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Héctor Torres: “Del pequeño gesto al gran resultado”; por Cheo Carvajal #CCS450

Héctor Torres, el de la trilogía Caracas muerde, Objetos no declarados y La vida feroz, viene de la Informática. En esa área se formó y trabajó durante un tiempo. Lo suficiente como para hacer de programador, diseñador, multiplicador. Su acercamiento a la literatura, nos dice, fue como lector, pero sin dudas la informática le tendió

Por Cheo Carvajal | 29 de noviembre, 2017
Héctor Torres retratado por Mauricio López

Héctor Torres retratado por Mauricio López

Héctor Torres, el de la trilogía Caracas muerde, Objetos no declarados y La vida feroz, viene de la Informática. En esa área se formó y trabajó durante un tiempo. Lo suficiente como para hacer de programador, diseñador, multiplicador. Su acercamiento a la literatura, nos dice, fue como lector, pero sin dudas la informática le tendió el puente: entró al mundo web y de allí, inevitablemente, a la generación de contenidos. Es decir, a la escritura. No en balde lo conocemos como creador, en 1999, del portal Ficción breve venezolana, uno de los pioneros por estos lados.

Vino a Caracas de La Victoria. Y aquí se dedicó no solo a escribir, sino a estimular la escritura de otros. La crudeza de esta ciudad, por la que se mueve a pie con soltura, está en sus páginas. Actualmente esa crudeza que nos impregna la “cura”, junto a Albor Rodríguez, en el portal La vida de nos.

—¿La mayoría de los cuentos están centrados en una visión urbana?

—Es inevitable porque los escritores viven en centros urbanos, es muy difícil ya una literatura rural, al menos es muy difícil verla, ya la literatura rural esta más asociada con el folclor.

—¿Y no hay literatura rural dentro de la vida urbana, hay gente que esté trabajando la ruralidad urbana?

—Hay casos excepcionales. Yo he sido jurado en concursos, durante 10 años he sido coordinador del premio de la Policlínica Metropolitana, y se dan casos. Pero muy esporádicos, gente que vive en ciudad pero que trae resonancias, memorias, quizás ni siquiera de ellos, sino de sus padres, sus abuelos. Es muy poco común, la literatura usualmente la hace gente de ciudad y con experiencias y referencias de la ciudad.

—¿Cómo definirías la Caracas que estamos viviendo en estos momentos?

—Si yo describiera a Caracas con un adjetivo sería impaciente, y la impaciencia es el punto de partida para la ansiedad, de la ansiedad derivamos al estrés y de allí a la agresividad. Y todo eso lleva al miedo, a vivir con temor al otro. La desconfianza, la paranoia. Si algo identifica a nuestra sociedad, al menos la que cohabita en Caracas, es la impaciencia que le impide producir a largo plazo, que le impide el proyecto, pensar a futuro. Todo se pretende hacer ya, sin mucha reflexión.

—Pero al mismo tiempo, ¿no es súper paciente? Tanto que se acostumbra a muchas cosas rápidamente.

—Eso es otra cosa. Ese sería el marco referencial de cualquier sociedad bajo un poder militar inescrupuloso, que tiene el abuso como método, que no se comunica con la sociedad sino que le impone.

La normalización de las anomalías es anterior a este período nefasto.

—Eso podría tener una lectura que, al contrario, apuntara a lo que yo te digo: si la gente se va acostumbrando es porque no tiene la paciencia de cultivar los hábitos adecuados o para transformar. En estos días comentabas sobre esa esquina del CVA, en Las Mercedes, tomada por los carros. Una sociedad más organizada haría algo, protestaría. Pero no tenemos paciencia para transformar, para construir, eso exige una energía y una concentración que no se tiene.

—Somos muy impacientes, pero al mismo tiempo las cosas van quedando igual.

—Porque terminamos evadiendo. La evasión es una de las formas de la impaciencia: al no poder resolver me voy para otro lado, pienso en otra cosa, cambio de tema.

—¿La gente asume que esto no hay manera de transformarlo?

—Algunos que conocen la historia contemporánea venezolana, digamos los últimos 50 años, dicen que Caracas era un epicentro de la cultura latinoamericana. Había mucho dinero del petróleo para producir cambios, ¿pero la sociedad estuvo preparada para asimilar eso?, ¿esa migración de los años 50, del campo a las ciudades, vino acompañada de una cultura ciudadana que permitiera sostener esos cambios? Mi impresión es que no. Montar el carro en la acera es una actitud aldeana, porque sigues operando como en un pequeño pueblo donde cualquiera te dice: “Fulano, mueve el carro”, porque todo el mundo se conoce o porque no importa que camines por la calle porque no pasan carros.

Es la actitud de no entender que esta es una ciudad y todo lo que haces repercute en cientos de miles de personas desconocidas. Una cultura que, creo, aquí no se adquirió producto de una masificación brusca de la ciudad, por la ausencia de instituciones, sin una proyección de valores. Una ciudad de un país petrolero que tenía mucha gasolina y se pensó para el carro, una cosa absolutamente absurda. ¿Cuántas personas pueden tener carro en una ciudad latinoamericana? ¿El 10%, el 15%?

—Según el último estudio que se hizo, en el 2005, 24% de los viajes en el Área Metropolitana de Caracas se hacían en vehículos particulares y eso debe haber bajado considerablemente.

—El Helicoide es una muestra de esa locura de ciudad que a realazos nos hizo perder el norte: ¿cómo vas a hacer un centro comercial para subir a las tiendas en el carro? Esta es una ciudad de clima fresco, un valle bastante plano, pero aquí no hay cultura de caminar por las aceras.

—Pero cerca de 80% se mueve a pie: una parte solo a pie y una parte enorme combinado a pie con transporte público. La gran mayoría camina, tenemos una cultura de caminar.

—Una cosa es ser peatón, hacer uso de transporte público, y otra cosa es tener cultura de caminar. Te pongo un ejemplo del terminal frente al Millenium, de los carritos que suben por la avenida Sucre de Los Dos Caminos: apenas da la vuelta por el Millenium y ya la gente pide la primera parada. Es cosa de atravesar el centro comercial, cruzar la calle y subir. Yo creo que aquí no hay cultura de caminar, aquí la gente es muy sedentaria y dan miles de razones: la inseguridad, las calles con huecos. Aquí hay urbanizaciones completas donde la acera es un comodín. Bello Monte tiene tramos completos donde no hay acera porque se pensó para el carro.

Claro, es una ciudad hecha por privados, el crecimiento de Chacao hacia el este y hacia el sur fue hecho por privados, pensando en el estacionamiento del edificio, no en que la gente iba a caminar. No se planificó una ciudad para caminar.

Héctor Torres retratado por Mauricio López

Héctor Torres retratado por Mauricio López

—Muchos de los edificios de Colinas de Bello Monte, años 50, no tenían grandes estacionamientos, venían con la impronta europea, de personas acostumbradas a moverse sin carro, pero terminaron atiborrados de vehículos. Ahí había imaginario de una ciudad a pie, con muchísima vegetación, pero eso se desdibujó. ¿Si lo que estamos viviendo es una ciudad de impacientes, amañada, cómo describirías a una Caracas que se transforma?

—No soy experto en el área, sino un peatón que piensa mientras camina. Pero creo que hay una mala comprensión de lo que es el arraigo. Sobre ese asunto valdría la pena detenernos. Todo el que está afuera dice: “Echo de menos a mi Ávila”, y habla de “mi Caracas”. Me da la impresión que no hay un sentido de identidad, de arraigo real, desde el punto de vista de sentirse orgulloso de lo que tienes. Un caraqueño que amara su ciudad, como dice amarla, le dolería el patrimonio arquitectónico, que demolieran un edificio para poner otro de espejos. El dinero del petróleo nos ha hecho perseguir un espejismo que nos ha impedido hacernos una idea de ciudad que se parezca a nosotros. Un ejemplo es Parque Cristal: ¿cómo haces un edificio de espejos, en medio del trópico, frente a un parque? Nos parecía “cool” porque nos hacía ver modernos. En el fondo, celebramos todo lo que parezca moderno porque tenemos actitud aldeana.

Si pudiéramos ver lo bello que se puede vivir en pequeños edificios como los de Chacao, o de la avenida Victoria, pudiésemos ordenar la ciudad, hacerla más amable, acorde a lo que somos: una pequeña capital de un país del trópico, de un país caribeño. Si se compara la extensión de Caracas con la de Buenos Aires, o la de Santiago, esta es una pequeña ciudad en un valle de clima amable, con un cielo de azules impresionantes, mucho verde.

Estaría bien si lográramos construir una narrativa para vivir y crecer en paz con eso, pero vivimos tras un espejismo, con la sociedad gringa y una sociedad de carros como modelo. Hicimos un pasticho que impide que alguien pueda sentirse realmente parte de ella, que impide entender que es tan caraqueño el de Propatria como el de Chacao. Es decir, somos caraqueños pero no tenemos identidad.

—¿Somos una ficción creíble con algunos clichés comunes, como el Ávila?

—Tenemos clichés comunes, pero no una narrativa que nos haga sentir que Caracas tiene unidad. ¿Cómo vamos a construir una ciudad si no tenemos unidad espiritual, si no tenemos un relato común? Yo me quedé loco cuando me enteré que muchas de las casas de El Cafetal también eran del Banco Obrero, como una manera de producir una clase media, de apuntalar una sociedad con mucha capacidad de ascenso social.

Para muchos el centro es turismo. Yo lo veo en Instagram y hasta me da ternura. Hay una movidita de chamos que se criaron en la ciudad del sureste que jamás visitaron el centro, entonces agarran una cámara réflex, le toman una foto a una viejita que vende golfeados y exclaman: “¡Guao!”. No sienten que eso forma parte de ellos, sino que es una gente extraña que van a visitar. Me parece que nunca desarrollamos un relato unitario de ciudad y por tanto no tenemos una ciudad real.

—Imagínate que te otorgan una residencia artística de un año, pagada generosamente, para que escribas una novela. La condición es hacerla en Caracas y que vivas en cuatro lugares distintos de la ciudad. ¿Qué lugares escogerías?

—Si se tratara de entender la ciudad, supongo que escogería cuatro modelos de desarrollo de Caracas para verla en todas sus dimensiones. Supongo que primero viviría en La Pastora. No podría dejar de vivir en Chacao, porque fue un pueblo absorbido por la ciudad que se convirtió en centralidad. Buscaría un lugar hacia el sureste, porque además de los barrios, por ahí se expandió Caracas, hasta que iría a parar al Hatillo.

—¿En esa residencia artística no vivirías en un barrio?

—Bueno, La Pastora es parte de eso.

—La Pastora no es exactamente un barrio, es una zona tradicional, popular, rodeada de barrios por todos lados.

—Si te pones a ver, el callejón Moscú, de Lídice, es parte de La Pastora. Catuche es un barrio y eso es La Pastora.

—Ellos no se sienten de La Pastora. Ni viceversa. ¿Te parece importante que dentro de esa narrativa de reconocimiento de la ciudad esté presente el barrio de otra manera? Casi siempre el barrio aparece como una cosa feroz, problemática y amenazante. Pero sabemos que la gran historia es otra, una épica de construcción, un deseo de pertenecer. Ese es el gran relato, pero no el que ha triunfado.

—Es verdad. Una de las cosas que ha impedido la construcción de un relato común es el abismo socio económico de la ciudad. Disminuir ese abismo haría posible ese relato. Que puedas sentirte parte de una misma sociedad, con las diferencias que pueda haber, pero que puedas sentir que somos equidistantes de un centro. ¿Dónde está la Caracas de alguien que vive en Los Eucaliptus? Para ir a una zona céntrica de la ciudad debe tomar más o menos, tres medios de transporte. ¿Dónde está la de una gente que vive en el sureste, en una casa donde todo el mundo tiene carro, y donde no está previsto que la gente camine? ¿Dónde se encuentran esas personas? No tenemos un relato común porque a todos, como sociedad, se nos fue la ciudad de las manos, los abismos se hicieron cada vez más profundos.

—¿Cuál sería un centro simbólico donde pudiéramos construir un relato común, o qué elementos hay en ese centro simbólico?

—Voy a hacer una pequeña digresión, cuando se celebraron los 440 años de Caracas, hace 10 años, estuve en un taller muy interesante que dictó Federico Vegas. Él nos iba a dar herramientas para que proyectáramos una ciudad ideal hacia los 500 años, y una de las cosas que descubrí en ese taller es que cuando Caracas empezó a crecer, de Los Caobos para acá, lo hizo de forma anárquica, porque dejó de ser un crecimiento planificado por la cuadrícula. Se empezaron a vender parcelas en las afueras de la ciudad, donde cada quien tuvo el tamaño que pudo comprar, pensando que eso sería para gente que viviría en las afueras, pero esas “afueras” terminaron siendo el centro. Esto hubiera podido tener una vida más digna, si hubiese crecido correctamente. Chacao, que tiene un modo de vida digno y bonito, no es una ciudad en la que tengas que montarte en el carro para poder comprar pan. Eso te aleja de la idea de ciudad, en el sentido de un centro común para todos.

Desde hace largo tiempo estamos hablando de un crecimiento, después de los 40 y los 50, como pudo cada quien. Hay una ciudad geográfica, impuesta por los límites, mal que bien comunicada, pero no hay una ciudad común, en la que cualquier ciudadano pueda desplazarse bien dentro de ella. Ese centro habría que ubicarlo en ese punto donde nos desviamos del crecimiento de una ciudad pequeña.

—Hablábamos antes de unos clichés comunes, pero no de un centro donde nos conectemos, que haga posible convivir, avanzar hacia el futuro. Está el barrio todavía desconectado, que mucha gente todavía no lo reconoce como parte de la ciudad, o lo etiqueta como un problema de la ciudad. Eso parece impedir, de entrada, ese espacio común de reconocimiento. ¿Cómo pensar esa Caracas de 500 años sin un espacio de reconocimiento?

—Tú hablas con gente que defiende el periodo de la democracia, lleno de errores que nos trajeron hasta acá, y ves que uno de los valores del caraqueño era el ascenso social. La gente dice, “mis viejos fueron de barrio y salieron del barrio”. Consideran un valor haber salido del barrio. Tú caminas por las calles de Los Flores de Catia, y es una forma de vivir tan digna como vivir en cualquier parte. Hay calles de Chacao que recuerdan a las de Catia, es el mismo tipo de construcción, el eco de una misma ciudad. Lo que pasa es que para alguna gente, por impaciencia, antes de luchar porque hubiese servicios sanos y justos, tener un trato digno, fue más fácil ascender socialmente mudándose.

Para mí el 23 de Enero es un error, porque fue concebido como una especie de gueto. Crear 60 bloques para que viviera la clase obrera, iba a terminar siendo inmanejable. Distinto al urbanismo de Casalta Uno, esos pequeños edificios con estacionamientos centrales, árboles frondosos, que recuerdan a los que están en Santa Eduvigis arriba.

Son también del Banco Obrero. ¿Los súper bloques del 23 de Enero, a pesar de que son muestra fehaciente de planificación, son entonces respuesta impaciente al desafío de aquella ciudad que crecía?

—Yo lo creo. Hay gente que defiende el 23 de Enero como modelo urbanístico porque está la figura de Villanueva por delante. Aquí hay unos nombres tótem. Yo no sé si está bien vivir en un edificio donde el ascensor abre cada cuatro pisos y tienes que moverte por las escaleras. Es una pequeña ciudadela, hecha para una clase en particular. La gente todavía le achaca sus males a los habitantes, pero sería imposible vivir como se planificó, imposible sostenerlo. Yo viví mis primeros años en el 23 de Enero, y allí había plomeros, jardineros, un equipo de servicio cada tantos bloques para atender las necesidades, ¿Eso era sostenible? Se invirtió mucho dinero para tener la clase obrera acotada en un sitio.

Héctor Torres retratado por Mauricio López

Héctor Torres retratado por Mauricio López

—El modelo de grandes bloques fracasó en muchas ciudades del mundo. Es mejor edificios más pequeños, que permiten mejor conexión, generando mezcla social. Mejor si introduces vivienda social en diversos contextos, más “desparramada” por el territorio. De alguna manera pareciera que la Misión Vivienda acá en Caracas apuntó hacia eso, un gesto de distribución en el territorio.

—Sería interesante ver cuál fue el criterio real para hacer eso. Una respuesta podría ser esa, salpicar la ciudad para mezclar las clases sociales, pero si uno atiende el discurso revanchista de poder, no pareciera que la intención fuera que la gente conviviera, sino que se enfrentara, una muestra de ello la tienes en una Misión Vivienda que hicieron entre Santa Mónica y Cumbres de Curumo, en medio de la nada. La gente que vive allí no tiene donde comprar, tiene que caminar al menos 800 metros o más para bajar a comprar en Cumbres. Eso fue un experimento diabólico: ¿qué están buscando con poner gente en medio de la nada a que baje a comprar en el área comercial de Cumbres de Curumo?

Yo llegué a escuchar a gente que opinaba que había que hacer dos colas, “una de nosotros y otra de ellos”. Como en Chacao, donde gente opositora pensaba que era una solución inteligente y la defendía. ¿Vivimos en una ciudadela o esto es una ciudad? Si tú me dices a mí que se hagan dos colas, una de residentes de Chacao y otra de los que viene de afuera, “porque no me calo bacahaqueo”. ¿Cómo es eso de que vives en tu zona y debes comprar en tu zona? No, yo vivo en una ciudad y compro donde me dé la gana, yo paso por donde me dé la gana, yo camino donde me dé la gana. Ese discurso sí existe en la ciudad. ¿Vivimos en una ciudad o solamente preservamos nuestra urbanización, nuestra calle? Ahí hay una contradicción.

—Una calle que tiene un grupo social que dice “este es mi territorio” y “por aquí sólo circula quien yo digo”, se aleja de la posibilidad de una narrativa común.

—Mira el cuerpo humano: si cierras las pequeñas venas que van hacia partes específicas del cuerpo, se produce una trombosis, un colapso. Eso sucede en muchísimas partes. Macaracuay está llena de calles que eran públicas, abiertas, que los vecinos decidieron cerrar, pasa solamente la gente que dice para donde va. ¡Ya va, pero yo estoy en mi ciudad! Si no tengo una idea de ciudad completa, en la que pueda transitar libremente, pues no tengo ciudad. La gente podrá decir que es por la inseguridad, que es su derecho a protegerse, pero si solamente piensas en soluciones para tu pedacito de calle, sin darte cuenta estás ayudando a que aumente el problema.

—La verdad, cerrar calles no equivale a más seguridad.

—No es necesariamente más seguridad. Yo lo escribí en uno de mis textos, lo que haces es ponerle más retos al malandro y compactas el problema dentro de la ciudad. Si pones alcabalas y rejas en la calle, ¿es que acaso tú no vas a salir de esa urbanización, no vas a salir de esa calle? Esa inseguridad la estás concentrando en el sitio donde tarde o temprano vas a tener que pasar. Vamos a vivir en pequeños guetos donde da la impresión que hay seguridad, pero realmente no la hay. Claro, adentro sientes que estás en una ciudad donde puedes sacar el teléfono, pero apenas traspasas la reja ya la siente peligrosa. Hay una impaciencia por “hacer ciudad” que nos lleva a decisiones apresuradas como esa.

Creo que hemos atomizado el problema. Yo me burlo de las discusiones eternas: ¡vamos a las municipales!, ¿acaso el alcalde que resulte ganador en Chacao podrá tumbar el control de precios? Son pequeños símbolos para sentir que logramos algo, que ganamos algo, que tenemos “espacios protegidos”, pero el problema es entender que vivimos en una ciudad y la ciudad toda debería funcionar.

—¿Cuál es el reto de la ciudadanía para construir esa ciudad abierta, en medio del derrumbe económico y unas pretensiones hegemónicas cada vez más concretas, sobre todo si los ciudadanos lo que hacen es encerrarse, sobrevivir? ¿Esta crisis es un impedimento o una oportunidad?

—Yo creo que sí es una oportunidad, si sabemos leer el momento. La gente tiene que aprender a leer los relatos, las metáforas de lo que está viviendo. ¿Cuál es la función del mito? En el mito alguien traza el mapa, echa un cuento para que otros agarren datos, para que cuando hagan ese viaje tengan idea de lo que les espera en el camino. Estamos en una gran metáfora de abuso de poder, de impunidad, pero resulta que yo monto el carro en la acera, no respeto el semáforo, entonces yo también malandreo a los demás, también abuso. Es decir: no estoy entendiendo lo que estoy leyendo. Eso es lo curioso, que la gente no asocia el pequeño gesto con el gran resultado.

Hay gente que ha entendido el terrible dolor que hemos tenido que padecer los venezolanos, un dolor que ha abierto unas puertas, que ha tocado unos rincones del alma del venezolano, que le ha hecho ver distinto. Pero, parece mentira, 20 años después, para la contundencia de la experiencia, tendríamos que tener una visión distinta que no tenemos. Es un proceso de aprendizaje dolorosísimo que puede ser muy útil, es una prueba de fuego para la sociedad.

—Depende de nosotros.

—Exacto, ahora hay una mayoría, hay formadores de opinión, una clase dirigente capaz de entender lo que se vivió y lo que se está viviendo para enrumbar la sociedad hacia otra cosa. Es una gran oportunidad para que esto suceda. Hay mucha experiencia. Me llama mucho la atención, y me genera mucho optimismo, ver la calidad de las ONG en Venezuela. Lo que no estamos viendo en los partidos políticos lo estamos viendo en la sociedad organizada, a pequeñísima escala. ¿Qué porcentaje de la población participa en estas organizaciones?, seguramente poco, pero son exitosas, son fuertes.

Hay un proceso de organización desde la sociedad misma en función de una sociedad más justa, mejor elaborada, que hereda un desastre que no es solo de este año. Hay un gran reto que no se va a resolver en una generación, pero podemos tener esperanza viendo cómo se está organizando la sociedad, como semillas de lo que pudiese ser a futuro, que a la sociedad le llegue un relato común, que a la sociedad le llegue unos valores ciudadanos reales.

—A manera de chiste perverso, imagino un relato de ciencia ficción: “resulta que en el año 2030 finalmente funcionaron los semáforos”. ¿Cómo puede una ciudad vivir sin que los semáforos importen? Son una entelequia, funcionan aleatoriamente.

—Parece mentira, cosas que una ciudad debería tener digerida y aquí estamos lidiando con eso. Y es con voluntad política que se logran cosas. Durante un tiempo, corto pero eficaz, los conductores de toda Caracas cuando se desplazaban por Chacao sí respetaban las normas: no se montaban en la acera, no ponían el carro sobre el rallado, porque los iban a multar. Se pudo durante un tiempo un mínimo de convivencia. Esa es una de las cosas que me da esperanza.

De la sociedad civil organizándose a través de las ONG, es que la voluntad política desde el poder ha logrado cambios. No creo que el venezolano sea peor que los habitantes de otros países, creo que ante la laxitud la gente se fue soltando y los límites se perdieron, pero creo que con la conducción adecuada, con otros valores y una sociedad con menos abismo social, podría construirse ese sentido común, en todo el sentido de la palabra. Un sentido común de ciudad. Pero si para algunos la ciudad es el barrio y tomar tres jeeps para llegar al metro, y para otro la ciudad es algo totalmente distinto, ¿en qué punto encontramos el relato común que te hace decir “yo soy caraqueño”?

—Por ahora abunda el relato policial, la narrativa cruenta.

—La inmersión en unas calles duras. Nuestra narrativa actual es la del espacio caótico.

—La narración recoge lo que existe, pero también podría alterar o generar cambios en lo que existe. La literatura es un espacio sensible que lleva reflexión, datos. Según como lo veas puede transformar la realidad. Pero a veces es como un espejo doble: la ciudad se ve en su literatura y la literatura se ve en su ciudad.

—Para que haya un relato común, tiene que haber un espacio común.¿Cuáles son los últimos relatos poderosos, eficaces, valiosos de Caracas, incluso genuinos? Los de una Caracas que era chiquitica, la de los techos rojos, ese imaginario propiciado por Billo’s, por escritores y poetas que hablaban de una ciudad en la que todos los ciudadanos se sentían identificados. Una ciudad previa a la masificación. Hubo otro relato común que se pudo haber sostenido en el tiempo, haber sido motivo para que la ciudad se encontrará. El Metro, durante muchos años, fue la primera vez que la gente de los sectores populares, como Propatria o Petare, tuvo un sistema de gran envergadura, una inversión enorme para que ellos se desplazaran. Entraban en una ciudad común.

Te montabas en el Metro en Propatria o en Chacao y tenías que respetar las mismas normas, era como un reseteo. En el Metro de los inicios estaban todas las clases sociales, era seguro, eficaz, limpio, un servicio de un buen nivel para todos por igual. Allí hubo una posibilidad de hacer un nuevo relato de la ciudad moderna. En Nueva York el sistema de Metro llega a casi toda la ciudad. Ahí hay una medida: que entre el Metro y caminar llegues, que ofrezca una ciudad para todos, una acera para todos, el Metro para todos. Pero aquí el Metro fue colapsando, ese acercamiento se recogió. Nada impide usar el carro, la gasolina sigue siendo gratis, volvimos al caos.

—El Metro fue planificado, tuvo un efecto impresionante del cual siempre hablamos. Está sumergido, metido como en el fango, pero está. Fue, y es, posible. Pocos parecen apostar a Caracas como ciudad completa, apuestan a su pequeña fantasía de ciudad, con la postal de por medio para garantizarse una cierta dosis de placer en medio de tanta locura. ¿Ves posible contagiar esa idea?

—Yo creo que sí, aunque no soy experto en materia urbanística. Pero si algo me hace pensar a mí que se puede convocar a la gente a una idea común de ciudad está en que se le dé un trato digno a todo el mundo. Que se masifique la intervención de espacios, para que la gente viva con dignidad. La tesis de aplanar del chavismo, de hacer tabla raza por debajo, y el abandono al que se sometieron a los barrios, fue atroz. Yo veo las colas kilométricas de toda la vida de la gente en Petare para subir a su casa, que pasan horas en esa cola, ¿de verdad a toda esa gente le afecta hacer cola para comprar comida? Si tú estás esperando que la gente estalle porque está maltratada, te voy a decir una vaina: tienen años maltratados. En la medida en que la gente se sienta ciudadana, pelée por una vida digna, por un trato digno, y que sea atendida en ese mismo sentido, habrá una idea de ciudad que todos vamos a defender.

—Pero ese trato digno, garantizar los derechos de la gente, parece ser responsabilidad del Estado. ¿Y los ciudadanos qué? Pareciera recaer en la ciudadanía la necesidad de crear una fuerza social, capaz de pensar el país desde los pequeños espacios. Encontrar el vínculo entre ese pequeño gesto, lo que depende de mí, y el gran resultado, como bien dijiste.

—Eso requiere de una clase media muy consciente, porque es la que motoriza un cambio, por eso es que los regímenes autoritarios atacan a la clase media. Hay una clase media que es la que hay que atacar porque es la que ni tiene mucho, ni tiene nada, tiene poco y ese poco lo defiende, cree en la dignidad. Yo creo que aquí todavía existe una clase media, económicamente destruida, pero culturalmente clase media. Ahí hay un germen de liderazgo necesario: la gente que pasa el día en una cola para comprar lo que se va a comer ese día difícilmente producirá cambios importantes, difícilmente puede ser la que los motorice.

—¿Te parece que es un tema de clase social?

—No lo digo como un asunto de clase eminentemente económico, me refiero a ese sector de la población que se educó, que tiene valores ciudadanos. Los ricos no viven en la ciudad y los pobres viven en las afueras, metafóricamente hablando. La ciudad la hace una clase media, me refiero a una clase media que está en Catia. Un muchacho que va a la universidad ya forma parte de la clase media. Los periodistas que viven en las zonas pobres, son una clase media: gente informada, con aspiraciones, gente con una capacidad de ver el mudo más allá de su rinconcito.

Ese sector de la población es el que está llamado a motorizar cambios, es el único que podría hacerlo. En ese sentido ves que las ONG están haciendo un trabajo, que poco a poco irá penetrando. No veo otra manera. Hablarles de ese pequeño gesto a la gente que está viviendo al día, que está sobreviviendo, es complicado. Si el Metro llegara cada 5 minutos en vez de 20, la gente no se impacientara tanto y no sacara su lado más oscuro y salvaje. Es una cosa de parte y parte: cuando la gente está en condiciones extremas difícilmente opera un sentido de colectivo.

Linsabel Noguera: Un niño no piensa en el carro que viene, sino en la pelota que se va; por Cheo Carvajal #CCS450

Conozco a Linsabel desde que comenzó a estudiar en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hace rato que es licenciada. A eso le sumó una maestría en Libros y literatura infantil y juvenil, por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es fundadora de La rana encantada, una asociación civil desde

Por Cheo Carvajal | 22 de noviembre, 2017
Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

Conozco a Linsabel desde que comenzó a estudiar en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hace rato que es licenciada. A eso le sumó una maestría en Libros y literatura infantil y juvenil, por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es fundadora de La rana encantada, una asociación civil desde la que promociona el libro, la lectura, el arte y la formación en ciudadanía y cultura de paz. Por todas partes aparece, con su sonrisa, trabajando con niños, no importa si es en un centro de arte, en la plaza de Los Palos Grandes o en una escuela en un barrio. Con sus cuentos y sus lecturas despierta la vida, la estimula. Y ahora esa práctica la lleva también en bicicleta.

—Terminaste mezclando cuentos, lecturas, libros, con la bicicleta y la ciudad.

—Tal como el espíritu de Caracas, todo aquí está cruzado. No podemos fragmentar las cosas. Mi manera de abordar el conocimiento es así, vinculando una cosa con otra. Eso me ha traído no solo buenos aprendizajes, sino una manera muy rica para enseñar y aprender mientras enseño.

El año que viene celebro 30 años desde que empecé a contar cuentos. Empecé gracias a Cuentos Bajo la Sombra. Cuando los vi en la universidad, dije, “eso es lo que yo quiero hacer” y empecé a formarme. Entré a El Chichón, y allí también me formé, con una base muy sólida de sensibilización sobre el universo infantil. Para mí fue muy significativo, porque empiezas a ver a los niños desde otro punto de vista. Empiezas a tener una construcción tomando en cuenta que son personas con necesidades, intereses, con opiniones propias. Empiezas a descubrir y valorar su inteligencia, esa sabiduría natural que todos los seres humanos traemos desde la infancia. Empiezas a relacionarte con ellos de tú a tú, como ciudadanos.

—¿Caracas trata a sus niños como ciudadanos?

—Caracas no trata a los niños como ciudadanos. Les brinda espacios para que puedan estar, pero hace falta una revisión profunda de cómo la ciudad mira a los niños, no solamente desde esa entelequia que es “la ciudad”, sino desde las asociaciones de vecinos, los consejos comunales, las familias, las escuelas, las alcaldías, el gobierno nacional, porque hay una ausencia de visión sobre la infancia. De hecho, cuando tratas de seguir el rastro de alguna medida de protección para un niño o un adolescente, a través del sistema de la Ley Orgánica de Protección del Niño, la Niña y el Adolescente, te encuentras en un laberinto. Y cuando empiezas a ver los espacios en la ciudad, te das cuenta que no son para que un niño los pueda disfrutar.

Particularmente pienso, viendo experiencias en otros países, y documentándome con la experiencia de Frato (Francesco Tonucci) de La ciudad de los niños, que si una ciudad es buena para los niños con más razón es buena para los adultos. Si los alcaldes, los concejales, los líderes vecinales, las familias comenzáramos a pensar la ciudad en función de que fuera permeable, amable, una ciudad habitable por el niño, eso se convertiría en una ciudad habitable para todos.

—Mencionaste a Frato, quien ha llevado lejos la idea de la ciudad para los niños, como constituir parlamentos para revisar políticas públicas y proponer. En Caracas y en nuestras ciudades, donde no se cumple ni una norma, igual vemos niños, sobre todo en zonas populares, que se mueven solos, el hermanito de nueve con el de seis, en calles que a veces no tienen ni aceras. Más allá de lo normativo, ¿qué hace falta para desarrollar la autonomía?

—Darle al niño su lugar. A través de esa experiencia del juego, de la relación con el otro a partir del espacio público, el niño se apropia de este. Esa es una de las cosas más ricas que tienen muestras ciudades, que el niño “no se para en artículos”, dice “voy a jugar” y modifica ese espacio con su presencia. Tomando en cuenta eso, lo que necesita la ciudad para ser más ciudad para los niños es que el adulto que la organiza los escuche. A lo mejor no te proponen como en Europa, a través de un parlamento infantil, pero sí con su actividad diaria, con el uso que hacen de los lugares por donde transitan, en los lugares donde juegan.

Vas a los barrios y te das cuenta que hay calles donde parecen decir: “Aquí hace falta una acera”. No te lo está diciendo el líder de la comunidad, sino un niño que tiene que brincar un charco o una quebradita que se hace por la lluvia, o por el “juguito” de la basura. Hace falta una acera, un sistema de recolección y procesamiento de los residuos sólidos de la casa, un paso peatonal. Hace falta una señalización que diga que hay un intersección de vías y que el conductor debe tener precaución porque cruzan los niños, no solamente frente a la escuela, porque el niño está en toda la calle. Como dice el cuento de Ekaré: “La calle es libre”.

—Eso exige que la ciudad tenga una velocidad distinta. Que los adultos que van a la aceleración del auto, se detengan a pensar en la ciudad del niño. Ahora mismo ese adulto promedio, que toma decisiones sobre la ciudad, no piensa en un montón de gente: no solo en los niños, no piensa en los adultos mayores, no piensa en las personas con discapacidad. La ciudad está pensada bajo la premisa de que fluyan los automóviles.

—Muchas veces no piensa ni en sí mismos. Se sensibiliza al adulto cuando hay que volver a formarlo sin la mirada adulto-centrista que tiene de la infancia y la adolescencia. Hay que romper ese paradigma y retomar una mirada que diga: “¿Qué querías en tu comunidad cuando tenías 15 años?, ¿qué te hubiese gustado tener cuando tenías 10 años? ¿Cómo vivías en tu comunidad cuando eras un niño de cinco? ¿Qué te gustaría que hubiese en la ciudad para tu hijo de dos años?”. Si nos sentamos a responder esas preguntas, te darás cuenta que lo que necesitamos son espacios habitables. Un espacio que te da la bienvenida, amable, un espacio donde un niño pueda jugar dentro de un margen de seguridad. No es un parque al borde de la acera, a la orilla de la avenida, donde un niñito sale corriendo detrás de la pelota, porque no va a pensar en el carro que viene sino en la pelota que se va. En ese momento no hay nada que lo detenga, y no es seguro para él.

—¿Cómo es un “espacio habitable”?

—Un espacio habitable es aquel donde contemplas todas las variables para que el niño se sienta en confianza, que haya seguridad. Y la seguridad implica que haya iluminación, protección, infraestructura que no se deteriore con el tiempo, con la previsión de mantenimiento de esa estructura. Un espacio con sombra. Un parque, una plaza, necesitan sombra, si no los niños no pueden jugar. ¿A qué hora va a jugar el niño, a las ocho de la noche? Esa es la hora en que tiene que recogerse en su casa para prepararse para el día siguiente.

—¿Qué demandan los niños, por ejemplo, en los espacios que has trabajado?

—En Caicagüita tuvimos una experiencia muy bonita con el programa Postales para paz. Conversando con los niños nos dijeron, en la placita, que ellos querían que allí hubiese casitas para los pajaritos, que hubiese más árboles, que no se hicieran charcos en la plaza. Quiere decir que quieren un buen sistema de drenaje, que no oliera mal, lo que se traduce en un buen sistema de recolección de basura y sensibilidad en la comunidad sobre cómo manejar sus desechos sólidos, ya que frente a la deficiencia que tenemos en recolección de basura, los ciudadanos lo que podemos hacer es ser más conscientes de la basura que producimos.

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

—Una vez le pregunté a un niñito qué quería para la ciudad y dijo: “¡Más colores!” Alguien interpretó que quería una plaza más colorida y dijo que no, que quería colores para pintar la plaza.

—Exactamente. Otra de las cosas que dijeron tiene que ver con la estética de los lugares. Hay personas que piensan que como es una comunidad, un barrio, como que no tuvieran derecho a lo bonito, y la belleza es un derecho común. Lo bonito de la belleza es que es diversa, lo que es bello para unos no es bello para otros. Los niños nos dijeron que querían que en la plaza hubiese una pintura de colores que hiciera que la plaza se viera más bonita, porque si la plaza se veía más bonita, los adultos iban a cuidarla, porque nadie la cuidaba porque se veía fea.

Fíjate en todo lo que ellos te están diciendo: queremos espacios agradables a la vista, que inviten estéticamente, pero que sean funcionales, que tengan banquitos para los abuelos, porque a muchos de ellos los llevan los abuelos a pasear a la plaza. Que la parada de autobús que está en una de las aceras colindantes sea ordenada, que haya sombra. Que tenga una cancha para jugar metras. Aquí somos muy tropicales, hace mucho calor, pero en este caso no pidieron piscina, aunque sí en otras comunidades.

—Mencionaste que adultos, alcaldías, instituciones, asociaciones de vecinos, no están pendientes de una ciudad para los niños. Y metiste en esa lista a las escuelas. Pareciera que estas no están conectadas con el entorno, no entiende la ciudad como aula, eso es fatal para la ciudad. Y por alguna extraña razón, sobre todo en barrios, es muy común ver basureros al lado de escuelas.

—La escuela tiene que ser más permeable a lo que pasa a su alrededor, pero en nuestras circunstancias actuales quizás no esté tan presta. No hay el tiempo mental para pensar qué hacer como comunidad escolar para vincularse con la comunidad donde se inserta la escuela, para generar acciones de ida y vuelta que construyan esa relación de ciudadanía que se necesita, no solamente para el niño, sino también para el adulto formador de ese niño. Es importante repensar la estructura de la escuela, que se organiza tradicionalmente puertas adentro, mirándose como una comunidad dentro de otra y no como una integrada a su entorno. Abrir sus espacios al intercambio con la comunidad, ampliando su rol de formación a la familia y los vecinos. La experiencia de la Escuela Canaima, en La Vega, podría ser una referencia de escuela integrada a la comunidad. Recuerdo que los niños y sus padres eran parte importante del mantenimiento de la infraestructura, jardines y los espacios a su alrededor.

Cuando hablamos de construir ciudadanía, por lo menos como la enfocamos desde La rana encantada, nos fundamentamos en conocer los derechos que tienes como niño, como persona, como ser humano. ¿Qué leyes de nuestro país te amparan para que puedas reclamar la garantía de esos derechos?. La Ley Orgánica de Protección del Niño, Niña y Adolescente, la Constitución Nacional, la Ley Orgánica de Educación, incluso la ley de los Consejos Comunales, todas amparan el espacio del niño y del adolescente, pero como no conocemos los artículos no sabemos cómo implementarlos, están solo en el papel.

Cuando comienzas a leerlos y desglosarlos, a conversarlos con los niños y los adolescentes, con los papás y los adultos, te dicen: “¡Ah, es que eso está ahí!” Entonces volvemos, metafóricamente y realmente, al cuento de Ekaré, La calle es libre: mirarte como el motor de una reconstrucción. Y cuando empiezas a hacer esa reconstrucción, lo haces no desde el adulto-centrismo, sino desde la mirada de ese niño.

—¿Qué necesidades expresa la mirada de ese niño?

—Espacio para correr, para moverse. No solamente para “botar energía”, como dicen la abuelitas, sino para el desarrollo óptimo de su desarrollo psicomotriz, para el desarrollo de sus relaciones sociales. Y justamente esas relaciones sociales son las que hacen comunidad. Cuando le permites a un niño tener un espacio donde correr, moverse, treparse en un árbol, estás haciendo ejercicio de ciudadanía, mucho mejor si sabes cómo se llama ese árbol y cómo cuidarlo, y que alrededor de este haya un jardincito.

En la mirada de ese niño ves urbanistas natos. En el barrio 5 de Julio de Petare, que es uno de los que menos árboles tiene en la ciudad, Anthony, un niño que tenía en ese momento 7 años, dijo algo bellísimo: “La paz es que los árboles puedan vivir con los edificios y con la gente”. Ahí está poetizando un concepto de urbanista, está manifestando su idea de ciudad. ¡Y qué idea de ciudad tan bonita, donde las construcciones, las personas y la naturaleza puedan estar en armonía!

En La Vega un niño me dijo que el derecho que a él más le gustaba era uno que iba a inventar: “El derecho a andar en bicicleta”. Yo le pregunté: “¿Por qué quieres andar en bicicleta?”, “porque a mí me gusta andar en bicicleta, pero además porque es un medio de transporte que no contamina”. Los niños tienen una visión de ciudad que si los adultos la escucháramos podríamos construir ciudades más equilibradas, más sostenibles.

—Ese derecho “inventado” existe: la bicicleta es un medio de transporte, con el mismo derecho a la vía que un carro.

—Por ahí empieza mi vinculación con las bicicletas y la idea de hacer Leer en Bici, que es una biblioteca infantil comunitaria itinerante, para visitar escuelas, comunidades. Entonces nos damos cuenta que hay comunidades que no tienen una biblioteca cerca. Sorprende cuando los adultos que traen a los niños a la actividad nos dicen: “Es primera vez que él agarra un libro en su vida”. ¡Niños de 12 años que por primera vez agarran un libro! ¿Cómo hacer más accesible ese vínculo con el libro?, no solamente por el aprendizaje, sino por el placer de tener el libro en las manos y compartir con otra persona si te gustó. El vínculo y la relación interpersonal que se da a partir de la lectura, así como lo que puedes encontrar de ti mismo en el libro, hace indispensable que haya espacios de lectura en las comunidades.

