Diario de Alejandro Oliveros

Diario: El fin de Haussmann

Por Alejandro Oliveros | 7 de abril, 2009

Valencia, martes 7 de abril de 2009

Recién llegado de Barcelona, Andrés Boersner me comenta la transformación de los catalanes durante los últimos años. Se lamenta el querido amigo del nacionalismo que los ha llevado a relegar la tradición cosmopolita que tanto, y tantos, apreciamos. Entre ser catalanes y ser europeos, han escogido la primera opción. Siempre peligrosa por aquello de que el “patriotismo es el último recurso de los canallas. “Me he debido ir a Madrid a ver la exposición de Francis Bacon, como me dijo Alberto (Barrera Tyska)” me escribe. Hasta ahí lo acompaño. A Madrid (Francópolis), sólo por Velázquez y no sin considerarlo seriamente. Entre los libros que se trajo, me menciona la versión al castellano de una selección de la Correspondencia del único Roth, Joseph. Tiemblo por el amado novelista, quien tanto sufrió en vida.

La pasión de Dionisos

Poco escucho estos días que no sean las “Pasiones” de J.S.B. La de san Juan, más lírica y solar. Y la de san Mateo, épica y trágica. Sentimos lo mismo que sentimos cuando asistimos a una tragedia griega o la leemos, como EDIPO, ANTIGONA, BACANTES. Porque en esto consiste el carácter trágico de Cristo. En ser una expresión más del drama de Dionisos, el hijo de Sémele, quien murió descuartizado por titanes. A nivel simbólico es lo mismo, morir descuartizado que crucificado. La música para ambas tragedias, la de Dionisos y la de Cristo, que no son más que versiones del mismo arquetipo, la escribió Bach en su MATHÁEUS-PASION.

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El mismo Walter Benjamín escribió sobre el regreso de las barricadas a París durante los sucesos de la comuna, cuando, en 1870, el pueblo parisino se levantó contra la hegemonía dictatorial de Napoleón III. A principios de ese año, el barón Haussmann había sido removido de su cargo como todopoderoso Prefecto de París. Dice Benjamin:

En la Comuna resucitan las barricadas. Son más fuertes y están más seguras
que nunca. Se alargan sobre los bulevares y a menudo alcanzan la altura del
primer piso. cubren las trincheras que se ocultan tras ellas. Igual que el MANI-
FIESTO COMUNISTA termina con la época de los conspiradores profesio-
nales, la Comuna acaba con la fantasmagoría que domina la libertad del proleta-
riado. Gracias a ella se disipa la apariencia de que la revolución proletaria
tenga por cometido consumar mano a mano con la burguesía la obra de 1789.

En 1851 reconoce el JOURNAL DES DÉBATS: “Cada fabricante vive en
su fábrica como el propietario de una plantación entre sus esclavos.” La des-
gracia de los antiguos levantamientos obreros es que ninguna teoría revolucio-
naria les señala el camino; cae del otro lado la condición de la fuerza
y el entusiasmo con que se acomete el establecimiento de una socie-
dad nueva. Ese entusiasmo que alcanza su punto culminante en la Comuna,
gana a veces para los obreros los mejores elementos de la burguesía,
pero a la postre los lleva a someterse a los peores. Rimbaud y Courbet
profesan la comuna. El incendio de París es la digna conclusión de la
obra de destrucción de Haussmann.

Lo que deja de lado el querido Benjamín es que después de la Comuna, donde estuvo a punto de perder la cabeza, la alta burguesía francesa se defendió de la manera más racional y cínica. Es decir, se ocupó ya no de eliminar a la clase obrera que necesitaba para prosperar, sino de aburguesar a las clases trabajadoras. Convertirlos en pequeños burgueses. que, en el fondo, era todo lo que querían ser, “comer con cubiertos”, como diría mi abuela Concha. Ese París contento y aburrido de dos baguettes al día, Côte du Rhône y baños de sol veraniegos en una playa simulada a orillas del Sena.

Buss und Reu

6.01 pm

Cae la tarde en una Valencia solitaria, y que lo será más en los próximos días, Buena para mi conmovedora aria No. 10 para contralto de la MATTHÄUS:

Buss ud reu
Knirchst das Sündenherz entzwei,
Dass die Tropeen meiner Zähren
Angenehme Spezerei,
Treur Jesu, die Gebären.

El dolor por el pecado
llena de culpa el corazón,
que mi llanto y mi dolor
sean bienvenido sacrificio,
ten piedad mi amado Jesús.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

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