nada cómodo apostasiar sino extremadamente peligroso en cualquier época.

Un grupo de los biografiados en el libro, suelen ser tachados como reaccionarios “por las bellas almas de la izquierda”, dice Savater, para rematar señalando que “la izquierda es detestablemente conservadora en sus mitos justicieros, y sus opiniones críticas se parecen peligrosamente a las ideas recibidas… En el cielo y la tierra de la rebelión hay más cosas de las que los teóricos progresistas conocen… o consienten”. Dicho de otra manera, el libro mismo es una apostasía en contra de quienes sustentan que han encontrado la verdad suprema y que no tienen otra tarea que no sea la de imponérsela a los demás. Justamente, de este libro aprendemos que allí cuando alguna “verdad” se convierte en imposición comienza su mentira, su trabajo de autopudrición y su papel de carcelera de la libertad, de las ideas libres y, lo peor, de las personas libres.

Desde el emperador Juliano, llamado “El apóstata” por los cristianos irredentos, que alcanza a atisbar y a privilegiar las primeras modalidades del laicismo como espíritu de gobierno hasta Bertrand Russell, el aristócrata desobediente que inspiró las causas pacifistas y libertarias de su tiempo, reformador de alma; pasando por Lope de Aguirre, llamado “El tirano”, cuya carta a Felipe II lo convierte en traidor para los intereses de la monarquía, pero que deviene en la primera manifestación de ruptura con el Reino y suerte de anticipación de la independencia. Por su parte, Robinsón Crusoe demuestra que así como la sociedad industrial y su apuesta por el progreso sin fin pueden reproducirse en pequeño en una isla ignorada, ello no impide que la naturaleza humana sea incapaz de deslastrarse de su inevitable condición precaria pues a un naufragio sólo puede salvarle otro naufragio; en tanto que Baruch de Spinoza edifica su ética desde el paradigma de la alegría, condenando a los infiernos a la que privilegia las obligaciones dogmáticas y los deberes forzados. También tiene aquí su nicho el apóstata por antonomasia, Satán, palabra que en hebreo significa “el perseguido”, el acometedor de todos los excesos mediante su incrustación en el cuerpo y alma de los otros, de nosotros, sin necesidad de trabajar, imponiendo su ley de hegemonía sin limitación alguna puesto que ya fue sancionado y un nuevo castigo no es posible, de tal modo que concluye por encarnar esa oculta utopía humana, la de hacer y deshacer sin responsabilidad moral alguna. O King Kong, la bestia enorme que comete apostasía al pretender el humano amor de una mujer, cuyo desenlace, inevitablemente romántico, es el de su caída luego de revelarnos que humanidad y animalidad son algo más que vecinos. Y así podríamos seguir y seguir con Voltaire, Kant, Stevenson, Cabrera Infante, Verne, Jung sin cansarnos jamás.

Digo que para estos tiempos de dominios que irrumpen con el estandarte de acabar con otras hegemonías, nada más delicioso y reconfortante que unos tragos largos de apostasía bebidos en este libro de Savater.

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Fernando Savater

APÓSTATAS RAZONABLES

Editorial Ariel. Barcelona (España) 2007

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (1)

Belkis López
22 de septiembre, 2009

Excelentemente bien pensada y mejor escrita la reseña sobre este libro de Savater, como es usual en lo que escribe el profesor Marta Sosa. Soy seguidora de la obra de Savater y coincido totalmente en sus apreciaciones sobre la manera como ha abordado temas filosóficos tan arduos, para hacerlos atractivos y comprensibles para el común de los mortales, sin perder por ello calidad en la escritura y el análisis. No he leído éste sobre los apóstatas racionales, y por los comentarios de Marta Sosa luce en extremo interesante conocer la opinión de Savater sobre estos personajes, con los cuales, en ciertos casos, seguramente hay muchos puntos de vista compartidos. Es en momentos como estos, cuando el fanatismo campea por sus fueros en nuestro país, que tal vez libros como este nos devuelven un poco de equilibrio.

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