De tanto ir para todos lados con el morral lleno de libros, pensé que tenía que hacer esto mucho más movible, porque en el morral no puedo cargar más de 10 libros. De la experiencia de “bibliobusera” siempre tuve la idea de que sería chévere hacerlo en bicicleta, pero yo era de las que pensaba que en Caracas no se podía andar en bicicleta.

—¿Y ahora piensas que sí se puede?

—Sí se puede, pero lo tuve que descubrir. Afortunadamente en mi camino conseguí personas que me ayudaron a descubrirlo, cuando llegué al espacio de Caracas Combo, hace un par de años, allí estaba BiciAventuras y BiciGourmet, que forman parte de la Asamblea de Ciclismo Urbano de Caracas y de la BiciEscuela. Yo les comenté la idea y el link fue inmediato. La sinergia se dio, en dos meses tenía comprada la bicicleta, un mes más tarde ya había pasado por la BiciEscuela y empezamos el piloto de Leer en Bici en Macuto, en la calle donde está el Castillete. Un espacio donde se cruza y vincula todo: rescatar el espacio público y activar la comunidad. Tomamos un parque con la comunidad, y con apoyo del consejo comunal y la Alcaldía, salieron los indigentes que pernoctaban allí y los muchachos que consumían droga. La comunidad limpió el parque de heces, ropa, peroles, alimentos, basura, limpió la canal que lleva agua de lluvia del malecón. Rescató el espacio y allí se hizo el piloto.

Fue muy bonita la primera experiencia. A partir del hecho bibliotecario, de la lectura, de narrar historias, tú logras unir cosas que te gustan: andar en bicicleta, formar ciudadanía, rescatar espacio público, apropiarte de ese espacio rescatado, y todo esto se convierte en una fiesta. No una fiesta sin avatares, al contrario: celebrar sobreponiéndote a los obstáculos, moldeando la adversidad como ciudadano para construir el espacio que queremos habitar.

—Lo lógico sería que ese acercamiento al libro no dependa del viaje que eventualmente alguien hace en bicicleta, o en una kombi, como la del Banco del Libro o Ekaré, sino que la biblioteca esté siempre allí. Por eso Medellín ha sido una referencia importante.

—Cuando le preguntas al niño qué quiere en su comunidad, muchos dicen: “quiero un espacio para leer”. No lo llaman biblioteca. En realidad quieren decir un espacio para jugar, para encontrarse con sus amigos. Ese espacio es una biblioteca comunitaria, un centro cívico. La Asociación Civil por la Caracas Posible tuvo hace unos años un proyecto muy bonito que era dotar a las comunidades de centros cívicos infantiles, comunitarios. Yo trabajé en esa ocasión con ellos, tuve la oportunidad de ir a cuatro de los que se abrieron. Es el sueño de que en cada comunidad haya una biblioteca o un espacio de lectura que sirva de punto de referencia y de encuentro para los niños, jóvenes y la comunidad. Al final la biblioteca termina convirtiéndose en eso: un espacio de convivencia.

Los consejos comunales tienen, por ley, el derecho de solicitar recursos para construir en la comunidad. Pero no solo pensar en términos de espacios deportivos, que son muy útiles, hace falta el otro espacio con otra velocidad, para mirarte hacia adentro, compartir con el otro que también se está mirando, y esa pequeña unión convertirla en lo que queremos ser y lo que queremos hacer como comunidad.

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

—El “coco”, para no dejar que los niños salgan de manera autónoma a la calle, suelen ser los carros, dueños de las vías. ¿Crees que en las escuelas se esté gestando un cambio al respecto?

—No lo he visto. De hecho, en los lugares donde he ido, desaparecieron los patrulleros escolares. Siempre pensé que si había un conductor consciente no era necesario el patrullero escolar, pero ¿cómo hacemos para sensibilizar a ese conductor, para que sea consciente de que no es el dueño de la calle, que en la calle hay peatones, ciclistas, y que entre ellos hay niños, y que el vehículo es mortal? ¿Qué carrocería tiene un peatón o un niño? Muchos de esos transeúntes tienen movilidad reducida, o discapacidades que no les permiten reaccionar con rapidez para salvaguardar su vida.

La política tendría que estar apuntalada en una ciudad con menos carros, orientada al peatón, al ciclista, a las personas que usan medios alternativos de transporte. Pero no con políticas que a la vuelta del período de gobierno se olvidan y se acaban, ciclovías que no terminan de conducir a ningún lugar, bonitos paseos de fin de semana que no son prácticos para movilizarte en la ciudad de norte a sur y de oeste a este, que conecten la ciudad.

Cuando piensas en la conectividad de la ciudad para el peatón, para el ciclista, para la persona con movilidad reducida, empiezas a pensar en una caminería que tiene un jardín y un jardín asociado a un banquito y un banquito a una placita, y una placita asociada a una ciudad para habitar, y que si yo lo hago en este municipio, el otro municipio, independientemente de la afiliación ideológica que tenga, diga, si esto es bueno allá, también es bueno acá, y se replique tomando en cuenta el beneficio para el ciudadano, no el beneficio de la carrera política.

—¿Qué desea un chamo que habita un barrio? ¿Qué desea uno que va a escuchar cuentos en la Hacienda La Trinidad? ¿Qué los diferencia, en qué coinciden?

—Hay muchas coincidencias, pero también diferencias que vienen de sus propias experiencias. Por ejemplo en Turgua una petición común de los niños y adolescentes a la ciudad, es transporte, vialidad y agua, porque en su experiencia es lo que necesitan. Luego vienen escuelas y parques. En la Hacienda La Trinidad, por ejemplo, donde van los colegios privados del municipio Baruta, los niños piden que haya lugares para ir al cine, que haya jugueterías donde puedan jugar. Más que bibliotecas, ellos piden y sueñan con ludotecas para jugar. Piden también que sirvan los semáforos y que la gente no “se los coma”.

En los barrios, cuando preguntas ¿qué te gustaría que hubiese en tu comunidad?, responden: “A mí me gustaría que en mi comunidad hubiese agua”, en coincidencia con Turgua. También piden, y ahí vamos a lo común, espacios de la naturaleza, que eso se traduce en parques, jardines, paisajismo, árboles, pajaritos. Te piden espacios para jugar, eso también es una coincidencia, un lugar donde puedan correr y jugar a la ere.

A medida que ha avanzado la organización de la ciudad te das cuenta que los niños van perdiendo sus espacios para correr. Todo se convierte en asfalto, en calle, en cancha. Tú dirías: “Bueno, en la cancha se puede jugar y correr”, pero no es lo mismo porque la cancha es más un territorio de niños grandes, de adolescentes. El niño más chiquito que quiere jugar a la ere o andar en su bicicleta necesita un espacio distinto a la cancha. Inclusive un espacio distinto al parque de columpio y tobogán: necesita el parque de grama y tierra.

—¿Cuáles son los mejores espacios para contar cuentos en la ciudad? En el sentido de la conexión espiritual que termina constituyendo el acto de la narración.

—El mejor espacio para contar cuentos es bajo la sombra de un árbol y, afortunadamente, con todo y que hemos dicho que los niños piden árboles, tenemos muchos lugares donde resguardarse a la sombra de un árbol para contar cuentos. Pero en mi experiencia siento que cuando tú cuentas un cuento, no importa el espacio que sea, el cuento lo trasforma, porque el que cuenta también va escuchando los comentarios, las reacciones, y por ahí vas diciendo, “yo iba a contar este cuento, pero ahora voy a contar este otro”, porque se adapta más a lo que está pasando. Es algo muy orgánico y vivo que transforma el lugar que toca.

Cuando cuentas cuentos puedes llegar a cambiar la energía de ese lugar. Nos ha pasado en la plaza Sucre, en Catia, nos ha pasado en un terraplén en un barrio que era el botadero de basura, que se limpió para esa actividad y a partir de esa actividad quedó limpio para siempre, porque recuperaron el sentido de pertenencia de ese espacio para el encuentro y buscaron otros espacios para botar la basura. Cualquier espacio invita a contar cuentos, mejor si no tienes tantos ruidos de carros alrededor y, sin embargo, cuando estamos allí la gente se acerca porque quiere escuchar, nos ponemos en un rincón más íntimo y el cuento surge.

—¿Qué cuentos recomendarías, entre tu catálogo particular, que hablen sobre la ciudad, sobre todo desde los niños de la ciudad?

—Un cuento clásico, que sigue teniendo vigencia, que tiene más de 30 años, que lo hemos usado muchas veces, La calle es Libre, de Ekaré. Imágenes de Santiago de León de Caracas, de Inés Quintero (Ekaré), Bajo tu ciudad no solo pasa el tren, de Eurídice Zamora (Playco). Hay un libro de Alain Serres que me gusta usar con los niños, que no está vinculado directamente con la ciudad, sino con lo que ellos pueden generar como ciudadanos, Tengo derecho a ser niño. Cuando hablamos de mi derecho como niño, hablamos de ese derecho en el lugar donde vivo, el derecho a la salud, el derecho a la escolaridad, el derecho a un trato amable, el derecho a la equidad, a la justicia, el derecho a no ser discriminado por ninguna condición de cultura, raza, ideología, religión, sexo o discapacidad. Todos los derechos te dicen “así tiene que ser la ciudad”. Si están ahí, ¿por qué no los vemos?

—El programa Postales para la Paz está relacionado con la convivencia. ¿Cómo se sitúan los niños con este tema?

—Este programa tiene que ver con escuchar. A partir del cuento, cuando pasa la anécdota y ya ellos saben lo que el cuento quería decir, porque lo parafrasean, empiezan a salir sus propias experiencias y a hablar sobre cómo ellos viven su espacio, cómo viven el pedacito de ciudad que les toca habitar. Cómo desde ahí se vinculan con sus derechos, si la Convención sobre los Derechos del Niño se hace, o no, efectiva, en su comunidad y en su escuela. Entonces te van diciendo cómo se vinculan con eso. Muchas veces ves que la construcción de la ciudad tiene que pasar por allí: si yo tengo que garantizar el derecho a la salud, ¿qué tengo que tener en una comunidad?: un ambulatorio, un hospital, un espacio de atención primaria, más importante aún, un espacio de prevención. Si nosotros hiciéramos medicina preventiva sería una maravilla. Los niños te lo dicen: “Tengo derecho a tener salud, no solo a que me curen cuando me enfermo, sino que hagan cosas para que siempre esté sano”.

—¿Los niños dicen tengo derecho a la vida?

—Lo dicen mucho, porque para ellos el espacio de violencia se ha naturalizado. Como me pasó una vez en Antímano, que una niña se cayó y se rompió una rodilla, entonces yo le pregunto “¿cómo se cayó?”, y me responde un niño de 11 años: “Profe, se cayó como cuando a uno le dan un tiro por la espalda, ¡pum!”. Como eso no existe en mis referencias le tuve que preguntar: “¿Cómo se cae alguien cuando le dan un tiro por la espalda?”, y me responde: “Se cae de rodillas”.

—¿Los niños piden, en sus exigencias, algo relacionado con las armas? 

—Piden que no haya armas. De hecho, desde la plaza Los Palos Grandes, pasando por espacios privados como la Hacienda La Trinidad, la Librería Sopa de Letras y pasando por comunidades como Macayapa, en Libertador, o Turgüa en El Hatillo, los niños te dicen que sería mucho mejor si no existieran las armas. Fabio, que tenía 9 años en ese momento, nos dijo “lo que se necesita es que ya no se fabriquen más armas”. El programa Postales para la Paz comenzó en el preescolar de la Escuela Comunitaria Luisa Goiticoa, hace nueve años, y Samuel nos dijo un día “las guerras se acabarían si la hicieran en los Nintendo, porque así los adultos las perderían todas”. Ellos están muy conscientes que el arma es un detonante de la violencia. Ellos están muy consientes de que la guerra es una cosa de los adultos y que las armas son las que propician las guerras, que la guerra no es solamente lo que ven en las películas, o lo que ven en el noticiero de países lejanos donde hay bombardeos, sino lo que todos los días viven como una pequeña guerra en el barrio, en su comunidad.

—No vivimos en una ciudad en paz.

—No vivimos en una ciudad en paz. La paz la fabricamos con pequeños espacios donde nos encontramos para sentirnos bien, rodeados con personas con quienes nos vinculamos desde el afecto, con quienes compartimos momentos que nos hacen sentir bien y esa suma de momentos crean esa resiliencia, nos da fortaleza y un lugar al cual volver cuando sientes que no estás en paz, pero nosotros no vivimos en un país en paz. Si tomamos en cuenta lo que dicen los niños, que la paz es que se respeten sus derechos, entonces podemos concluir que estamos muy lejos de tener un país en paz, donde no hay derecho a la salud, no hay derecho a la alimentación, no hay un derecho real a la educación, no hay derecho al uso del espacio público y no hay derecho a la vida.

—En el momento que un niño te dice que tiene derecho a la vida es porque algo está mal, porque no es un derecho que un niño reclame, a menos que estés en una zona en guerra. Si piensan en el derecho a la vida es porque esta está amenazada.

—Y tienen un concepto de vida, en mi experiencia, amplio, porque no solamente piensan en el derecho a “estar vivos”. Ellos tienen una sensibilidad que va más allá: tienen derecho a la vida en el sentido que el árbol tiene derecho a la vida, que tiene derecho a la vida el perrito callejero. Sienten que ellos, y los adultos que le rodean, tienen derecho a una vida, pero no a cualquier vida, sino a una vida de calidad. No a una vida donde estén sobreviviendo, sino en la puedan tener acceso a cosas que le hagan disfrutar esa vida.

—¿En Caracas estamos construyendo para esa ciudad?

—Hay un grupo de personas que estamos granito a granito, en espacios comunes, tratando de que así sea. Visto que no hay política de Estado, ni política de gobierno local que haga posible eso, estamos intentando hacerlo posible desde el ciudadano. Eso te da esperanza. Claro, tienes la otra parte, cuando chocas con la pared de las políticas gubernamentales tanto locales como nacionales, donde ves que no hay una visión de construcción de esa ciudad habitable, de esa ciudad para el niño, que finalmente también va a ser beneficiosa para el adulto.

Daniel Ramírez: “Hacer tanto ruido que ya no puedan fingir sordera”; por Cheo Carvajal #CCS450

Daniel Ramírez es urbanista de la Universidad Simón Bolívar desde 2013 y ciclista activo desde 2010. En el 2011 fundó uno de los primeros colectivos de ciclistas, CicloGuerrilla Urbana, y fue uno de los creadores de la BiciEscuela Urbana ese mismo año. Es también uno de los fundadores del Centro de Estudios de Movilidad en

Por Cheo Carvajal | 16 de noviembre, 2017
Fotografía de Daniel Ramírez

Fotografía de Daniel Ramírez

Daniel Ramírez es urbanista de la Universidad Simón Bolívar desde 2013 y ciclista activo desde 2010. En el 2011 fundó uno de los primeros colectivos de ciclistas, CicloGuerrilla Urbana, y fue uno de los creadores de la BiciEscuela Urbana ese mismo año. Es también uno de los fundadores del Centro de Estudios de Movilidad en Bicicleta (CEMBI), adscrito al Instituto de Estudios Urbanos de la USB. Trabajó en la Alcaldía de Caracas entre 2012 y 2013, asistiendo en el diseño del Plan Caracas Rueda Libre, tanto en sus ciclovías como en el cierre de calles los domingos. 

Trabajó en el Metro de Caracas durante la gestión de Haiman El Troudi como ministro de Transporte. Allí se opuso férreamente a la construcción de nuevos elevados y demás “soluciones viales”. Fue docente e investigador en la Escuela Venezolana de Planificación en el curso de Planificación de Sitios en 2014, y posteriormente decidió trabajar por su cuenta, lo que incluyó desde participar en proyectos urbanos específicos hasta ser mensajero en bicicleta con Ecodelivery. Ha participado en foros, y encuentros diversos para hablar sobre movilidad sostenible y la importancia de su implementación en Caracas. Mi primer contacto con Daniel fue cuando lo invité a participar, como cicloactivista, en una experiencia que llamé +Café +Bici +Ciudad, en el 2011.

Hacía rato que quería entrevistarlo para esta serie, pero no pude hacerlo antes de que emprendiera una larga travesía en bicicleta por América del Sur junto a su esposa Luna y sus dos perritas, un proyecto que han llamado Patas y Pedales. Aprovechando una visita veloz a Medellín, a propósito del primer Foro Latinoamericano de Peatones, pude concretarla.

—Para ti, como urbanista, ¿vale estar y trabajar en cualquier ciudad?

—Completamente. Creo que es una gran ventaja poder conocer, y si es posible vivir, en diferentes ciudades. Considero que eso nos permite comprender mucho mejor los retos urbanos que estamos enfrentando, que si bien se expresan de maneras distintas en cada latitud, también tienen raíces comunes. Viajar y conocer otras culturas permite expandir la visión global de las cosas y descubrir nuevos enfoques, nuevas perspectivas.

¿Hay algo que te ate a Caracas? La pregunta te la hago como caraqueño que eres, pero también como urbanista.

—No me siento atado de ninguna manera. Dicho esto, hay muchas cosas que amo de Caracas, comenzando con el mayor de los lugares comunes: nuestra montaña, pasando por los árboles, las guacamayas, los parques, las plazas y la arquitectura. También he identificado una sensación que tenía en Caracas que no he vuelto a sentir en ningún otro lugar, una especie de pertenencia. Cuando pedaleaba las calles de mi ciudad sentía que me pertenecía, que era mía y me movía por ella a mi antojo, a mi ritmo. Acá me siento como un alienígena visitando planetas nuevos todo el tiempo.

Como urbanista siempre tendré la costumbre de imaginar formas de mejorar Caracas y de encontrármela en todos los sitios que visito. Ayer, por ejemplo, estuve pedaleando por Quinta Crespo a las dos de la mañana en pleno centro de Medellín. ¿Me explico? Caracas es la plantilla que llevo conmigo a donde voy y a través de la cual observo mi alrededor. Nunca pierdo la esperanza de regresar y poner en marcha muchas de las ideas que he trabajado a lo largo de mi formación.

—Hay gente que ve la bicicleta como un estorbo, o como signo del pasado. ¿Qué dices?

—Me gustaría poder dar una respuesta breve a esta pregunta, pero la verdad es que has tocado algo bien complejo. La gente que ve la bicicleta como un estorbo, o como signo del pasado, generalmente ve el carro como el protagonista o como signo de progreso. Nuestra sociedad está enamorada del automóvil, o más bien: de la idea del automóvil. Para entender a qué me refiero con “idea del automóvil”, basta ver cualquier comercial de carros: calles vacías, velocidad, libertad, autonomía, estatus socioeconómico. El carro significa todo eso, aunque en la realidad funcione de otra manera.

La bicicleta es un estorbo para quien va en un carro apurado, para quien va deprisa y necesita llegar rápido. Lamentablemente esa persona no se da cuenta de que el siguiente semáforo puede estar en rojo o que al doblar la esquina encontrará un embotellamiento, que su retraso se debe, no al ciclista que tiene delante sino a todos los otros vehículos cuyos ocupantes desean exactamente lo mismo: llegar a su destino a tiempo.

Los principales beneficios que posee el automóvil, rapidez y autonomía, se ven gravemente comprometidos cuando se masifica su uso en entornos urbanos. El espacio público es un recurso limitado y en su mayoría está dispuesto para darle cabida a un número determinado de vehículos, pero a medida que estos aumentan la ciudad se satura y colapsa. Absolutamente todos los usuarios de las vías, automovilistas, motociclistas, peatones, ciclistas, pagamos el costo de este colapso aunque lo causen unos pocos, que en el caso de Caracas está alrededor de 25% de la población.

—Y hay quienes piensan fervientemente que para descongestionar hay que sumar más vías.

—Construir vías nuevas no hace nada en lo absoluto por solventar este problema. Solo lo posterga, con el agravante de que se gastan sumas enormes de dinero, algo muy atractivo para los políticos de turno porque además contenta a la colectividad. Pero la verdadera solución está en cambiar la manera como construimos la ciudad revirtiendo la prioridad en la forma en que nos movemos. La prioridad en la movilidad de toda ciudad debe ser la peatonalidad seguida de la bicicleta y el transporte público. El uso del carro dentro de la ciudad debe reducirse considerablemente, sólo así podremos disminuir la congestión y los problemas asociados a ella. A primera vista esto puede resultar ilógico o contraintuitivo, pero es justo lo que han demostrado en las últimas décadas las múltiples ciudades a escala mundial que sufren los mismos problemas que nosotros y que lo están logrando superar.

La bicicleta es el vehículo individual ideal por la gran cantidad de beneficios que nos aporta, tanto a nivel personal como colectivo. Más personas moviéndose en bicicleta en la ciudad implica menos gases contaminantes, menos ruido, más seguridad en las vías, más espacio público disponible para compartir, un población más sana y con mejor estado de ánimo. La popularización de bicicletas eléctricas está aportando muchísimo a que se masifique el uso de la bici ya que las eléctricas no poseen las desventajas de las convencionales. Así, transportar carga o superar terrenos inclinados no es tanto problema para quienes lo requieren.

—¿Entonces, todo lo contrario: la bicicleta es signo de futuro?

—La bicicleta es signo del pasado para quien no entiende el presente ni tiene idea de lo que viene en el futuro. Si queremos encarar lo que se nos aproxima, debemos comprender algo: menos es más. A veces no sé si hago suficiente énfasis en la importancia que tiene aprender a ahorrar, a reducir nuestro consumo de recursos y nuestro impacto ambiental. Todo lo que hacemos a diario deja una huella en nuestro planeta, a veces con repercusiones que se incrementan en el largo plazo, y la única forma de disminuirla es simplificando nuestros estilos de vida, llevar vidas más sencillas.

El automóvil es el antónimo de ahorrar, es una máquina que solo sabe consumir, consume de todo y en grandes cantidades: materiales costosos, combustible, espacio, dinero, tiempo, aire respirable. La bicicleta es sinónimo de economía, de ahorro e incluso de generación de valor. Es simplicidad, vida, felicidad y bienestar, no conozco a ningún ciclista que lo sienta de otra manera.

En general, en las ciudades que mastican proyectos de transformación, se habla de la bici restándole espacio a los carros. Acá, buena parte de las ciclovías se instalaron restando espacio a los peatones, o los espacios naturales de ampliación de la acera. ¿Qué piensas?

—No te creas, acá en el Área Metropolitana del Valle de Aburrá se “inventaron” unos corredores ciclopeatonales. No es sólo cosa nuestra, es una tendencia que está apareciendo en varias ciudades y cuya razón es, a mi parecer, que no se quiere importunar a los automovilistas. Debido a ese romance que tenemos con el automóvil, restarle espacio en la ciudad resulta sumamente impopular, especialmente si se hace para colocar un vía para ciclistas por la cual circulará poca gente al principio. Pocos se atreven al suicidio político de tomar semejante medida, así que les resulta mejor meter a los ciclistas por las aceras para que además estén más seguros y todos contentos, sobre todo los conductores.

Crear espacios ciclopeatonales no es descabellado, en realidad tiene mucho sentido que existan espacios compartidos para peatones y ciclistas, incluso con otros modos de transporte. Tú viste cómo funciona Ayacucho, que es la vía del tranvía. La perversión ocurre cuando se asume esta medida como única estrategia para promover el ciclismo urbano y se quiere aplicar en cualquier lugar sin tomar en cuenta el entorno. No es lo mismo la acera frente a la Universidad Bolivariana que la acera de la avenida México. Los ciclistas y los peatones tienen puntos en común, pero eso no significa que siempre pueden o deben compartir el espacio, las condiciones varían mucho de acuerdo al contexto urbano.

Daniel Ramírez retratado por

Fotografía de Daniel Ramírez

—¿Para ir en bici siempre son necesarias las vías segregadas?

—Para que más personas se animen a utilizar la bicicleta en serio debe existir un red segura, cómoda, directa y continua. Ojo, con esto no quiero decir que hay que construir ciclorrutas segregadas en todas las calles, a veces hay que segregar pero en otras se puede compartir, yo de hecho soy fiel creyente de los sharrows, carriles compartidos entre carros y bicicletas, cuya prioridad es de la última. Pero compartir el espacio significa convivir, y para convivir en armonía hay que gestionar el espacio.

Rescato lo que dijo Juan Carlos Montenegro, asesor de movilidad y transporte urbano del Departamento Nacional de Planeación (Bogotá), en la reciente Semana de la Movilidad Humana celebrada acá en Medellín: no se le está quitando espacio a nadie, se está distribuyendo el espacio público para movilizar personas de una forma más eficiente. Por lo tanto, redistribuir el espacio implica otorgar mayor cantidad a los modos que se desea promover, que como mencioné más arriba deben ser los peatones, las bicicletas y el transporte público. Esto sólo se puede hacer limitando el espacio para el automóvil.

—¿Qué oportunidades ofrece Caracas para los ciclistas, y qué les pone como obstáculos?

—Ofrece un clima ideal, un tamaño perfecto, multitud de vías, espacios para disfrutar, paisajes urbanos hermosos, incluso montañas muy ricas para pedalear. Frenan el estado de las vías, algunas pendientes, la falta de cumplimiento de las normas de tránsito, falta de empatía entre los caraqueños y falta de alcaldes con visión.

—Medellín luce como laboratorio para Caracas. ¿Qué rescatas de Medellín para nuestra ciudad, qué es lo que no funcionaría acá?

—Rescato dos cosas: el uso de la planificación urbana con enfoque integral, como herramienta de transformación social, y el empleo de la movilidad sostenible como eje central de dicha planificación. No funcionaría en Caracas copiar las formas sin prestarle atención al fondo. El Metrocable es un claro ejemplo, el que se hizo en Caracas no sólo costó más dinero, mueve menos gente, tiene menos estaciones y es más corto que los de Medellín, sino que no fue parte de un plan integral de transformación del barrio. Se perdió entonces una oportunidad única de intervención urbana, sin mencionar los recursos.

—¿Cuál es el papel de los barrios, de su gente, en la transformación de Caracas?

—Es fundamental. Según la misma Alcaldía de Caracas, alrededor de 60 por ciento de la población habita en barrios. No tengo la cifra ni la fuente exacta a la mano, pero eso implica que gran parte del éxito de una transformación urbana en Caracas pasa a juro por trabajar con, para y desde, los barrios y su gente. Aunque suene a lugar común, el tema de los barrios es sumamente complejo. Es uno de los retos más grandes de las ciudades latinoamericanas. Uno de ellos tiene que ver con los servicios, el transporte, las instalaciones sanitarias, y equipamientos. Ha habido experiencias positivas, como el Programa de Habilitación física de barrios, el proyecto Cameba, que es una pena que se haya abandonado.

Más recientemente está el Barrio Nuevo, Barrio Tricolor. Cuando estuve en la Escuela Venezolana de Planificación, tuve la oportunidad de conocer cómo se estuvo llevando en el corredor Alí Primera, que si mal no recuerdo eran 13 sectores de El Valle, Coche, La Bandera y otros barrios dispersos por Los Chaguaramos y Cumbres de Curumo. Había ideas interesantes, como localizar las salas técnicas, que eran espacios para la planificación donde había arquitectos, urbanistas, ingenieros y una participación permanente de las comunidades.

No fue del todo exitoso, porque fue una línea vertical que se lanzó desde el gobierno central hacia abajo, que había que ejecutarlo independientemente de las necesidades y preparación de la comunidad, y del contexto en que se quisiera desarrollar. Había que acatar. Era una especie de contradicción, porque la planificación la tienen que llevar a cabo las comunidades, pero acatando líneas que ya están establecidas. Recuerdo que a finales del 2014 Maduro había aprobado una cantidad absurda de dinero para Barrio Nuevo, Barrio Tricolor, que ni siquiera se sabía para qué se iban a utilizar, sin diagnósticos, sin estudios.

La ventaja del proyecto Cameba, comparado por ejemplo con Barrio Nuevo, Barrio Tricolor, o con lo que suele hacerse en los barrios, era la participación del componente académico, de las universidades, institutos de urbanismo, dentro de esos proyectos. La academia históricamente estuvo ligada al desarrollo urbano, a trabajar la ciudad, desde que Villanueva creó la Facultad de Arquitectura en la UCV, que tenía una vocación social, era el laboratorio para la planificación y el desarrollo de la ciudad.

—¿Qué es lo que no han visto las autoridades de Caracas? ¿Qué compromiso no les da la gana de asumir?

No les da la gana de asumir el compromiso de enfrentarse a las mafias que controlan el transporte colectivo, ni combatir las malas prácticas que tienen los conductores de carros y motos, ni detener la voracidad inmobiliaria que construye monstruos en zonas inaccesibles. O tal vez no tienen la capacidad de hacerlo. Sin ánimos de quitarles responsabilidad, hay que reconocer que la gobernabilidad en cualquier municipio de Caracas es un reto enorme: existen demasiados vicios y prácticas perversas que dificultan en gran medida la gestión municipal, sin mencionar los constantes incendios que aparecen y deben apagarse con urgencia. Ahora bien, esto no implica que no se puedan hacer las cosas de mejor forma. Yo creo que lo que no han visto nuestras autoridades es que la promoción de la movilidad sostenible, si bien puede ser problemática en un principio, es a mediano y largo plazo lo mejor que se puede hacer por la ciudad. Es inclusive más barato.

¿Qué gestos radicales impulsarías en una ciudad como Caracas?

—¡Uy, yo sería muy radical! Tumbaría todas las autopistas, elevados y distribuidores que se encuentran dentro de la ciudad, rescataría los ríos y crearía corredores verdes a lo largo de ellos, que contengan como mínimo un sistema de transporte público de gran capacidad, ciclorrutas y generosas sendas peatonales, junto con comercios y equipamientos diversos. Prohibiría el acceso de vehículos a los centros históricos, el estacionamiento en calzada en vías arteriales y colectoras, y cobraría por el que esté en vías locales.

Pero estoy claro que esas medidas no se pueden aplicar de buenas a primeras, ni tampoco surtirían el efecto deseado en un principio. Para poder transformar la movilidad de Caracas es necesario hacer tres cosas: primero, promover el transporte público, tal vez la mayor deuda que se tiene con la ciudad y la principal prioridad; segundo, promover el transporte que no cuesta dinero: viajes a pie, en bici y carro compartido; y tercero, invertir la prioridad de inversión en infraestructuras, ¿te imaginas lo que se hubiera podido hacer en ciclorrutas y aceras con la plata que se gastó en las “soluciones viales”?

—¿Crees que los campos de golf del Caracas Country Club deberían convertirse en parque público? ¿Tendría sentido permitir desarrollos inmobiliarios en su periferia para hacerlo sostenible?

—Poder transformar el Country Club en un parque urbano es una de las grandes utopías de Caracas. Y no lo es por capricho, sino por la necesidad que tiene la ciudad de espacio abierto, verde y público. También porque tiene una localización ideal, bendita: está en el centro geográfico de la ciudad, lo atraviesa la avenida Libertador, que por cierto es otra de las grandes utopías transformadoras, pues tiene la posibilidad de ser cubierta la trinchera y hacer un gran parque lineal que vaya desde Quebrada Honda hasta la avenida Francisco de Miranda. Sería ideal, además, que ese parque lineal se conectara con ese posible parque en el tramo del Country Club. Por último, su lado sur está muy cerca de la plaza Brión de Chacaíto, que es el final del bulevar de Sabana Grande, lo que daría posibilidad de articulación de todo un sistema de espacios públicos. Y si soñáramos un poquito más, podríamos conectar hacia el sur con el río Guaire y con el paseo peatonal que pensó la Alcaldía de Baruta en la avenida Río de Janeiro de Las Mercedes, frustrado por las intervenciones del Ministerio de Transporte.

Tendríamos un parque de unas dimensiones y calidad excepcionales, que permitiría articular espacios públicos existentes y futuros, y que además conectaría por el borde norte con El Ávila, justo donde está el Mirador Boyacá. Podrías llegar desde el río Guaire hasta el hotel Humboldt caminando, de una forma casi ininterrumpida. Creo que es súper necesario. Ahora, si nos ponemos prácticos, ¿cómo hacerlo realidad? Juan Barreto y el propio Chávez en algún momento hablaron de esto, y saltó mucha gente por razones absolutamente válidas: es propiedad privada, y tienen mucho peso los que tienen la propiedad de la tierra en ese sector. Si se hiciera debería ser un parque público abierto, sin rejas, no como el parque más importante de la ciudad, que es el parque Francisco de Miranda, antiguo Parque del Este.

La clave acá sería la planificación y la gestión, para que no caiga en el deterioro, el abandono, la desidia. Sería interesante, como experimento de gestión, una alianza público-privada. ¿Cómo llegamos a eso, desde la actualidad, que es totalmente privado, exclusivo y excluyente? Habría que ofrecer algo muy bueno a cambio a los actuales dueños, que además tengan un papel protagónico en la transformación de este espacio. La parte inmobiliaria podría jugar un papel importante en esa negociación. Sería ideal que hubiese desarrollo para subir la densidad del Country Club, que es una de las más bajas de Caracas. Hay una oportunidad, porque hay muchas casas abandonadas, otras han sido compradas por los nuevos ricos. Sería interesante el desarrollo de una densidad media, sin que se les pase la mano. Se podría incluir un salón de convenciones, algún equipamiento que genere importantes ingresos para los dueños de ese espacio, con tal de que lo abran a la ciudad. Aunque más de uno me crucifique por lo que voy a decir: hasta podría ser un casino, que de hecho en El Bosque ya hay uno.

—En Medellín se percibe una cultura de servicio muy potente ¿por qué allá sí y aquí no?

—Nosotros hemos visitado gran parte de Colombia, en particular los departamentos del norte de Santander, Santander, Boyacá, Cundinamarca, un pedacito de Arauca, de Tolima, de Caldas, y donde estamos en este momento, en Antioquia. El gentilicio de estos tres últimos, es el de los “paisas”, que se caracterizan por ser sumamente amables, educados, cordiales, con esa cultura de servicio que mencionas. Aquí el lema es: “Antioquia, la más educada”. Creo recordar que cuando vine a Medellín, hace siete años, a la Bienal de Arquitectura y Urbanismo el lema de la ciudad era “Medellín, la más educada”. Para los paisas, los antioqueños y los medellinenses, es una cuestión de orgullo, es un valor fundamental ser cordiales, educados, amables. Y se enorgullecen ante “los rolos”, los bogotanos, que son bastante más fríos. 

Una de las cosas que se busca rescatar, a través de las intervenciones urbanas que se han hecho aquí, es precisamente el tema de la educación para la convivencia. De los valores ciudadanos en la ciudad, en la calle. Así como uno de los ejes fundamentales ha sido la movilidad, también lo ha sido el tema de la convivencia y de lo lúdico. Aprender a través del juego. Muchos espacios, como el parque de Los Deseos, el parque de los Pies Descalsos, el parque Explora, son para aprender, y para aprender a convivir. Aquí hay “guardianes de espacios públicos”, personas allí dispuestas, que llaman la atención, gestionan el espacio, pero también invitan y enseñan a la ciudadanía a integrarse. Esto es algo que podría funcionar en Caracas, a través de intervenciones urbanas, agregar este factor formativo para la ciudadanía. Eso lo hemos hecho, como sucedió con el Metro de Caracas, que cuando se inauguró en los 80 y durante los 90 había un refuerzo del buen comportamiento, recordándonos las normas, las reglas de uso, pero no de manera rígida, sino apelando a nuestra conciencia, al respeto. Ya lo hemos hecho, así que la idea es seguir haciéndolo en distintos ámbitos.  

—¿Cuál es el papel de los ciudadanos en la transformación de Caracas?

—En el primer Foro Latinoamericano de Peatones, una de las conclusiones fue que el papel de las organizaciones ciudadanas en la promoción de los modos no motorizados es clave para poder generar los cambios deseados en las ciudades. Esperar a que caiga una luz divina de inspiración sobre nuestras autoridades es irrisorio, somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad de demandar ante ellos la necesidad de priorizar la movilidad peatonal en la ciudad, de exigir la mejora del transporte público, de hacer tanto ruido que ya no puedan fingir sordera. Y por supuesto, tenemos la responsabilidad de seguir rescatando y apropiándonos del espacio público. Conozco a varios en este plan, por lo que les digo que lo mejor que podemos hacer es continuar nuestra labor, seguir creciendo y multiplicándonos.

Celia Herrera: El peatón, el impensado; por Cheo Carvajal #CCS450

Celia Herrera es ingeniero civil de la Universidad Central de Venezuela, del área estructural, pero se enamoró de la ingeniería vial y terminó egresando como especialista en diseño de carreteras. Ha hecho carrera académica en la UCV a la vez y ha ejercido apasionadamente en el área de transporte y vialidad, porque “uno puede hacer

Por Cheo Carvajal | 8 de noviembre, 2017
Fotografía de Mauricio López

Fotografía de Mauricio López

Celia Herrera es ingeniero civil de la Universidad Central de Venezuela, del área estructural, pero se enamoró de la ingeniería vial y terminó egresando como especialista en diseño de carreteras. Ha hecho carrera académica en la UCV a la vez y ha ejercido apasionadamente en el área de transporte y vialidad, porque “uno puede hacer cosas tan chiquitas como cambiarle unos segundos a un semáforo y mejorarle la vida a un poco de gente”.

Desde hace nueve años es directora de la Escuela de Ingeniería Civil de la UCV, cargo en el que tiene el triple del período estipulado, por el amparo que prohíbe realizar elecciones en las universidades para renovar autoridades. Cosas de nuestro extraño siglo XXI.

Se considera una amante de nuestra ciudad: “Acabo de regresar de afuera y, para sorpresa de todo el mundo, yo no me veo viviendo en otro país, ni en otra ciudad que no sea mi Caracas; todos los días le doy gracias a Dios por levantarme y ver el Ávila”. Eso sí, una ciudad que ella sabe atenta contra la accesibilidad universal.

—¿Por qué en Caracas hay tan pocas rampas peatonales y por qué las que hay son tan deficientes?

—Parece que en Caracas nunca existió gente con sensibilidad para pensar que alguien podía llevar un cochecito, una andadera, andar con muletas. Pareciera que siempre se pensó para mover vehículos, no para mover a las personas. Hay una ley sobre discapacidad, que obliga a los estacionamientos a que por cada 50 puestos haya uno para personas con discapacidad, a que haya rampas en los accesos de las edificaciones, sin embargo no hay conciencia plena de eso. Lo puedes ver aquí en la Universidad: sal ahora y verás que en nuestro campus se hicieron rampas en las aceras, pero puedes conseguir vehículos estacionados justo en la rampa. Le toca al que anda en una silla de ruedas ver cómo pasa, porque está obstruida la rampa y no hay quien supervise.

—Esta situación tiene que ver con la ingeniería.

—Y con la arquitectura, fíjate en este edificio (el de Ingeniería Civil). Nosotros tuvimos reuniones de movilidad y accesibilidad cuando estábamos con el Plan Caracas 2020. Aquí venía un señor en silla de ruedas y me moría de la vergüenza con él, porque teníamos que abrir la rampa para que llegara hasta el primer piso y luego cargarlo por las escaleras para poder llegar a la sala. Eso en una ciudad universitaria que tiene tantas bondades de diseño, pero fíjate que en la época no había esa concepción.

—¿Ni Villanueva?

—No. El edificio de aulas no tiene posibilidades para personas con discapacidad. Eventualmente uno que otro edificio tiene ascensor, en general pensado para maquinarias y equipos. El edifico donde Villanueva “echó el resto”, fue su edificio de la Facultad de Arquitectura, que tiene ascensores.

—Todo proyecto llega finalmente a la “ingeniería de detalles”, en la que una rampa, por mucho que el arquitecto no la haya contemplado, se esperaría que desde la ingeniería dijeran “aquí falta algo”. No parecen estar muy atentos arquitectos e ingenieros.

—No está internalizado. Yo hago un ejercicio, cuando hablo de impacto ambiental en clase, en el que notas que los estudiantes no consideran al ser humano parte del entorno. Yo les digo: “hay una casita aquí, vamos a hacer una vía”, y todo el mundo piensa cuánto cuesta la demolición, tumbar los bloques, pero nadie piensa en la gente que habita la casita.

—Eso que me estás diciendo es terrible. Si bien la ciudad la hace la gente, el entorno se diseña, se construye, hay gente que tiene ese rol y esa responsabilidad.

—Ahí está nuestra responsabilidad como formadores. Te puedo asegurar que dentro de los planes de estudio el área de ambiente es transversal y dentro de los contenidos programáticos del diseño vial, está el tema del impacto ambiental, y dentro de este el impacto vial, así se consideran todos los factores y empiezas a involucrarlos en la sensibilidad social porque, al final, ¿qué es el ingeniero? Un gran diseñador de obras de servicio para la comunidad, obras para la gente: un sistema de abastecimiento de agua, una red de cloacas para la comunidad. Eres un gran servidor social, pero también un gran modificador del entorno, si no estás consciente puedes hacer un desastre.

—¿Ha fallado la formación de los ingenieros y arquitectos en ese sentido?

—Creo que era la cuestión de los momentos y los tiempos. La población era más reducida, éramos muy apegados a lo que venía de Norteamérica, al tema del vehículo automotor. Fuimos muy esnobistas, porque además teníamos mucho dinero, que daba acceso a tener carro. Todo el que se graduaba lo primero que soñaba era tener un vehículo, el transporte público no lo valorábamos. Creo que empezó a valorarse cuando arrancó Lander con el Metro. Ahí arrancó todo, porque te das cuenta de la calidad de los acabados en que se invertía, había escaleras eléctricas, había ascensores en algunos sitios, había renovación urbana y recuperación de espacios. La intervención era muy fuerte, pero al final le devolvías a la ciudad en grande lo poco que le podías haber quitado.

