Opinión

George Stigler: Las Conferencias Tanner (2)

Por Prodavinci | 27 de marzo, 2009

Por Carlos Goedder

Serie dedicada a la labor divulgativa del Prof. Manuel Jacobo Cartea.

stiglerEl Nóbel de Economía 1982, George Joseph Stigler (17/01/1911-01/12/1991) dio tres conferencias en 1980 cuya significación mantiene vigencia. En ellas desentraña los fundamentos éticos que tiene la defensa que hacen los economistas del libre funcionamiento en los mercados. Y lo hace con tal estilo inquisitivo, erudito y al mismo tiempo afable que, en suma, estas tres ponencias representan un monumento cuya inscripción para todas las generaciones futuras de ciudadanos es que pensar es un don, un placentero ejercicio, una responsabilidad inherentemente humana y social.

Los títulos correspondientes a estas clases magistrales son “El Economista como Predicador”, “La Ética de la Competencia: los Economistas Favorables” y “La Ética de la Competencia: los Críticos Adversos”.

Hoy día sería una actitud tan conformista, como otrora era ser de izquierdas, la de aceptar sin más la hipótesis según la cual una economía capitalista genera mejores resultados sociales -incluso con la evidencia empírica que como contraejemplo ofrecen las dictaduras comunistas-. Es preciso y consistente con la libertad el revisar a fondo incluso los propios cimientos liberales.

Stigler señala que el pensamiento económico inicialmente se ocupó de justificar los beneficios correspondientes al mercado refiriéndose a la eficiencia. El mercado competitivo sería el mejor mecanismo para alcanzar el máximo nivel de productividad posible en la economía, un “equilibrio eficiente” y esto de por sí ya sustentaría su defensa. La afirmación de Stigler es elocuente : “…Durante los últimos doscientos años la eficiencia en el sentido de alcance completo de objetivos incontrovertibles ha sido la mayor prescripción normativa de los economistas (…). La conclusión central de política se mantenía, en palabras de (David) Ricardo, de esta forma: ‘bajo un sistema de comercio perfectamente libre, cada país, de manera natural destina su capital y su trabajo a los usos que le son más benéficos’. Esta posición ha sido casi universalmente aceptada por los economistas hasta la actualidad”.

Las cuestiones sobre la distribución del ingreso, centrales en el debate actual respecto al mercado, estarían subordinadas en el pensamiento económico clásico. Lejos de ser una omisión mal intencionada, se trataba más bien de humildad intelectual e incluso candidez. Al igual que en el científico que se aventura a explorar cualquier problema, los ojos del economista usualmente están puestos en el objeto que se estudia y ampliar el enfoque distraería o impediría llegar a resultados, especialmente si se entra en discusiones tan arduas como las éticas.

Stigler comenta sobre esta aparente miopía:

“Sospecho que la respuesta a estas preguntas es que los economistas han decidido, posiblemente de forma implícita y silenciosa, que los otros valores que superarían el postulado de eficiencia son usualmente débiles o conflictivos entre sí, o que simplemente reforzarían las conclusiones fundamentales en los efectos estudiados”.
El propio mercado tendería a funcionar eficientemente porque las conductas fraudulentas serían insostenibles en el tiempo. La supervivencia en el mercado de alguna manera conecta con cierta noción sobre justicia; la propia dinámica de mercado excluiría a ineficientes, tramposos y oportunistas. ¿Acaso alguien vuelve a comprarle a quien le engaña? ¿Se acepta sistemáticamente un precio más caro que el de otro vendedor? ¿Se renuncia a mejores oportunidades salariales? Incluso el más escéptico acepta que la vida cotidiana suele estar llena de acuerdos tácitos y más confianza que suspicacia -de lo contrario vivir en sociedad sería insoportable.
“Estoy convencido de que ellos (los grandes economistas del pasado) y los economistas más modernos, aceptan que la sustancia de su postura está en la moralidad comercial. Esta creencia se fundamenta no sólo en alguna dosis de opinión sino en la práctica cotidiana. Los economistas modernos casi invariablemente postulan transacciones libres de fraude y coerción. (…) Ninguna transacción deja a alguien peor, ‘ex ante’, de lo que estaba antes de emprenderla -casi una definición de transacción sin coerción”.

Los puntos importantes en este señalamiento de Stigler son la voluntariedad del intercambio económico y su continuidad. Es lo que Stigler llama “el atractivo ético del intercambio voluntario”. El propio nobel enfatiza:
“Las transacciones del mercado son voluntarias y repetitivas. Este tipo de trato es mucho menos marcado en intercambios de otra índole, como los políticos y militares, si bien sí se encuentra en las relaciones religiosas. Porque las transacciones de mercado son voluntarias, deben beneficiar al menos a una parte sin perjudicar a las otras. Porque son repetitivas, (usualmente) hacen que resulten en pérdidas tanto la trampa como el incumplimiento de promesas. Una reputación de honestidad y responsabilidad es un activo comercial -en la hoja de balance de la empresa puede ser llamado ‘fondo de comercio”.

Incluso con una simple visión concentrada en la eficiencia, hay argumentos favorables al mercado como sistema superior a la intervención gubernamental. Ahora bien, se puede refinar aún más la posición del economista. Este será el objetivo en la siguiente entrega.

Prodavinci 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.