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Diario: Harry Abend Totémico

Valencia, 24 de junio de 2009

habend2Toda escultura es un tótem. Algo que Policleto sabía demasiado bien cuando creó su “canon”. A un doríforo, precisamente, escogió para materializar sus cálculos. Un joven que porta una lanza o jabalina para resguardar la tribu. Un figura protectora, como corresponde a la tradición totémica. El genio griego transformó la primigenia formación vertical en una elegante y alegórica figura masculina. Un tótem tiene por lo menos dos funciones: una protectora y otra “fertílica”. Para esta segunda, la de estimular la fertilidad de los integrantes del grupo, asume su apariencia fálica. Si esto es así, y todo parece indicar que lo es, entonces, si toda escultura es un tótem, toda escultura es, también, un falo. Brancusi, mejor que nadie, lo sabía. Harry Abend, constructivista y descontructivista, abstracto y mitológico, también.

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UNA OPERA DE VIVALDI

Mi alumno y amigo, el profesor Andreas Prypchan, me da a conocer ANDROMEDA LEBERATA, una “serenata”, género barroco entre la cantata y la ópera, atribuida a Vivaldi. Sólo atribuida, porque el manuscrito es anónimo y apenas ahora recién descubierto. Se trata de música cortesana, refinada y culta, como lo mejor del XVIII, escrita para el influyente cardenal Pietro Ottoboni, sobrino del Papa Alejandro VIII, en la ocasión de su regreso a Venecia. Ottoboni fue uno de esos espíritus exquisitos del “ancient regime”, que dedicó parte de su fortuna a proteger a los mejores talentos musicales de su generación. Gracias a su generosidad se difundió y conservó parte de la producción de músicos como Scarlatti, Corelli o Haendel. Una actividad que le garantizó un lugar en la memoria de los hombres más que su poder o fortuna material. Puede que la ANDROMEDA no sea GIULIO CESARE, ni siquiera una de las mejores partituras del período, pero no está ayuna de momentos de rara belleza, como el aria para soprano “Un occhio amabile”, que en esta grabación interpreta la siempre bella Simone Kermes con su siempre hermosa voz. Se desconoce el autor del libreto, no exento de momentos aceptables, como el barroco texto de “Un occhio amabile”:

UN OCCHIO AMABILE

Un occhio amabile
che mi piagò,
labbro adorabile
che mi alletò,
tutta mi tolgono
la libertà.

Né sia possibile
che il suo rigor
renda insoffribile
il mio dolor,
perché non perdono
la sua beltà.