En las intervenciones recientes hay más sensibilidad hacia las personas que tienen alguna condición particular para moverse. Pero hacen un edificio nuevo y nadie piensa en puestos para motos, y resulta que el parque automotor de motos tuvo un crecimiento exponencial.

—¿Cuál es el dato?

—Entre 2000 y 2010 el incremento fue de más de 2.000%, pero desde 2010 en adelante ya no hay cifras confiables. Recuerda que en el 2011 surgió el reglamento parcial para regular la movilidad de motociclistas y regular el servicio de transporte público, como la moto taxi. Empezó el censo de motorizados y nunca supimos en qué terminó. Tengo la percepción que así como iba creciendo exponencialmente, ha disminuido notoriamente. Antes se obsequiaban motos a las personas, pero en este momento ya no hay dinero para regalos y el mantenimiento cuesta.

Recuerda Celia Herrera recuerda la casi mítica OMPU (Oficina Ministerial de Planificación Urbana), un espacio donde finalmente se sentaron juntos arquitectos e ingenieros de las más diversas ramas. Fue una instancia no solo para pensar y ordenar la ciudad, sino que sirvió de espacio de formación profesional y gerencial para muchos que “allí se pulieron”.

—Hace poco me puse a seguir una cuenta en twitter y vi unos autobuses de cuando Diego Arria fue Gobernador de Caracas (1974). Allí hubo intentos de meter transporte público bonito. Ha habido peatonalización de vías, como el bulevar de Sabana Grande. Pero al final sientes que han sido acciones epilépticas, que se diluyeron en el tiempo. El que ha tenido suerte de trascender ha sido el Metro de Caracas, con todo y que ahora tenga fallas serias. Ahora hay un boom en la experiencia latinoamericana que nos puede favorecer, los sistemas BRT (Bus Rapid Transit).

—¿Qué opinas de nuestro Metrocable?

—Es una experiencia novedosa. Hay una cosa que no se pensó, pero resultó siendo útil: hay personas que lo usan para conectar desde Parque Central hasta Roca Tarpeya, que no viven en San Agustín y lo usan como sistema de paso.

—Un viaje costosísimo, tomando en cuenta la inversión que se hizo, cuando lo pudieras hacer en bus en menos tiempo.

—Claro, es una obra muy costosa. En Venezuela en los últimos años el metro más caro es el de nosotros, la autopista más cara es la de nosotros, porque la corrupción nos tiene perdidos. Llega un momento en que se pierde la pista de la cantidad de dinero que se desembolsa y finalmente no se construye ni se concreta nada, sin ir muy lejos: el Cabletren Bolivariano, cuatro veces inaugurado. La inversión sigue y no se logra terminar.

El Metro Cable en principio surge de forma caprichosa. No fue “vamos a estudiar la ciudad, vamos a ver en qué sector popular sería más útil implementar”. Tuvimos experiencia trabajando en el estudio de impacto ambiental y conocí, por ejemplo, a una señora arriba que tenía problemas en las piernas. Bajar y subir para ella era un drama, y al final el sistema quedó bordeando la parte alta. Como usuario preferiría bajar escaleras que subir para tomar el sistema. Pensamos que hubiese sido mejor no colocarlo en el borde sino en un nivel intermedio, hubiera sido una solución para cubrir a todo San Agustín. Más o menos es lo que pasa con Metrocable Mariches: primero hicieron el sistema expreso, desde Mariches hasta Palo Verde, entonces la gente de La Dolorita ve el cable arriba y no les sirve. La segunda etapa, que tendrá tres estaciones intermedias, sí prestará servicio al resto de la comunidad.

—¿Cómo está la ciudad debajo de la ciudad, los servicios, cómo esta la red de drenaje?

—Parte del trabajo que tenía el proyecto Guaire era justamente ese, evaluar la red que recoge aguas de lluvia y lleva aguas al Guaire, toda la red de cloacas. Iba a evaluar y actualizar, a incorporar plantas de tratamiento para el saneamiento del Guaire. ¿Qué pasó al final? El proyecto Guaire se terminó convirtiendo en un apaga fuego: se hundió la vía en la Boyacá, una estructura de paso inferior que había desde el Guaraira Repano hacia la zona, entonces mandaban a proyecto Guaire a reparar tuberías. Al final, la planta de tratamiento, el levantamiento de toda la información, la actualización de la red, no se hizo. Nosotros tenemos el Departamento de Hidrometeorología, que hacen seguimiento de las condiciones climatológicas, y ellos han captado que la cantidad de agua que escurre ya no es la misma, porque han cambiado los patrones de escorrentía. Ya no hay tantas áreas verdes que absorban, hay mucha superficie lisa y eso produce más caudales. A eso agrégale que tienes una estructura de canalización para aguas de lluvia y aguas servidas, que en su momento fue suprema, pero que no se mantiene.

—¿Hay estándares de mantenimiento de ese tipo de redes en la ciudades?

—Hay manuales, nosotros tenemos un manual de mantenimiento vial. Pero la verdad es que ni siquiera se hace con el sentido común, porque en Venezuela es muy sencillo, y en Caracas más: tenemos una temporada de sequía y una de lluvia, y sabemos cuándo ocurren. Entonces, lo ideal sería organizarnos antes de la temporada de lluvia, prepararnos esos meses y empezar a limpiar alcantarillas, torrenteras. La cosa más sencilla: barrer las hojitas, pero eso no pasa. Fíjate que en los últimos tiempos se inunda el distribuidor Altamira, porque las estructuras de drenaje que hay allí no se están dando abasto. Eso implica que hay que hacer un nuevo proyecto de drenaje. Ni siquiera estamos preparados para que alguien salga corriendo y ponga una bomba de achique para sacar el agua, sino que tenemos que esperar a que el agua se evapore.

La red vial grandota es competencia directa del Ministerio de Transporte, la red vial local es competencia del municipio y la regional es entre ministerio y gobernaciones. Pero el Ministerio se agarró todo excepto las vías locales. Pero los locales no tienen dinero, entonces no se hace mantenimiento. El deterioro es brutal, hay huecos en todos lados, hemos involucionado. Si vas a la avenida Las Acacias, desde la Andrés Bello hasta la Libertador, la manera de resolver un problema de fallas eléctricas fue poner un mamotreto de transformador en el medio de la acera que deja un espacio mínimo para el peatón.

—Una vez afuera, estos transformadores, en vez de estar en el puesto que normalmente ocuparía un carro estacionado, los montan sobre la acera.

—El peatón es el más abandonado, el impensado. Más arriba, entre la Libertador y la Andrés Bello, recientemente pusieron un tarantín inmenso de Misión Justicia con unos guardias. Un tráiler que recuerda mucho los carros de perro calientes y hamburguesas de la calle, evidentemente montado sobre un pedazo de la acera. Los del SEBIN se agarraron un canal, los carros los estacionan sobre las aceras. En el acceso que está hacia el norte de la estación Plaza Venezuela, estacionan vehículos afuera, y se supone que los manuales del Metro dicen que se debe dejar libre espacio para dos puestos de estacionamiento para cualquier eventualidad que pueda haber una estación.

—Nos montan el carro, el tarantín, el aparato para producir energía eléctrica, y el peatón se acostumbra a sortear esos obstáculos, ¿tendrá un límite esa situación en Caracas?

—Recién llegué de República Dominicana y me doy cuenta que definitivamente tiene que ser política pública del Estado. No va a ser el ciudadano el que imponga que arreglen una acera, que hagan bulevares. La experiencia es que mientras las personas están mejor preparadas, más formadas, más exigentes se ponen y más quieren hacer valer sus derechos. Mientras que las personas que tienen menos nivel de formación pareciera que son más aplastadas.

En este momento las personas están muy pasivas. El día a día se les ha vuelto tan difícil, la prioridad es tener qué comer. Mucha gente se conforma con lo indispensable, por eso no preocupa, por ejemplo, que la acera se llene de basura. Si yo consigo una acera llena de material de construcción, primero tengo derecho de reclamarle al constructor, pero después tengo una autoridad que debería garantizar mi derecho, hacer que lo remuevan de ahí. ¿Por qué me tengo que tirar a la calle?, tirarme a la calle significa que estoy compitiendo, con mis 45 kilos, contra un vehículo de tres toneladas.

—Si te dijeran que en los próximos cinco años tendremos recursos para completar la trama vial, ¿cuáles serían las vías?

—Creo que hace falta terminar tramos. Por ejemplo, si vas por la avenida Andrés Bello y llegas a la Chiquinquirá, ahí muere, no hay conectividad. Lo que le falta a la ciudad es conectividad norte–sur, y completar tramos este–oeste.

—¿Estás proponiendo que siga la avenida Andrés Bello?

—Yo te estoy diciendo una cosa que es un sueño, ¿por qué?, los primeros que van a protestar son los del Country Club, que ni siquiera quieren aceras, para que la gente no les camine por ahí. El tema de fondo no es más vías, no puedes resolver los problemas de la congestión haciendo más vías, sería tan absurdo como resolver un problema de obesidad comprando ropa de talla más grande. Si me dieran plata mañana y hago 300 kilómetros de vía más a Caracas, ¿crees que voy a resolver el problema para que la gente se mueva más y mejor?

Fotografía de Mauricio López

Fotografía de Mauricio López

—Yo sé que no. ¿Eres de la tesis que el problema no es completar vías?

—Si me das plata, la vialidad que tengo la pondría a tono, la optimizaría. ¿Por qué no aprovecharon, cuando ampliaron la autopista Francisco Fajardo, para agarrar el canal del medio para un BRT, o para un BRT más un canal de motos? Esas son las cosas que creo tenemos que preguntarnos.

—Entonces lo primero es adecuar la vía.

—Conservar el patrimonio vial que tenemos. En República Dominicana, que es una islita con 10 millones de habitantes, que vive del turismo, resulta que todo el tiempo ves las calles impecables, ves personas cortando grama, limpiando calles, demarcando. Nosotros estamos en un país tropical, hay que barrer las hojas y la gente tiene que hacer su trabajo. Asómate a las estructuras de drenaje en la Boyacá, ¿sabes que vas a ver?, cientos de botellas plásticas. ¿Cómo llegaron allí?, la gente las arroja. Van, hacen deporte en la Boyacá los fines de semana, respiran el aire… y lanzan un pote de estos para la alcantarilla.

—¿Qué vías consideras se deberían peatonalizar?

—Creo que hay que hacer cosas como las que se hicieron en la Francisco de Miranda. No tanto peatonalizar zonas, por el tema de la congestión. El transporte es un tema que requiere tocar todas las aristas juntas. Se podría peatonalizar Las Mercedes, eso estaría bien, ¿pero cómo llego allá? Que bueno hubiese sido que me hicieran la estación de Metro Las Mercedes y que estuviera lista la estación de Metro Tamanaco, que hicieran un terminal de transporte como estaba previsto en la zona del Tamanaco, que colocaran estacionamientos periféricos, donde al que le da la gana de ir en vehículo particular lo deja allí, o que hubiese un transporte público tan bueno que la gente dejara el carro. Yo he dejado de usar Metro porque no está cubriendo esa rutina de mantenimiento rigurosa. Está funcionando manualmente, el control de la operación entre el sistema francés y el español tiene mil fallas. Cuando el Metro era bueno todo el mundo quería ir.

Si hay que peatonalizar, ¿por qué no hacemos las mismas aceras que se hicieron en la Francisco de Miranda hasta Petare? Podemos hacer esas mismas aceras hacia el centro de la ciudad. Sería sabroso porque está en la línea del valle, y pudieras caminar por ahí. O por la avenida Intercomunal del Valle. ¿Sabes lo sabroso que sería, si nos van hacer el mega parque en La Rinconada, que pudieras caminar hasta allá?

—Prefieren invertir en ampliación de la autopista Valle-Coche, interviniendo el río.

—A decir de los ingenieros hidráulicos, nunca ha sido buena idea tapar el río Guaire, menos el río Valle, eso nunca se había hecho. ¿Recuerdas que la gente hablaba del segundo piso de la autopista? Siempre el Ministerio del Ambiente decía “no lo vamos a tapar”. Finalmente el Ministerio miró para otro lado y encajonaron el río Valle. Cualquiera podría pensar “¡qué maravilla estas soluciones viales!”.

—Buena parte de esas “soluciones viales” están inaccesibles.

—Mi broma pesada: es que no soportan carga peatonal, por eso las quitaron.

—¿Cuál es el primer elevado que tú desmontarías y cuál el último?

—El primero que desmontaría sería el de Dos Caminos, porque operacionalmente se ha podido resolver con un arreglo de semáforo. Pero además el sitio era el menos indicado, porque desde el punto de vista de ciudad tienes el Museo de Transporte, el Parque del Este, el gimnasio y de este lado lograste que la empresa privada hiciera una plaza bellísima. ¿Cómo es que le montas un mamotreto así? Además, los acabados dan vergüenza. Yo les digo a los estudiantes que se fijen: están los puentes gemelos de Bello Monte, hechos en los 60-70, y al lado el viaducto nuevo. Ves los acabados de hace 50 años y los de ahora y da vergüenza ajena.¿Te acuerdas de los renders bellísimos, iluminadísimos? Resulta que ahora lo que tienes por debajo es una cueva oscura, llena de basura. Ayer pasé por debajo del elevado de Maripérez, que es un urinario y está lleno de basura.

—¿Hay alguno, en particular, que no quitarías?

—Los puedes quitar todos, el de San Bernardino se puede resolver, pero habría que pensárselo bien porque la confluencia de vías ahí no es tan sencilla como la del resto. Ahí, de hecho, había anteriormente una redoma, era la manera en que se había resuelto originalmente. Claro, las redomas en Venezuela no funcionan, primero porque los espacios son muy pequeños y los radios de giro son muy chiquitos, entonces la maniobras entre cruces producen mucha congestión, lo otro tiene que ver con el comportamiento de los conductores, las personas no saben manejar en las redomas, piensan que de una vez se pueden meter directo, y no es así son maniobras sucesivas entre cruces. No es que no se pueda quitar, sino que habría que pensárselo.

—¿Pensándolo, lo quitarías? El puente interfiere con el diseño y la arquitectura del lugar. En esa compleja intersección entre la Andrés Bello y la Vollmer hay piezas arquitectónicas interesantísimas y un paseo peatonal.

—Sí, lo quitaría. De sur a norte, si tuvieras la vista franca, te conseguirías con el edificio de la Marina. Al final termina siendo una estructura que tapa todo.

—¿Apostarías a una mayor inversión en canales exclusivos para BRT?

—Apostaría a optimizar el uso de lo que ya tenemos, e implementar la lógica de mover más personas en menos cantidad de vehículos. Eso es dedicar canales exclusivos, y sin ir muy lejos tenemos el Bus Caracas. A pesar de que fue un entuerto enderezado, donde hay momentos de riesgo si no eres conocedor, puedes hacer un recorrido en 20 minutos porque vas en un corredor, mientras que al lado tienes unos carritos más lentos. Lo está operando Metro y es un sistema que funciona bien, la gente lo usa. Yo me he montado y me parece estupendo, aunque en las horas pico empieza el conflicto porque tiene pocas unidades y la demanda es alta.

—Para lograr el sistema integrado del que siempre se habla ¿cuál sería la autoridad?

—El Inmetra (Instituto Metropolitano de Transporte).

—¿Escala metropolitana?

—No, en este momento implica pensar en lo que señala Marco Negrón, la megalópolis de la región metropolitana de Caracas, que tiene 17 municipios, de gente que va y viene por la cercanía y por la dinámica económica. Si analizas toda la región, resulta que los puestos de trabajo están concentrados en un pedazo de Chacao. Hay que aceptar que somos una región y trabajar con una autoridad que la maneje. El Inmetra fue pensado para los cinco municipios del Área Metropolitana de Caracas, pero ya no somos cinco, sino 17 municipios. Tenemos autoridades municipales, autoridades de los gobiernos regionales de Aragua y Miranda, Alcaldía Metropolitana y Gobierno del Distrito Capital. Tenemos el Metro y un embrollo de leyes. Son demasiadas instancias, pero al final las responsabilidades se diluyen porque nadie hace nada, y quien se quiere ocupar no tiene dinero si no es afín al factor político de turno.

—¿Qué le falta a Caracas?

—Le falta más ciudadanos y le sobra anarquía. Hay que empezar por internalizar cómo me comporto yo, porque espero que los demás se comporten bien. A alguien le escuché que en Venezuela todos tienen un pero.

—¿Y en materia de infraestructura?

—Trenes de cercanía. Lo primero que haría es culminar el sistema ferroviario Caracas-Guarenas-Guatire, ese medio va a significar que yo pueda llegar desde algunos municipios cercanos a Guarenas-Guatire y estar en Caracas en 20 minutos.

—¿Estás hablando, justamente, de seguir trayendo gente a Caracas?

—No, es darle la posibilidad a las personas de que se puedan mover. Porque después tienes que desconcentrar. Si tienes que hacer una diligencia ¿qué tienes que hacer? vienes a Caracas.

—¿Esos trenes de cercanía no servirían también para que la gente que vive en Caracas trabaje allá?

—Es perfectamente bidireccional. Lo ves entre Los Teques y San Antonio, ya hay una dinámica urbana entre esas dos regiones y no bajan a Caracas. Los trenes de cercanía me permitirían incluso enlazar con áreas más remotas, el único tren de cercanía que tenemos es el Ezequiel Zamora, que está saturado. Pudiéramos tener algo parecido entre regiones más remotas, Vargas, Guarenas. La cuestión no es romper la relación, que la gente se quede en Guarenas y ya no venga más, porque puede venir incluso el fin de semana a pasear, ir a la playa o ir a Guarenas-Guatire a comer cochino frito. Es simplemente crear la infraestructura para tener la opción.

—Hablas del tren de cercanía, de carriles BRT, ¿y los barrios, cómo los hacemos accesibles?

—Creo que los barrios son los más abandonados, se ha reducido todo a echarles pintura, pero el tema de fondo nunca ha estado resuelto. Tuvimos una buena iniciativa, la de Fundacomún Cameba, pero se abandonó, no llegó a consolidarse. Debería empezar a existir una vialidad estructurante, que desde allí pudiera entramar hacia lo interno de los sectores populares. No es fácil, porque tienes que involucrar a las comunidades, ellos mejor que nadie saben lo que les hace falta, no imponerse.

—Con el programa de habilitación física de barrios muchas comunidades se trancaron ante la insistencia de esa “vialidad estructurante”, porque la afectación de viviendas iba ser fuerte.

—Cuando hablo de vialidad estructurante hablo hacia la periferia, abajo, que capte la gente que, por ejemplo, baja en jeep, para llevarla hasta el Metro, o al sistema de transporte superficial. Tiene que haber algún tipo de intervención en los barrios porque tienen vías muy estrechas que en algunos sectores apenas alcanza pasar un solo vehículo. Son vías que carecen de aceras, no tienen mobiliario urbano, no tiene ninguna facilidad para la recolección de las aguas.

—El modelo de ciudad que está abajo, con sus características, se intenta trasladarlo al barrio que tiene condiciones topográficas, densidades y cultura de hábitat completamente diferentes. ¿El desafío no es pensarlo de otra manera, con la gente que vive allí?

—En el fondo lo que pienso es “yo quisiera que ellos vivieran mejor”. ¿Qué significa eso? que en vez de letrina tuvieran sistema de aguas servidas, que en vez de un tobo le pudiera llegar agua en tubería, que en ves de tener que iluminarse con una vela, pudiera llegarle un cableado de electricidad. Que en lugar de tener que subir doscientas escaleras tuviera unas escaleras eléctricas. Ahora, tú puedes hacer con eso dos cosas: aceptas que eso existe y en la medida que puedas lo mejoras, o sencillamente decides que no existe esa posibilidad. Igual podrías hacer negociaciones, ir pensando en escalas de terreno en donde pudieran irse, incluso haciendo su propia vivienda con sistemas de auto construcción.

El tema de los barrios es la vulnerabilidad, si ocurriese un sismo. Cada vez que voy a la Universidad Metropolitana (por la vista hacia los barrios de Petare) me entran los nervios. No estamos preparados ni siquiera para tragarnos una pepa de mamón, vamos a un hospital y nos morimos. No estamos preparados para el sismo que viene. Los barrios han crecido verticalmente, la mayoría de esa obras tienen la fortuna de que la hicieron albañiles que saben cómo se hacen las cosas, pero que estructuralmente no están preparados para soportar cargas sísmicas, que son movimiento horizontales. ¿Qué va a pasar con eso? Todas las edificaciones van a caer como naipes. El último catastro lo hizo una profesora de aquí, y había crecido la densidad, las edificaciones estaban entre cinco y siete pisos, y en cada uno había por lo menos siete personas en promedio. Estamos hablando de una tragedia.

Fotografía de Mauricio López

Fotografía de Mauricio López

—¿Cómo nos anticipamos a esa tragedia?

—Reforzar esas estructuras no es una opción. Toca hacer una cosa muy cruda, que es el trabajo que normalmente hacía Defensa Civil: llegar y decir “su vivienda fue evaluada y está en una condición de riesgo”, y tienes que darle una opción. No es fácil, a lo mejor le estás diciendo eso a una persona que tiene 30-40 años viviendo ahí, que puedes ser tú mismo. Pedir que te vayas a otra parte, donde vas a ser un extraño, y ni siquiera en unas condiciones que mejores, quizás hasta sean peores. Es un tema demasiado complejo.

Los “barriologos” lo han estudiado, uno de ellos es Alfredo Cilento que conoce la dinámica, está preocupado pero no encuentra qué hacer. El tiempo va pasando, es como una bomba de tiempo que sabes que está allí. Por eso es tan importante la vialidad, cómo le llegas a la gente si llega a haber un sismo. La vialidad es lo primero que se interrumpe, y por la vialidad van todos los servicios. ¿Cómo llega una ambulancia?, ¿cómo llega un helicóptero, dónde lo ponemos? Ni siquiera en eso hemos pensado, un helipunto, por ejemplo, en una zona alta que sirviera para evacuar a la gente.

—O condiciones para atender a esa población ahí mismo ante un evento así. Pareciera que siempre se piensa en sacar a la gente, en vez de generar equipamientos allí.

—Yo estaba pensando más bien cómo llevarle, porque vas a necesitar agua, comida, paramédicos. Tocará sacar a alguien que esté en unas condiciones que requiera atención hospitalaria. El tema de los barrios es el más complicado. Hemos hablado de integrar el barrio con la ciudad, o al revés: la ciudad con el barrio. Todo urbanismo tiene un barrio al lado y la gente convive. Mejorarle las condiciones supone pensárselo, pensárselo supone tiempo y creo que ya no tenemos tiempo, nos tomamos demasiado tiempo pensando en qué hacer. La gente que está allí creo que ahora vive peor. Yo vengo de familia humilde, mi hermano tenía una panadería entre las calles 2 y 3 de los Jardines de El Valle, teníamos amigos en Los Aguacaticos y yo subía para los cerros. La dinámica es muy distinta de lo que puede pasar en el resto de la ciudad, y tú ni te enteras.

—Saltemos a otro tema: el “radio de giro” en muchas vías nos muestra que su diseño está en función de los vehículos, no de la gente. Igual las “pasarelas” y los “elevados”, que aceleran la vía. ¿Cómo hacemos para bajar la velocidad, para entender que una ciudad es más eficiente cuando va a menor velocidad, y además es más segura inclusive para el que maneja?

—Eso tiene que ver con supervisión y fiscalización, con señalización y demarcación que se tienen que colocar. Y campañas. Pongamos por ejemplo la Ciudad Universitaria, donde se supone la prioridad es el peatón. Dime tú, ¿dónde has visto una señal que diga velocidad máxima 20, 30, 40 kilómetros por hora?

—En una Ciudad Universitaria debería ser incluso menos.

—¿Viste alguna aquí adentro? No hay. Lo primero que tienes que hacer es dar el mensaje, esas señales son reglamentarias. Se supone que en una ciudad hay unas vías periféricas de alta velocidad, pero en el entramado interno la velocidad máxima es 40 kilómetros por hora. “Máxima” quiere decir que hay vías con velocidades todavía menores. Hay medidas de “pacificación de tránsito”, diseños para obligar a los conductores a que reduzcan velocidad. Por ejemplo, si tienes esta vía (Celia dibuja un carril recto), la gente “va chola”, pero si le haces una sinuosidad (también la dibuja) obligas al conductor a reducir velocidad. Deben usarse señales verticales que digan cuál es la velocidad máxima permitida. Se usa mucho reductores de velocidad, aunque suelen ser mamotretos para destruir carros.

Lo otro que regula la velocidad son los semáforos. Si en una vía están bien sincronizados los semáforos, y agarras el ritmo a 40 kilómetros por hora como máximo, vas a conseguir luces verdes. Si vas más rápido no, te obligas a hacer paradas. Tramos rectos muy largos favorecen las altas velocidades, se ve claramente en el tramo que está frente al Parque del Este, entre el elevado horroroso de los Dos Caminos y la primera Transversal de Los Palos Grandes. Toca poner dispositivos para colocar señales preformadas sobre el pavimento que digan “velocidad máxima 40 kilómetros por hora”.

—La Francisco de Miranda está llena de esas señales…

—¿Qué crees que falta? Dos cosas: que el propio usuario asuma que es su responsabilidad ir a baja velocidad, lo otro es que haya supervisión y control. A mis alumnos se los digo todos los días: si a mí me da la gana salgo de aquí en contra flujo hasta Plaza Venezuela, muerta de la risa. Lo hace la policía, se va en contra flujo hasta la plaza Las Tres Gracias. Mientras hay impunidad, hay anarquía. La anarquía se rompe de dos maneras, porque yo internalizado que me tengo que portar bien y la otra es que yo sepa que hay sanción. ¿Por qué hay gente que se para en los semáforos?, porque lo deciden, porque aquí si les diera la gana no se pararían y no pasa nada. Aún hay una reserva moral en eso.

—También sentido de preservación. Pero, sí, el individuo asume que lo va a hacer así, se autorregula.

—El drama es tan grande que ni siquiera tenemos policía de circulación. El Cuerpo Técnico de Vigilancia fue obligado a homologarse a la Policía Nacional Bolivariana y ahora es una dirección dentro de la institución. Todos son “policías integrales”, pero la única formación que reciben para fiscalización y supervisión de vías es un capítulo de ocho horas de clase.

—¿Cómo está Caracas en comparación con otras ciudades?

—Aquí no hay Uber (servicio de taxi a través de una aplicación móvil), en Santo Domingo hay y  funciona perfecto, en moto y en carrito, el motorizado llega con su casco de Uber, en una moto bien bonita. En el mundo están funcionando los BRT, todos los sistemas de camionetica pasaron de camioneticas a autobuses. En el mundo se está usando el carpool, aquí pides cola y te van a decir que estás loco, por la inseguridad. Nosotros íbamos a tener una red de ferrocarriles de 13 mil kilómetros en 30 años, ¿y que es lo que hay de eso? En otras ciudades se están dando incentivos para que las personas dejen de usar vehículos particulares, les dan bonos en los trabajos, les descuentan impuestos. Hay incentivos para adquisición de vehículos que funcionan con gas o con electricidad, y hay estaciones para recarga de electricidad. Nosotros tenemos autobuses con gas, pero hay solo dos bombas en Caracas donde puedes cargarlo, una en San José y otra en la Galarraga.

El parque automotor esta cada vez más deteriorado, porque si antes no teníamos cultura de mantenimiento, ahora no tenemos como mantenerlo. Las estadísticas dicen que con vehículos de más de 10 años se incrementa la posibilidad de un siniestro. Tenemos un montón de vehículos circulando que son armas en potencia. La vialidad está peor que nunca, todos los costos se trasladan al usuario. La presidenta de la Cámara de vehículos pesados decía que los transportistas tienen que reparar entre tres y cuatro veces al año el tren delantero de sus vehículos. En otras ciudades hay peajes en los que pasa el vehículo, te captan y te cobran digitalmente, y eso se reinvierte en la vialidad.

En Punta Cana está la pista para los vehículos, está la pista aparte para gente que va trotar, pista de bicicletas para protegerlos del tránsito. Hay países con canales especiales para motos, y lo que se implementó en Sucre, que es poner adelante un área antes del semáforo para que los motorizados esperen sin ocupar el paso de peatones. Está la incorporación de nuevas tecnologías, como meterte en tu celular y ver a qué hora va a estar la unidad de una ruta equis en tal parada. En las paradas tienes pantallas LED que indican donde va el bus, o te indican las rutas. Además, bajas al metro y consigues bicicletarios, incluso con locker. Hay préstamo de bicicletas: tomas una bicicleta aquí, te desplazas y la entregas en otro sitio. La lista es larga, y en toda estamos raspadísimos.

Emilio Mujica: Sin San Agustín Caracas no existe; por Cheo Carvajal #CCS450

Emilio Mujica es un reconocido líder comunitario de esta tradicional parroquia caraqueña. Tiene su “ranchito” arriba, en La Ceiba. Pero desde hace algunos años compró una de las viejas casas, en el pasaje 8, con pisos impecables, columnas labradas y techos altísimos. Allí tiene “El Fogón de Emilio”, donde se mezcla la música, la comida

Por Cheo Carvajal | 25 de octubre, 2017
Fotografía de Mauricio López

Emilio Mujica retratado por Mauricio López

Emilio Mujica es un reconocido líder comunitario de esta tradicional parroquia caraqueña. Tiene su “ranchito” arriba, en La Ceiba. Pero desde hace algunos años compró una de las viejas casas, en el pasaje 8, con pisos impecables, columnas labradas y techos altísimos. Allí tiene “El Fogón de Emilio”, donde se mezcla la música, la comida tradicional y la fiesta. Desde allí arranca Cumbe Tours, una manera de conectar lo que por error está desconectado. Una manera de dejar al margen los prejuicios. La casa es parte del conjunto de doce pasajes con el que debutó el Banco Obrero construyendo vivienda para obreros en Caracas, de finales de los años 20, momento en que la gente de San Agustín iba a pescar y buscar arena al Río Guaire.

Hace muchos años la violencia tocó su puerta, de manera feroz. Y él no respondió con violencia, tampoco con resignación. Respondió con entrega, con enseñanza. Siempre desde su tumbao, con su sabiduría particular. Su venganza con la vida ha sido poética: entregar y compartir alegría, enseñar, organizar, inclusive a los violentos. Y es querido por todos.

—¿Cómo llegaste a San Agustín?

—Mi abuela llegó aquí de las Islas Canarias en los años 20, ellos llegaron a Valencia, de Valencia se trasladaron a Los Teques, y de Los Teques a San Agustín. Yo llegué a San Agustín el primero de octubre de 1954.

—¿Y en qué momento comenzaste a desarrollar actividades en la comunidad?

—Muy pequeñito, recuerdo que yo pasé mucho tiempo, no viviendo en la calle, ni siendo un niño de la calle, sino en la calle, jugando a la pelota. Había muchos espacios, el río, la gente. Estábamos en la época de la dictadura y había mucha gente cerca de la casa que eran de la Liga de Colonos, la primera organización comunitaria que existió en San Agustín. Muchos integrantes eran miembros del Partido Comunista, gente de pensamiento de avanzada, de izquierda.

—¿Los adecos también?

—Tú lees documentos de la época, los comparas, y eran lo mismo. Lo que los diferenciaba eran algunas cositas, pero era gente muy preocupada por la comunidad.

—Por eso el nombre del bulevar.

—Claro, Leonardo Ruiz Pineda. Un tipo al que hay que rendir siempre honores. Un tipo que resistió, que murió. De alguna manera, por mis entrepituras de estar escuchando conversaciones ajenas, en su mayoría de adultos mayores, me empezó a picar el gusanito de la parte social. ¿Qué era eso? ¿Por qué los ricos, por qué los pobres? ¿Por qué la pobreza? ¿Por qué las necesidades? Y de alguna manera fui llegando al tema, hasta que conocí a un amigo llamado Felipe Blanco y me atrapó. Me veía peleando en las calles y comenzó a entrenarme para ser boxeador. Y de la noche a la mañana ya estaba repartiendo propaganda del Partido Comunista. Eso me hizo sentir como “ya soy”. Eso fue a los nueve años. No fue que ellos me inscribieron, yo me sentí.

—¿En qué momento fuiste un activista a conciencia?

—A los diez años ya tenía conciencia clara que había una lucha de pobres contra ricos, a los diez años ya sabía preparar un niple.

—¿Esa conciencia de “pobres contra ricos” cómo la llevas hoy en día?

—Creo que es un absurdo. Existen los ricos y existen los pobres, en cualquier sociedad existen, ahora, lo que sí he luchado siempre es contra el distanciamiento que se da entre esas dos clases. No debería existir de tal manera esa brecha, cada quien que trabaje y le eche pierna a la vida,y tendrá su fortuna.

—Te refieres a que lo que no debería de haber es exclusión.

—Tendrán mayores comodidades, pero la exclusión es lo terrible.

—Al final lo importante es luchar por el bienestar.

—Por el bienestar de la gente, no es necesario tener riquezas y dinero para ser feliz, eso es una mentira.

—¿Qué crees tú que significan los barrios en general para Caracas, y en particular el de San Agustín?

—Los barrios nacen de la miseria. La gente buscando en una época, según ellos, vivir mejor. Se ubicaron en los barrios con sus miserias, por la escasez: no había agua, ni había servicios, eso nace allí. Con el tiempo los barrios han creado su propia cultura, han tomado su conciencia, han resuelto a través de modelos organizativos creados por la gente, han logrado resolver la vida, cómo vivir en el barrio. Hoy vivir en el barrio no es tan malo, tiene sus ventajas, y es copiada y envidiada por algunas clases sociales elevadas. En el barrio se hacen cosas divinas que no se pueden hacer en una urbanización de clase alta. Digan lo que digan, esto es parte de esta vida, una cultura divina.

—¿Muchas personas envidian el “guaguancó” del barrio?

—Sí, porque muchos se quedan en lo reprimido. La vida no es un club, una piscina, un avión. No, la vida es integral, tiene muchísimas cosas, inclusive esas, pero no hay nada más divino que compartir un sancocho callejero. En el barrio se hace, en la urbanización eso no se hace.

—¿Por qué crees tú que se hace en el barrio y no se hace en la urbanización?

—Porque la gente tomó una cultura de encierro. La gente se encerró en sí misma y tienen, para mí, algunos complejos sociales: “Yo soy de una clase más elevada que tú”. Pero algunos de sus hijos han descubierto que la ciudad no es tan así, tan aburrida como la de ellos, voltean hacia los barrios y descubren que hay muchísimas cosas que son apremiantes para la vida.

—¿Cómo caracterizarías a eso barrios de Caracas, hoy? Empezaste diciendo que nacieron de esa precariedad, escaseaba todo, a veces no tenías ni escaleras para subir, y eso se fue construyendo. ¿Cómo caracterizarías hoy al barrio?

—No todos los barrios son iguales. Las comunidades de los barrios de Caracas no todas son iguales. Algunas van como avasallando a la ciudad, sin ninguna conciencia, y hay barrios que tienen, de alguna manera, conciencia. Van avanzando, como incorporándose a la ciudad, porque la ciudad niega los barrios.

Fotografía de Mauricio López

Emilio Mujica retratado por Mauricio López

—¿Me puedes decir qué barrios se han incorporado a la ciudad, cuáles no tienen ese “avasallamiento” hacia la ciudad? Aparte de San Agustín, que supongo está en esa lista.

—La Pastora, el 23 de Enero, San Juan.

—¿Por qué los otros no?

—Porque se quedan como muy foráneos, muy aislados. Si tú ves Macarao, que es uno de los principales barrios de la ciudad, se quedó muy aislado, muy distante de la ciudad. Si tú revisas, Coche está muy distante. Nos vemos aquí dentro, pero no estamos dentro de la ciudad.

—¿Qué significa eso de no estar en la ciudad cuando estás?

—Es la política de desprecio que se le aplica. Sí tú revisas Antímano, no se puede estar viviendo en pleno siglo XXI con esas características en la capital de un país como este. Si tú revisas los barrios dices: “No, esto no es posible. ¿Hay o no hay desarrollo?” Entonces esa política de desprecio te hace aislarte, te convierte en un marginal dentro de la ciudad.

—¿Mantenerse en esa condición depende más de la comunidad o de…?

—Depende más de la comunidad, depende de la claridad y de la conciencia colectiva de esa comunidad.

—¿Cómo caracterizarías esa conciencia de San Agustín en relación con la ciudad?

—Yo tengo una expresión bien clarita: Caracas no existe si no existe San Agustín. Nosotros somos más importantes que Caracas, porque estamos ubicados en el centro de ella. Pero Caracas nos mira a nosotros como con desprecio, con cuidado, y nosotros miramos hacia Caracas. En ninguna parte del mundo puedes conseguir un barrio como este de afrodescendientes, de “negritos”, como se dice, de pobres, en el casco central de la ciudad. ¿Dónde existe un barrio de negritos, de pobres, con los edificios más altos de Latinoamérica al lado, al lado del sistema de museos más grande de Latinoamérica, al lado de una importante autopista? Todo eso está ahí y San Agustín avanza, no se queda, hace propuestas, sueña la ciudad, construimos ciudad. Es un ejercicio colectivo, nosotros tenemos esa característica como habitantes, nos organizamos, hacemos propuestas. La última es convertir a San Agustín en una parroquia turística. Ya lo pusimos en práctica y ha dado buen resultado.

—En el caso de San Agustín, además, hay un patrimonio histórico importante. Estamos hablando en una casa que muchos envidiarían.

—Muchas inmobiliarias desde arriba, desde un dron de pensamiento, están siempre soñando con este territorio, por lo valioso de su ubicación geográfica, por lo que tiene para ellos este territorio, esa sería una muy buena inversión.

—San Agustín es uno de muchos barrios de Caracas donde la violencia está presente, incluyendo la violencia del Estado con sus políticas de mano dura. Si no todo sonaría muy idílico. ¿Cómo ves la violencia, dentro de la propia comunidad y del Estado hacia el barrio?

—No es que nosotros carecemos de violencia. De alguna manera la violencia es parte del diario de la parroquia. Ahora, ¿en qué porcentaje? Nosotros decimos en lo más mínimo. Hubo momentos que sí fueron violentos, y a través de organizaciones culturales, a través de organizaciones sociales, le fuimos dando respuesta a esta violencia que se nos venía acercando. Ningún gobierno, incluyendo este, ha tenido estrategia como la hemos tenido nosotros. La respuesta de los gobiernos y del Estado siempre ha sido más violencia, si antes nos aplicaban la “operación vanguardia”, ahorita aplican la OLP.

—¿Cuántas operaciones has conocido tu aquí en el barrio que recuerdes?

—Muchísimas, y he sido víctima de ellas, a excepción de la OLP. Mínimo 5 o 6 veces detenido en un día, allanamientos en mi casa, cosas terribles. Eso se sufrió y no deja de ser igual en este momento. Siempre hemos discutido con la autoridades que esa no es la forma, les hemos demostrado con ejemplos que hemos logrado pacificar, que hemos logrado incorporar a la vida social a muchos muchachos que se desviaron sin utilizar un arma, sin utilizar un uniforme, sin absolutamente nada, sino con la palabra, la propuesta. Les hemos hecho entender que hay una vía distinta, que detrás de la montaña El Ávila hay vida, hay una playa, hay un océano, hay un mar riquísimo. Y que más allá hay río, hay montaña y hay una calidad de vida totalmente distinta a la que te genera la violencia. Y lo hemos logrado.

Hemos logrado incorporar a muchísimos jóvenes a la vida sana y hemos evitado que se incorporen a ese ejército. ¿Cómo los hemos incorporado? A través de la actividad cultural, de la actividad social, nos hemos convertido como en una represa, contra todos, porque es como una corporación, eso no viene gratis. La violencia no es que nace con los chamos, no, eso es una inversión de todo el mundo tratando de dañar una sociedad. La droga es un caso, eso es una empresa. Eso es de un carajo pensante, la violencia tiene, de alguna manera, ganancias. El que tiene armas necesita vender armas, el que practica la parte judicial, los abogados, necesitan tener presos, y la funeraria necesita tener muertos. Eso es una industria. Los medios de comunicación ¿qué venden? La página roja, lo que se llama en periodismo “amarillismo”, tiene un valor extraordinario. De alguna manera a la gente le gusta leer cuántos muertos hay, qué tragedia hubo.

—Mencionaste a los medios, a los abogados, al sistema judicial, a los que venden armas. ¿Quiénes son, en este caso, los que ponen a circular las armas?

—¿Los que venden las armas? No tengo las pruebas, pero sospecho que tienen uniforme y estrella.

—¿Quién más cobra por la violencia?

—Lo voy a decir así: los inversionistas, que convierten esto en un sector de miseria. Porque no es la violencia de matar nada más, hay diferentes tipos de violencia. El que la alcaldía no te atienda los servicios es un acto de violencia, el que tú entres a una escuela y los baños no funcionen, es un acto de violencia contra los chamos, el que tú salgas de noche y el alumbrado público no funcione, es un acto de violencia, y eso te va haciendo la vida miserable. Como tú no quieres estar allí, o te organizas o te vas. A ellos les interesa que tú te vayas porque en el territorio baldío es donde obtienen su ganancia, donde hacen su gran inversión para construir el modelo de ciudad que quieren.

—Hablaste hace un rato del turismo como una forma de integración, como invitación, ¿puedes extenderte un poquito en relación con eso? ¿El turismo es una buena estrategia para integrar lo que ha estado desintegrado en Caracas?

—Sí, nosotros en San Agustín en los años 70, cuando vienen los proyectos de los gobiernos de la Cuarta República, que hablaban del desarrollo, comenzó un desalojo masivo de la parroquia. Ese es el lado sucio de la historia. Toda aquella gente que se había hecho profesional con el sacrificio de sus padres, de sus abuelos, se fueron. En mi opinión eso trajo un resultado de pobreza a la parroquia. Comienza el desarrollo de la clase media, ya sea en la zona de El Cafetal, todos esos sectores, Caricuao, entonces la parroquia se fue quedando sola. Esa parte profesional, esa gente que se había preparado, se fue y nos costó resolver a los que nos quedamos. Independientemente que las cosas han ido cambiando, ya hay muchos profesionales dentro de la comunidad que no tienen para donde irse. Antes soñaban irse, pero ahora no pueden. Esa es una ventaja para nosotros.

¿Qué le proponemos nosotros a la ciudad? Para romper con las etiquetas, los estigmas de que en la comunidades solo hay violencia, solo hay delincuencia, solo hay lo negativo, nosotros invitamos a la gente a que vengan a San Agustín y sin ningún tipo de escenografía le mostramos quiénes somos, cómo estamos, qué queremos y para dónde vamos.

—¿Qué responde San Agustín respecto a ese “qué queremos, para dónde vamos”?

—¿Qué queremos?, que vengan. ¿Para dónde vamos?, para mejor. Eso eleva mucho la autoestima. Una comunidad abandonada, despreciada, no tiene autoestima. Queremos una comunidad visitada por amigos como ustedes, profesionales, que vengan extranjeros, aquí han llegado chinos, brasileños, franceses, de todas las nacionalidades, con esta muestra de turismo. Hemos demostrado a la propia comunidad que sí es posible, porque al principio cuando le mostramos la propuesta a la comunidad —porque esto no es un sueño de hace un mes o hace un año, teníamos muchos años soñando que podíamos hacerlo, porque tenemos una riqueza, pero nosotros nos negamos a verla—, entonces, cuando le presentamos la propuesta, muchos con su expresión afrodescendiente dijeron: “¡Gua!, ¿turismo en San Agustín? Ustedes están locos”, y lo primero que declaraban era la violencia, los malandros, la gente fea, la basura, todo eso, pero cuando les mostramos la galería de lo que tenemos, realmente comenzaron a cambiar de opinión y hoy nos visitan un promedio mensual de 120 a 200 personas. Es un recorrido que se hace por la parte alta, no en galerías, no en museos, no es piscina, sino por la parte alta, sin alfombra, sin escenografía, y los resultados, al final, son de alegría. Y hay intercambio entre grupos, que se van y regresan. Se ha dado casos que los despedimos a las siete de la noche, y a las nueve están otra vez aquí, porque agarraron su carro y se devolvieron, porque les parece que esto es maravilloso. Esta casa, que se llama El Fogón de Emilio, se ha convertido en ese refugio. Entonces ya no se van a Las Mercedes, ya no se van a Altamira, sino que vienen aquí y aquí disfrutan de un bolero, cantan, beben, comen.

—¿Cuándo sucede eso?

—Cada 15 días o los sábados en la tarde, se programa entre amigos, siempre entre amigos. Están las actividades en el Teatro Alameda, están las actividades de los niños, entre otras. Es una organización muy importante porque tiene que ver con un modelo educativo. Nosotros respetamos el curriculum que presenta el Ministerio de Educación, pero construimos el nuestro, tuvimos que enseñarle al personal docente de las escuelas quiénes éramos nosotros.

Fotografía de Mauricio López

Emilio Mujica retratado por Mauricio López

—No mencionaste al grupo Madera, mucha gente cuando habla de San Agustín lo recuerda, a finales de los 70 y en los 80.

—Lo que pasa es que nosotros nacimos con una organización llamada Liga de Colonos, y de ahí en adelante surgieron muchísimas organizaciones, entre esas el grupo Madera, pero como un grupo musical, como puede existir ahora la Orquesta Celestial de Edmundo Pérez, como existe el grupo de Alexis Machado. Madera suena porque hubo una tragedia. Los panas murieron, dieron ejemplo, pero el modo organizativo social no marcha con ellos, es desde la Liga de Colonos desde los años 20. Madera es uno más, nos hacemos daño cada vez que colocamos a uno por encima de otro. Todos han aportado, todos hemos hecho, todos hemos construido y todos lograremos.

—¿Y el Afinque de Marín, y el Teatro Alameda?

—El Afinque es una organización social, entre otras. Se convierte en el espacio porque ahí se celebraban carnavales. Ahora, en ese sector se construyó en el año 43 o 45 el Teatro Alameda. San Agustín, de alguna manera, nació con esa suerte, fíjate: el Nuevo Circo, el estadio de beisbol profesional, el Teatro Dorado, el Teatro Ayacucho, todos esos grandes teatros están en San Agustín, como ahora está el Teresa Carreño, el Museo de Arquitectura, está Cruz Diez, todo eso, sigue siendo San Agustín, un privilegio.

¿Qué permitió la Alameda? Bueno, que los artistas que llegaban en esa época se quedaban alrededor de la comunidad y fueron contagiando a la gente en ese mundo. Entonces la plazoleta se quedó así, con los mejores carnavales. Ahora está el proyecto Guaguancó de Colores.

—Era, más o menos, la misma lógica de lo que me cuentas en la actualidad: convocar a la gente de la ciudad para que vinieran a San Agustín.

—Claro, porque el Afinque se convirtió en una referencia. Todos los grupos y cantantes de salsa del momento sentían como una obligación pasar por aquí, porque San Agustín tiene una característica: sabe aplaudir y al que no aplauden en San Agustín no es exitoso. Tú puedes ser excelente, pero si no ganas los aplausos de San Agustín, dígale a su productor que lo revise, algo está pasando, porque no nos van a engañar tan fácilmente, eso es así en San Agustín. Cheo Feliciano, Ricardo Ray, todos los de ese momento, de los 70 para arriba, pasaban por San Agustín. La expresión “afinque” es “vamos a afincarnos”, vamos a ver si es verdad que sabes. Somos cuna de buenos músicos, buenos percusionistas, esa relación se mantiene todavía.

—Para efectos del turismo me gustaría que habláramos del Metrocable. ¿Qué tiene a favor y qué en contra?

—Creo que dos o tres personas mostramos nuestro desacuerdo de que eso se hiciera en San Agustín. Personalmente siempre consideré que fue como un juguete que le vendieron al presidente de entonces, Hugo Chávez, y lo compró porque ese no era su dinero y lo ubicó donde él quiso, porque esa no era su parroquia. Como todo gobernante tomó decisiones sin consultar. Nosotros teníamos y aún tenemos una propuesta totalmente distinta, porque pensábamos que el Metrocable no nos iba a resolver ningún problema. Eso no era ningún sueño de la comunidad. Pero bueno, ya está hecho, a un costo bien elevado en dólares, y está el conflicto de nosotros como comunidad organizada con la empresa Metro de Caracas. Parece que a ellos no les duele el Metrocable, que ha venido deteriorándose, pueden culpar a los niños, pueden culpar a la comunidad, pero eso no ha sido integrado a la comunidad. Presta un servicio de elevar a la gente hasta allá arriba, pero la gran mayoría no disfruta de eso, ahora, yo de urbanismo no se mucho.

—Dices tú que no sabes.

—Después que está ubicado lo que nos conviene a nosotros es sacarle el mejor provecho. Sabemos que eso no está en todas partes, que está el teleférico de Mérida o el del Ávila, y nosotros tenemos uno que la gente también lo podría disfrutar. Ahí es como nosotros le sacamos provecho. Confieso que el Metrocable no ha entendido el proceso, ninguno de los gerentes de operaciones que han colocado allí ha entendido la forma y la propuesta. Ellos nos dicen: “Nosotros somos una empresa de servicio”, y cada día la cosa va para atrás. De alguna manera engañaron a la comunidad. Así como le vendió el juguete al presidente, Odebrecht engañó a la comunidad. Recurrieron a alguna gente de los consejos comunales para que los apoyaran, los llevaron a Medellín, les vendieron las bondades que hay en Medellín, pero solamente trajeron cemento, cabilla y burbujita, porque lo demás no lo cumplieron. No hay absolutamente nada que haya permitido el desarrollo real de la comunidad, puedes ver que los espacios que se desocuparon para la construcción del Metrocable hoy están llenos de ranchos, de pobreza, y las instalaciones de Metrocable cada día más deterioradas.

Engañaron a una gente que venía con el discurso de lo que vieron allá en Medellín y uno desmintiéndolo. Yo estuve dos veces en Medellín observando ese proceso, el primero que fracasó y el segundo que la gente motorizó para incorporarse, porque fue el mismo estilo, allá no incorporaron a la gente, hicieron lo mismo, y la gente que se quedó por fuera fue la que impulsó el modelo de desarrollo y turístico.

¿El Metrocable está integrado a la ciudad? Yo siento que no, la gente ha empujado para que eso dé, pero tú no consigues nada atractivo del Metrocable. Cuando se ideó fue como un servicio privado para la gente de los barrios de San Agustín, no se ideó pensando en la integración de la ciudad o del barrio, de la comunidad a la ciudad. Tú ves la publicidad del momento: “El Metro le dará servicio a 15 mil personas diarias de San Agustín”, no se hizo pensando para integrarlo a la ciudad, por eso nosotros hoy hacemos resistencia, porque la ciudad o San Agustín tienen que integrarse, San Agustín existe hasta donde llega la avenida Bolívar, hasta el Jardín Botánico, Fuerzas Armadas y ahí se queda.

—Como me lo vendiste al principio: San Agustín no tiene que integrarse a la ciudad, sino que la ciudad tiene que…

—San Agustín tiene que integrarse a la ciudad, porque sin San Agustín Caracas no existe. Entonces, para que exista Caracas, San Agustín se integra.

—Un acto de generosidad de San Agustín.

—Claro, somos echones. Nosotros éramos muy vanidosos antes, y vinieron unos panas y nos hicieron unas recomendaciones. Las tomamos y nos convertimos. Ya no somos vanidosos, somos perfectos, pero ya no somos echones.

—Están San Agustín del Norte y San Agustín del Sur, ¿solo los divide una autopista?

—Nos divide el Río Guaire y nos unen los puentes, pero nacimos de manera distinta. San Agustín nace por la parte norte, pero con una etiqueta: eran los ricos los que iban a vivir ahí, si buscas la publicidad de la época decía: “Compre en la urbanización San Agustín, la urbanización más rica de la ciudad”. Los medios de comunicación lo vendían así.

—Todavía quedan unos caserones.

—El cuento es que los vendían así: el valor económico de una casa de tres ventanas, cuatro ventanas, cinco ventanas. Por la cantidad de ventanas tenías más dinero, mejor posición social. Ahí se ubicó la clase pudiente de la ciudad, y en la parte sur se ubicaron los campesinos que venían de los Valles del Tuy. ¿Quiénes eran? Los familiares y los trabajadores que construyeron esa urbanización. Es como Pablo Pueblo, eso que construiste como albañil no te toca, eso de alguna manera marcó históricamente una división social: San Agustín del Sur es una cosa y San Agustín del Norte es otra.

—Hace rato que ya eso no es así.

—No, nosotros hicimos esfuerzos enormes y tratamos que en nuestro lenguaje exista uno solo. San Agustín del Norte y del Sur pueden existir como dirección, pero socialmente no, San Agustín es uno solo, 1.7 kilómetros cuadrados, con 47 mil habitantes con los mismos problemas, con las mismas dificultades, con los mismos beneficios. Siempre hemos intentado eso. Ahora, si tú revisas San Agustín del Norte, hoy está en desventaja con San Agustín del Sur. En el sur tenemos modelo organizativo, más avance social, en cambio el Norte se ha ido quedando. Los señores originarios fueron muriendo, se fueron mudando y los que llegaron no tenían identidad con ese sector, así que se ha ido deteriorando. No sé si nosotros, por las precariedades, nos vimos en la necesidad de organizarnos y parece que eso nos dio resultado.

—¿Qué otras formas de integración, además de la turística, te imaginas? No solo para que la gente venga a san Agustín, o a otros barrios de la ciudad, sino para que la gente pueda moverse por toda la ciudad como le dé la gana, sin mayores barreras.

—Una forma: pensemos para el otro. Construir lo que uno quiere, pero pensado en el otro. Porque la ciudad se construye como piensa el arquitecto, como piensa el urbanista, pero poco pensando para el otro. Una ciudad se construye pensando para el otro.

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Doris Barreto: La convivencia, antídoto contra la violencia; por Cheo Carvajal #CCS450

Doris es una mujer plantada, decidida. Una luchadora, amorosa y recia. La vida la ha puesto a prueba, algunas veces de manera extrema. Nació en Cumaná y llegó a Caracas cuando tenía 12 años. Vivió en El Paraíso hasta que compró una casita en El Guanábano, con la idea de que en algún momento saldría

Por Cheo Carvajal | 18 de octubre, 2017
Doris Barreto retratada por Mauricio López

Doris Barreto retratada por Mauricio López

Doris es una mujer plantada, decidida. Una luchadora, amorosa y recia. La vida la ha puesto a prueba, algunas veces de manera extrema. Nació en Cumaná y llegó a Caracas cuando tenía 12 años. Vivió en El Paraíso hasta que compró una casita en El Guanábano, con la idea de que en algún momento saldría de allí. Y salió, pero no cuando ella quiso, sino cuando lo decidió la naturaleza: su vivienda fue una de las que se llevó la quebrada Catuche en la vaguada del 15 de diciembre de 1999. Apenas unos días antes la violencia le había arrebatado un hijo. Dice que estuvo molesta con Dios, pero que igual estuvo ahí para levantarla.

El padre José Virtuoso fue su apoyo. Dice que en las comunidades cristianas llegó visitando y realizando reuniones. “Desde el principio me llamó la atención su humildad y su cercanía a la gente. Yo no tomaba café y él me enseñó a tomarlo, él me decía: ‘Dorita, tienes que aceptarle el café a la gente, no puedes despreciarlos’. Yo le respondía que yo no era hipócrita y él me decía ‘tienes que aprender a ponerte en los zapatos del otro’”. Y lo ha hecho: ella es un apoyo importante para la comunidad, pero sabe que la comunidad la fortalece a ella.

Es coordinadora del Centro Comunitario La Quinta de Fe y Alegría, en Catuche, que existe desde 1993. Allí coordina el programa de refuerzo escolar para niños entre 5 y 12 años. Niños que tienen la fortuna de tenerla, cercana y afectuosa. No es la primera vez que hace esta tarea para esta organización, la primera vez le tocó en 1994, en el centro comunitario de El Guanábano. Los primeros que tocaron su puerta a la participación no fueron los jesuitas, sino los capuchinos, que llegaron celebrando fiestas patronales, ayudando a las personas necesitadas y organizando reuniones de la comunidad cristiana. Al principio no estaba interesada: “¿Para qué me iba a confesar con un cura?, si yo necesitaba hablar con Dios lo hacía a solas; yo suelo decir que los capuchinos le iban abriendo paso a los jesuitas, que después llegaron buscando personas clave”.

No sabe por qué los jesuitas vieron en ella a una “persona clave”. En la comunidad apenas intercambiaba los “buenos días” y las “buenas noches”. Recuerda que mientras Virtuoso leía la Biblia, ella no le prestaba mayor atención. “Un día leyó el versículo del hijo pródigo, y no sé por qué esa lectura me llegó al corazón. Desde ese momento me conecté hasta el día de hoy”. Aunque no se sentía preparada, asumió las responsabilidades que le asignaron. La primera fue coordinar el centro comunitario de El Guanábano, que lo hizo por nueve años, hasta el 2005, cuando entra al Centro Comunitario La Quinta de Catuche a coordinar las áreas de deportes y salud, hasta llegar a ser coordinadora general desde hace ya varios años.

Doris es una mediadora y una gestora formada en la práctica, en el quehacer cotidiano, pero también a lo largo de estas casi tres décadas, a través de innumerables cursos, talleres y diplomados, orientados sobre todo al servicio comunitario. Es parte de la filosofía de Fe y Alegría formar permanentemente a quienes pertenecen a su organización. Recuerda particularmente un taller, conducido por una psicóloga, que utilizaba la metáfora de que un muchacho era como un papagayo al que se le da cabuya, que se debe aprender a recortar para mantenerlo en vuelo. ¡Vaya que Doris ha lidiado con jóvenes! No es casual que lo último que ha hecho en materia de formación, es un diplomado en la Universidad Metropolitana orientado hacia la No Violencia desde la doctrina de Gandhi.

—¿Qué te gusta de Caracas?

—Me fascina el Ávila, es mi adoración. Cuando llego a la entrada del Centro y veo el Ávila, me cambia el panorama. Me gusta subirlo, caminarlo, casi siempre por Los Venados. He subido por Puerta Caracas, hasta el Fortín. Pero también me gusta mucho la gente, que es muy cálida, como en general somos los venezolanos. Me gusta caminar la ciudad, sobre todo por los parques. Me gusta mucho La Pastora.

—¿Te gusta Catuche?

—Me encanta, este sector es muy lindo. Pero sobre todo me gusta mucho la gente de Catuche. Una de sus grandes virtudes es la solidaridad. Aunque me parece que el trato de algunos es demasiado fuerte, a veces hasta violento. El saludo no es “buenos días, ¿cómo estás, cómo amaneciste?”, sino que viene con una grosería. A veces hasta para demostrar cariño el trato es fuerte. Pero también hay gente muy amorosa, respetuosa y cercana. En general la gente es muy solidaria, cuando hay que hacer algo, allí está. De Caracas no me gusta la violencia, que ahora está desatada por todas partes. Tampoco me gusta la suciedad, el deterioro de las calles.

—¿Esos problemas de Caracas los ves en la comunidad?

—Aquí en Catuche, cuando la gente se organiza, logra cambiar situaciones. Afortunadamente, en este momento el problema de la violencia no existe, luego de que se logró pacificar con los acuerdos de convivencia, que ya tienen diez años.

Hace diez años, luego de una larga historia de enfrentamientos entre bandas de dos sectores contiguos, La Quinta y Portillo, con muchos caídos de por medio, desde el dolor y la sensatez las mujeres de un sector y otro, con mediación de Fe y Alegría, lograron que los muchachos de ambos sectores que “estaban en lo malo” firmaran un acuerdo de convivencia, con comisiones de madres, también de ambos sectores, que monitoreaban su cumplimiento. Allí el padre Virtuoso y Doris Barreto tuvieron un rol fundamental. Eso permitió que la gente pudiese atravesar de nuevo, con libertad, de un lado a otro, tener una vida normal.

—Entiendo que las comisiones de convivencia prácticamente desaparecieron, que apenas quedan algunas pocas mujeres activas. ¿A qué atribuyes que aún se respeten los acuerdos?

—A que la gente está cansada de violencia, quiere vivir en paz, no quiere vivir con la angustia que sentía antes.

—¿La gente se ha autorregulado?

—Creo que la gente piensa que si ya consiguió vivir tranquila, después de un gran esfuerzo, no tiene sentido vivir de nuevo como antes. Si ya lograron construir unos acuerdos, unas normas, entonces deciden seguir cumpliéndolas. La gente no quiere volver a vivir sometida a los tiroteos. Antes la gente tenía que llamar por teléfono para saber si podía llegar o no a su casa. Vivían permanentemente la angustia de saber que mataron a uno, que hirieron a otro. A muchos les tocó vivir el propio dolor de la muerte. Nadie quiere regresar a esa situación.

—Catuche es una escuela para muchas comunidades del país que viven en medio de la violencia. ¿Qué es lo que esta comunidad podría enseñarle a Caracas?

—Que juntos y organizados podemos tener otra visión y lograr muchas cosas. Nos enseña que no debemos esperar para actuar, porque sabemos que hay mucha desidia por parte de los gobiernos, ninguno ha garantizado el cumplimiento de las normas, si no el país no estuviese como está. Enseña que podemos vivir mejor sin esperar a que el Estado venga a cumplir sus obligaciones, que podemos solucionar algunos problemas dentro de la comunidad. Al Estado le competen reducir los niveles de violencia y la urbanización de los barrios, también le compete la organización de las comunidades, donde está implícito el Estado, pero nada de eso lo hace cabalmente.

—Hay muchas comunidades que están organizadas, que desean actuar, pero me suena que hay algo más en Catuche.

—La unión. Catuche es una comunidad diversa, de varios sectores, pero que todos se conectan, todos se conocen. Cuando conoces al muchacho y a la familia, de toda la vida, entonces la gente se cuestiona: ¿Por qué no tratamos de convivir juntos, como buenos vecinos? Cuando matan a alguien toda la comunidad se une, es un muerto de toda la comunidad. Esa unión nos permite ahora contener internamente la violencia.

—Cuando la violencia está enraizada, que va y viene, que sube en espiral, es difícil encontrar el momento para parar. Aquí lo encontraron, lograron que se diera esa unidad que antes no existía.

—Lo primero que hubo fue un reconocimiento hacia los jóvenes. Es fundamental reconocer al joven que, como dicen aquí, “no está haciendo lo bueno”, “que está en lo malo”, porque antes de cualquier cosa es un ser humano. Hay que reconocer al otro como ser humano.

—¿Cómo reconocer a un joven que pertenece a una banda?

—En el diplomado de Gandhi, en las reuniones de la comunidad cristiana, el mismo José Virtuoso siempre lo dice: hay que tratar de sacar el lado bueno a las personas. Solemos fijarnos y detenernos en lo malo. Tenemos que aprender a descubrir el lado bueno, independientemente de lo que haya hecho en su vida, o de lo que siga haciendo.

Doris Barreto retratada por Mauricio López

Doris Barreto retratada por Mauricio López

—Has contado en otros momentos que en ese proceso de reconocimiento de los muchachos, de buscarles su lado bueno, te tocó ver cómo colocaban sus pistolas antes de entrar a las reuniones que realizaban. Eso da miedo.

—Miedo tenemos todos, pero cuando descubres el lado bueno de la persona, ya sabes que no te van a hacer daño. Es un tema de confianza, de nosotros hacia ellos y de ellos hacia nosotros. Quienes hacen intervención comunitaria tienen que aprender a confiar. Mi maestro siempre decía que había que apostar al otro. Apostar a que juntos podemos tener logros.

—Tomando en cuenta que Fe y Alegría tiene presencia en muchos sectores, ¿hay otras comunidades donde se esté dando ese proceso que ustedes vivieron en Catuche?

—Otras comunidades han manifestado su interés en seguir este ejemplo, pero no todo lo que hicimos les va a servir, pues cada una tiene sus fortalezas y debilidades. Lo importante es tener ganas de hacerlo.

—La ausencia continuada del Estado logró que se acumularan todas esas tensiones dentro de Catuche. ¿Sigue ausente el Estado?

—Por no estar presente el Estado fue que en Catuche se generó esta transformación, ante la certeza de que si no hacíamos algo nos íbamos a morir todos. Había que hacer algo. A eso se le suma el clamor de una madre que decía que no quería que otra madre sufriera lo que ella había sufrido. Muchas de las madres que conformaban las comisiones de paz habían perdido hijos, tenían esa amarga experiencia. Eso ayudó. Pero ahora yo no veo al Estado. Hay un consejo comunal, pero yo veo al Estado solo en el CLAP.

—Una manera muy particular de “estar”.

—De no estar, diría yo. Falta mucho trabajo por hacer. Por ejemplo, yo digo que la gente debe perderle el miedo a la policía. Si el funcionario hace su trabajo ateniéndose a las normas, si va a realizar un allanamiento entonces que lo haga de manera legal, bajo la ley, con una orden de un tribunal, con un fiscal, con testigos, pero no violentando la puerta de mi casa.

—En estos casos no es que está ausente, sino que está presente a través del abuso policial.

—De esa manera siempre ha estado muy presente. Ese es el testimonio de todas las mujeres: antes era así y lamentablemente sigue siendo así. Hasta que la comunidad entera no se active y le dé un parao a la policía, no van a parar de violentar los derechos humanos de las personas.

—Si tuvieron la valentía de actuar sin Estado, para frenar la violencia interna, ¿por qué no se ha podido con esta violencia?

—Es miedo, por la impunidad. Esa es una “familia” muy grande. Muchas veces los denuncian y no pasa nada. Es miedo a las represalias. Cuando ese miedo se rompa se podrá frenar el abuso de la policía. Que sepan que si el procedimiento es ilegal se los vamos a interrumpir.

—¿El que no se reconozca plenamente al barrio como parte de la ciudad, permite que se den estas violaciones?

—Claro, recuerda que sobre el barrio hay muchos mitos: en el barrio es donde están los malandros, los del barrio no estudian, los del barrio no sirven. Muchos asumen que los del barrio no tienen el poder, la fuerza, inclusive: no tienen derechos. Y cuando piensan que los tienen, los policías se los quitan. Más allá de un problema de autoestima, es el miedo por la intimidación ante el funcionario que está armado. Siempre he dicho que los funcionarios deberían estar para protegernos, no para agredirnos.

—¿Cuál ha sido el papel de las mujeres en la transformación del hábitat y de la vida de Catuche?

—Es fundamental. La mujer es madre y como tal tiene un poder, tiene argumentos sobre sus hijos. Y los hijos, cuando se trata de la mamá, tienen una conexión muy fuerte. En lo comunitario es la mujer la que más lucha por un mejor hábitat.

—¿Por qué?

—Es raro el hombre al que le gusta participar en reuniones comunitarias, suelen pensar que es una pérdida tiempo. Están más pendientes del trabajo. En cambio las mujeres trabajan, crían a los hijos y participan en reuniones comunitarias porque quieren que estos tengan una mejor calidad de vida, un futuro mejor. Están más dispuestas a organizarse para lograr mejoras donde viven y donde vivirán sus hijos y sus nietos.

—Y las mujeres participan menos de la violencia, que suele ser un asunto masculino.

—Tienes un hijo varón en el barrio y tratas de sobreprotegerlo, dándole los mejores valores, tratando de que vean otras cosas, que vayan al parque, que estudien en la universidad, porque el ambiente incide mucho en la vida de la comunidad. Las mujeres son madres, trabajan, estudian y además luchan por el bienestar.

Doris Barreto retratada por Mauricio López

Doris Barreto retratada por Mauricio López

—¿Este trabajo en pro de la comunidad es reconocido por los hombres?

—Por algunos, ahora lo están reconociendo más. Antes, en los 90, era menos reconocido, incluso en los años 2000, pero ahora hay más reconocimiento del rol de la mujer trabajadora y luchadora.

—La violencia la hemos puesto como contraparte de la convivencia, ¿crees que puede llegar a ser incluso su antídoto?

—Es primordial tener una buena convivencia. Es un escudo contra la violencia. La puedes parar. No solo en la parte comunitaria, sino dentro de la familia. Una buena convivencia dentro del hogar genera buenos resultados. Y así como pasa en el hogar, pasa en la comunidad.

—¿Cómo es una “buena convivencia” en términos comunitarios?

—Cuando hay respeto, solidaridad, una buena comunicación: “Hablando se entiende la gente”, eso es así.

—Es un camino arduo, ¿por qué insistes en ese camino?

—Porque hay que creer en el otro, creer que se puede vivir mejor, que la vida en comunidad puede ser mejor. Yo insisto porque esas fueron mis enseñanzas. Yo vengo de una comunidad cristiana. Mi maestro, José Virtuoso, fue el gran impulsor para llegar a los acuerdos de convivencia en Catuche, él hizo un trabajo de hormiguita. Antes de que se firmaran esos acuerdos hubo acuerdos verbales. Se trata de poner los pies en los zapatos del otro, aprender a escucharlo. Yo siempre he dicho que él puso un gran banquete con todos los sabores, y de allí el que quiso agarrar, agarró. Ahí estaban los sabores de sana convivencia, vivir como hermanos, a reconocernos como iguales ante el otro, independientemente de lo bueno o malo que hagas. Esa enseñanza me fue diciendo a mí: hay que insistir.

—Tú has lidiado no solo con lo externo, también has tenido que hacerlo con lo interno, con tu propio dolor. ¿Cuál ha sido el aprendizaje?

—Yo aprendí a vivir con el dolor. Yo trabajé mi duelo, al menos una parte, porque el dolor es perenne. Aprendí a llorar por dentro y a reír por fuera, desde mi propio dolor.

—Parece que ese aprendizaje es más fuerte que todo lo demás. Esa decisión de andar ese camino de entrega, de compromiso con la gente, desde la bondad, en vez de quedar atrapada enfrentándote a tu propio dolor.

—Yo suelo decir que soy una mujer de poca fe, pero si yo no hubiese tenido un poquito de fe en Dios, si no hubiese estado en una comunidad cristiana, creo que Doris Barreto no estuviera hablando de esto hoy. Para hacer el trabajo comunitario hay que estar enamorado, como del primer novio. Porque si no se enamora no se hace efectivo el sentimiento.

—¿En qué momento viste por primera vez un arma de fuego?

—Como a los 18 años, en El Guanábano, que en ese momento la situación era muy fuerte. Después vi muchas más. Pero no era verlas como ahora: antes la sacaban y la escondían. Ahora no. El control de las armas debe tenerlo el Estado.

—¿Y hasta dónde puede llegar la comunidad en esta búsqueda de control?

—Lo más que se puede hacer son acuerdos de paz dentro de las comunidades, para minimizar su presencia. En nuestros acuerdos comunitarios establecimos que no se podían sacar pistolas dentro de la comunidad, y en efecto no las sacaban.

—Pero afuera de Catuche sí salían.

—Pero eso ya no es el rol de la comunidad, sino del Estado. De hecho, con los acuerdos la gente hizo algo que era competencia del Estado, porque no le quedó más remedio. Yo participé un par de veces cuando se hicieron las mesas de desarme, allí se hablaba de marcar las armas y las municiones para poder controlarlas, pero eso no lo han hecho, si lo hicieran no habría tantas armas en la calle.

Está claro en sus palabras que la acción comunitaria tiene límites. Que han actuado, por necesidad y con osadía, en un territorio límite, extremo, donde injustamente se jugaron la vida y donde realizaron un esfuerzo descomunal. Uno ve a Doris recibir con tanto cariño a cada uno de los niños que participan del refuerzo escolar, y entiende inmediatamente cuál es su foco, su objetivo. Es hacia ellos donde debemos dirigir nuestros mejores esfuerzos, de manera amplia y sostenida. Un trabajo que depende muchísimo de las familias, del apoyo que tengan: “Aquí lo que tratamos es de formar a los niños, pero debemos hacerlo como un trabajo mancomunado entre escuela y representantes, de lo contrario no logramos nada”.

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Alejandro Álvarez Iragorry: Los derechos ambientales de los ciudadanos; por Cheo Carvajal #CCS450

Caracas vive un proceso acelerado de deterioro de sus espacios, pero sobre todo de degradación social. Esto podría inferirlo cualquier persona capaz de juntar datos e imágenes de nuestra situación actual. En esta ocasión quien lo dice es Alejandro Álvarez Iragorry, no como especialista, sino como ciudadano que lo percibe desde su andar por la

Por Cheo Carvajal | 4 de octubre, 2017
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Alejandro Álvarez Iragorry retratado por Mauricio López

Caracas vive un proceso acelerado de deterioro de sus espacios, pero sobre todo de degradación social. Esto podría inferirlo cualquier persona capaz de juntar datos e imágenes de nuestra situación actual. En esta ocasión quien lo dice es Alejandro Álvarez Iragorry, no como especialista, sino como ciudadano que lo percibe desde su andar por la calle, caminando, que es su manera de moverse en Caracas. Su percepción es mezcla de una sensibilidad particular para captar la vida (es ecólogo), con una visión también particular, ahora en estricto sentido: desde hace unos años su capacidad de ver ha venido disminuyendo. Una condición que, sin dudas, le obliga a aguzar aún más el resto de sus sentidos hacia un entorno que no vacila en calificar de hostil. Antes se topaba con poca gente descalza por la ciudad, hoy es un fenómeno recurrente. Ni hablar de la cantidad de personas alimentándose de la basura en la calle, como cosa normal.

Además de ser biólogo de la Facultad de Ciencias de la UCV, le sumó en esa misma universidad un doctorado en Ciencias, mención Ecología. Ha sido profesor en varias universidades (UCV, USB, UNELLEZ, UNEFA, IESA), pero desde hace tiempo su trabajo de formación lo realiza desde afuera de los centros educativos, en eso que llaman “educación no formal”. Quizá porque desde hace décadas asumió el activismo y la pedagogía como factores entrelazados en su trabajo, sobre todo en lo relativo a los derechos humanos ambientales, la educación ambiental y el fortalecimiento de organizaciones de la sociedad civil vinculados al ambientalismo.

Durante largos años trabajó con los llamados “juegos ecológicos”, pedagogía ambiental ligada a lo lúdico, la experiencia de ser y estar en contexto. Algo que le da un marco referencial para hablar de Caracas.

—Una vez, en un evento, comentaste que los árboles eran, o debían ser, el primer aparato de juegos de los niños. Eso no lo piensan muchos adultos.

—Un autor estadounidense, Richard Louv, escribió que la actual generación de niños es la primera que en su enorme mayoría no tiene acceso a la naturaleza y la vida silvestre. No poder subirse a un árbol es solo una representación de ese proceso de artificialización de la vida humana. Un niño en la generación de nuestros padres y abuelos tenía la posibilidad no sólo de subirse a un árbol, sino de tener acceso a una cantidad de experiencias vitales de contacto con distintos seres vivos.

Esa situación ha llevado a una serie de condiciones que se han resumido como “síndrome de déficit de naturaleza”, que intenta enmarcar una serie de condiciones de salud que van desde la depresión juvenil, la obesidad, la baja autoestima, hasta la hiperactividad con síndrome de atención. Aunque la relación entre estas condiciones y la falta de contacto con la naturaleza no ha sido totalmente probada, muchos autores y profesionales de la salud consideran que estas pueden mejorar con un contacto adecuado con áreas naturales y seres vivos.

Recuerdo que una organización argentina de defensa de los derechos de los niños, ante la acción de muchos gobiernos municipales de llenar los parques con aparatos mecánicos, ironizó diciendo que el invento más avanzado de la psicopedagogía y la biomecánica para promover el juego y los ejercicios de los niños era la “Armazón de Recursos Biomecánicos de Organización Lúdica”, mejor conocida por sus siglas: A.R.B.O.L.

—Pocos adultos se atreven a trepar árboles, y son ellos los que diseñan los parques urbanos.

—Hace ya treinta años en Venezuela, muchos de los encargados de planificar nuestras ciudades tenían una manera anacrónica de entender los espacios verdes. La mayoría los veía como espacios ociosos que no habían sido “desarrollados”, es decir convertidos en concreto y pavimento. En esta concepción, concebían los  parques como elementos únicamente de ornato y recreación. Pero desde esa época se entienden los parques, por una parte, desde el derecho de la ciudadanía a una recreación y descanso de calidad, que incluya de manera especial el contacto con la naturaleza, y por otra, desde la perspectiva de la ciudad sostenible, es decir desde la convicción de que las ciudades deben equilibrar su huella ecológica a través de la incorporación efectiva de la naturaleza a la ciudad, en vez del desplazamiento de esta a causa del crecimiento urbano.

—¿Caracas es de veras una ciudad verde?

—Ese es un mito proveniente de varias fuentes: por una parte de la percepción derivada de la extraordinaria presencia de la serranía de El Ávila, llamada ahora Waraira Repano, que enmarca a Caracas, junto con la persistencia de parques y avenidas arboladas en algunas zonas de la ciudad, principalmente al este. Pero la mayor parte de Caracas pudiera describirse como un “desierto biológico”, no sólo por la inexistencia de áreas verdes, sino por la desaparición progresiva del arbolado en las calles y avenidas.

Para muestra, basta caminar por la extensa zona formada por las parroquias del municipio Libertador del distrito Capital localizadas al norte de la avenida Bolívar. Eso por no incluir a la mayor parte de los sectores urbanos informales de la ciudad. Pero a su vez, este mito fue difundido por el Ejecutivo Nacional para justificar la destrucción de las pocas zonas verdes en las zonas céntricas de Caracas, para la construcción de edificios de la Gran Misión Vivienda.

No conozco si existe una estimación actual de la extensión de las áreas verdes de Caracas, todos los estimados que conozco tienen mucho más de 20 años, pero es totalmente claro que las pocas zonas verdes de la ciudad son insuficientes tanto para las necesidades de la población, como para ser componentes importantes de la sostenibilidad urbana.

—¿Te refieres a espacios públicos verdes?

—Me refiero a las dos, pues ambos verdes son necesarios, no son excluyentes. La ciudad necesita áreas naturales, pero también incorporar verde en los espacios diseñados y construidos. Es importante que haya vegetación porque representa muchas ventajas: absorbe contaminantes, disminuye en las laderas posibilidades de deslizamientos, ayuda a bajar la temperatura, sirve de barrera para aminorar los vientos y el ruido. Sin dudas, la naturaleza debe formar parte de la ciudad. Pero la ciudadanía, además, tiene derecho a disfrutar espacios públicos de mayor calidad, y esto implica necesariamente espacios verdes y vivos.

Recuerdo que Federico Vegas mencionaba una anécdota del arquitecto William Niño Araque, cuando le preguntaron cuántos habitantes albergaba Caracas, y él respondió con una pregunta: “¿contando o sin contar a los pajaritos?”. Sin dudas la biodiversidad forma parte de una ciudad sana.

—Hablar de ciudad es hablar de diversidad. No obstante, en esa diversidad muchos quedan excluidos de sus beneficios, de los derechos de ciudadanía. ¿Cómo te sientes tú en Caracas?

—Viviendo una enorme paradoja. La ciudad de mi infancia y de gran parte de mi vida, la sentí llena de enormes posibilidades. Era la ciudad que brindaba un poco de todo: desde la experiencia de naturaleza a pocos metros de la ciudad, subiendo por los senderos de El Ávila, los espacios “artificializados” de los centros comerciales, las urbanizaciones, avenidas y zonas comerciales amables hechas para ser recorridas a pie, como la Sabana Grande de los 80 y principios de los 90, también en alerta, permitía recorrer las zonas de los barrios populares en la periferia de la ciudad. Ahora vivo en una ciudad hostil de muchas maneras, que se degrada como un todo a un ritmo desenfrenado y deprimente. De nuevo sirve el ejemplo de Sabana Grande, con la terrible degradación vivida en los últimos quince años.

En este contexto de degradación las situaciones de injusticia ambiental se hacen enormes. Nadie me ha sabido explicar por qué no se construyen parques y se conservan áreas verdes dentro de zonas populares, a pesar de los enormes beneficios ambientales, sociales e incluso económicos que esto traería. Eso por no hablar de las enormes injusticias cometidas contra la población de menores recursos que frecuentemente no cuentan con sistemas de recogida de desechos, acceso constante al agua, ni servicios de recolección de aguas negras.

—Pero Sabana Grande pasó de un detrioro profundo en los 90 y principios del nuevo milenio, con su salvaje privatización del espacio público, a ser a un espacio bastante más amable en su rehabilitación. ¿Sientes en este momento deteriorado ese espacio central de Caracas?

—Sabana Grande se convirtió en una absoluta monstruosidad, por la ocupación que vivió. Lo que vemos ahora, en cierta forma, es un maquillaje medianamente bonito, que lamentablemente desechó buena parte de su identidad, con la eliminación de la publicidad de las marquesinas. Hace poco visité Quito y me recordó la Caracas de los 90. El último día nos llevaron a visitar un sitio en el centro de la ciudad. Cuano llegué se me salieron las lágrimas porque era como estar parado frente al viejo Gran Café, no porque se pareciera físicamente, sino porque había una movida interesantísima, mucha vitalidad, muchos jóvenes, pero calmada, la gente disfrutando, sin problemas.

—Más allá de los desplazamientos humanos de la periferia hacia la ciudad, ¿cuánto tiene que ver Caracas con la región que le da contexto?

—Caracas creció a expensas de su ecorregión. La actividad de la gran ciudad produce enormes cantidades de desechos sólidos y líquidos que van a parar a otros municipios de los Valles del Tuy y costas de Barlovento. Tomamos agua del estado Guárico y recientemente del estado Cojedes, y usamos los territorios de todos los municipios periféricos solo como áreas de expansión urbana y vehicular.

A pesar de ello la ciudad y sus ciudadanos no somos conscientes de que nuestro funcionamiento depende de la degradación de nuestro entorno vecino. Esta situación en un tiempo corto será insostenible y tendremos que pagar muy duro las consecuencias de esa irresponsabilidad.

Alejandro Álvarez Iragorry retratado por Mauricio López

Alejandro Álvarez Iragorry retratado por Mauricio López

—Pareciera que Caracas decidió, como en la ganadería extensiva, distrubuirse más a lo largo y ancho, usar más superficie, que hacer un uso intensivo del suelo, compactando y creciendo hacia arriba. ¿Compartes esa visión de que una ciudad densa, pero compacta, tiene menos costos ambientales?

—Es complejo, no me siento cómodo generalizando. En una ciudad como esta, metida en un valle con características tectónicas como la nuestra, habría que pensar bien lo de crecer mucho en altura. En realidad el problema no es si crecemos, sino a expensas de qué crecemos. ¿Qué pasará cuando colpase La Bonanza? ¿Qué municipio querrá ser el basurero de Caracas? No me refiero a que haya que ponerle límites a su crecimiento, pero al menos sí hacerlo de manera adecuada. ¿Por qué debe venir tanta gente a Caracas a trabajar en vez de trabajar en sus cercanías?

—¿No cabe más gente en Caracas?

—En las condiciones actuales no luce viable. Primero debes pever tener los servicios adecuados, agua suficiente, manejar los desechos, los traslados, definir hasta dónde podemos llegar. El suministro del agua es lo más costoso y es lo que suele tener mayor impacto, porque además Caracas deterioró sus propias fuentes de agua.

—¿Bebes agua del grifo?

—Sí lo hago. No porque me parezca que es sana, sino porque no puedo pagar por el agua embotellada. Intento mitigar los problemas de la baja calidad del agua del grifo filtrándola e hirviéndola, pero soy consciente de que esas acciones no son suficientes para tener un agua completamente segura. Por lo demás, sólo un pequeño número de marcas de agua embotellada es realmente de calidad, ya que la enorme mayoría es simplemente el agua de los acueductos que, en el mejor de los casos, es filtrada. Por otra parte me resulta indignante ver como el gobierno progresivamente va abandonando su obligación de proteger y realizar el derecho de la población a tener acceso al agua, no solo en cantidad suficiente, que no lo hace, sino de manera segura para la salud de la población.

—¿Qué mensaje tienes para quienes llenaron de columnas el cauce del río Valle?

—Me resulta difícil dirigirle mensajes a quienes de manera consciente ponen en peligro la vida y derechos de los ciudadanos, pero quizás el único mensaje que pudiera enviarles es que sus delitos, tanto ambientales como sobre la seguridad de la población, no serán olvidados.

—¿Has sabido del uso de la Ley Penal del Ambiente en Caracas, donde se han dado a la tarea de desarrollar proyectos sin los debidos estudios de impacto ambiental? ¿O acaso exagero?

—No exageras. En los últimos años esta ley ha sido utilizada de manera discrecional y arbitraria. Recientemente a una persona la iban a imputar, porque supuestamente reconoció haber derribado 50 árboles ¿Y qué pasa con los que eliminaron cientos de árboles para ampliar la autopista, con los recursos del Estado? Nosotros estamos padeciendo una idea, muy cubana, de que el gobierno no tiene por qué aplicarse a sí mismo las leyes, que las penalidades son para otros. Por eso es que desde hace algún tiempo los estudios de impacto ambiental parecen no tener cabida en Venezuela.

—¿Por qué no se siente en Caracas el trabajo de las grandes organizaciones ambientalistas, si acaso esa expresión tiene sentido en este momento?

—Eso tiene que ver con la historia de las organizaciones sociales ambientalistas del país, en el cual el tema urbano no fue prioritario, centrándose principalmente en temas relacionados con la conservación de la biodiversidad presente en los grandes espacios naturales. Pero, por otra parte, existen y han existido organizaciones que han trabajado sobre temas urbanos, como el manejo de desechos sólidos, educación para el uso responsable del agua, entre otros, pero su acción es insuficiente con respecto al tamaño de los problemas existentes.

Creo que en los próximos años veremos más organizaciones que desarrollen acciones dirigidas a mejorar la sostenibilidad de las ciudades venezolanas, pero sin voluntad y acción de los distintos niveles de gobierno ninguna acción realizada por la sociedad civil se traducirá en políticas públicas efectivas y duraderas.

—Parece que todo conspira para que las ciudades se conviertan en máquinas productivas. ¿Cuán lúdica crees que puede o debe ser la ciudad?

—La ciudad como una concentración de recursos para la producción industrial y de otros sectores de la economía es una concepción del siglo XIX que llega hasta nuestros días. Pero la concepción ideal de la ciudad actual, es decir la ciudad sustentable, es una ciudad diversa. Por lo cual en ella deben convivir de manera armónica, y con el menor impacto ambiental posible, espacios para la producción, el trabajo, la educación y la comunicación humana, junto con espacios para la recreación, incluyendo lo lúdico, en sus múltiples formas.

No creo que pueda hablarse de una medida de lo lúdico en una ciudad. Lo que sí está claro es que una ciudad debe proveer espacios suficientes para el juego y la diversión. Cuando hablo del juego no me refiero solo al juego pensado como deporte o mejoramiento físico, sino el juego libre, característico de los niños, que resulta mucho más estimulante y productivo cuando ocurre en contacto con la naturaleza.

—¿Cómo percibes la relación del caraqueño con su entorno?

—Los caraqueños tenemos una relación paradójica con nuestro entorno. Sabemos o creemos saber que la calidad ambiental es importante para nuestras vidas, pero dedicamos muy poco esfuerzo a realizar acciones que impliquen mejorar nuestro entorno, más allá de los hábitos de higiene y aseo personal y familiar. Esta falta de acción se traslada a nuestra acción social y política. En la práctica muchas personas piden que los árboles de las avenidas sean talados, depositan desechos en sitios inadecuados, usan mangueras para limpiar con agua los pisos (cuando disponen del servicio) o realizan actividades públicas en parques y avenidas sin la menor consideración por su limpieza y conservación.

Raramente valoramos o damos prioridad a propuestas de políticas públicas urbanas en temas ambientales, fuera de la mejora de los servicios ambientales básicos, y no exigimos a los funcionarios públicos que desarrollen acciones efectivas que mejoren la protección de los derechos ambientales ciudadanos y la sustentabilidad urbana. Es claro que necesitamos un esfuerzo mayor de concientización y sensibilización de la población.

—¿Cuáles son esos derechos ambientales de los ciudadanos? ¿Podrías ilustrarnos con ejemplos de acciones que podrían ayudar a protegerlos?

—El más importante: el derecho al agua, en cantdad, frecuencia y calidad suficientes. El derecho a una vida sana, que no parece ambiental, pero en un ambiente contaminado ese derecho no existe. A nuestras casas llega agua del embalse Pao Cachinche, a través de diversas conexiones. Llega a Caracas contaminada, poniendo en riesgo la salud de la gente. Hablo del derecho a un ambiente de calidad: el Consejo de Derechos Humanos reconoce el disfrute de la biodiversidad y a ser protegido de los efectos del cambio climático.

Habría que generar las competencias para planear la ciudad de manera integral, como en su momento se lo planteaba la antigua Oficina Metropolitana de Planificación urbana, OMPU. La gente de la Alcaldía Metropolitana ha desarrollado en un proyecto hermoso la idea de ecorregión, y esa visión habría que difundirla. Eso llevará a decisiones puntuales: manejo de desechos sólidos, servicio de agua, áreas verdes. Creo que se pueden hacer muchas cosas, incluyendo “ladillar” al político que eliges.

Alejandro Álvarez Iragorry retratado por Mauricio López

Alejandro Álvarez Iragorry retratado por Mauricio López

—En los barrios se suelen colocar capillitas con imágenes de santos y vírgenes, y estas suelen mantenerse limpias, despejadas. ¿Crees que podríamos explotar ese recurso para los fines de transformar nuestros espacios urbanos?

—La relación entre el comportamiento en temas ambientales y la cultura, especialmente en temas vinculados con las culturas populares, es una asignatura pendiente en nuestros estudios sociales. Por otro lado, el exceso en la mirada técnico-científica en los temas ambientales hace que estos sean mirados con desconfianza.

Hace años propuse que pudiera usarse el culto a María Lionza, de fuerte arraigo en algunas capas de la población, con propósitos ambientales. Ello porque sus cultores consideran a esta diosa como protectora de la naturaleza y de los seres vivos en ella. ¿Te imaginas? Me miraron muy feo y casi me tacharon de divulgador de supersticiones y atraso social. Aquí hay mucho trabajo que hacer y muchas resistencias que vencer sobre esos temas.

—¿Cuál es el papel de las emisiones a la atmósfera en nuestra vida cotidiana?

—Están aquellas que afectan directamente la salud humana y las que contribuyen con el incremento del efecto invernadero causante del cambio climático global. En el primer caso, en Venezuela no se hacen mediciones de la calidad del aire en las ciudades desde hace muchos años, y si son realizados sus resultados no son de dominio público. Por eso no sabemos a qué tipo de contaminantes estamos expuestos, ni en qué cantidades están presentes en el aire que respiramos. Como consecuencia de esta situación, es imposible conocer la relación entre la contaminación del aire y los problemas de salud de los ciudadanos. Esto es claramente una violación de los derechos a la salud y a la información de la población que se ve expuesta a daños y no tiene la capacidad de ejercer acciones para prever o mitigarlos.

Por otra parte, si hablamos de gases de efecto invernadero, que son generados en las ciudades principalmente por las emisiones provenientes de la actividad vehicular, el efecto que tendrá en nuestras vidas será la de contribuir con el cambio climático global, el cual es considerado la principal amenaza ambiental y sobre el desarrollo humano en la actualidad. Este cambio global tendrá efectos importantes sobre ciudades como Caracas, al aumentar el riesgo a un desabastecimiento mayor de agua, aumentar las probabilidades de desastres socio-ambientales productos de tormentas y lluvias, así como expandir la zona de incidencia de vectores transmisores de enfermedades como el paludismo y la fiebre amarilla, entre otros efectos.

—¿Crees que la violencia puede estar asociada a la calidad ambiental de los lugares que habitamos? ¿Una acera amplia, nivelada, despejada, segura, forma parte de nuestros derechos ambientales?

—Totalmente. Los ciudadanos tenemos derecho a caminar la ciudad, sobre aceras que además estén bajo la sombra protectora de los árboles. Hay muchos estudios que señalan que donde hay zonas más verdes disminuye la violencia. Hay una relación biunívoca entre los espacios verdes y el comportamiento de la gente. Una relación circular: menos verde suele equivaler a mayor violencia. El caso de Medellín es emblemático, porque se hizo mucho espacio público, pero arbolado. Edward O. Wilson habla de “biofilia”, él señala que en nuestra genética está inscrita la atracción hacia la vida, que la buscamos por naturaleza. En el ámbito de los psicólogos ambientales se han hecho avances importantes al respecto: el verde urbano puede ayudar a disminuir los niveles de agresión y violencia.

Yrama Capote: Defender el patrimonio forestal desde el hacer; por Cheo Carvajal // #CCS450

Caracas es una ciudad verde. Eso dicen todos. Así es como luce. Pero sin dudas en su proceso urbanizador ha ido perdiendo masa vegetal. Esta pérdida no tiene que ver solo con nuevos urbanismos, son muchos los factores que se llevan por delante nuestros árboles. Y esta merma no ocurre solo en zonas periféricas de

Por Cheo Carvajal | 27 de septiembre, 2017
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Yrama Capote retratada por Mauricio López

Caracas es una ciudad verde. Eso dicen todos. Así es como luce. Pero sin dudas en su proceso urbanizador ha ido perdiendo masa vegetal. Esta pérdida no tiene que ver solo con nuevos urbanismos, son muchos los factores que se llevan por delante nuestros árboles. Y esta merma no ocurre solo en zonas periféricas de Baruta o El Hatillo, también ocurre en La Alta Florida. Más aún: en el eje vertebral de Caracas, al borde de la autopista, se han eliminado árboles, de Caricuao a Petare.Y en avenidas como la Francisco de Miranda, frente al mismísimo parque del Este. No solo desaparecen porque los talan, sino porque no tienen tratamiento fitosanitario, o no son podados regularmente ni de manera adecuada. No cabe duda: aunque parezca verde, Caracas necesita gente dispuesta a defender los árboles ante tanta irracionalidad.

Yrama Capote es una de esas personas. Nos recibe en la puerta del vivero del Grupo Ecológico San Pedro. Antes de entrar, me señala con indignación lo que sucede a escasos 40 metros: una cuadrilla de hombres está alrededor de unas rolas de caoba recién cortadas. Me pide que hable con el ingeniero, que retomó hace una semana la tala de los árboles marcados en la orilla este del río Valle, por donde se supone seguirán las obras de ampliación de la autopista Valle-Coche. Menudo contexto para esta entrevista.

Una vez adentro me entrega copia de un expediente (12.728-09, del 3 de marzo de 2010) del Tribunal Décimo Sexto de Primera Instancia en funciones de control del Circuito Judicial Penal del Área Metropolitana de Caracas. En ese momento lograron, apelando a la Ley Penal del Ambiente, una medida “precautelativa que ordena la interrupción y prohibición en la parroquia San Pedro (municipio Libertador) de actividades de poda y tala que no estén debidamente autorizadas, que aquellas que tengan autorización de la Alcaldía de Libertador sean notificadas por escrito con al menos 48 horas de anticipación a la junta parroquial de San Pedro, y ordena que la Guardia Nacional Bolivariana vigile las zonas señaladas. El expediente insta, además, a notificar a la Misión Árbol de esta medida y a la Alcaldía del municipio Libertador a hacer cumplir el artículo 19 de la Ley de Bosques y Gestión Forestal para realizar programas y obras de protección y recuperación del Patrimonio Forestal Municipal.

Fue un precedente interesante, pero es fácil intuir cuánta atención le brindaron a esa decisión de los fiscales ambientales. En la parroquia han caído árboles por centenas bajo la excusa de que Caracas es lo suficiente verde como para aguantar estas pérdidas, o porque se promete reponerlos, promesa casi siempre incumplida.

Yrama defiende los árboles de quienes los amenazan, pero también se encarga de llenar los múltiples vacíos que van quedando en la parroquia donde vive. No es botánica, ni ingeniera agrónoma o forestal, es licenciada en Educación y se dedicó a dar clases de metodología de la investigación en la Academia Militar, donde se jubiló en 1999. Su formación en materia de árboles es autodidacta y por cosas de la vida: nació en San Casimiro, y cuando tenía 10 años, en 1960, su madre fundó un vivero de árboles frutales, que funcionó hasta 1999. Fue allí donde comenzó su recorrido al lado de los árboles. “Yo fundé la parte ornamental de aquel vivero, que fue una importante referencia en el estado Aragua, los ingenieros agrónomos lo ponían como ejemplo. Desde entonces me he sentido muy identificada con los árboles”. A esta Caracas, que va viendo convertirse en “una selva de cemento” llegó a los 15 años, y ya suma 66. Vive en Los Chaguaramos.

—¿Cómo surge el Grupo Ecológico San Pedro (GESP)?

—Al principio éramos solo dos personas, pero en el 2008 quedamos formalmente constituidos como asociación civil sin fines de lucro. Al principio pusimos una mesita (señala al lado de la reja que separa este espacio de la calle), con pequeños árboles que me daba Sadarbol (Sociedad de Amigos del Árbol). Esto era un parque que habían abandonado y fue tomado por personas en situación de calle. La mesita desapareció en el 2014 y eso fue un trauma para mí y para las personas que trabajábamos aquí. Entonces fui al Concejo Municipal y resulta que ahí estaba Eliécer Otaiza, que lo había conocido cuando di clases en la Academia Militar. Le hice una solicitud para un número de plantas. Nos dieron este rincón, pero luego nos fuimos ampliando, recuperando todo el espacio que estaba convertido en un basurero.

Su función es proteger la vegetación, y debo dejar muy claro que es una labor de equipo. Participo con amigos nobles, muy esforzados, que trabajan ad honorem, especialmente Lérida Navas, Eduardo Cudisevich, Teresa Arquiadez, Jorge Vásquez, Luis Enrique Carrillo, además de buenos vecinos y voluntarios de otros lugares de Caracas que han conocido de nuestra labor por las redes sociales. Creo firmemente en el trabajo colectivo, porque un solo palo no hace montaña. Es un vivero “ucevista” (risas), porque prácticamente todos los que estamos aquí somos de la UCV, hay dos arquitectos, un ingeniero agrónomo, una licenciada en Educación, y aquí vienen muchos estudiantes a realizar su servicio comunitario. Ya han pasado por acá más de 200, de diversas carreras.

—¿Cuán importante es el activismo ambiental en una ciudad como la nuestra?

—Nosotros tenemos una experiencia interesante, inclusive desde antes de que existiera el vivero. Aquí dábamos charlas. Inclusive una de las señoras de las que tomaron la decisión judicial que te mostré, vinieron a la parroquia. Nosotros constituimos una red de vecinos que se moviliza para defender los árboles, de hecho existe la Asociación de Vecinos de San Pedro y ellos nos llaman cuando están talando o podando. Siempre nos enteramos cuando hay una amenaza. Personalmente he bajado un poco el perfil, porque me estaba haciendo daño el estrés de ponerme frente a una gente que viene a talar con sus máquinas. Antes la Guardia Nacional nos apoyaba, pero eso ya se acabó, no hay apoyo, estamos como en el aire.

—¿Ante las talas no hay apoyo institucional?

—De ningún tipo. Yo me confieso impotente ante este señor que está talando (señala hacia la ribera del río, donde el MTTOP retomó la tala de frondosas caobas). Igual vamos a hacer un documento que llevaremos a la Fiscalía, a ver si de repente dentro de un año lo llaman.

Enfrentarse a estas cuadrillas de instituciones del gobierno nacional, sin apoyo institucional, sin margen de maniobra con la Fiscalía, es cuesta arriba. Por eso Yrama confiesa que el activismo en el que se han concentrado es el del apadrinamiento de los árboles. Nos señala un Urape rosado que está floreado en la esquina y nos explica que tiene su padrino. Nos habla de un árbol que se cayó cerca de un taller mecánico, y que en esa ventana van a sembrar uno que apadrinará “el señor Pedro”. Dedicarse a la resistencia, ante las arbitrariedades tiene en estos tiempos un costo enorme, no obstante hace un par de semanas Yrama publicó en Facebook fotos con sus vecinos con pancartas, protestando ante nueva oleada de tala que amenaza a la parroquia.

También siguen su trabajo formativo con los estudiantes del servicio comunitario, con escuelas cercanas, con vecinos: cómo hacer un compostero (tienen uno grande de donde sale casi la totalidad de la tierra para abonar sus plantas), cómo sembrar, cómo trasplantar. La estrategia parece más bien la de acercarse a los que trabajan en las obras para que al menos no se lleven por delante los que ellos plantaron en la ribera del río. Y seguir formando, sensibilizando, creando conciencia. “Aquí vienen niños de una escuela, que tienen parálisis, y es una experiencia extraordinaria porque salen contentos. Viene mucha gente y no nos damos abasto, porque esto es un voluntariado, nadie nos paga, esto es amor al arte”.

—¿Las escuelas están formando para la defensa de nuestro patrimonio forestal?

—Creo que no, lamentablemente. Te doy un dato: casi la totalidad de los árboles que hemos sembrado frente a las escuelas los han eliminado. Nos hemos encontrado con directores que nos piden que los quitemos. Una directora nos había pedido que diéramos una charla y realizáramos una actividad en su escuela, luego sembramos ocho árboles al frente, y desaparecieron. Los repusimos y volvieron a desaparecer. Cuando vienen de las escuelas nos dicen: “el Ministerio de Educación nos obliga a tener un huerto escolar”. Nosotros los ayudamos. Los niños salen de aquí con sus potecitos con su matica, pero eso se diluye un poco. Ni siquiera están enseñando a los niños a cantar el himno al árbol. No veo un esfuerzo sostenido, serio hacia eso.

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Yrama Capote retratada por Mauricio López

—Don José Francisco de Cañes y Merino, gobernador de Caracas allá por 1715, le hizo la guerra a los árboles, sobre todo a los cujíes, que talaron de manera obsesiva. Esto lo refiere Giovanna Merola, en su libro La relación Hombre-Vegetación en la ciudad de Caracas (1987). ¿Quiénes son hoy los enemigos de los árboles en Caracas hoy?

—¡Imagínate, los cujíes, que son los que soportan los taludes! Creo que la depredación más importante contra los árboles en Caracas viene del gobierno central, por todos estos trabajos de ampliación de autopistas y de soluciones viales. En este sector, nada más, se perdieron 700 caobas. Las talaron a pesar de estar en veda. Y ni siquiera hicieron la reposición que obliga la ley, que son ocho árboles por cada uno talado. Yo le pregunté por la reposición de los árboles al señor que está dirigiendo la tala y me dijo que ellos habían sembrado cinco mil plantas de vetiver. ¿En qué cabeza cabe que ese árbol maravilloso equivale a varias plantas de vetiver? Pero también la sociedad civil actúa a veces en contra: lo primero que sucede cuando venden una casa con su parcela para construir, es que talan los árboles. Nos hemos topado con gente de clase media que intenta frenarnos cuando sembramos árboles en los parques.

Creo que mientras haya más carros en Caracas, habrá menos árboles, y eso es parte de la desertificación: más concreto, menos verde. Lo ves aquí con la ampliación de la autopista. Mucha gente decide eliminar un árbol para tener más espacio para estacionar, en su edificio o en su comercio, sin embargo tú los ves cuando van a estacionar sus carros en la calle lo primero que buscan es la sombrita de un árbol.

Yrama tiene conciencia de que hay árboles que se plantaron por error en muchos lugares de la ciudad, por inconsciencia o ignorancia. No eran los apropiados, ni para las casas ni para las aceras, como mangos, jabillos y hasta los mismos caobos, que tienen raíces superficiales muy potentes. Que levantan aceras en la calle y pisos dentro de las casas. Nos cuenta que el proceso de urbanización de Los Chaguaramos fue muy rápido y que sembraron muchos jabillos, como en muchas zonas de Caracas. Nos habla de las muchas “razones” que esgrime la gente para eliminar árboles: “porque echan muchas hojas y flores, y tapan canales, porque ocultan las fachadas de los comercios, porque sirven para que trepen y se escondan los ladrones, porque se orinan los borrachos, porque restan espacio para estacionar los carros. Sin embargo, creo que a la mayoría de las personas les gustan los árboles, el asunto es tomar conciencia, pero para eso hace falta gente. No se trata solo de hacer conferencias: hay que hacer, hay que poder tocar el arbolito que está ahí sembrado”.

—Cuando nosotros comenzamos con el vivero nos asesoramos mucho con Jesús Hoyos, él nos dio el listado de los árboles adecuados para las aceras, como el urape y el araguaney, que no levantan las aceras. Cuando nos traen árboles grandísimos, los sembramos en bosques. Mucha gente nos pide que les demos árboles de aguacate, y hacemos intercambio, por bolsas de tierra. Nosotros llevamos un registro de los árboles que hemos entregado o sembrado directamente, y son más de dos mil. Hemos sembrado en la parroquia, pero también fuera. Hace poco entregamos 229 árboles que van a sembrar en un bosque de la Universidad Simón Bolívar para recuperar un curso de agua. Les dimos de esos que justamente no es conveniente sembrar en la ciudad: caobas, ceibas, apamates.

—Pero hay muchos apamates en las calles de Caracas.

—Aunque florecen muy bien y son muy vistosos, aquí les da una enfermedad que se llama “escoba de bruja”.

—De Caracas se dice que es una ciudad verde. De hecho su toponimia habla mucho de este tema: La Florida, Las Palmas, Los Chaguaramos, La Floresta. ¿Cuál es el sendero de esta ciudad que más te gusta caminar?

—Aquí mismo tenemos uno muy bonito, el Paseo Los Ilustres, que está muy bien arbolado. En términos generales la parroquia San Pedro es una de las más arboladas de Caracas. También me gusta mucho caminar por Los Caobos, donde hay unos especímenes impresionantes. También por el Jardín Botánico.

—Sin embargo sabemos que esa vegetación va mermando.

Por eso es que sentimos una gran preocupación. Aquí se están cayendo muchos árboles, casi todas las semanas, y no se restituyen. Nosotros hicimos un inventario, inicialmente de 300 árboles caídos, luego subió a 500. Ya perdimos la cuenta. La semana pasada se cayeron tres en una sola calle.

—¿Se cayeron o los tumbaron?

—Se cayeron, porque estaban enfermos, porque no se les ha hecho tratamiento fitosanitario. Otro espacio maravilloso que tenemos es la Universidad Central de Venezuela, pero ahí también se han hecho talas, aunque puntuales.

—Cuando se habla de la “Caracas verde”, se suele hablar mirando al Ávila, o a los grandes espacios verdes, como el Jardín Botánico, Los Caobos o el parque del Este, y se desprecian los árboles cercanos. ¿Qué papel juega el árbol que está frente a tu casa, el de la esquina, el que está camino a la escuela?

—Tienen un gran significado para la alegría los dos árboles que están frente a nuestra casa en Los Chaguaramos, un tulipán africano y un hermoso y frondoso jabillo. Muchos pájaros y murciélagos viven en ellos, además de todos los que vienen a comer como las guacamayas, guacharacas, conotos, azulejos, reinitas, carpinteros y otros. Muchas de estas aves se pasean por los balcones de los vecinos donde les colocamos comida y agua. Son tan atrevidos que hasta reclaman cuando los comederos están vacíos.Tristemente estos árboles tienen enemigos que desean eliminarlos,especialmente el jabillo que desprende grandes ramas con el viento y la lluvia. Tenemos que reconocer que fue una equivocación colocarlos en las aceras, cuando su lugar adecuado es un parque, un bosque. Muchos vecinos los defendemos con fuerza, pues la experiencia ha demostrado que árbol talado no le colocan sustituto, sino una placa de cemento. Esa es parte de la enseñanza que tenemos que divulgar para plantaciones futuras en una ciudad como Caracas.

—¿Crees que las alcaldías están ejerciendo su rol de garantizar un ambiente urbano en el que los árboles son fundamentales?

— Definitivamente no. Hay un descuido casi generalizado por parte de estas instituciones en toda el área de Caracas. Existe un deterioro progresivo, incluso en alcaldías que medianamente atendían su patrimonio forestal. Los árboles viven a la buena de Dios. En el área que nos corresponde no se realiza desde hace muchos años el mantenimiento adecuado, a pesar de que se ha solicitado en diversas oportunidades a la Alcaldía de Libertador. La indiferencia y la complicidad también han sido factores que han perjudicado a la masa arbórea de la ciudad. Muchas han sido las denuncias y reclamos que han realizado las diversas organizaciones ecológicas, y el gobierno se ha hecho oídos sordos.

Yrama Capote retratada por Mauricio López

Yrama Capote retratada por Mauricio López

—Háblame del voluntariado que se ha sumado al GESP.

—La experiencia del padrinazgo ha sido uno de nuestros éxitos, con ello hemos logrado un mayor porcentaje de sobrevivencia. Las que más apreciamos son las personas que viven en la calle, uno de ellos luchó con nueve pilones hasta que logró que se defendieran solos. Ahora cuida con cariño un araguaney y un urape. Eso sí, hay que recompensarlo con algo de dinero cuando pasamos a ver los progresos. Grandiosa ha sido la experiencia con los estudiantes que hacen servicio comunitario en nuestro vivero, hasta ahora más de 200. Los de la Universidad Central de Venezuela han sido un gran ejemplo, algunos cumplen más horas de las 120 que estipula el servicio, y luego siguen viniendo y colaborando. Algunos voluntarios se pierden de vista por años, pero luego aparecen con una foto de unos o varios árboles grandes, un orgullo para ellos y para nosotros.

Hay dos voluntarios que concientizaron a toda una comunidad para cuidar 80 árboles. Luego de que, al principio, hubo una gran resistencia y negativa de plantar en un parque de Santa Mónica. Incluso hasta algunos de los árboles habían sido quemados o talados. Hoy trabajan con otros amigos del lugar y hasta tienen un conuco y le obsequian los frutos de su cosecha a los vecinos. Hay un obrero que trabaja en la ampliación de la autopista, que vive en la Cota 905, y nos ha pedido árboles, porque los está sembrando allá, y ya se ha llevado 20.

—Me imagino que de pequeña, en San Casimiro, trepabas árboles. ¿Es importante que los niños aprendan a trepar árboles?

—Definitivamente los niños deben tener contacto directo con los árboles, es una influencia importante para quererlos. Nosotros agarrábamos mangos, mandarinas, naranjas y otras frutas. Con mis hermanos construimosuna casa en un árbol, que al final se nos derrumbó con nosotros adentro. Fue una experiencia de infancia maravillosa e inolvidable. Nuestra casa estaba en el campo, fuera del pueblo, era una granja con muchos árboles frutales, gallinas, conejos y una vaca que nos daba leche.

—¿Es importante que las personas aprendan a reconocer las especie de árboles?

—Es necesario, sobre todo para identificar el lugar específico donde pueden y deben ser plantados. La experiencia nos ha enseñado que muy pocas personas saben reconocerlos, incluso nuestro árbol nacional, el araguaney. Esa es una lección pendiente de los expertos y las escuelas. Pero también hemos observado con satisfacción que las personas se muestran muy interesados cuando les mostramos las características de una planta.

—¿Cómo es un día de acción en el vivero, o cuando plantan en la parroquia?

— El vivero es nuestro orgullo, tenemos ahora unos 550 árboles y una colección de plantas ornamentales obsequiadas por la comunidad. El trabajo se inicia limpiando todo el lugar, asignamos las tareas a equipos de vecinos o de estudiantes que cumplen servicio comunitario:se ordena el compostero, realizamos el cernido del compost, se siembran semillas, se trasplanta, se abona, se riega y se poda. Además, hacemos el seguimiento de las plantas que ya están listas para ubicar en un lugar adecuado. Lo que más nos conmueve y agrada es el contacto con la comunidad,que desde la calle ve con encanto el trabajo. Algunos se animan a entrar, consultan, o solicitan árboles por donación o intercambio. Esta satisfacción se contagia también en nuestros jóvenes.

Pero el trabajo que más nos anima a todos es, finalmente, plantar los árboles. Las jornadas de siembra son realmente lo más hermoso que hacemos. La gente nos ve con agrado y admiración, algunos bajan de sus apartamentos y de sus carros, otros hasta han cantado el himno al árbol con el grupo que siembra. También ocurre que en el mismo lugar aparece uno que será el padrino de una o más plantas. Al final todos terminamos cansados, pero muy felices.

Caracas merece infinitos cariños desde todo punto de vista. Seguiremos sembrando y cuidando árboles, porque es la ciudad de los que nacieron en ella, nos abrió los brazos a muchos provincianos y gente que vino de lejos. Todos los que vivimos en esta bella metrópolis tenemos una deuda con ella.

Franco Micucci: La arquitectura del desperdicio; por Cheo Carvajal #CCS450

Franco Micucci habla a gran velocidad. La primera vez que lo escuché, hace unos doce años atrás, me impresionó su capacidad de compactar ideas sobre Caracas, que recurrentemente expone en espacios académicos, institucionales o donde la militancia de lo urbano lo reclama. Él es arquitecto egresado de la Universidad Simón Bolívar, donde es profesor desde

Por Cheo Carvajal | 20 de septiembre, 2017
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Franco Micucci retratado por Mauricio López

Franco Micucci habla a gran velocidad. La primera vez que lo escuché, hace unos doce años atrás, me impresionó su capacidad de compactar ideas sobre Caracas, que recurrentemente expone en espacios académicos, institucionales o donde la militancia de lo urbano lo reclama.

Él es arquitecto egresado de la Universidad Simón Bolívar, donde es profesor desde 1993 y actualmente jefe del Departamento de Arquitectura. Realizó una maestría en Diseño Urbano en la Universidad de Harvard (1992), y es profesor en esta materia en la Universidad Metropolitana desde hace 20 años, pero también en otras universidades, dentro y fuera de Venezuela. Trabaja en una firma en colectivo con muchos arquitectos jóvenes, Micucci Arquitectos y Asociados. La sede de la Alcaldía de Baruta y el mercado de la Urbina son dos obras que los vinculan a la escala del municipio.

La entrevista la realizamos en su estudio, y arrancamos informalmente a conversar sobre la escala del ámbito municipal, poniendo el ejemplo de la plaza de Los Palos Grandes, “es un caso emblemático, un espacio público que pidió la comunidad y que el municipio tuvo que atender; identificaron el único sitio posible donde hacerlo, que era un pequeño centro comercial, que demolieron para generar ese vacío”.

—El municipio fue como el gran agente de cambio de los años 90 en Venezuela, con los primeros ejercicios de descentralización, sobre todo en Maracaibo, Valencia, Barquisimeto y por supuesto Caracas. Ahí se entendió la noción de lo público como algo muy directo, desde el casquito del vigilante de tránsito de Irene, que era una manera retratar al Estado en la ciudad por primera vez, porque evidentemente la figura del gobierno central y regional eran muy lejanas al ciudadano común.

—Muchos piensan que la escala municipal no es la más cercana para transformar las ciudades, desde la participación de la gente. Y muchas decisiones en las alcaldías no toman de veras en cuenta los deseos de las comunidades.

—Pero no debería ser, porque las instancias están creadas y se contempla la participación de consejos comunales y asociaciones de vecinos, desde proyectos de mega escala urbana hasta los más elementales. Los presupuestos participativos deben ser decididos por las comunidades para que se les asignen recursos en función de los problemas que se identifican en los planes, los estudios, o en los procesos electorales. La gente tiene que ser consultada, evidentemente todo pasa por un filtro, porque ninguna gestión urbana puede complacer solo lo que la comunidad pida, el deber es traducirlo y transformarlo en algo que realmente sirva para múltiples objetivos. Ahí pasas del problema a la oportunidad, que creo es la gran clave del juego.

—Una comunidad puede pedir que enrejen sus calles.

—Y tú lo tienes que traducir: “usted necesita más seguridad”, por lo tanto la reja es una de las opciones, pero hay otros mecanismos que garantizarían mayor seguridad y ahí es donde entra la visión del Estado. Muchos municipios creen en la obra como una valla publicitaria, pero la mejor obra es la gestión, aunque a veces es difícil porque no se ve, no gana votos. Las obras son una oferta engañosa pero más eficientes en ese sentido, porque actúan como propaganda política. Obviamente son necesarias, una gestión sin obras no es garantía de que haya transformación sustancial, o que se puedan resolver los problemas que identificamos.

—Dijiste “las rejas son una opción”, ¿lo son?

—Depende, hay espacios cerrados a modo de jardines del siglo XIX, parques que se abrían y cerraban. Una reja no es simplemente un dispositivo que se instala, hay que entender qué rol cumple, qué diseño tiene. Es una oportunidad para hacer una obra de arte, un elemento con un valor más allá del utilitario, cosa que no siempre ocurre. A veces la reja existe porque hay espacios que quedan indefinidos. En la ciudad tradicional donde el borde entre el espacio público y el privado es la pared del edificio, no hay opción para la reja. En esta visión moderna del espacio en que se retira el edificio, aparece el jardín al frente y comiezan a aparecer, desde las urbanizaciones más remotas hasta las más centralizadas.

El ordenamiento tiene que manejar estos espacios a nivel de diseño, para que siendo privados estén abiertos al público. Se puede sustituir la reja por desniveles que produzcan condiciones de terraza, bordes más gentiles, más comercios en las plantas bajas de los edificios que activen esos retiros de frente para no necesitar la reja. En el fondo, terminan poniendo rejas para cuidar unos espacios que no utiliza nadie y terminan quedando estériles. Si todo el bulevar de El Cafetal tuviera comercios en planta baja, esas plantas bajas serían increíbles, por lo que significarían para una avenida de esa envergadura, sería realmente un bulevar.

—¿Crees que es factible que espacios como el bulevar de El Cafetal hagan en algún momento esa conversión?

—Va a ocurrir en la medida en que vaya desapareciendo el automóvil como la figura que garantiza la movilidad en la ciudad. No solamente ocurrirá en Venezuela, hay estudios de la Mercedes Benz que dicen que Uber (servicio de taxis) va acabar con la compra de vehículos, en las ciudades todo el mundo va a utilizar el servicio de taxis y va a desaparecer el vehículo privado. Al desaparecer el vehículo privado, esos estacionamientos dejan de tener sentido, como ya dejan de tener sentido sectores como La Candelaria que fueron planificados en los años 60 para tener estas torres inmensas con cuatro pisos de estacionamiento teniendo una estación de metro a dos cuadras. Van a empezar a ocurrir nuevos usos, espacios infantiles, actividades comerciales, depósitos. El Cafetal no va a ser un espacio urbano como el bulevar de Sabana Grande, estamos hablando de una densidad comercial difusa, con espacios abiertos, de terrazas y jardines. Lo que pasa es que está ocurriendo mal en Las Mercedes, está ocurriendo mal en Chuao y no queremos que ocurra igual en El Cafetal.

—¿Cuál es el papel de los arquitectos en ese cambio de uso? Algunos asumen en automático esa visión de ciudad que exige rentabilizar al máximo el metro cuadrado de la parcela, sin crear esa interfaz entre lo público y lo privado.

—Eso se define como caos versus planificación. Hay que tener cuidado porque hay un punto medio. Hay cambios que ocurren espontáneamente en las ciudades, no porque la ciudad sea perversa sino porque hay necesidades que seguro los planificadores no detectan a priori y ese poquito de caos también es necesario como indicador de cambio. Me refiero a la mezcla de uso. Si en sectores como Las Mercedes se planificase mejor el tipo de ordenanza que se aplica, y la arquitectura demuestra que es posible mezclar vivienda con comercio, donde se pueda caminar, como pasa en Colinas de Bello Monte o en Los Palos Grandes, lograrías modelar pequeños sectores de ciudad, demostrando que esos cambios de uso pueden ocurrir ordenadamente, sin que se vean afectados los vecinos ni los que trabajan en un sitio.

A veces los planificadores creemos que decidimos cómo va ser la ciudad, pero la ciudad tiene una inercia, una lógica propia que deriva de su propia condición humana. Como planificador lo que tienes es que darle forma a ese cambio, tratar de inducirlo en la dirección correcta.

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Franco Micucci retratado por Mauricio López

—¿Hay en Caracas nuevos proyectos de arquitectura que apunten en esa dirección?

—Creo que hay pequeños ejercicios. Un ejemplo es el Centro Comercial San Ignacio, que tiene como contraparte al Sambil. Uno es más rentable que el otro, pero el San Ignacio genera un sistema de acera de borde, con cafés y restaurantes, un espacio público central mucho más abierto, más integrado.

—¿Y proyectos más recientes?

—El Millenium también va en esa dirección. Lo que quiero decir es que hasta elementos importados en nuestra propia concepción urbana, como el centro comercial, se van tropicalizando, venezolanizando, no solo en cuanto al tema climático, sino a la propia lógica de las culturas y eso es positivo. En términos de arquitectura pública está lo que se hizo en Chacao en los últimos 15 años, que contribuyó no solamente a equipar con pequeños parques, bulevares y aceras, sino también a cambiar la lógica de la ciudad. La calle Élice o el bulevar Uslar Pietri, logran que el centro comercial se convierta en ciudad. Si yo tengo un flujo de gente que va al Sambil, que es una cápsula hermética, privada, yo puedo hacer que la dinámica del centro comercial afecte positivamente y mejore el espacio público de ese lugar y por lo tanto la arquitectura se vea mejorada automáticamente: mi comercio tiene más valor, los apartamentos son más vendibles, se remodelan edificios.

Quizás eso no pasó tanto en la avenida Francisco de Miranda, a pesar que también se vio transformada, porque seguramente el proyecto fue tímido, a lo mejor necesitaba un par de carriles de transporte público exclusivo, para que la sección transversal fuese más fácil de cruzar, teniendo paradas de autobús en el medio, como el Transmilenio en Bogotá. Quizá así los edificios de la avenida Miranda se hubieran visto impactados positivamente, como en la Élice y la Uslar Pietri.

Lo que es importante en un centro comercial, como el San Ignacio o el Millenium, es su capacidad de transformar un entorno y no solo la dinámica del dueño de una parcela para su beneficio. El Sambil peleó muchos años para tener la entrada por la autopista. Le prohibieron ese acceso porque era ilegal, y entonces asume la entrada por arriba. El Sambil es el primer sorprendido de ese flujo de gente que terminó siendo su mercado real, la gente que llega en metro. Luego, al tener ese flujo el centro comercial impactó todo el entorno, para bien en algunos casos y para otros quizás no tanto.

—El mall de repente se da cuenta de que la dinámica urbana es otra, ¿qué pasa con la autopista a la luz de esa reflexión?

—Ahí entra la visión utópica, no tan distante porque ya ha ocurrido en muchos sitios. En Madrid se hundió una autopista para generar un paso alrededor del desvío, pero eso está pasando en Medellin, que está “a dos cuadras”, en una ciudad menos rica que Caracas. Ya hicieron casi 300 metros de parque lineal alrededor del río, hundiendo la autopista. Hay también la capacidad de domesticar las autopistas, permitiendo mayores cruces, que su condición infraestructural se transforme hacia una visión más local, sobre todo si se consolidan circunvalaciones que hagan innecesario atravesar la espina vertebral de una ciudad como Caracas. Así pudiéramos llegar a una avenida, que puede ser más rápida que la propia autopista, que es uno de esos grandes espacios a ser revisados a través del concurso del pensamiento sobre la movilidad en la ciudad. Habría que generar un proyecto metropolitano para el río Guaire que es la gran herida de la ciudad que nos divide entre norte y sur.

—Esta visión las has trabajado desde tu experiencia de diseñador urbano. ¿Consideras, como docente, que esta visión ha impregnado a los nuevos profesionales de la arquitectura?

—A pesar de la crisis que viven las universidades en Venezuela hoy día, creo que las generaciones actuales están mucho más formadas y sensibilizadas sobre el objeto de la ciudad. La formación del arquitecto se ha ido diversificando, ampliando. Ya en la ciudad no participan solamente los diseñadores de edificios, participan ambientalistas, sociólogos, urbanistas, abogados. El tema de los barrios hace 25 años eran “dos o tres loquitos”, como Teolinda Bolívar o Federico Villanueva, que tocaban ese tema en la universidad, pero para muchos otros era totalmente vedado. Incluso esos barrios no existían en la cartografía. Lo clave es que ya la preocupación por la ciudad va desde la escala más chiquita, del que tiene que hacer un pequeño edificio de viviendas o la remodelación de la planta baja de un edificio, hasta el que se pregunta por los grandes planteamientos urbanos o las dinámicas sociales de los sectores más desfavorecidos.

—No es ya el tema del edificio.

—No, es pensar en la ciudad. El sector, la organización, el modo de vida, el espacio público, que es uno de los conceptos más abstractos, el diseño del vacío, del espacio compartido, de lo no visible: el pavimento que caminamos, la vegetación que nos da sombra, los elementos utilitarios que iluminan en la noche o el equipamiento que lo hace útil son preocupaciones cada vez más importantes. Parte del éxito de las gestiones públicas municipales más recientes tiene que ver con que ha habido profesionales más dispuestos a trabajar en estas materias. Aunque en nuestra ciudad se dejó de pensar en global, a pesar de los esfuerzos del Distrito Metropolitano. No ha habido integración efectiva entre los cinco municipios, por razones políticas o por el manejo de las autonomías municipales.

Las universidades y los colegios profesionales tienen que abordar las mecánicas de asignación de proyectos públicos: mayores licitaciones, concursos para todas las obras públicas. En eso Venezuela está muy atrás comparado con Colombia, Chile o Brasil. En Colombia licitas hasta el fragmento de acera más importante. Es responsabilidad del arquitecto conceptualizar y llevar la obra a cabo, que quede bien ejecutada, con transparencia y honestidad, porque el arquitecto al final es quien construye. Eso para mí es como un dogma.

—En Caracas hay mucho por hacer y si pensamos en los concursos para esas distintas escalas, de lo pequeñito hasta lo macro, tendríamos por delante un amplio panorama de trabajo.

—Los concursos serán la verdadera evidencia de la transformación de nuestro sistema político, el ejercicio de la democracia real. Un concurso no es nada más un tema de diseño, se refiere a la posibilidad que una comunidad participe en la conceptualización del proyecto, que el municipio la acompañe, que decidan los recursos, y que los profesionales de la arquitectura y la ingeniería lo desarrollen. Luego viene la gestión de los propios espacios públicos, como pasa en las unidades de vida articular en Medellín, con espacios alrededor de los tanques de agua en los barrios, con infocentros, espacios de danza y música gestionadas por la municipalidad con la comunidad participando en ellos. Tienen internet gratuito, hay policías, seguridad, una dirección de infraestructura que mantiene el agua limpia. Lo político se construye fundamentalmente en lo urbano y haciendo política en lo chiquito podemos tener mayor éxito en la política a lo grande.

—Una digresión ¿cómo definirías, en ese contexto que estás dando, el espacio público?

—El espacio público es la condición más sofisticada de la ciudad, por lo que definía de la esencia del vacío: es el espacio que tiene forma pero no es visible, es el aire que compartimos, pero a la vez el de las relaciones sociales donde todos nos comportamos como viandantes, como niños que jugamos en la calle. El espacio público define a la ciudad, es el sistema circulatorio por excelencia del cuerpo de la ciudad y es la parte que tiene que estar más sana de cualquier organismo, porque al final en ella ocurre todo. Tiene que ser fractal, ir desde el cuerpo central, que genera el corazón de la ciudad, hasta la última vertebra y arteria que lo sirve. Lo importante es concebirlo como sistema: el espacio público no puede ser parcelas, fragmentos. Tiene que funcionar como un sistema que permita recorrer la ciudad entera, sean muchos kilómetros o apenas 300 metros.

El gran proyecto pendiente es el espacio público, porque Caracas fue planificada por los vialistas en la estructura y por los urbanistas que zonificaron los terrenos para darle densidad de construcción, pero el espacio público quedó como materia pendiente. Se hicieron arquitecturas gigantes de espacio público, como el  parque del Este o el parque Los Caobos, pero eran cuerpos como bolsas, destinos no articulados al resto de la ciudad. Hay que tener cuidado de no confundir espacio verde con espacio público, en el fondo Caracas tiene más verde que ninguna otra ciudad, pero es la ciudad más mezquina en espacio público.

—La calle del barrio, a pesar de no haber sido diseñada, es un espacio público intenso e interesante.

—Claro, porque la calle no es el espacio del vehículo sino de la vida de la gente, el espacio público por excelencia, y va desde la avenida, la escalinata, el callejón hasta el pasaje peatonal. Lo que importa de la calle es que sea espacio de todos.

—A veces desde la planificación se yerra en ese diseño porque lo que define el espacio público, como dices, es la dinámica social. Vemos plazas que están muertas, o que tienen caminerías por donde la gente no camina.

—Ahí cabría un aspecto de humildad de parte de parte de los técnicos, en reconocer que no es lo que uno quiere sino lo que la ciudad pide. La ciudad necesita esas inteligencias colectivas. Democratizar la ciudad hace que esa calle que refieres, con su escalinata, no sea “del barrio” sino de la ciudad. Hay que derrumbar la idea de que el barrio es un recinto solo para los que lo habitan. Hay que integrar, que subamos al barrio para entender sus cualidades, distintas a otros espacios y con valores sustanciales. El hecho de que en el barrio no haya tantos automóviles, que sea sobre todo peatonal, es un gran valor para la ciudad del futuro. Muchas personas van a decidir vivir en un barrio porque no quieren tener carro, porque quieren una ciudad más limpia, menos ruidosa, más segura para los niños.

Si el proyecto de la Miranda hubiera ocurrido simultáneamente con un proyecto de transporte público como el Bus Caracas, hubiera sido más completo. No se trata de querer que la gente camine, que saque su carro de la acera. Si no resolvemos el problema del transporte público seguramente la gente tampoco va a caminar.

—Bajarse del carro amerita opciones de transporte para que la gente, pero también has hablado de los municipios como escala para hacer ciudad. A veces pienso que si las gestiones municipales hicieran cumplir la norma de que las aceras, aunque mínimas, son para la gente, esta ciudad cambiaría radicalmente de un día para otro.

—Los municipios tienen que alejarse de la visión represiva. Tiene que haber instrumentos de regulación y mejores conductas en el uso de los espacios públicos, para que el automóvil se estacione solo en los sitios designados y que haya menos presencia de vehículos, pero eso se hace ofreciendo más y mejor transporte público. La gente no va a dejar de utilizar el vehículo privado si eso no ocurre. Todavía en Caracas llegas más rápido en carro a muchos sitios, todavía consigues estacionamiento fácil y muy barato.

En Caracas muchos estudios municipales todavía hacen demasiado énfasis en la oferta de estacionamientos. A mayor oferta de estacionamientos, más tráfico de vehículos y mayor cogestión. Hay que minimizar razonablemente la oferta de estacionamiento, pero tampoco vamos a hacer una locura como la Misión Vivienda, que ni siquiera pone estacionamiento para las motos. Los usuarios de esos apartamentos seguramente no tienen carro, pero al menos hay que planificar un sitio donde estacionar la moto. En las ciudades todas las ofertas de movilidad son necesarias, desde la peatonal hasta la aérea si es posible, pero tienen que estar racionalizadas, definir donde son apropiadas y donde no.

—Mencionaste canales exclusivos de transporte de superficie en la avenida Francisco de Miranda. También han aparecido el Metrocable y el Cabletrén. ¿Cómo te imaginas el transporte público en Caracas en los próximos 20 años?

—Caracas es una ciudad, por su propia naturaleza geográfica, muy densa en algunas partes, carentes de espacio, a diferencia de Maracaibo o Barquisimeto, que todavía pueden darse el lujo de apostar al vehículo porque tienen avenidas amplias. Caracas no lo puede seguir haciendo, hay que devolver más espacio al peatón, desde Prados del Este hasta Petare. Desde el último cerro o desde la urbanización más remota, la gente tiene que poder montarse en un autobús que lo lleve a un terminal intermodal donde escoja ir en Metro, en autobús, en Transmetrópoli, en bicicleta, para llegar a su destino. Eso no es una utopía, y las condiciones geográficas de la ciudad nos impone hacer uso racional del espacio.

—¿En el caso de los barrios?

—Cien por ciento peatonales. En el barrio hay que garantizar formas de accesibilidad más inteligente. El Metrocable fue un ejercicio cuestionado porque la planificación de las estaciones no fue la correcta. Hay gente a la que le conviene llegar abajo a pie que subir a la estación para volver a bajar. Hay que estudiar lógicamente el sistema, y además debe venir acompañado de mejoras en la superficie. En Medellín, en la ruta del metrocable también hay una conformación superficial que permite caminar, andar en bicicleta e incluso el paso de vehículos donde sea necesario. Hay metrocables que pueden subir gente y bajar basura, son soluciones de múltiple y diverso tratamiento a nivel tecnológico como a nivel de planificación que se pueden implementar.

El Metrocable y el Cabletrén son sistemas de transporte con la misma lógica parcial de las autopistas de los 50, ejercicios de ingeniería vial sobrepuestas a las tramas urbanas que no entendieron la necesidad de integración del espacio público. Llevan gente del punto A al punto B, cuando lo importante de ir del punto A al B es lo que logras hacer en ese trayecto, lo niveles de integración que se hacen con las comunidades, generando valor urbano.

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Franco Micucci retratado por Mauricio López

—Volvamos a la parte baja de Caracas.

—Volviendo al caso de la avenida Miranda. La famosa “milla de oro” del metro eran los terrenos más devaluados de Caracas. Se le monta un sistema de transporte público que les da un valor enorme, que luego ganan los dueños de las parcelas. Luego el municipio adecuó las aceras para que la gente pudiera caminar. Si el Estado pone un sistema de transporte público, automáticamente le da valor urbano a ese terreno, que se traduc en una plusvalía que luego debería cubrir las mejoras urbanas, de cloacas, de aceras, de servicio para que luego venga el inmueble privado. Nosotros lo estamos haciendo al revés, incluso en ciertos sectores como Las Mercedes donde ese cuento de la plusvalía existe pero esas mejoras urbanas tampoco han ocurrido sustancialmente. El proyecto de la Rio de Janeiro está pendiente, las aceras a levantar están peor y los edificios no aportan mucha mejora a la ciudad.

—Acabas de tocar Las Mercedes, tema recurrente en otras entrevistas. ¿La arquitectura que se está desarrollando ahí no es demasiado homogénea?

—Yo la defino como “arquitectura del desperdicio”. En ese sector de Las Mercedes la mitad de los estacionamientos que están construyendo tienen un costo elevadísimo porque son en vertical. Afectarán el espacio público porque brindan los primeros pisos de los edificios a los carros, que son los espacios más exitosos en términos comerciales. Pudieran generar mayor vida urbana pero los están castigando con unos grandes contenedores de vehículos que mañana dejarán de tener sentido, porque van a tener dos estaciones de Metro. Eso será en menos de diez años como Sabana Grande, ¿qué sentido tiene dotar un sitio como Sabana Grande de estacionamientos, porque en tu concepto la gente que va a utilizar esos edificios solo va a llegar en carro? Recuerda lo que pasó con el Sambil.

Yo entiendo la lógica de los promotores, incluso los prejuicios de los usuarios que si no tiene cuatro puestos de estacionamiento no compran oficinas en ese sitio. Pero es mentira que todos los edificios de oficina tienen que tener estacionamiento en esta y en ninguna otra ciudad del mundo. Si haces una estadística de los usuarios más de la mitad llega en transporte público. El supuesto cliente posiblemente llegue en carro, pero no todos. Además, hay formas inteligentes de distribuir esos estacionamientos, Las Mercedes pudiera tener cuatro o cinco grandes en los perímetros y forzar a una situación más peatonal en el centro de ese recinto urbano, asumiendo que los bordes pueden ser espacios que reciben nuevos centros comerciales como Paseo Las Mercedes.

—¿En el fondo es una visión clasista, esa idea de concebir la ciudad para el carro? Hay quienes entienden lo público, incluyendo el trasporte, como destinado a un sector de la población sin acceso al carro.

—Más que clasista es tonta e ineficiente. En el fondo si dejas de ver al vehículo privado y los estacionamientos como un bien exclusivo, podrías redistribuir todos los estacionamientos de Caracas. En el día estarían llenos por la gente que trabaja y en la noche estarían llenos por los residentes, ese sería un uso más eficiente. El concepto de esa propiedad, donde nada es compartido, puede ser clasista. Antes en Las Mercedes podías caminar, ahora para qué vas a caminar si llegas en carro al sitio y seguramente no tienes ni que salir del edificio. En realidad esa es una clave: la posibilidad que ganes no solamente con tu propio inmueble, sino que ganen todos tus vecinos, porque vas a pasar por delante caminando y esas tiendas y esos restaurantes adquieren mayor valor. Mientras sea una política de la parcela, en vez de una del conjunto, no lograrás construir ciudad. Ese es el gran despropósito de una ordenanza como Las Mercedes, que simula ciudad, pero una colección de edificios no hacen ciudad.

—Desarrollar una ciudad implica nuevas centralidades. Las Mercedes es una centralidad, pero la manera como se está desarrollando apunta a su pérdida. ¿Dónde te imaginas nuevas centralidades de Caracas?

—Las Mercedes va a dejar de ser una centralidad porque al desaparecer el componente residencial no habrá centralidad, será muy activa en el día pero en la noche estará muerta. Una centralidad real es algún sector de Chacao, La Candelaria o parte del centro de Caracas, que son mixtos: tienen comercios, instituciones, oficinas, pero también viviendas. Caracas está llena de centralidades y es una ciudad forzada a ser policéntrica. Altamira se convirtió en un centro sin proponérselo, y eso es más mérito del Metro que de la planificación urbana. Petare es una centralidad. Cuando hablo de Petare no me refiero al casco sino a una visión más amplia: la centralidad de Petare arranca en El Marqués, porque los terminales de transporte público han ido migrando y es una dinámica que se extiende, más alargada que circular.

—¿Ves centralidad en algún barrio o sector popular?

—El Valle y Coche son centralidades potenciales, más allá incluso de lo que se decida sobre ellos. La centralidad no se decreta, emerge poco a poco. Baruta es una centralidad, porque el pueblo se cruza con La Trinidad, con la Universidad Simón Bolívar, una zona que es industrial, comercial, hay mucha vivienda y tiene un centro histórico. El municipio Libertador no es una centralidad, ahí hay más de siete, La Candelaria o sectores de San Martín tienen su propia lógica. Esa es la belleza de Caracas, una ciudad que puedes recorrer y encontrar condiciones urbanas muy parecidas, pero con gran caracterización formal, por su propia geografía, por su propia arquitectura y por sus propios espacios públicos. Eso es lo que obliga a que las redes de espacio público sean más fuertes. En la medida que Caracas no se reconozca como una, nunca vamos a funcionar bien, ni como sociedad, ni como ente político.

—¿Dónde crees que podemos subir la densidad desde la vivienda social, con este criterio de centralidad?

—Primero, hay que reconocer la densidad como un valor positivo. Seguramente la prensa ha hecho mucho daño en ese sentido. El gran encanto de Manhattan es la densidad, solo que tiene que estar bien administrada. Para manejar esas densidades necesitas muy buen transporte público. Segundo, la Misión Vivienda fue un criterio para el aprovechamiento de los terrenos disponibles, pero no fue una visión pensada sobre cómo insertar esa densidad en áreas centrales, reconociendo la planta baja como un valor, los comercios, las áreas productivas, los espacios de encuentro e integración. Tercero, la integración depende de los equipamientos urbanos, yo puedo tener dos grupos sociales incluso antagónicos en sus niveles de procedencia, pero si el espacio público y la escuela son la misma, esos grupos se reúnen. Eso ha pasado en una escuelita de Bello Campo, donde van los niños del barrio y de la urbanización y no hay fricción, como el Metro.

La Misión Vivienda no es mala, lo que hay es una mala política de inserción porque no se incluyó la variable del espacio público y el equipamiento urbano como elementos de inserción social. Por otro lado, los proyectos son indiferenciados, da igual que estén en el centro de Caracas que en la avenida Libertador o en Catia. Ahí entra la buena arquitectura, por eso defiendo la idea de los concursos como política de Estado. La vivienda social no es solo la que construye el Estado, también es una vivienda en alquiler. Si tuviéramos una política sana desde el punto de vista jurídico, en sitios como Chacao tendríamos vivienda social para jóvenes que se quieren independizar. Eso ha desaparecido porque alquilar es casi una amenaza.

—Hay quienes expresan que no necesariamente debemos ser propietarios de la vivienda.

—Puedo entender que alguien renuncie a tener vivienda propia, porque se puede dar el lujo de alquilar toda su vida, porque quiere vivir itinerando o porque la oferta de alquiler es tan buena que decide vivir toda la vida alquilado. En Caracas la lógica de la vivienda propia es tan fuerte porque nunca tenemos seguridad y la vivienda equivale a seguridad.

Por otra parte, una casa puede dividirse en cuatro, en cinco o seis pequeños apartamentos, pero eso también está prácticamente prohibido por las ordenanzas actuales. Si se permitiese un crecimiento orgánico, ordenado, eso permitiría incrementar densidad poblacional sin incrementar la densidad de construcción. En Campo Alegre y El Rosal hubo sustitución de casas por edificios, pero la ciudad no ganó nada: no se ganó en comercio, ni en espacio público. Se ganó en estacionamientos: hay edificios en El Rosal que tienen el mismo espacio para dos automóviles que para dos personas por apartamento, 72 metros para dos personas y 72 metros para dos carros, más el espacio de circulación, eso es irracional. Yo preferiría los 144 metros de apartamento y un transporte público a dos cuadras.

—Se habla mucho de La Carlota, potencial parque público, pero también están los campos de golf del Caracas Country Club y los del Valle Arriba. ¿Ves a futuro los campos de golf como parques?

—Yo sí creo. Hay gente que habla de modalidades de uso compartido público-privado, que son factibles. Hay versiones más radicales, que dicen que si permites a los propietarios de las parcelas vecinas a esos campos construir condominios de lujo, ganarían muchísimo más dinero que tener el privilegio de ese campo de golf, y serían capaces de convertirlos en espacios públicos. Hay fórmulas que permiten que los espacios sigan siendo privados con pequeñas concesiones, hasta llegar a un espacio completamente público. A lo mejor sería más inteligente ceder el punto de contacto con Chacaíto, para tener un parque pequeño, equivalente a plaza Altamira, y además resolver un problema vial en ese punto de la ciudad.

Querer que ese espacio sea público no es pecado, siempre que el propietario de ese terreno sea indemnizado. Lo que sí creo es que hay que mantenerlo como espacio abierto, no solo porque son espacios verdes que tienen gran valor ambiental, sino porque no hay necesidad de construir sobre los pocos vacíos que nos quedan. Más bien densificar las áreas que ya edificadas o los bordes que permiten ese espacio público. Tampoco ganaríamos nada convirtiéndolos en espacio público si los bordes siguen siendo embajadas o casas de familias. Sería un parque para ellos. A lo mejor la zona baja puede tener un carácter, la media otro y la zona alta otro carácter, hay formas de compartir el espacio. Si tuviera ciclovías, trochas que permitieran llegar al Ávila sin necesidad de entrar sino disfrutándolos desde afuera, al menos sería una forma de compartir la belleza de ese lugar. Vivimos en una ciudad con miedo al otro y nos estamos encerrando entre murallas.

—Sabemos que esos muros no han incidido positivamente en la seguridad.

—Eso lo sabemos tú y yo, pero hay mucha gente que sigue creyendo que esa es la gran solución. En el fondo es al revés: en la medida que abres más y eres más gentil, la ciudad es más gentil contigo también.

—Hay un muro que ni siquiera permite ver el campo pegado a la Francisco Miranda, que antes podíamos ver a través de una cerca.

—Un poco en serio, un poco en broma: si lográramos hacer una operación de abatimiento de los muros, lograríamos tener las mejores aceras de la ciudad. Al final todos esos muros van a desaparecer, como ya han desaparecido muchos. Quedarán algunos reductos que recordarán lo trágico que fue, pero es un proceso gradual, no violento, impuesto. Es un proceso de negociación, como en todas las ciudades, donde tiene que haber una relación ganar-ganar. En eso los municipios son los actores fundamentales porque, volviendo a los campos de golf, para esas 300 personas que practican ese deporte, seguramente hay mil soluciones más eficientes en otras partes de la ciudad. Para ellos eso puede tener un valor sustancial que redunda en su propia calidad de vida, siempre es bueno tener un parque enfrente por su valor ambiental. No accidentalmente en una ciudad como Nueva York, las áreas aledañas al Parque Central son las más exclusivas, ahí no vive nadie que gane sueldo mínimo.

—Solo implica tener la disposición a mezclar.

—Pero también hay que resolver esa patología de Caracas: si analizas nuestros parques, parque del Este, Los Caobos, su relación con el perímetro es muy mala. Son bolsas verdes sin relación transversal. Es más difícil para alguien de Los Palos Grandes llegar al parque del Este que alguien que venga de La Lagunita a trotar al parque. No tiene sentido venir de La Lagunita a trotar en el parque del Este, se necesita una oferta de parques en Valle Arriba, en el Country, en el Este y el Oeste de la ciudad, en las colinas del Sur. Un sistema de parques que permita que todo el mundo tenga un parque cercano a su espacio de vida.

Zulma Bolívar: “Afuera vamos bien, adentro no tanto”; por Cheo Carvajal #CCS450

Habla con pasión, incluso con vehemencia. Es urbanista de la Universidad Simón Bolívar desde 1982, con maestría de Diseño Urbano de la Universidad Central de Venezuela y especializada en Gestión de Desarrollo Local en Granada, España, y en Planificación Estratégica Urbana en el Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano. Profesora a dedicación exclusiva en el

Por Cheo Carvajal | 13 de septiembre, 2017
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Zulma Bolívar retratada por Mauricio López

Habla con pasión, incluso con vehemencia. Es urbanista de la Universidad Simón Bolívar desde 1982, con maestría de Diseño Urbano de la Universidad Central de Venezuela y especializada en Gestión de Desarrollo Local en Granada, España, y en Planificación Estratégica Urbana en el Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano. Profesora a dedicación exclusiva en el Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Central y profesora en otras universidades, de aquí y más allá, en materia urbana y en políticas públicas. Para completar su perfil, es valuadora de bienes inmuebles. Desde diciembre de 2008 preside el Instituto Metropolitano de Urbanismo Taller Caracas de la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Desde el piso 25 del Centro Financiero Latino, en la avenida Urdaneta, le ha tocado dirigir y defender el Plan Estratégico Caracas Metropolitana 2020, que por fuerza se alarga al 2030.

—Tienes tiempo echando el cuento de Caracas en otras ciudades. La gente se entusiasma cuando escucha afuera el proceso del concurso de La Carlota. Pero ese cuento aquí se desvanece. ¿Qué pasa?

—Se diluye en conflictos. En junio estuve en el XII Congreso Mundial de Metrópolis, ahí habían unas 700 ciudades, más de 150 alcaldes, unos 50 países representando los cinco continentes, y la única venezolana era yo. Nuestras autoridades electas no participan de estas redes por millones de motivos, empezando por la dificultad de adquisición de divisa extranjera. Los alcaldes son los grandes gerentes y promotores de lo que pueda pasar en sus municipios, los encargados de negociar alianzas estratégicas, financiamientos o asistencia técnica.

En cualquier parte del mundo un alcalde es verdaderamente autónomo y puede tomar decisiones sobre lo que puede hacer en su municipio. Eso no sucede en Venezuela, no sucede en Caracas, donde tenemos al alcalde preso. La premisa es que todos viven en democracia, que respetan las instituciones. Es impensable que tengas una institución que es responsable de lo urbano pero que no tenga presupuesto.

—Es importante consultar con la gente, que tenga posibilidad de tomar decisiones para moldear la ciudad. Está el caso de Las Mercedes, que se está transformando por decisiones institucionales.

—No creo que le hayan preguntado a ningún vecino si estaba de acuerdo.

—Ni a los vecinos, ni a la ciudad.

—Cualquier aumento en la intensidad de desarrollo de una parcela o el cambio de uso de residencial a comercial es un evento que no solo tiene impacto puertas adentro, sino que es un detonante de una escalada de cambios a la ciudad entera.

—¿Cómo establecer mecanismos de consulta con la gente respecto hacia dónde debe ir la ciudad?

—Si algo está establecido en aquellas ciudades que han logrado un desarrollo sostenible, es la importancia que tiene para el gobierno que la rige planificar. En casi todas las ciudades la buena práctica dice que la mejor manera de predecir el futuro es diseñar, tomar previsiones, ¿cuántos somos hoy, cuántos vamos a ser mañana, qué vamos a hacer para que crezcamos juntos armónicamente? La planificación es un proceso porque la ciudad es un elemento vivo. Un huracán, un temblor o una inundación, puede cambiar la ciudad y su planificación tiene que estar preparada para eso.

En Venezuela y en nuestras ciudades la planificación no ha tenido mucho éxito, porque la planificación no compra votos. La planificación, a veces, te dice cosas que no quieres oír. Si digo que es un mito que en Caracas somos cinco millones de personas, que en realidad somos tres y tenemos una de las densidades, promedio, más bajas de América Latina, el común denominador va a decir “¿estás loca?”. Un grupo dice que aquí no cabe una persona más, otro dice que aquí cabe otra ciudad encima. Lo que nos falta es sincerar quienes somos, cuántos somos, para donde vamos.

—¿Pero eso no lo tenemos sincerado?

—No lo tenemos. El último censo, del 2011, tiene inconsistencias grandísimas. Por ejemplo dice que en Caracas hay 2 millones 900 mil personas, pero el padrón electoral es de 2 millones y medio. Ahí hay una primera inconsistencia: ¿vas a decir que aquí ahora todo el mundo es mayor de 18 años, o vota gente que no vive aquí? Ese mismo censo dice que municipios como Baruta está decreciendo, pero tiene uno de los índices más grandes de permisología de construcciones. La zona de expansión natural de la ciudad es hacia el sureste, hacia El Hatillo y Baruta, que siguen creciendo.

Es muy importante saber, no para dónde quieres sino hacia dónde puedes y conviene crecer. Tienes que crecer hacia donde haya transporte público, agua y electricidad, hacia donde haya territorios estables. No puedes crecer hacia terrenos geológicamente en riesgo, no puedes seguir haciendo viviendas como el caso del morro de Petare, en explanadas inestables, que no son recomendables para el desarrollo urbano.

—Si no tienes esos datos seguro terminas cometiendo muchos errores. Ahora, veo que tienes, como buena planificadora, mucha fe en la planificación.

—Eso es irremediable, nació conmigo.

Culturalmente pareciera que tenemos un hándicap con ese tema, no se nos da mucho la planificación.

—Ese hándicap viene de lejos. Yo me gradué en el 82 y mi primer trabajo fue en la Oficina Metropolitana de Planeamiento Urbano (OMPU). En aquellos tiempos la oficina tenía los mejores profesionales y apoyo político. En la OMPU se resolvía efectivamente qué iba a pasar por Caracas. Había una comisión de urbanismo de Sucre y una de Libertador que decían “vamos a permisar tantas viviendas en tal lugar”, se aprobaba por consenso y la cosa arrancaba. Para mi era un sueño trabajar ahí. En el 83 se entrega el Plan Caracas 2000, casi 20 años de planificación: proponía completar vialidades, se sugería hacia donde crecer y con qué densidad, que se hicieran varias centralidades. En el 2008 empiezo a hacer otro plan, basado en esos datos de la OMPU y en el primer Plan Estratégico, al 2010, de la Fundación Plan Estratégico (2000). Comienzo a hacer el segundo Plan Estratégico, del 2010 al 2020, y si evalúas hoy, 2017, qué se hizo de lo que sabías era imprescindible y urgente para la ciudad, como dirían en un banco, “no llega a dos cifras”. En algunos sectores puedes tener máximo un 10. Hoy por hoy estamos pagando las consecuencias de eso.

La visión de la ciudad, desde el urbanismo, me parece un aporte fundamental para tener clara la “imagen objetivo”. Lo que no se tiene claro es como llegar hasta allá.

—Esa es la diferencia, tú diseñas la imagen final pero también tienes que diseñar el proceso de gestión, y ahí el gran hueco.

¿Porque tenemos ese gran hueco?

—Pongamos que yo voy a construir dos millones de viviendas. El proceso de gestión urbana implica poner en blanco y negro dónde las voy a construir, cuánto me va a costar. Empiezas a ver la cantidad de problemas y las medidas colaterales que tienes que tomar. Si voy a construir viviendas, tengo que saber para qué población son. Si son de interés social entonces tengo que destinar menos en acabado y necesito que el terreno esté servido. Entonces empiezas a depurar aquella imagen objetivo fabulosa, y cuando la aterrizas pones responsables, y ahí está el gran problema. Si yo te pregunto, hoy por hoy, ¿quién es el responsable de Caracas?

¿Me lo estás preguntando a mí?

—Si yo te pregunto a ti se te ponen los pelos de punta de la cantidad de autoridades que de alguna manera tienen injerencia en la ciudad y en la toma de decisiones.

Es así para muchos ámbitos de la ciudad, clarísimo en el caso del transporte público. Muchos de estos planes suelen tener aceptación entre especialistas. Tú vendes el Plan Estratégico y la gente dice que está bien, pero no tiene apoyo ciudadano. La gente parece asumir que está condenada a vivir en una ciudad incapaz de transformarse.

—Llegaste al tema de la gobernabilidad.

—No solo tiene que ver con gobernabilidad, esa atomización de roles y funciones. Me refiero a la participación de la gente. La expresión de los que habitan la ciudad puede ayudar a configurar lo que debe hacerse en ella.

—Siempre necesitas un efecto demostrativo para que la gente empiece a creer. El concurso La Carlota Parque Verde fue una iniciativa perfecta en ese sentido, pues no surge de la Alcaldía Metropolitana, sino de los caraqueños que tienen necesidad de más áreas verdes para su recreación. ¿Por qué no poner todo ese espacio desocupado para mejorar la calidad de vida? Entonces se involucra la Alcaldía, haciendo uso de las competencias de ley, como es planificar, canalizar y sistematizar esa inquietud. Un grupo de vecinos puede decir “yo quiero”, pero hay formas y procedimientos que la administración publica tiene que resguardar.

La Ley Orgánica de Planificación Urbanística la aprueban en el 87 y uno de los mandatos de esa ley es que los 335 municipios del país, en dos años (1989), debían tener su Plan Urbano de Desarrollo Local (PDUL). Y por encima de ese PDUL estarían los Planes de Ordenamiento Urbano (POU), de escala superior que armonizan las propuestas de los municipios vecinos. En Caracas cada uno de los cinco municipios debería tener su PDUL y debería existir un POU de Caracas. Eso jamás existió, nadie fue capaz de hacer aquello.

Cuando entramos en la Alcaldía en el 2008 vemos que es urgente realizarlo. Optamos por un Plan Estratégico Urbano porque la idea era sentar a todo el mundo en una misma mesa a establecer coincidencias. Todo el mundo quiere un mejor transporte público. Todos queremos un mejor sistema de salud, de educación, todos queremos una convivencia en paz y tranquilidad, todos queremos tener vivienda y seguridad. Esa fue la construcción de la visión compartida de la ciudad, una consulta ciudadano por ciudadano, tocando la puerta de cada consejo comunal, de cada parroquia, de cada municipio, de cada plaza.

Tampoco así.

—Se hizo así. La Universidad Simón Bolívar hizo un estudio reuniéndose con los consejos comunales por cada parroquia del municipio, entre 2010 y 2011. La USB diseñó una metodología para que los Consejos Locales de Planificación Pública hablaran por sus conciudadanos. No le íbamos a preguntar a los tres millones, estadísticamente era un promedio sustantivo que te decía que quería la gente. Una de las sorpresas del resultado fue que la gente no pidió más autopistas, ni más centros comerciales, la gente lo que pidió fue el rescate de la convivencia. El 70% de la gente quería vivir en paz y para vivir en paz puedes hacer muchas actuaciones urbanas, actuaciones que generalmente están dedicadas al espacio público.

Entonces el Plan Estratégico decidió abocarse a dar lineamientos para que los municipios, que son los grandes ejecutores de las obras, pudieran actuar, y entonces aquí entra la gobernabilidad, no como ayuda sino como obstáculo. Hay una falsa premisa de que aquí todos somos amigos, que hay cinco alcaldes que tienen que trabajar en coordinación con la Alcaldía Metropolitana, pero tenemos una Ley Orgánica de Poder Público Municipal que le da autonomía a los municipios para regir y direccionar lo que pase en su ámbito, entonces es muy difícil que haya un elemento que no contribuye económicamente al logro de objetivos, pero que exige coordinación. El Hatillo por sí sólito no podría resolver el problema de movilidad de la gente, lo mismo pasa con Chacao, se necesitan actuaciones conjuntas. Para eso es la figura metropolitana, para eso es el Plan Estratégico.

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Zulma Bolívar retratada por Mauricio López

—Pareciera no tener la potestad de tomar decisiones.

—Tiene la potestad teórica de tomar decisiones.

—Si es teórica no sirve.

—Pero es que aquí todo es teórico, hasta la Constitución de la República es teórica.

—Entre la atribuciones de la Alcaldía Metropolitana está planificar, eso no quiere decir necesariamente que se vaya a ejecutar.

—Cuando se crea el Distrito Metropolitano en el año 2000, la ley reconoce el ámbito y reconoce que es un gobierno a dos niveles, donde el Metropolitano es un gobierno supra local y su función primaria es coordinar todo lo que pasa adentro. Pero entonces ese gobierno metropolitano tenía injerencia en el agua, la electricidad, el Metro de Caracas, en todo. Podías tener el control porque yo podía decirle a El Hatillo “tú no puedes permisar conjuntos residenciales de la densidad de El Encantado porque afecta a la ciudad entera, lo vas a poder hacer el día que certifiques por escrito que tienes la vialidad, el transporte público, el agua y la luz suficiente para que eso no sea un problema más”. En teoría eso hubiera limitado el mal crecimiento de El Hatillo.

—Si restituimos esa competencias teóricamente…

—Teóricamente pudiéramos empezar a poner orden.

—Más allá de esa posibilidad de tener las competencias y ascendencia sobre el nivel local, está la idea de que las alcaldías y los municipios se manejan como feudos.

—Literalmente es la fragmentación del espacio y además es una fragmentación mental, virtual. Los límites político administrativos de Venezuela tienen un solo fin: electoral, pero ninguno está conceptualizado para hacerle un favor a la ciudad, no son funcionalmente razonables. Hay una tendencia mundial, que es el reconocimiento de la conurbación, el reconocimiento de que los límites político administrativos son un obstáculo para el desarrollo armónico y por eso cada vez más se han reconocido las áreas metropolitanas como una instancia de gobierno que debe tener más fuerza, porque es esa autoridad quien pone de acuerdo a la cantidad de feudos y toma medidas que produce mejores resultados.

—Tienes la experiencia de discutir sobre estos temas en foros mundiales, donde las ciudades tienen un peso cada vez mayor. Tiene que haber, de alguna manera, una vinculación armónica entre el poder central del país con los gobiernos de las ciudades. ¿Hasta dónde debe llegar esa relación?

—Estamos viviendo algo perverso, y es que desde el gobierno central se crea una estructura paralela a los gobiernos municipales, y ya sabemos quién tiene el brazo financiero.

—El Ministerio de Transporte Terrestre y Obras Públicas determina más a Caracas, destruyendo posibilidades que se planteaban las propias alcaldías, aunque a veces sospecho que a algunas no les parece tan grave que llenen sus municipios de puentecitos para los carros.

—Aquí el que piensa distinto va preso. De alguna manera, hay un perfil bajo, no por desidia, ni por ignorancia, no por no querer actuar, de aquellos alcaldes que quieren permanecer en sus cargos, que quieren cumplir con su deber. Pero no hay ninguna interrelación entre el Ejecutivo Nacional y los poderes locales.

—¿Cumplir ese deber es como cumplir el papel de conserje del feudo?

—Más o menos. Cuando en el mundo entero se trata de fortalecer el gobierno local, darle más competencias, más recursos, más solidez, aquí se está haciendo exactamente lo contrario, cada vez centralizamos más. Por eso el irrespeto hacia las alcaldías de la administración central, sea el Ministerio del Transporte, de Ambiente o de Vivienda. Aquí lo que debería fomentarse es la corresponsabilidad, si unimos intereses y voluntades, si conciliamos objetivos, el producto va a ser mejor.

En nuestra hermana Colombia, el alcalde de Bogotá, la capital, nunca ha sido del mismo partido político del presidente de la República, y sin embargo una vez que llegan a sus cargos, los señores se quitan de encima el color partidista y trabajan en un mismo objetivo. Si el alcalde de Bogotá requiere financiamiento para la construcción del metro es el Ejecutivo Nacional quien hace lo posible por apoyar. Sea del color que sea, tu obligación es apoyar a ese señor porque fue elegido por los ciudadanos para regir el destino de la ciudad.

—No solo el Estado y sus instituciones operan en la ciudad, hay otras fuerzas determinantes, como el capital inmobiliario.

—Venezuela es el único país donde todo el financiamiento de las ciudades proviene del Estado paternalista, de la renta petrolera. Bogotá en los 80 no pudo hacer el metro, porque no tenía el dinero que teníamos nosotros. Y decidieron arroparse hasta donde alcanzara la cobija, por eso hicieron el Transmilenio. ¿Que necesitamos para que exista corresponsabilidad, para que haya alianzas público-privadas en provecho de la ciudad? Lo primero es que las empresas se sientan seguras, que tengan un marco legal no tan cambiante, donde efectivamente la empresa apueste por invertir pero tenga la capacidad de recuperar la inversión. Una ciudad que se vaya transformando de parte de fuerzas que no son exclusivamente publicas, sino que provienen de los motores de la economía, que nos van a permitir tener más comercios, más empleos. Y si hay más empleo la gente tiene más poder adquisitivo, y si hay más poder adquisitivo la gente va a poder comprar la vivienda donde la necesita y no donde el Estado quiere. Nosotros no hemos entrado a ese círculo virtuoso.

—Vayamos hacia atrás en la conversa: en el caso de Las Mercedes vemos la fuerza de un capital que determina un tipo de ciudad que no es para la gente, donde se comen las parcelas hasta el borde de la acera, es solo una forma de rentabilizar ese capital.

—Ha podido ser las dos cosas a la vez, en simultáneo. No se tomó la previsión de que se le diera a la ciudad, a cambio de altura, un nuevo parque, más aceras.

—Por ahora no hay nada a cambio.

—En este instante lo desconozco. Habría que estudiar la nueva ordenanza de zonificación de Las Mercedes para ver hasta donde llega. Las Mercedes tiene algo así como un consorcio donde está la Alcaldía, la comunidad residencial y la comunidad comercial, como representante, y está la inversión privada. Estos tres grupos toman las decisiones. La primera ordenanza de Las Mercedes comienza a instaurar la recuperación de plusvalía, que es la garantía de que al municipio le va a entrar un contingente de dinero por las mejoras que hizo en el parcelario privado. Con ese dinero la Alcaldía puede mejorar la inversión en los espacios públicos, de hecho así nace la Plaza Alfredo Sadel, así se hicieron los drenajes de Las Mercedes.

—Así se proyectó el bulevar peatonal para la Río de Janeiro.

—Que los amigos del Ministerio de Transporte decidieron hacer trizas.

—Pero de parte de la Alcaldía no parece haberse hecho nada al respecto.

—Acuérdate que el concurso se hizo sin los tres puentes de hierro, se hizo un diseño y eso habría que adecuarlo, aunque habría que pelear para que los quiten ya que los desmantelaron. Vamos a verlo en positivo: Las Mercedes es una demostración de que efectivamente el municipio tiene el sartén agarrado por el mango, porque tiene la potestad por ley de asignar el uso del suelo y su intensidad de desarrollo. Pudiera utilizar de una manera inteligente la gestión urbana, pero no hay municipio que haya dedicado el suficiente esmero, tiempo y detalle para sacarle provecho al uso de la tierra.

—La “sartén por el mango” suele ser autoridades, no solo en Baruta, que gestionan lo público desconectados de la gente. Como pasó en la avenida Miguel Ángel, donde la consulta sobre el diseño fue mínima. Sabemos cómo suele funcionar eso: buscan su estructura de soporte para al final validar los proyectos.

—Sí, para darle viabilidad, porque poner a todo el mudo de acuerdo es un problemón.

—La participación es complicada de gestionar, pero es fundamental.

—Cuando doy clases en la Facultad siempre le pregunto a mis estudiantes, ¿qué diferencia hay cuando haces arquitectura o cuando haces urbanismo? Cuando yo hago arquitectura generalmente diseño un inmueble, con un cliente que me contrata, entonces yo anoto sus exigencias, las fachadas así, las ventanas allá. ¿Qué pasa cuando haces urbanismo? Tu cliente es la ciudad. Yo pudiera tener, en el caso de Caracas, tres millones de personas con las cuales conciliar requerimientos. En el caso de la Miguel Ángel pongamos que sean cuatro mil personas, entonces pasamos a la necesidad de hacer promedios y efectivamente tengo que consultar. ¿Quieres ampliar la calle o quieres dejarla así? ¿Cómo te imaginas la calle? ¿La quieres para caminar, para montar bicicleta, para poner mesitas con café? El diseño urbano es como una microcirugía, porque tiene que ajustarse a los detalles de la cuadra, la escala del comercio, las necesidades del peatón.

¿Qué se hizo en Chacao cuando se modificaron la avenida Francisco de Miranda y la calle Élice?, se usó una alianza público-privada muy interesante. Estas alianzas ofrecen prerrogativas que no tenemos si queremos hacer todo solos. La manera de gestión público-privada es un instrumento no muy utilizado pero vista la situación vamos a tener que acostumbrarnos a usarla porque aquí tenemos que poner el hombro para que las cosas se den.

—La AMC lidia con la merma de sus competencias, pero también con sus propias limitaciones. El IMUTC es un fragmento de la Alcaldía, tú llevas allí más de 8 años y la conoces bien por dentro. ¿Qué autocrítica haces?

—Las alcaldías tradicionales que habíamos tenido en Venezuela, hasta que se les ocurre establecer el Distrito Metropolitano y la Alcaldía Metropolitana, tenían competencias tradicionales. ¿Qué es lo que hace un alcalde normalito? Le encanta pasear por su municipio, tapar huecos, pintar brocales de amarillo, acomodar aceras, sembrar matas, inaugurar canchas deportivas y ambulatorios de salud. Esas son cosas básicas que hace una alcaldía. La Metropolitana tenía que asumir de facto la responsabilidad de una escala metropolitana, ocuparse de problemas estructurantes de la ciudad. Por su escala no le toca inaugurar el preescolar, sino generar quizás una universidad. Mi escala no es la de una parada, sino la de un sistema metropolitano de transporte público. No es una jardinera, sino un sistema metropolitano de espacios públicos interconectados, con La Carlota como pieza central.

Eso, políticamente hablando, te aleja de la gente porque tu contacto no es el ciudadano común sino las instituciones. Dentro de la Alcaldía el Plan Estratégico se hizo como instrumento guía de la Alcaldía, no del Instituto. Es un instrumento de gestión, con las líneas ambientales que la gerencia de ambiente ha debido implementar y están las líneas de Caracas productiva y emprendedora que la gerencia social deberían promover.

—¿Se ha promovido en las distintas instancias dentro de la Alcaldía?

—Honestamente no se han emprendido a la escala debida. Se han hecho actividades puntuales porque el tema presupuestario nunca nos ha ayudado a implementar la escala.

—¿Es solo un problema presupuestario?

—No, está unido a un problema estructural. Recuerda que heredamos una Alcaldía con una configuración establecida. Heredamos una estructura que no pudimos modificar sustantivamente por restricciones laborales. Hay una cantidad de personas que las tenemos obligadas porque el Estado no nos permitió salir de ellas, culminar sus contratos en la fecha debida porque no tenían responsabilidades dentro de la estructura, y que se le sigue pagando. Eso incide duramente en el presupuesto metropolitano. La Alcaldía necesita una reestructuración para hacerla más eficiente, pero no solo interna: es urgente que se restituyan las competencias que requiere un ente metropolitano para poder tener una gestión efectiva.

—En sí misma, la transformación interna pareciera un proyecto que puede consumir toda una gestión. Con tantas restricciones parece que el juego estuviese trancado.

—No está trancado. Vivimos en un país donde no hay institucionalidad, no hay un régimen jurídico que te asegure o que te ayude a estabilizarte, pero sí tiene que haber un reconocimiento por las funciones que te otorga el cargo para el cual fuiste elegido. Yo no soy un personal elegido sino un técnico responsable de un área, yo creo que aquí hay mucho de voluntad política. Yo tenía un profesor, Juan Garrido, en la Universidad Metropolitana, que siempre decía: “la gestión de la ciudad es técnicamente difícil y políticamente compleja, pero una alcaldía que se llame eficiente no debería erogar un centavo público para la gestión de la ciudad”. Si mi excusa siempre es que no tengo presupuesto, este profesor me está diciendo que algo no funciona. Hay un millón de cosas que puedes hacer con la colaboración de vecinos, comerciantes, inversores privados, multilaterales. No es lo mismo diseñar un plan donde yo levanto la mano y digo “construyan”. Lo primero que hay que hacer es adecuar tu manera de pensar y diseñar.

—¿Cuántos años tiene el proyecto del Centro Simón Díaz?

—Desde 2009, eso tiene etapas. Acuérdate que se tuvo que acomodar la casa per sé, y el concurso fue en 2012. La obra se está construyendo y ahí vamos a lo mismo.

—Depende de los recursos públicos, de lo que le dan o no le dan a la Alcaldía.

—Pero también es un tema de prioridades.

—Se nota que el Centro Simón Díaz no era una prioridad. Si se hubiese pensado desde otro tipo de colaboración, inclusive con la propia comunidad.

—No solo con la comunidad, yo hubiera hecho aquí un gran consorcio o una asociación civil, una plataforma conjunta, donde la Alcaldía Metropolitana estuviera con la Alcaldía de Sucre, porque está en su municipio, con las empresas del entorno, la Universidad Santa María, que está al lado. El Centro Simón Díaz ha debido ser para el provecho de todos estos actores que estoy mencionando. La comunidad es la directa, pero la comunidad no tiene músculo financiero de inversión, aunque la comunidad perfectamente hubiera podido lograr que se aprobaran créditos adicionales del Fondo Interterritorial.

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Zulma Bolívar retratada por Mauricio López

—Me estás hablando de una cosa que se pudo hacer pero que no se ha hecho.

—Que se debe hacer porque esto está todavía en proceso, pero que necesita un clima político que ayude a promover este tipo de cosas.

—Este clima podría ser propicio, mucha gente está harta de la gran confrontación. Si es para el bienestar de la comunidad la gente se conecta.

—Te voy a echar un cuento absurdo del Centro Simón Díaz. Allí hay un proyecto de restaurant escuela, que se somete a la consideración del Fondo de Compensación Interterritorial (FCI), los proyectos que están ahí deben estar aprobados por los consejos comunales y el Consejo Metropolitano de Planificación de Políticas Públicas. Ya tenemos casi un año con las cocinas, las neveras, el horno, los mesones, todo envuelto en papel con una calcomanía bella que dice FCI, pero no he logrado que me aprueben el dinero para la instalación.

—Me estás hablando de recursos centralizados, no de la capacidad de articular, que es a lo que apelaba el profesor que mencionaste.

—No, estoy hablando de lo absurdo que es. La compañía de gas, siendo una institución a favor de la comunidad, no tiene una medida de colaboración, tomando en cuenta que se trata de una institución pública, por la labor social. El gas funciona igual que la electricidad, con contratistas a los que terminas pagándole: hace el proyecto, diseña y ejecuta a la obra. Dices que es el momento propicio para que la gente despierte, pero también es el momento de muchas necesidades. Ahorita está todo el mundo juntando dos medios para conseguir un real, y yo encima te voy a pedir para que me ayudes un poquito. Pero, efectivamente, es un modelo que hay que diseñar y hay que comenzar a implementar porque sino no va a salir.

—Tú formas urbanistas para actuar en esta realidad compleja, a los que les toca actuar contra corriente. Su rol profesional no parece suficiente, sobre todo si se terminan engavetando los proyectos.

—Llevo tiempo colaborando con distintas toldas políticas en la formación de este nuevo liderazgo. Tú tienes que darles las herramientas a este grupo de profesionales y líderes que son los que van a llevar las riendas del país. Los que quieren ser concejales, diputados, alcaldes tienen que tener insumos y parte de las cosas que hacemos es montar cursos completos. Aquellos cursos de urbanismo que hacíamos para vecinos los hemos estado haciendo con estudiantes de maestría de Ciencias Políticas, con estudiantes de Sociología, con militantes de x, y ó z.

—Que se concreten ideas maravillosas quizás dependen más de la astucia política, de cómo conectarte con esta realidad.

—La validación, desde afuera, señala que vamos por buen camino. Después de ocho años y tantos golpes, después de haber apostado por tantos proyectos y que ninguno, efectivamente, haya sido exitoso en términos de ejecución, tú ves la respuesta internacional. El año pasado fuimos finalistas en el reto que hace Bloomberg Philanthropy a escala latinoamericana, compitieron 290 ciudades y Caracas quedó entre las 20 finalistas. No ganamos por un tema de inestabilidad política, porque nadie va invertir un millón y medio de dólares en un país que no sabe para donde va, eso llevó a que Bloomberg abriera un segundo programa para nosotros. Ese mismo proyecto acaba de ser seleccionado por el Banco Interamericano de Desarrollo como una buena práctica. Estamos entre los tres finalistas y en una semana escogen el ganador de movilidad sostenible. Es el mismo proyecto que parte del Centro Simón Díaz, como contribución a personas con movilidad reducida, justamente basado en ese modelo de cooperación pública.

Sí es posible hacer las cosas, lo que pasa es que, tu lo dijiste, ahora estamos luchando contra corriente. Tienes que contar con respaldo político, que es lo que pone la guinda a la torta. Creo que las cabezas políticas están pendientes ahora de otras esferas, en las que todos participamos, pero donde no tenemos injerencia directa. Si no hay democracia, no hay desarrollo, como no hay ciudad sin alcalde. Hay que construir primero ciudadanía y después ciudad. Si yo no tengo ciudadanía, ninguna de las cosas de las que hemos hablado es posible.

—¿Y la ciudadanía y la ciudad no son un proceso de construcción simultáneo?

—No necesariamente, hay muchas ciudades que han comenzado por la construcción de ciudadanía y eso repercute como consecuencia en el producto.

—Probablemente ciudades que tienen otro marco.

—Un ejemplo que me marcó en el Congreso de Metrópolis fue la alcaldesa de Kosovo. Aquí todos decimos que Caracas está destruida, pero está enterita en comparación. Ella literalmente se enfrentó a una ciudad en ruinas, aquello sí era un proceso de reconstrucción y cuando le preguntaron por donde se empieza, dijo “por fortalecer a los ciudadanos, que son los que me van ayudar a reconstruir la ciudad”. ¿Cuál fue la primera actividad que organizó? Un maratón, ella me dijo que lo único que no se llevó la guerra fueron las calles y la gente. Su proyecto es de concientización ciudadana, de reafirmación cultural y sobre todo de creación de identidad, decirle al ciudadano “esta es tu ciudad”, eso vale oro. Sin esa conciencia es imposible que aquí se haga cualquier cosa.

—¿Nosotros estamos trabajando en eso?

—¿Quiénes son nosotros?

—Hablo de un nosotros plural, incluyendo la institución que representas. ¿Estamos trabajando en función de eso, en serio?  

—Yo creo que si estuviéramos trabajando en eso, en serio, hasta los pénsums académicos deberían haberse modificado.

—O sea, no lo estamos haciendo.

—No, porque estamos hablando de crear conciencia en lo profundo. Hay experiencias, por ejemplo la del Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá donde existe el POT de plastilina. A los niñitos de preescolar les enseñan a planificar, a moldear en plastilina la ciudad que ellos quieren, el parque que ellos quieren, la escuela que ellos quieren. Así el individuo nace consciente de que tienes que llegar a algo, de que tienes esa imagen objetivo, que es plausible conseguirla, pero que para conseguirla tengo que poner mi granito de arena.

—A eso me refiero.

—Tengo una experiencia de estos días en la urbanización donde vivo, allí las protestas nos dieron la oportunidad de encontrarnos en la avenida principal, mirar a la gente y decir, “¿tú vives aquí?”. Entonces empezamos a ver cuántas cosas podíamos hacer sin depender de la alcaldía. El parque infantil está horrible porque la alcaldía no tiene plata. ¿Por qué esperar a la alcaldía, acaso los usuarios de ese parque no somos nosotros, nuestros hijos? Vamos a hacer una gran vaca y lo mínimo lo logras: cambias luminarias para que esté iluminado, pintas el banquito de un color más bonito para que te provoque sentarte. Esa construcción de ciudadanía hace que sientas que tú eres igual de responsable, que no tienes que esperar a la alcaldía para que sucedan las cosas. Aquí gran cantidad de gente es quejona, pero muy poca gente llega con propuestas. Creo que tenemos que aprender a construir entre todos.

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Alejandro López: Caracas, entre complicaciones e ilusiones; por Cheo Carvajal #CCS450

Alejandro López forma parte, desde su inicio en 2005, de Aceras y Brocales (Últimas Noticias). Está al frente del Centro de Estudios Estratégicos de la Gran Caracas constituido en el 2014 como una pieza de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe). Es arquitecto de la Universidad Central de Venezuela, con maestría en

Por Cheo Carvajal | 6 de septiembre, 2017
Alejandro López retratado por Mauricio López

Alejandro López retratado por Mauricio López

Alejandro López forma parte, desde su inicio en 2005, de Aceras y Brocales (Últimas Noticias). Está al frente del Centro de Estudios Estratégicos de la Gran Caracas constituido en el 2014 como una pieza de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe). Es arquitecto de la Universidad Central de Venezuela, con maestría en vivienda para países en desarrollo en la Universidad de New Castle, Inglaterra. Fue profesor de diseño arquitectónico en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV durante 26 años. Asesoró en paralelo a Pdvsa y a Pdvsa La Estancia, y también apoyó en la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, y luego dentro evaluando proyectos de investigación en la comisión que atendía temas de desarrollo urbano y riesgos ambientales.

En 2001, el expresidente Hugo Chávez declaró su intención de transformar la Base Aérea Francisco de Miranda en La Carlota como un parque. Seis años después se presentó en serio una propuesta, de la mano del arquitecto Fruto Vivas. Nos dice nuestro entrevistado que el Plan Maestro vigente también tiene algo de la mano de Fruto. La conversa la realizamos en las oficinas que tienen en la base de La Carlota.

—Estamos en lo que se supone debería ser un parque conectado con el del este. Desde hace muchos años existe esa expectativa. Lo último que vimos fue la construcción del puente Independencia, ¿cuál es el estatus en este momento?

—El puente está terminado, aunque le faltan detalles. Ya comunica al parque Francisco de Miranda con lo que pudimos tomar de La Carlota, que son 10 hectáreas de las 104, que eran las se podían desalojar, reubicando a sus usuarios. Ya el parque funciona y se supone que pronto debería inaugurarse la primera etapa.

—¿Pronto es cuándo?

—Era la semana pasada, y ahora está prevista para el 10 se septiembre.

—¿Las 10 hectáreas?

—No, de esas 10 hectáreas van a quedar algunas áreas en construcción.

—¿Por qué tanta demora? Recuerdo que cuando se construía el puente, a finales del 2014, Ernesto Villegas, quien estaba al frente del Ministerio de Estado para la Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas, anunció que se inaugurarían 12 hectáreas al año siguiente.

—Con Villegas anunciamos que se iba a inaugurar en diciembre de 2015. Arrancamos con muchos bríos, con recursos, pero desde esa fecha en adelante los recursos han sido muy intermitentes.

—¿Es por falta de recursos que no se ha logrado abrir el parque, o tiene que ver con que no se ha desafectado como base militar? Entiendo que la Comandancia de la Aviación se está construyendo en Ciudad Tiuna.

—En La Carlota operan varios componentes de la Fuerza Armada, Protección Civil, Ciencia y Tecnología, CICPC, y un largo etcétera. Vamos a tomar de esas 100 hectáreas lo que sea posible. Porque no podemos tomar toda la Base, porque esto requiere que la Aviación y los otros componentes tengan a donde mudarse. Entonces se inicia la construcción, bastante adelantada, de las sedes de las comandancias en Fuerte Tiuna: Aviación, Armada, Ejército y Guardia Nacional. Iban a entregar la Aviación en diciembre, pero por falta de recursos, no podrán culminar este año. Nosotros, con las 10 hectáreas, igualmente estamos atrasados porque ha habido falta de recursos. Este es un parque estratégico para la ciudad y tiene dos grandes funciones: la básica, como parque, pero en casos de emergencias como sismos, deslaves, guerra o cualquier cosa, funcionaría la pista con las instalaciones necesarias para que puedan aterrizar ciertos aviones. El día que haya necesidad de tomar La Carlota como centro de operaciones ante un desastre, se cierra el parque y este opera.

—¿Contemplan la permanencia militar en el parque?

—Solo en casos de emergencia. Nosotros hemos propuesto que debe haber siempre un componente militar, pero no fuerzas militares. Una sede administrativa, para cuando sea necesario tomarlo ante un desastre. Igual con Protección Civil y los bomberos. De hecho el acuerdo es que las instalaciones destinadas a ambos servirían para desarrollar la parte formativa y lúdica, como áreas temáticas, abiertas y atractivas para los visitantes.

—Hablas de un Plan Maestro que no ha tenido mayor difusión. La Alcaldía Metropolitana de Caracas convocó a un concurso de ideas para transformar en parque verde la base aérea (2012), y allí se generaron ideas muy potentes. ¿Hay algo de lo que se generó allí en el Plan Maestro del que hablas?

—Directamente, que agarrara de allí y pasara para acá, no. Primero, porque ese concurso lo hace la alcaldía de manera abierta, sin ningún tipo de premisa, de determinante. La inmensa mayoría de las propuestas no respetan la pista. Ya por allí colide totalmente con el enfoque que tenemos nosotros. Caracas es una ciudad muy vulnerable, y aunque no sea de uso cotidiano debe existir la posibilidad de utilizarla cuando sea necesario. Luego, por supuesto, hay usos, conexiones de vialidad que tanto en ese concurso como en nuestra propuesta están incorporadas, ellos desviaban el río y lo incorporaban adentro, nosotros no pensamos en eso porque el río aún no estaba para eso, pero sí planteamos un lago. Hay coincidencias, aunque formas diferentes de plantearlas.

—Esa desconexión expresa el tema político y administrativo de la ciudad, el de la gobernabilidad. ¿Cómo pensamos la ciudad a futuro, desde dónde la proyectamos, cómo la gestionamos? Has expresado en diversas ocasiones que defiendes una idea más centralizada de las políticas en torno al desarrollo de la ciudad. De hecho la creación del Ministerio para la Transformación Revolucionario de la Gran Caracas no tenía conexión con las alcaldías. ¿Cómo ves la gobernabilidad de la ciudad, su proyección a futuro con la estructura existente?

—El lenguaje es bien importante. Tú acabas de decir que tengo una visión “más centralizada”, minimizando las alcaldías. Yo diría que eso es medio verdad. En cualquier circunstancia una nación necesita unas directrices generales de desarrollo, en todos sus ámbitos. ¿Qué son las alcandías hoy? Pequeños feudos. ¿Para qué sirven los concejos municipales? No tienen sentido porque allí no están representados los intereses de la gente. Yo estoy en contra de la estructura de funcionamiento actual de las alcaldías y concejos municipales. Primero porque hay falta de direccionalidad y coincidencia de grandes objetivos que deben cumplirse en el país. Segundo, lo que existe ahora es corrupción, egoísmo, politiquería, entonces, sí, creo que debe haber una direccionalidad que se pueda ajustar, metabolizar en función de las realidades de las comunidades. No es lo mismo Catia que El Hatillo, no es lo mismo Petare que los barrios del 23 de Enero. Creo que hay que romper con la inercia. Para algunos Caracas es el municipio Libertador, para otros los cinco municipios. Para otros cada municipio por su cuenta, “nos reunimos y negociamos”. Tiene que haber un gran plan de lo que debe ser la ciudad, y en una transición de los municipios estos deben formar parte de esa direccionalidad. Hay que oírlos, interpretarlos, porque esta “direccionalidad” no es una imposición. No solamente a los municipios como instituciones, sino a la gente de las comunidades.

—Existe el Plan Estratégico Caracas Metropolitana 2020, de la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Se hizo una consulta a mucha gente, más enfocada en especialistas, y a partir de allí recientemente se desarrolla el Plan de Desarrollo Urbano. Está bien tener directrices nacionales sobre hacia dónde van nuestras ciudades, pero no veo “direccionalidad” clara arriba sobre lo que debemos desarrollar en la ciudad. El desarrollo, desde el Ministerio de Transporte Terrestre y Obras Públicas, de las “soluciones viales” contradice la idea de una ciudad para la gente, y van a contracorriente del cuidado ambiental: tomaron el cauce del río Valle, eliminaron árboles, ocuparon parte de la ciclovía que hizo la Alcaldía de Libertador frente a la Bolivariana, obstaculizaron con tres puentes el proyecto de bulevar peatonal en la Río de Janeiro. Desde arriba siguen pensando la ciudad para los carros.

—Así como hay contradicciones entre lo que desde el gobierno nacional se ejecuta y lo que en algunos discursos se dice sobre lo que debe ser la ciudad, hay algo que no has dicho: los cuatro municipios del este muchas veces no están haciendo la ciudad que está en los discursos de los propios alcaldes, ni en lo planteado por la Alcaldía Metropolitana. Zonas como Las Mercedes, El Rosal, Altamira o La Castellana, diseñadas en su momento bajo una visión de la ciudad a escala humana, hoy están siendo aniquiladas con cambios de zonificación y usos. Están destruyendo un patrimonio de la ciudad. Eso lo están haciendo con la venia y apoyo de las alcaldías. No se logra articular una visión compartida de lo que debe ser el desarrollo urbano, del territorio, de la gran capital. No hay disposición, ni de tirios ni troyanos, a ser firmes y consecuentes con lo que se plantea. Esa es una debilidad nuestra, casi un venezolanismo: decir una cosa y hacer otra.

—El caso de Las Mercedes es emblemático. Ciertamente estas operaciones contradicen el espíritu del Plan Estratégico Metropolitano. En cierta forma me parece que coincides con las líneas de este plan. ¿Dónde está la ruptura entre esas directrices de la centralidad y las seis líneas del Plan Estratégico?

—Hay que reconocer que la llegada de Chávez al gobierno produjo un movimiento telúrico en nuestra sociedad. Estamos en una transición agresiva, en donde están tratando de surgir ideas, sueños, ilusiones, por un lado, de gente que estaba apartada, segregada, olvidada, tratando de incorporarse al país, y hay otros que están en contra de eso, y están defendiendo sus intereses más individuales o corporativos. Es un momento muy duro. Este año lo que hemos vivido es una guerra interna, no convencional. Hay una fuerza que trata de hacer un nuevo país, con sus errores, y otro que se opone a que sea ese y quiere imponer otro, eso está pasando también afuera.

¿Por qué hay tantas contradicciones entre las dos fuerzas? ¿Por qué no se ponen de acuerdo? Porque están en pugna. Por eso digo que el gran esfuerzo que tenemos que hacer, aunque se caigan a golpes arriba, es ver cómo abajo tratamos de llegar a consenso, de hacer cosas que podamos compartir. Yo me acuerdo que le propuse a Pdvsa La Estancia prolongar el bulevar de Sabana Grande hasta Chacaíto, conectar desde los museos, en Los Caobos, hasta plaza Brión, porque después Chacao tenía desarrolladas unas aceras con ciertas cualidades en la Francisco de Miranda, y así crear un gran eje. La respuesta en ese momento fue: “es que es la Alcaldía de Chacao”. Y yo decía que no importaba. “Lo más grave es que Chacao diga que no”. Pero no se logró.

—¿Por qué no se logró?

—Por la cuestión política de ambos lados. En ese momento, si mal no recuerdo, el alcalde era Leopoldo López. No se pudo. Entonces pensé: vamos a invitar a la gente de la AMC para conversar al respecto. Fue duro y eso era lógico. Quizá debió intentarse más, pero no hubo voluntad de las partes. Uno trata de hacer las cosas con cierta ilusión, sabe que no se van a dar, pero igual hay que intentarlo.

Alejandro López retratado por Mauricio López

Alejandro López retratado por Mauricio López

—Hablaste que unos quieren imponerse sobre otros, son años en que hemos escuchado la palabra “hegemonía”. Abajo, probablemente haya más acuerdos que desacuerdos en materia urbana. Ese eje del que hablaste, está en el Plan Estratégico Metropolitano, y de eso hablan muchos académicos y profesionales. No me ha tocado nadie que diga lo contrario. Hay acuerdo abajo, pero la visión de una hegemonía del control político y administrativo no lo permite.

—Pero no todo es culpa del gobierno. Aunque todos estemos de acuerdo y queramos esos espacios, esos ejes, en paralelo se promueven unas densidades, unos usos de oficinas, como se está haciendo en Chacao y Baruta, que también contradice esa visión.

—Durante muchos años hubo acuerdo en que había que aumentar la densidad en algunas zonas, incluso en vías como la avenida Libertador. Pero la Gran Misión Vivienda Venezuela implantó las viviendas sin coordinación, sin generar ciudad. ¿Se puede adecuar lo ya hecho sin los gobiernos locales? Con el bulevar se levantó un muro de los dos lados, pero quienes caminamos ese bulevar somos nosotros. Se niega esa continuidad, se destroza Las Mercedes, se imponen “soluciones viales”. Estamos en un momento de crisis y reconfiguración, ¿cómo hacemos para conectar lo que artificialmente se desconectó?

—Esa es una pregunta muy complicada. Es como cuando un ser humano tiene una enfermedad: tú necesitas tener conciencia de tu enfermedad para poder superarla. A mí me da la impresión de que no hay todavía, en los grandes niveles decisorios, la conciencia sobre la importancia que tiene la ocupación del territorio y las ciudades. La ciudad refleja la sociedad que somos. Si no nos ponemos de acuerdo, la ciudad es entonces lo que somos ahora: un caos.

Los primeros intentos del gobierno de Chávez en relación con la Misión Vivienda, fueron puros fracasos, hasta que afortunadamente llega Ricardo Molina que no siendo arquitecto se había empapado de las ideas de Henrique Hernández, Alfredo Roffé, Alfredo Cilento, y las mías, del programa experimental de gestión habitacional, que lo hicimos en todo el país. Ricardo Molina las lleva al Gabinete, por eso arranca la Misión Vivienda, pero chucuta. Nosotros no podemos seguir fomentando edificios de gran altura. Nosotros tenemos que construir El Silencio. Esa concepción de comunidad, de patios, de comercios, de servicios, eso no se tomó en cuenta totalmente en la Misión Vivienda.

—Ciudad Tiuna es un horror.

—Yo no participé, pero Juan Pedro Posani que participó estuvo peleando para que le bajaran la altura, porque los chinos tienen todos los reales del mundo y siembran miles de edificios altísimos en dos segundos. Ahí había una necesidad política, estratégica, con los chinos. Yo apoyo muchas cosas de este proceso, hay otras que no. Para mí la alianza internacional, diversa, es fundamental. Lograr tener “otros amigos”, que no sean los mismos de siempre, es demasiado importante para la vida como nación. Pero llegas a acuerdos con los turcos, los rusos, los bielorrusos, ¿y qué hacen los niveles profesionales nuestros? No expresan claramente que está muy bien la alianza, pero no la tecnología impuesta.

—Cambiando el foco… ¿Cómo entra el barrio en esta historia? Mucha gente aún dice: “ Voy a bajar a Caracas”, porque no se siente parte de la ciudad, inclusive hoy después de estas dos décadas.

—El barrio es una forma de vida. Es la expresión que encontró la gente para resolver sus problemas durante décadas. En una sociedad en la que las grandes mayorías no tenían las oportunidades para resolver sus necesidades de techo, tuvieron que hacerlo a la macha: invadir, tomar, ocupar las tierras que pudieran. Si hubiésemos tenido una sociedad que considerara a esa población, y la hubiese asistido técnicamente, con recursos, no tendríamos barrios como los que tenemos. Tendríamos quizás, zonas difíciles, por las pendientes, pero no estarían en el nivel de carencias y de déficit de servicios que hoy tienen. Han creado sus propios lazos, han resuelto bastante bien a su manera. Aquellos sectores de barrios que están en un riesgo inminente, porque se ha deteriorado el suelo, a esa gente hay que mudarla. Pero creo que la mayoría de los barrios, en Caracas y en el país, hay que habilitarlos más que rehabilitarlos. Ahí entra, en buena forma, lo que Federico Villanueva y Josefina Baldó, también Teolinda Bolívar, han planteado, desde hace tiempo. Hay que evaluarlos, uno por uno, y con su gente reconstruirlos.

—Esa evaluación es la que justamente hicieron Villanueva y Baldó en el Consejo Nacional de la Vivienda.

—Bueno, se empezó a hacer. Creo que esa experiencia fue muy buena, lamentablemente no fue más extendida. Creo también debe cambiar su enfoque, trabajar más con la gente directamente. Incluso, que salgan de la propia gente, ingenieros, arquitectos, que ahora está pasando. Muchas de las iniciativas en barrios están siendo asesoradas por gente que se formó en las universidades nuestras y regresaron a sus barrios, en vez de venir de las alcaldías vienen de adentro. Uno de los principales problemas es la accesibilidad. No solo a pie, sino con el camión de basura, con emergencias, con policías, bomberos. Eso es costoso, también socialmente, porque abrir espacio implica sacar gente y reubicarla. Nosotros somos muy machistas e inmediatistas. Tenemos que iniciar proyectos que no vamos a ver nosotros, sino nuestros nietos.

—Esa transformación no está sucediendo en los barrios, y había grandes expectativas al respecto. Hay hechos puntuales, pero enmarcada en el discurso de estas dos últimas décadas la deuda es enorme. Ese discurso de inclusión no ha logrado que el barrio sea realmente incluido.

—Claro, porque seguimos en la guerra, en lo inmediato: la comida, la vivienda. Todo se ha convertido en una especie de objetivo inmediato. Comer, tener mi casa, esas son deformaciones que todavía se conservan. Por ejemplo, ¿por qué tener mi casa? ¿Qué es eso de “mi casa”? Lo que yo necesito es una casa, no mía, puede ser del Estado.

—¿Tú tienes tu casa?

—Yo tengo mi casa. Pero no tiene por qué ser mía. Yo lo que debo tener es la oportunidad de vivir en ella. Pero esa vivienda, cuando yo me muera debería pasar al Estado, para que otra familia tenga la oportunidad que tuve yo. La vivienda no tiene que estarse individualizando.

—Eso no lo puedes decretar.

—No tiene que decretarse, pero creo que esa cultura tiene que cambiar, y los cambios culturales son lentos. A lo mejor desde hoy, la política de vivienda debe empezar en que toda vivienda pública no es de la familia, sino que es de la familia por un tiempo, hasta que esa familia la necesite. Una revolución urbana tiene que empezar por los barrios. Ahora estamos haciendo una propuesta de espacios públicos, pero yo le daría prioridad a cómo atacar en la Gran Caracas, sus 27 municipios más o menos, el problema de todos los que viven en barrios. Hay que equilibrar la capacidad de trabajo, de producción, de salud, formación, recreación, en todos los grupos sociales. Eso es lo mínimo.

—¿Cuándo comenzamos a hacer eso?

—Eso tampoco se decreta. Creo que unas de las principales dificultades en este momento es que se tenga conciencia de eso.

—¿Se tiene conciencia de eso?

—Hay estadios en la conciencia: yo estoy consciente, pero no lo tengo tan internalizado como para priorizarlo, y si estoy distraído por otras cosas, porque me están atacando, me cuesta mucho. Hay que reestructurar la manera de direccionar a esta sociedad. Cada vez que algún amigo llega a un puesto clave, les repito y repito, y nadie me para ni medio: “Tú tienes que formar dos equipos, el bomberil y el pensante”. No es que uno sea mejor que el otro, los dos son necesarios. El bomberil es necesario, porque estamos en una emergencia, pero el pensante tiene que ir creando la estructura para que cada vez sea menos importante el equipo bomberil, que cada vez haya más previsión, anticipación, planificación. Que podamos construir de una manera estable, continua, permanente, y no dando brincos.

—Desde acá se gestó el Plan Maestro para transformar Caracas. ¿Cuáles son los ejes que se señalan en ese plan? ¿Se consultó a la gente en esos términos que estás hablando?

—Nosotros no hemos hecho el Plan Maestro de Caracas. Este Centro es creado en la época de Ernesto Villegas. Yo se lo propuse cuando él me buscó para apoyarlo en esta gestión. Con la idea de que fuese un ámbito de estudio, de investigación, de discusión, de debate, que fuese construyendo directrices para una visión urbana. Comenzamos con las mesas técnicas en las que reunimos a las instituciones nacionales, regionales, municipales, algunas comunidades, al Movimiento Pobladores. Recogimos, de acuerdo a un guion que propusimos, opiniones y recomendaciones. Ese material lo procesamos y existen hoy una serie de recomendaciones, pero algunas de ellas coliden, o no han sido totalmente desarrolladas, o son muy generales, o no han sido estabilizadas.

—¿Cuáles son las que están “estabilizadas”?

—Son líneas, la ambiental, la de movilidad y transporte, la de vivienda, de patrimonio, de obras especiales. Hay varias de esas que tienen recomendaciones, pero nosotros no hemos tenido la capacidad, no hemos tenido los recursos. No hemos tenido la comprensión de niveles de arriba. Lo que tenemos en este instante en el Centro son unas líneas estratégicas que las estamos tratando de reactivar, a ver si las mejoramos, si las actualizamos con nuevas consultas. Aplicando esos “principios” de lo que debe ser la ciudad a través de un proyecto concreto que a lo mejor satisface más al inmediatismo. Estamos tratando de que eso se pueda materializar en un proyecto que pueda construir la malla caminable de la ciudad. Que puedas recorrerla de manera cómoda, sin bajar escaloncitos de una acera para bajar a la calzada y subir nuevamente a otra acera, sino que sea continua.

—Suena bien, pero eso ya está pensado por muchos otros, está en el Plan Estratégico Metropolitano. Veo con incredulidad ese planteamiento si desde un brazo importante de transformaciones concretas, como el de Pdvsa La Estancia, no se logró concretar algo tan obvio y relativamente sencillo como conectar el bulevar de Sabana Grande con Los Caobos.

—Hay experiencias negativas. Pero estamos los tercos, que insistimos, aunque nos digan ilusos. La Alcaldía de Libertador está creando lo que ellos llaman “corredores”, como desde la vieja cárcel de La Planta en El Paraíso, desde ese sitio que se está recuperando lentamente, está planteado poder caminar hasta la plaza Bolívar. En el municipio Libertador se están materializando una serie de espacios. Nosotros lo que estamos proponiendo, basándonos en esa experiencia, es extenderla a toda la ciudad. Porque yo creo que ya basta de que sigamos trabajando en el municipio Libertador. En Chacao, Baruta, Sucre y El Hatillo hay muy poco espacio público, comparado con lo que hay en Libertador, y es lógico: ha sido desarrollado de otra forma. Nosotros queremos aumentar en el este estos espacios, que es lo que vamos a hacer con el parque Simón Bolívar. Ver cómo peatonalizar mucho más a Chacao. Eso tiene que ir acompañado de otras políticas, como de movilidad y transporte. Tenemos que combatir la necesidad del vehículo, tenemos que eliminar carros, aunque no sea fácil. Uno debería poder caminar desde el centro de Caracas hasta el parque de Las cuevas del Indio, en El Cafetal.

—Estamos de acuerdo en esto que dices, pero la incredulidad viene porque las políticas del MTTOP contradicen eso. Frente a Ciudad Banesco se está construyendo una nueva locura.

—Eso viene inercialmente.

—Pero esa inercia afecta contundentemente esta idea de ciudad que estás expresando. Por otro lado, las demoras del parque La Carlota, que vamos a tener una parte de las 10 hectáreas, que son a su vez una pequeña parte de las 104 hectáreas. Y si a eso le sumamos el proyecto Guaire que en el 2005 lanzó el Ministerio del Ambiente, que incluía la conexión de todas las quebradas y los barrios, eso quedó en nada.

—Se han hecho algunas cositas.

—Las “cositas” casi ni provoca mencionarlas en comparación con la magnitud de lo que se vendió como proyecto, como visión.

—Hay una parte de ese trabajo que no se ve. Que son los colectores. Luego es que aflora el espacio público.

—Pero los colectores tampoco se han desarrollado lo suficiente.

—Es verdad, todo ha sido flojo. Aquí tenemos un problemita importante: creemos que todo es el gobierno. Normalmente la gente transfiere a otro sus problemas. Siempre estamos haciendo una crítica y nos volteamos hacia el gobierno central, pero ¿por qué cada vez que se hace un desarrollo en El Hatillo, de viviendas de lujo, tiran las cloacas a las quebradas? Eso no lo decimos. Decimos que el gobierno central no ha saneado las aguas de Caracas, pero en paralelo las alcaldías están permitiendo que suceda esto con los cursos de agua. Estamos en una sociedad desestructurada, por un lado existe ineficiencia, fallas, limitaciones, del poder central, pero el país debe desarrollar y valorar la capacidad de su estructura social, por eso creo tanto en las comunidades.

Alejandro López retratado por Mauricio López

Alejandro López retratado por Mauricio López

—Muchas intenciones cruzadas, que chocan y se anulan. Para que esa base social pueda tomar decisiones sobre cómo ir moldeando la ciudad, su interlocutor parece ser el poder local. Pero ese poder local está en entredicho por la relación directa desde el poder central con la comunidad. La gente está resolviendo su día a día. Las alcaldías están amenazadas. Tenemos un gobierno con acciones contradictorias y arbitrarias sobre la ciudad. ¿Hacia dónde se dirige Caracas en medio de ese contexto?

—Tú planteas la pregunta tratando de obtener una respuesta concreta. Pero es un proceso muy complicado. Las cosas se dan cuando hay las condiciones. Lo único que puedo decir es que cada uno de nosotros debe hacer lo que le corresponde. No puedo esperar que el gobierno cambie y que elimine las contradicciones. Tengo que contribuir con lo que puedo a través de mi ejercicio profesional, a través de mi conversa contigo, a través de Aceras y Brocales, a través de reuniones con amigos, de estimular a Juan Pedro a ver si hacemos reuniones que generen cierta opinión. Cuando haya mayor conciencia en más gente. Mientras la mayoría espere que haya un cambio de gobierno, o que se refuerce al gobierno, estamos mal.

—Lo que me estás diciendo es que tenemos que ponernos de acuerdo, que nos encontremos en una visión de ciudad.

—Las diferencias enriquecen. En Venezuela hay que hacer un gran esfuerzo, así te llamen iluso. Como decía Cantinflas: “O nos tratamos como caballeros o como lo que somos”. Hay que seguir insistiendo. Isaías Rodríguez se reunió con comunidades de Guarenas-Guatire, y allí la gente planteaba ver ese eje como una región. ¡Qué bueno que la gente ya esté viendo de forma global el territorio, no solo la alcaldía, mi casa, el hueco de mi calle! Interesante que estén pensando en formar parte de una directriz, que luego hay que bajar a tierra. A Caracas llega cada día un millón de personas más que vienen a trabajar, estudiar, curarse. Si logramos evitar eso, el país mejora. Que la gente de los Valles del Tuy, de Vargas, no necesiten venir a Caracas sino para distraerse, visitar el parque Simón Bolívar, un teatro. No deberían depender de Caracas, sino ser autosuficientes. Eso lo está empezando a ver gente distinta a uno, que lo venimos viendo desde hace tiempo. Eso hay que resaltarlo. Cuando más gente distinta a la que está arriba comience a tomar esa conciencia, comenzará ese cambio.

—Mirando hacia lo concreto: se supone que este domingo inauguran una parte de las 10 hectáreas que han venido trabajando. ¿Alguna meta de tiempo para el resto?

—Es muy difícil precisarlo. (Ricardo) Menéndez está haciendo ahora el plan de obras públicas 2018-2019, desconozco qué peso tiene allí el parque. Lo que sí está claro es que para el gobierno nacional y la Opppe, el parque es de las obras prioritarias. Yo no quiero decir fechas, porque mentiría. Ya lo hicimos mucho, desde 2014, y en teoría había posibilidad de que esas fechas se cumplieran. Pero cuando comienzas a ejecutar, salta el país. Sale el contratista ineficiente y no hay manera de castigarlo.

—¿Por qué no?

—Así es la vida, siempre hay una excusa.

—Hablando de contratistas, ¿no hubiese sido mejor destinar los recursos que utilizaron para el “puente Independencia” en el desarrollo del propio parque?

—Esa fue una responsabilidad de quien estaba aquí en la Opppe. Yo hubiese empezado por hacer el parque y después buscar la conexión. Un buen paso, pero no de la magnitud del que se hizo. Pero no quise meterme en eso. ¿Qué hicimos? Rediseñamos el puente. Yo soy el responsable de que tenga un hueco hacia abajo, (Haiman) El Troudi no lo quería porque le daba vértigo. Yo creo que hay que centralizar ciertas cosas, aunque permitas la autonomía de acción posterior. Se terminó el puente y comenzamos a trabajar adentro, pero está el problema de los recursos. Ese puente salió más caro. Se lo dimos al Ministerio, y le hicieron cambios. Por ejemplo: hay cuatro astas de banderas que no estaban en nuestro proyecto, y se gastaron un dineral en esos cuatro elementos de acero. Yo propuse un concurso, a través de Pdvsa La Estancia, para que la baranda del puente sirviese como contención y fuese una obra de arte. Eso no se pudo. Quise que se hiciera un concurso para que esas cuatro astas sirvieran para diseñar una tenso-estructura, que diera sombra y un aspecto de espacio ferial, y tampoco. Esas son cosas de los ilusos, que vamos buscando y buscando, pero que a pesar de la incredulidad seguimos insistiendo. Ese es mi rol.

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Mireya Lozada: Ciudadanía en tránsito; por Cheo Carvajal #CCS450

A veces vale la pena comenzar la entrevista por el final: se levanta de la mesa, poco antes de despedirnos. Va y vuelve a la barra de la taguara en la que hemos estado conversando. Regresa con un brillo particular en sus ojos. Sonríe como si en ese breve trayecto lo expresado al final de

Por Cheo Carvajal | 31 de agosto, 2017
Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

A veces vale la pena comenzar la entrevista por el final: se levanta de la mesa, poco antes de despedirnos. Va y vuelve a la barra de la taguara en la que hemos estado conversando. Regresa con un brillo particular en sus ojos. Sonríe como si en ese breve trayecto lo expresado al final de esta conversa, hubiese quedado profundamente convencida de algo maravilloso, después de tanto hablar sobre fragmentación, exclusión, repliegue, instrumentalización política, de dolor y de odio. Mireya Lozada celebra que, a pesar del desmoronamiento, un proceso orgánico de construcción está ocurriendo entre nosotros. Una manera de reconocernos, repensarnos y comenzar desde ya un proceso de reconstrucción de lo social desde la acción ciudadana, que asume la política como asunto de la vida cotidiana, pero también del futuro.

Nuestra entrevistada es psicóloga social, docente e investigadora de la Universidad Central de Venezuela, con doctorado en Psicología política en la Universidad de Toulose, Francia. Actualmente coordina la Unidad de Psicología política del Instituto de Psicología de la UCV. Forma parte de Aquí cabemos todos, grupo de reflexión y opinión política, muy enfocado en la despolarización, en las formas de abrir espacio para la convivencia, desde la tolerancia, pero también desde el respeto a las reglas de juego democráticas. Entre 2002 y 2004, momento álgido de la polarización, trabajó en conjunto con algunas organizaciones sociales en un proyecto que se llevó a cabo en algunas escuelas: El derecho a la paz, voces de niñas, niños y adolescentes en Venezuela.

—¿El “derecho a la paz” podemos entenderlo como “derecho a la ciudad”?

—Totalmente. Se tiende a banalizar el concepto de la paz, como que todos nos agarramos de las manos y vamos sonrientes por la calle, dejando afuera la profundidad y alcance que la paz tiene en la vida cotidiana de la gente, que se expresa en espacios donde se realiza lo público: escuelas, plazas, lugares de encuentro. Poder disfrutar de esos espacios urbanos, compartir e intercambiar de forma plural, democrática y pacífica es justamente bienestar para la ciudadanía, es expresión del derecho a la paz y a la convivencia pacífica.

—En el marco de sus 450 años, y ante la ausencia de paz en los espacios públicos de manera cada vez más aguda por el conflicto político, ¿hay algo que podamos celebrar de Caracas?

—Aún cuando el espacio urbano, de esta y otras ciudades, es quizás donde más se aprecia el impacto de la polarización social y conflictividad sociopolítica de los últimos años. Caracas, que es sede de los poderes y donde es mucho más fuerte la confrontación, nos sigue acogiendo. Es la ciudad la que nos ofrece ese lugar, tanto para participar como para resistir el avance de acciones y políticas que niegan al ciudadano. Paradójicamente ella nos muestra el impacto, el daño, la expresión urbana de esa conflictividad, pero también nos ofrece la posibilidad de defensa de esos espacios de convivencia pacífica y democrática. La participación ciudadana es un derecho que puede garantizar la paz entre sujetos distintos, en su pluralidad, en su expresión e ideologías, pero que son iguales ante la ley. Esa igualdad y ese derecho a la ciudad está siendo vulnerado de muchas maneras.

—¿Ese derecho vulnerado a la participación y a la convivencia, en este espacio de la diversidad que es la ciudad, es de estos últimos años o va más allá de los famosos 18 años que tiene este gobierno?

—Sería erróneo señalar que la fragmentación y el impacto urbano de la conflictividad social en la ciudad son atribuibles solo a estos últimos años. La segmentación y fragmentación urbanas existían previamente. Pero esa fragmentación se ha profundizado en la territorialización del conflicto, en la creación de guetos. Tanto desde el punto de vista de la distribución geográfica, de los espacios del patrimonio de la ciudad, como de la utilización de ellos y el derecho a participar en las políticas públicas desde la condición ciudadana. El ciudadano ha estado ausente, o no ha sido suficientemente visible, en la definición, ejecución y seguimiento de las políticas públicas relativas a la ciudad, y en la preservación y cuido del derecho a ella que como ciudadano le corresponde.

—Décadas atrás se hizo patente un desprecio hacia lo público por un sector de la sociedad que lo asumió como el ámbito de quienes no podían resolver por vía privada su educación, su salud, su transporte, su recreación. Esto se hizo más fuerte a partir del Caracazo, con el cierre de calles y la proliferación de rejas y cercos. En los tiempos que corren, que se suponían de mayor socialización y reconquista de lo público, esa fragmentación se ha intensificado. Y la paz parece depender de que nos retratemos en lo público.

—Esa fragmentación y segmentación de larga data, que forma parte de las causas estructurales de la violencia, tiene que ver por una parte con los niveles de exclusión de sectores sociales, de identidades marginadas e invisibilizadas, y por otra con otros sectores que viven cada vez más confinados en espacios controlados, con seguridad privada. Esto ha limitado el uso del espacio público y la apropiación de la ciudad de forma diversa, por diferentes sectores sociales, grupos etarios. Esto se ha agudizado en estos años de polarización social y ha dejado huellas materiales y simbólicas en familias, escuelas, comunidades, instituciones públicas y privadas. Ya no es solo las zonas marginadas, los barrios que circundan la ciudad y las ciudades dormitorio, que ya existían, más la fragmentación propia del propio barrio: los de abajo, los de arriba, los que llegaron primero, los que llegaron después. Ahora se suma la territorialización del conflicto sociopolítico que ha generado feudos y guetos, zonas que se etiquetan como en pro o en contra del gobierno. Además, se ha institucionalizado esa fragmentación que prohíbe el derecho al uso de los espacios públicos y al libre tránsito. Muchos de esos espacios públicos donde se confluía, ahora están, sino físicamente, al menos simbólicamente restringidos. Y el derecho a la ciudad no puede limitarse, menos aún desde las instituciones que gestionan lo público, que es de todos. Se ha ido naturalizando, institucionalizando, la exclusión de la ciudadanía en el uso de sus espacios.

—En Caracas, más allá de precariedades y conflictos, la gente suele estar en la calle, sobre todo en los sectores populares. Allí las irrupciones de violencia y dolor parecen naturalizadas, como si fuesen inevitables, convertidas en múltiples narrativas de personas que van con su dolor en medio de una ciudad que igual intenta vivir desde la alegría.

—Siento que la ciudad ha ido variando, y el disfrute de la ciudad ha sido afectado por el impacto de la violencia social y política. Hay un duelo colectivo, aunque la gente sigue haciendo vida en la calle, cada vez con más restricciones por la inseguridad, por otras formas de control y represión que se han venido ejerciendo en los últimos años. Pero hay expresiones de duelo colectivo, simbólicas, no necesariamente explícitas en el comportamiento de la gente.

—¿Como cuáles?

—Por ejemplo: cuando veníamos caminando hasta acá, vimos cantidad de cruces con los nombres de los muchachos que han muerto en manifestaciones.

—Pero eso, además de duelo, ¿no funciona también como instrumentalización de la muerte en el ámbito político? El año pasado hubo más de 20 mil muertes violentas, en su gran mayoría por armas de fuego, pero no vemos ninguna cruz por esos muertos en las calles. ¿Dónde está ese duelo?

—Que ambos sectores de la confrontación hayan instrumentalizado políticamente el sufrimiento de las víctimas y sus familiares, no quiere decir que no haya también necesidad colectiva y ciudadana de decir eso, de otro modo. Está en las expresiones callejeras, en los signos que van quedando en las paredes mostrando inconformidad, malestar.

—A veces parece que Caracas es una ciudad que se acostumbró a la muerte.

—Hay un proceso psicológico que se llama habituación, según el cual si se van haciendo cotidianas y frecuentes las expresiones de violencia, la población tiende a convivir con ellas. De alguna manera tiene que seguir viviendo, usando los espacios donde se dan esas expresiones de violencia. Tienes razón en que hay un número enorme de víctimas de la violencia de la criminalidad, que dan cuenta de los altos niveles de impunidad. Violencia del crimen organizado y policial. No necesariamente está expresada en esas cruces, pero el duelo está allí. Hay autores que hablan de un “duelo congelado”, que está en las familias, y que tenemos que procesar. Esos son procesos de reparación social. Es necesario sanar las heridas que toda la violencia social y política ha generado, en la ciudadanía y en la ciudad. Es un proceso largo que requiere atención y acompañamiento, políticas públicas que atiendan ese impacto que ha dejado esa violencia y esa conflictividad. Que resignifique buena parte de los espacios urbanos. En sociedades en conflicto que han pasado situaciones tan graves o peores que la nuestra, ha sido necesario crear símbolos unificadores. Espacios donde se reconozcan los sectores en conflicto, que construyan memoriales, como recuerdo de lo que vivimos con la intención de que no vuelva a ocurrir. Es una tarea pendiente enorme. Esos duelos sin atender deben conseguir un cauce, algún modo de reparación, aunque sea simbólica para poder convivir en paz.

—Pongamos el caso de los Acuerdos de convivencia, en Catuche, donde la violencia se había hecho crónica ante la ausencia de Estado en el barrio. Hasta que el dolor obligó a las madres a actuar y finalmente llegar a acuerdos entre ellas y los jóvenes para detener los crímenes. Ni un muerto en 10 años dentro del barrio. Pero afuera de este sí. Al final es también como una burbuja. ¿De quién depende más este proceso, de las instituciones del Estado o de la gente?

—No son excluyentes, son procesos simultáneos. Un proceso de reconstrucción y reparación social, para atender el impacto de la violencia social y política, es simultáneamente sociopolítico y psicosocial, porque supone luchas contra sus causas, acompañando iniciativas de memoria y reconstrucción del tejido social, que ha sido fracturado por el conflicto. En ese sentido, esa búsqueda de espacios y objetivos comunes de reparación, así como la ruptura de barreras físicas y psicológicas que limitan la confianza y el reconocimiento del otro, tienen que adelantarse y llevarse desde distintos espacios: familiares, escolares, comunitarios. Por supuesto, con políticas públicas claras. En ese sentido hay trabajos de grupos que pueden superar estereotipos y llegar a acuerdos mínimos, como grupos de madres y jóvenes deportistas, figuras con peso moral en esas comunidades.

Por supuesto, es necesario definir políticas públicas claras, explícitas, en relación a estos procesos, que pasan por comisiones de la verdad, procesos de compensación económica, atención médica y psicológica, prevención de la violencia, conmemoraciones, garantías de no repetición, entre otras, sin negar iniciativas que se den internamente en esos espacios. Es necesario construir nuevos discursos no polarizados, en espacios reales, virtuales, comunitarios, promover experiencias de encuentro, diálogo y debate.

—¿A qué te refieres con “nuevos” discursos?

—Hemos naturalizado el desconocimiento y el desprecio del otro. Se ha institucionalizado el odio desde el discurso público, y hay que detener estas expresiones que tienen origen, y aún siguen teniendo espacio, en instituciones estatales. No es asunto de un solo sector político. En todo caso, se trata de rescatar el respeto al otro y el reconocimiento de la pluralidad y la diferencia. En el caso de la violencia social atender todas las causas estructurales de esta, además de las coyunturales.

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

—Se alude a que ese odio es de vieja data, como para restarle importancia a esa impronta que se le ha venido dando desde las instituciones a la polarización. Antes se percibía el desprecio en la exclusión social, o el desprecio hacia el inmigrante colombiano, pero no odio. La mezcla social estaba muy presente en una suerte de promiscuidad urbana, un coqueteo entre clases sociales.

—Esa discriminación social y grupal no necesariamente se expresaba en forma de odio. Creo que no podemos confundir la profunda inequidad y exclusión social, que reconocemos en lo que se dio por llamar “democracia representativa”, con el odio social al cual ciertos sectores hacen referencia ahora. La discriminación intergrupal, de clases, étnica, de grupos etarios o de discriminación sexual, no es que no haya tenido expresiones de odio, pero el odio social al que se alude más recientemente está referido a la intolerancia, al no reconocimiento del otro. Tenemos que ser autocríticos. La reconstrucción del tejido social pasa por reconocer hasta qué punto hemos reproducido en nuestro discurso ese desprecio del otro y su consideración como enemigo en vez de como adversario. Todos los sectores políticos tenemos eso como tarea, porque han sido demasiados años de cultivar esa intolerancia. Debemos generar confianza, porque no es posible vivir en paz y democracia desconfiando del otro.

Iniciativas como la de Catuche, si bien son reconocidas como ejemplos que hay que difundir, no pueden quedar solo a título de individuos o pequeños grupos, porque quienes han pasado por eso han vivido procesos extremadamente dolorosos, como el de las madres que han perdido sus hijos. En todos los países hay expresiones, como las “madres de negro”, o las “madres de la plaza de mayo”, porque las madres buscan preservar la vida y adelantan esas iniciativas porque no soportan un hijo muerto. Pero no podemos dejar esa gran responsabilidad pública solo en manos de grupos y sectores que son, justamente, los más afectados. Lo hacen porque es la única manera de continuar.

—Caracas es una ciudad en la que muchos espacios se han convertido en un desierto con la llegada de la noche. ¿Desde la psicología social, cuán importante es la noche para la salud de la gente y de una ciudad?

—La noche es el fin de la jornada laboral o de actividades cotidianas y supone un momento de reposo y encuentro. Es un momento de repliegue y disfrute. Una parte de ese disfrute, que se da en el espacio público, está siendo limitado. Cada vez es menos posible, por la inseguridad o por los costos que supone. Los jóvenes que salían a “rumbear” ya no lo pueden hacer de la misma manera. Están limitados. Más bien se juntan en los espacios privados, más que en los públicos.

—La noche está muy identificada con la libertad.

—Totalmente. Cuando la gente sale del país, una de las cosas a las que alude con más frecuencia, es a que “caminaba en la calle hasta tarde en la noche”. Un placer que está restringido, limitado. Ese placer de sentirte tranquila y caminar por la ciudad en la noche, es lo que más reclama la gente. En esta ciudad, y en nuestras ciudades, que hay tan buen clima y que resulta tan agradable, no lo puedes hacer. Por la inseguridad, por el costo y por la precariedad de la vida cotidiana. Hay un repliegue, la gente siente que todo está bajo una “tensa calma”, que da cuenta de que “algo” puede ocurrir, pero también de un duelo colectivo, un sentimiento latente, porque hay mucho dolor acumulado, una sensación de impotencia y hartazgo, de frustración. Eso tiene consecuencias, por eso hablamos de “dolor social”.

—En estos tiempos se ha pensado mucho la comunidad como el espacio de resolución de múltiples problemas, desde las cloacas hasta la seguridad. Es una forma de entender la participación que termina correlacionándose con la fragmentación política y del espacio. Priva la visión de lo cercano, no de una ciudad amplia e integrada. ¿La salud de la ciudad en cierta forma no depende de que se rompa esa frontera entre el territorio comunitario, espacio de las identidades, y el espacio público, espacio del anonimato?

—La comunidad si bien es un grupo social que comparte necesidades y problemas, es también un espacio público, cargado de historias, relaciones, identidades, formas de organización, sentido de pertenencia y arraigo a un lugar, que no necesariamente significan fragmentación o distancia con otros espacios de la ciudad, que enfrentan problemáticas similares. Lo que creo es que muchos de los intentos de “solución” a los problemas relacionados con salud, vivienda, educación, ambiente, violencia, entre otras urgencias en las comunidades, han quedado atrapados entre la autogestión, el asistencialismo y la instrumentalización política.

Las prácticas clientelares y la instrumentalización política de los recursos del Estado en dichas comunidades, han sido una constante en la Venezuela rentista a lo largo de su sistema democrático. Pero la violencia simbólica del clientelismo en la búsqueda de lealtades, apoyo y voto popular ha asumido visos extremos en el gobierno bolivariano, y esto ha tenido un alto impacto en las formas organizativas, en la autogestión comunitaria, que por cierto han ido variando, ajustándose, compitiendo entre ellas para acceder a la complejidad y diversidad de recursos e intercambios con representantes e instituciones públicas, que van desde la oferta de su reconocimiento social hasta su conversión en clientes o fieles devotos, lo que traduce una afrenta tanto a la dignidad del sujeto popular, como a la propuesta socioeconómica y política que dice reivindicar la revolución.

La relación dinámica y fluida de interdependencia e integración, que permita superar las fronteras entre distintas expresiones de lo público en la ciudad, pasa por revertir esta lógica clientelar desde las instituciones y las políticas públicas. Pero también profundizar la autocrítica de las organizaciones comunitarias, para que redefinan sus formas de organización, de gestión, y para que recuperen su autonomía. El quehacer político del poder popular a lo que debe apostar es al bienestar colectivo.

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Mireya Lozada retratada por Mauricio López

Saltemos a otro tema, me inquieta saber qué piensas sobre los jóvenes y la ciudad. Los adolescentes suelen ser etiquetados como un problema, prácticamente nunca se les consulta sobre el tipo de espacio que quieren habitar, pocas veces son bienvenidos en los espacios públicos, y terminan inventándose su propia ciudad.

—Los jóvenes en general son satanizados, pero también son idealizados. Quizás sean ellos quienes vivencian con mayor intensidad el caos y la fragmentación urbana, pero también son ellos quienes desafían y disfrutan las posibilidades de ese caos, desplazándose entre las fronteras cada vez más fluidas de la desterritorialización, entre los intersticios de lo público y lo privado, entre lo local y lo global. Por otra parte, los cambios profundos y acelerados de esta era digital globalizada, se refleja en las dinámicas cotidianas de la cultura juvenil, en sus prácticas y en sus identidades. Por supuesto, también en las rupturas, conflictos y violencias, como es el caso de las “maras”, o de muchas pandillas y otros grupos que se han insertado o que han quedado rezagados en medio de crisis socioeconómicas, migratorias o conflictos políticos. Esto ha sido muy bien caracterizado en nuestros países por autores como Rosanna Reguillo o Alfredo Nateras. Abordar esta relación problemática, común a muchas ciudades, entre jóvenes, ciudad e identidad es uno de los mayores desafíos en América Latina, especialmente en Venezuela, que se ha incorporado recientemente a la diáspora y a la exclusión juvenil en el marco de una grave crisis socioeconómica y conflictividad sociopolítica.

—A veces luce que Caracas es como una adolescente, que se rebela, que se niega a ser adulta.

—No sólo Caracas. Como decía el analista junguiano y mi querido maestro Luis Sanz: “Venezuela es una paciente acomplejada”. Su comprensión pasa por deconstruir su historia, el descubrimiento, la conquista, la independencia, la República. Pasa por el análisis crítico de su “complejo cultural”, lo que supone asumir la conciencia y memoria de nuestra historia. Nos toca lidiar con dinámicas de opuestos, de encuentros, desencuentros, traumas, arquetipos y complejos. Creo que esto lo vamos haciendo con profundo dolor, con desencanto y frustración, pero también con mucho entusiasmo, alegría y esperanza.

—Hablando de esperanza, ¿y los niños? Este es otro grupo etario al que no se le presta mucha atención en el diseño de nuestra ciudad.

—Yo creo que la situación general es tan grave con los niños que resulta extemporáneo hablar de ese diseño de la ciudad, aunque sabemos que es algo muy importante. Ahora el problema es más grave y elemental, porque vemos deambular y pernoctar por las calles de nuestra ciudad a muchas familias con sus hijos pequeños. Son niños, niñas y adolescentes mendigando, rebuscando en la basura, expuestos a todo tipo de abusos, a la violencia real y simbólica. Han sido muchas las denuncias de organizaciones defensoras de derechos humanos, de médicos, de familias, sobre el impacto de esta crisis en su salud, educación, seguridad y recreación. Sus muertes por deficiencias en el sistema de salud, son de los mayores costos y vergonzosa deuda que enfrentará Venezuela y sus próximas generaciones.

—Es muy dolorosa esta situación en nuestras calles. Luce cuesta arriba ponerse a pensar en el tipo de parques que tenemos cuando el deterioro llega a lo más esencial, como es la dignidad de la gente.

—Así es. Creo que se está expresando de manera masiva el malestar social, el descontento y el rechazo a las políticas públicas, y se están cuestionando las políticas gubernamentales que violentan nuestro derecho a la ciudad, que violentan e irrespetan el derecho a la participación social y política. Por eso interpelamos y resistimos en protesta pacífica y democrática tanto autoritarismo, el avance del totalitarismo que reprime y persigue la disidencia, que busca silenciar la pluralidad, la diversidad, que controla políticamente las instituciones, que busca mantenerse en el poder mientras niega la voluntad popular.

Pero, aún reconociendo las dificultades de este proceso y su imprevisible dimensión temporal, soy optimista. Considero que atravesamos un complejo y estimulante período de construcción ciudadana, de ruptura y creación social. Defendemos como ciudadanos la democracia, la libertad, la justicia y la paz en condiciones de extrema precariedad institucional y violación permanente de los derechos humanos. Nos estamos reconociendo como sujetos sociales, que estamos aprendiendo y ejercitando deberes y derechos. Creo que vamos incidiendo, modificando y reconstruyendo nuestro entorno personal, grupal y colectivo, y creo que seremos capaces de construir un proyecto de país inclusivo, de profundizar la democracia. Somos ciudadanía en tránsito constructivo. Un tránsito, claro, que responde a nuestro carácter dramático y algo anárquico, pero también a nuestras maneras festivas, llenas de humor y alegría. Es nuestra singular manera de celebrar la vida, la convivencia en paz y en democracia.

Para que entienda mejor lo que dice, Mireya saca de su cartera un papelito que desdobla. “Estas son estrofas que cantan las piloneras desde Caracas a toda Venezuela en este momento crítico:

iiioooo, iiiooo

…cantamos por convicción

sin violencia, sin mordaza

construiremos el futuro

con conciencia ciudadana

…heredamos democracia

y República también

todos los venezolanos

las debemos defender.

***

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Andrés Antillano: Pocas cosas afectan tanto la vida colectiva como las decisiones sobre la ciudad

Conocí a Andrés Antillano en el 2005. Lo había invitado a un evento para reflexionar sobre la ausencia simbólica, en el mapa, y la exclusión real del barrio en la ciudad. La ciudad fuera del mapa fue un buen momento para conocer su visión de la ciudad, el papel del barrio en esta y a

Por Cheo Carvajal | 23 de agosto, 2017
Andrés Antillano retratado por Mauricio López

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

Conocí a Andrés Antillano en el 2005. Lo había invitado a un evento para reflexionar sobre la ausencia simbólica, en el mapa, y la exclusión real del barrio en la ciudad. La ciudad fuera del mapa fue un buen momento para conocer su visión de la ciudad, el papel del barrio en esta y a la necesidad de que los ciudadanos pudieran incidir en las decisiones que van moldeando la ciudad. De hecho, algo de lo que dijo en ese entonces lo repite ahora, casi como si fuese un encantamiento:

“La gente de los barrios construyó dos veces la ciudad, de día construyeron estas calles, estos edificios, la ciudad de los otros, y en las noches y fines de semana construyeron su propia ciudad, en las periferias, en los resquicios donde el mercado inmobiliario y el Estado les permitían estar, casi siempre desde la resistencia ante los desalojos, en cerros de pendientes pronunciadas, alrededor de las quebradas, en las zonas de riesgo. La primera ley que violaron los pobres fue la ley de gravedad”.

Es psicólogo social, especializado en criminología en la Universidad de Barcelona, España. Es jefe de la Cátedra de Criminología en la UCV y forma parte del Instituto de Ciencias Penales. Fue miembro de la Comisión Nacional para la Reforma Policial en el año 2006. Su área de investigación es la violencia, sobre todo de las condiciones que la favorecen. De sus investigaciones tiene un saco de anécdotas, que cuenta con histrionismo. Quizá sea una manera de exorcizar el horror, pero también una forma de encontrar dignidad y belleza humana en los lugares más complejos.

Andrés es, como él mismo se define, “simpatizante de base” del Movimiento Pobladores, que agrupa varias redes de activistas por el derecho a la ciudad, que a su vez participa de manera singular en la producción de vivienda financiada con recursos del Estado para la GMVV, como el desarrollo frente al Unicentro El Marqués, en la avenida Francisco de Miranda. En estos proyectos, explica, al menos el 50% del trabajo de la construcción es realizado por sus futuros habitantes. Los costos de producción bajan notablemente, al no generar ganancias para las contratistas, y es una forma de que las familias paguen con su trabajo por la vivienda que habitarán.

La conversa la realizamos sentados en la terraza de una panadería en la avenida Miguel Ángel de Colinas de Bello Monte, donde vive desde hace algunos años.

—La importancia del barrio, el uso del suelo urbano, la violencia, son temas siempre presentes en tus intervenciones públicas. Quiero comenzar con la presencia del barrio y la negación de buena parte de la sociedad (de la ciudad) a asumir su integración como asunto fundamental de la ciudad.

—En Caracas se verifica un fenómeno más o menos global, que las condiciones de clase, la identidad, ya no tienen que ver como en la vieja sociedad del trabajo, de cuántos son tus ingresos, sino de donde vives. La distribución en la ciudad define una cierta distribución en la estructura social. Eso quiere decir que Caracas, como en muchas ciudades latinoamericanas en las últimas décadas, se vive un proceso dramático de estratificación, segmentación, fragmentación y exclusión de la ciudad. Volviéndose cada vez menos democrática e inclusiva, más precaria, y esto es un fenómeno que no solo padecen las víctimas directas de la exclusión, los pobres, habitantes de las periferias, sino todos, porque en el fondo esto tiene que ver con la producción de una ciudad inhumana. Que ha quebrado vínculos de encuentro, de solidaridad, ha perdido su carácter republicano. Dramáticamente lo que representa a Caracas son sus accidentes geográficos, uno espantoso y uno muy bello. Sabemos que estamos en Caracas por el Guiare maloliente que nos pasa por los pies y por la vista maravillosa del Ávila. No hay un espacio republicano, la plaza donde tradicionalmente se encontraban los ciudadanos de las distintas clases.

A propósito de los 450 años de Caracas, recuerda el mapa de Juan de Pimentel, que le parece revelador de esta dinámica de exclusión:

“Pimentel ilustra unas 20 manzanas alrededor de la plaza Mayor, y habla como de cuatro mil habitantes, pero la mayor parte de la población habitaba en las rancherías de los excluidos de la nueva ciudad, indios, negros libertos y blancos de orilla que estaban en la periferia. Caracas siempre ha sido de las ciudades más desiguales del continente, la magnitud de las personas que viven en las zonas informales no tiene parangón en América Latina”.

—La mitad de la ciudad.

—Más de la mitad, porque ahora deberíamos contar las personas que viven en las nuevas periferias. Ya vivir en La Vega o en Los Sin Techo es ser “privilegiado”, los pobres ahora viven en Los Valles del Tuy, en Guarenas, Guatire, las nuevas periferias son la nueva forma de pobreza y exclusión urbana. Los barrios fueron tolerados porque permitían tener la mano de obra barata, descargando al patrón y al Estado de su compromiso de ofrecer vivienda, que es parte de los costos sociales del trabajo. Se desentienden, inclusive, de la manera como acceden al agua y otros servicios. Los barrios son la condición de la plusvalía de la ciudad, porque la construyen, la producen y reproducen. Producen una ciudad en la que no pueden vivir. Producen una riqueza ajena. Votan, aunque no participen del poder.

—¿Eso sigue siendo así, incluso después de estos últimos 20 años?

—Entender los barrios y la ciudad es clave para entender el proceso político de los últimos 30 años. La economía vinculada con el trabajo formal se contrae, casi desaparece. Y esta es sustituida por una economía informal y altísimas cuotas de exclusión, producto del declive de ese “estado de bienestar” de la bonanza del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Resulta entonces que ya la gente ni siquiera puede vivir en el barrio, porque comienza a tener un interés económico. No interesa la mano de obra que contiene el barrio, sino el espacio que ocupan.

El ciclo de lucha que antecede a la victoria de Chávez en 1998 está más vinculado con lo territorial, incluso a demandas urbanas, que a demandas salariales. La lucha por el agua o por el pasaje estudiantil. El mismo 27 de febrero comienza vinculado a la exclusión de quienes viven en Guarenas. Los saqueos no eran la forma de protesta clásica obrera, sino de gente en su territorio. De alguna manera, el sujeto que hace cortocircuito del modelo político en ese momento está fundamentalmente vinculado a la exclusión urbana.

—¿La lucha es más por el territorio que por la inclusión?

—No es solamente por el territorio, pero es un elemento fundamental. Es una lucha que se da ahí porque es donde se juegan las dinámicas más duras de exclusión, de identidad y encuentro. Por eso la retórica comunitaria y de organización del territorio han sido tan importantes en los años del chavismo. La de los sindicatos no tuvo éxito, en cambio la territorial sí. La primera política social exitosa del chavismo fueron las mesas técnicas de agua, eso habla de cómo la población en esos territorios es un sujeto fundamental en la narrativa y las políticas de los primeros años del gobierno. Claro, eso no supone inclusión, porque el territorio supone altos niveles de exclusión y sigue estando marcado.

—Cuando la reivindicación es solo por el territorio ocurren cosas como que consejos comunales vecinos tienen lógicas excluyentes.

—Tal cual, porque la comunidad y el territorio son la negación de lo universal. La gente comienza a organizarse en el territorio y a competir. Me contaron una experiencia de una comuna en Caracas que tenía cerca de 30 consejos comunales, en la que llega Barrio Nuevo, Barrio Tricolor con una cantidad de recursos, y entonces 10 consejos comunales deciden excluir a todos los demás porque así les rendía más el dinero. La lógica territorial y las políticas focalizadas terminan siendo consistentes entre sí, fragmentarias y no universales. Por eso una clave importante del Movimiento Pobladores es no pensar el territorio como gueto, una reconstrucción del espacio comunitario como arcadia bucólica, sino más bien la disputa por la ciudad. Una ciudad democrática, en la que no haya demasiadas diferencias entre un barrio de La Vega, de Colinas de Bello Monte o de la Alta Florida. Disputar la ciudad igualitaria, incluyente.

—Si juntamos los antecedentes de cómo se distribuyó, desde la lógica de la rentabilidad y la exclusión, con este proceso de fragmentación, Caracas parece condenada a ser sumatoria de guetos. ¿Cómo dar el paso hacia esa ciudad republicana?

—Creo que es un tema lleno de claroscuros. Ya la dinámica de exclusión más dramática no es en Caracas, sino en Los Valles del Tuy que es su gran depósito de gente. Una exclusión urbana que se superpone a la exclusión social, donde hay más desempleo y mayores niveles de violencia. Pero al mismo tiempo hay signos interesantes, como la reocupación de la ciudad. Contradiciendo el discurso inicial de este gobierno, con muchas incongruencias y desatinos, se entiende la importancia de repoblar Caracas, que es el caso de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que da al traste con el mito de que tenemos una ciudad sobrepoblada. Caracas lo que está es mal poblada, y lo peor es que tiende a despoblarse. Hay zonas de Caracas que tienen una densidad casi de aldea. Este repoblamiento se hizo desde una lógica de enclaves, donde la gente pudiera tener acceso a servicios. Luego se podría hablar de si estos servicios colapsan o no colapsan.

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

—La crítica más importante a la GMVV es haber desarrollado vivienda y no ciudad.

—Eso lo puedo suscribir, pero creo que no desmerece lo otro. Lo que ocurre es que son urbanismos muy feos, muy densificados, que suelen generar problemas de mantenimiento, de violencia. Un amigo arquitecto dice que “los pobres también tienen derecho a la belleza”. Pero hacer urbanismos en la avenida Libertador, con acceso a los servicios, es menos dramático que hacerlos en Los Valles del Tuy. Creo que ha sido interesante el interés en los municipios por revitalizar los espacios públicos, como los que se han hecho en Chacao y en el centro de Caracas, pero es importante pensar políticamente la ciudad, como un espacio democrático, incluyente. Eso supera las políticas urbanas, es un asunto de políticas sociales. El balance es de avances y retrocesos. No es posible pensar una sociedad más justa sin pensar una ciudad más justa.

—¿Por qué no es posible?

—La forma como se organiza la ciudad es tan importante para la estructura social como el acceso al empleo. Inclusive: marca el acceso al empleo. La gente que vive en los barrios, y sobre todo en las nuevas periferias, tienen peores condiciones para lograr inclusión social. No es que vivir en el barrio sea un signo de exclusión social, sino que acentúa la exclusión social porque ser pobre es caro: el pasaje, los productos de la bodeguita, los gastos en salud. Las viviendas en los barrios, por metro cuadrado de construcción, son las más caras de la ciudad. No solo es una marca de exclusión, sino que la perpetúa. Una ciudad justa es una condición para una sociedad justa.

—La economía informal parece acentuar la dinámica de la exclusión, se sostiene en el tiempo bajo la lógica de la supervivencia.

—Durante mucho tiempo hubo acoplamiento entre residencia y espacio laboral. La gente de La Vega trabajaba en Cementos La Vega. Las familias de La Yaguara trabajaban en las textileras de Palo Grande, en San Martín. Los barrios crecieron cerca de la fuente de trabajo. En el barrio Las Mayas todo el mundo sabe de caballos, porque es la gente que construyó el Hipódromo La Rinconada. Cuando había carreras se colocaban en un plan alto del barrio para ver las carreras como si fuese un palco presidencial, con binoculares, sonando los dedos, apostando en vivo. Ahora hay un desacoplamiento entre el mundo residencial y el laboral, y eso hace que la informalidad encuentre en el barrio una oportunidad de negocios importante, a veces con prácticas de sobrevivencia individual, a veces con prácticas más organizadas de exacción de renta. Incluso de capitales legales: hay gente que tiene hasta 200 casas en barrios. Hay un inmenso mercado inmobiliario informal en los barrios, absolutamente desregulado

Lo que termina ocurriendo en Caracas y América Latina, es que el trabajo formal tiende a extinguirse y comienza a aparecer un trabajo informal muy vinculado al territorio. Por esta vía pueden entenderse muchas actividades ilícitas e ilegales, que encuentran en el barrio un espacio más rentable. Desde la venta de bombonas de gas, que es un drama, hasta negocios invisibles como el de las “cableras piratas”, que se roban la señal y la reenvían. Te sorprenderías de la cantidad que existe. Sin contar las experiencias organizadas de gente que tiene sus propias cableras, como comunicación alternativa, que hay experiencias bonitas al respecto. La exclusión termina siendo un negocio.

—Dijiste: “hay que pensar políticamente la ciudad”, eso sugiere que no lo estamos haciendo. Las nuevas viviendas en la avenida Bolívar, que siempre estimamos necesarias, no han revitalizado la avenida, ni se conectan con los equipamientos culturales preexistentes. Por el contrario, estos parecen encerrarse en sí mismos. De hecho, muchas nuevas viviendas llegan con su muro, negando contacto con el contexto. No estamos pensando políticamente la ciudad en los tiempos en que más se han politizado los ciudadanos.

—Un problema fundamental es el gobierno de la ciudad. En términos administrativos coexisten cinco municipios, más una Alcaldía Metropolitana, figura anómala que nunca funcionó, está el Gobierno de Miranda, el gobierno agregó el Gobierno del Distrito Capital y otros entes. La institucionalidad de la ciudad está absolutamente quebrada. Pero en realidad me refiero a gobernabilidad en relación a la necesidad de que los ciudadanos podamos definir y gobernar la ciudad. Un geógrafo inglés, David Harvey, profesor en la Universidad de Nueva York, dice que es necesario que la gente pueda decidir sobre la ciudad, que es el gran negocio del capital hoy en día, porque produce muchísimo dinero. El PIB en América Latina está marcado por el PIB de sus grandes ciudades. Gobernar la ciudad significa poder decidir cómo crece, cómo se desarrolla, cómo se recaptura ese superávit de la renta urbana e invertirla garantizando espacios públicos, que parecen destinados a desaparecer.

—¿Cómo “destinados a desaparecer”?

—Esta plaza (en la avenida Miguel Ángel) está chévere, pero es muy difícil tener un espacio público mayor, porque ¿cuál es la rentabilidad de un espacio como este? Cuando haces una plaza estás sacando ese espacio del mercado inmobiliario. Millones que se pierden porque allí no se construye un centro comercial, por ejemplo.

—Eso suponiendo un criterio absolutamente mercantilista del suelo.

—Pero la ciudad termina imponiendo un criterio mercantilista, esa es la tesis de Harvey. Eso tiene contrapeso, porque al mismo tiempo esta plaza revaloriza los negocios, las propiedades, que están alrededor. Pero si hubiese un centro comercial también se revaloriza el suelo, la alcaldía podría capturar más renta. Claro, tendría como consecuencia que no tuviésemos una plaza, y sí una vida más estresada y enajenada. El asunto es: ¿tú y yo podemos decidir sobre eso? No. ¿Si el alcalde decide que aquí se acabó la guachafita y decide dar permisos para construir torres de oficinas y convertir esto en una nueva Manhattan? Hay pocas cosas que afecten tanto la vida colectiva como las decisiones que se toman sobre la ciudad.

—¿Cómo podemos los ciudadanos garantizar esa participación, sobre la existencia de una plaza? ¿Conociendo claramente los programas de gobierno antes de elegir las autoridades?

—Por ejemplo, ahí se plantea la necesidad de formas de participación democrática, que no existen. Los consejos comunales y las comunas tienen que pensar el problema del territorio, pero no solo el inmediato, sino el circunvecino, porque el territorio de la ciudad me afecta a mí, a mi comunidad. ¿Por qué llega el Ministerio de Vivienda y mejora diez casas de un consejo comunal, que por cierto genera fracturas internas porque, cómo se decide cuáles son esas diez casas? ¿Por qué mejor no planteamos la discusión de las políticas de vivienda del gobierno, para buscar políticas menos focales y más universales?

—¿Avanzamos en estos años en relación con ese tema?

—De nuevo la respuesta es en claroscuro, hubo avances con la aparición de movimientos que se preocupan por el desarrollo urbano, y una sensibilidad que no existía antes, la presencia de organizaciones territoriales, pero aún la ciudad es un debate público pendiente entre los ciudadanos. Cuando abrieron la estación de Bello Monte, en vez de ser razón de regocijo, de disfrute e incluso de revalorización de la propiedad, algunos vecinos lo que pensaban era “ahora van a venir un poco de niches, bachaqueros y malandros a comprar en el Central Madeirense”. Ese momento coincide con la aparición de los linchamientos. No se trata de abrir una plaza o una estación de metro, sino de tener una política para desmontar la fragmentación y la exclusión simbólica, pensar la ciudad como conjunto.

Una ventaja comparativa que siempre tienen los pobres es, como me decía una señora en el barrio: “ellos no saben cómo vivimos nosotros, porque nunca han venido para acá, piensan que todos somos ladrones, malandros, en cambio nosotros todos los días tenemos que ir para allá, los conocemos, no les tenemos miedo, no les tenemos odio, cuidamos sus hijos, limpiamos sus casas, trabajamos en sus jardines, no son monstruos, son gente que conocemos”. Tenemos necesidad de encontrarnos, de construir espacios colectivos para pensar la ciudad, porque en efecto las dinámicas que hacen que en este lado de la ciudad el tráfico sea invivible, que una familia de inquilinos después de 30 años sea desalojado de un apartamento, que otra de clase media no pueda comprar apartamento o ni siquiera pagar el condominio, son más o menos las mismas y tienen que ver con las mismas causas estructurales que hacen que a un señor en el barrio se le caiga la casa o no tenga agua potable.

—A la gran fuente de la violencia urbana que es la exclusión territorializada, le estamos sumando la fragmentación, que ni siquiera es entre clases sociales, sino entre vecinos de una urbanización o de sectores de un barrio. ¿Esa fragmentación nos ha traído otro tipo de violencia en la ciudad, como el caso de los linchamientos?

—La violencia siempre es múltiple. El caso de los linchamientos tiene que ver con un fenómeno: normalmente las que ejercen violencia colectiva no son comunidades desorganizadas. Los linchamientos no son resultado de una respuesta desesperada a una violencia crónica, asfixiante. Es todo lo contrario. Son comunidades organizadas que de pronto se encuentran con un fenómeno que perciben amenazante. Un acto tan feroz como matar a alguien colectivamente implica cierto grado de eficacia. Pensar que los linchamientos tienen que ver con la falta de respuesta del Estado es simplista. Sin dudas que hay muchísima impunidad y que nuestro sistema penal es muy ineficiente, pero resulta que las víctimas de los linchamientos suelen ser infractores que se involucran en delitos que suelen ser justamente los castigados. Es muy probable que ese que sale corriendo con un teléfono lo termine agarrando la policía, porque son los delitos en los que se concentran. La razón de este tipo de violencia creo que tiene que ver con una profunda intolerancia al otro, con la llegada de gente extraña que perturba la paz. Yo estuve haciendo etnografía con una bachaquera y es quizá la única etnografía en la que me he sentido incómodo.

—¿Qué pasó?

—El malandreo que explota el temor de la clase media. Yo acompañé a una señora, que es un pan de dios. Ellas funcionan en redes sociales, que básicamente se llaman por teléfono. Pueden avisarle a 40 personas que hay leche en el Central Madeirense, que llegan y se meten delante de ti en la cola. Cuando la gente decía algo, esta señora respondía: “¿Qué, no te gustó?”. Y ese “¿qué, no te gustó?”, por esa señora morena, flaca, a pesar de que nunca se ha metido con nadie, era suficiente para que todos se quedaran callados.

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

—¿Eso es parte de esa “ventaja comparativa” de la que hablabas antes, ellos no le tienen miedo a la clase media, porque la conocen, pero la clase media sí le tiene miedo?

—Así es, pero es un miedo injusto, porque esta señora es inofensiva. Una negra del barrio, que mete miedo. Es como los muchachos que se montan en las camionetas con el cuento “Yo no quiero matar a nadie, yo no quiero robar, no quiero cometer ningún delito”. Entonces, claro, le ves la cara de malandro y dices, “lo que tú quieras, muchacho”. El miedo termina siendo una herramienta de trabajo. Pero ese mismo miedo, y la presencia de gente pobre tan cerca, es un elemento muy presente en el conflicto político de los últimos años, y para mí es un factor que explica los linchamientos, aunque estos también hayan ocurrido dentro de los barrios por cambios demográficos que se han dado en estos.

Venezuela supone un caso interesante, hay una larga literatura que respalda la idea que la violencia disminuye cuando disminuye la desigualdad. Podemos discutir la confiabilidad de los indicadores, pero parece haber consenso en que la desigualdad y la pobreza en Venezuela disminuyeron, al menos hasta hace unos pocos años, sin embargo la violencia ha seguido creciendo. Tengo la idea que tiene que ver con que la desigualdad disminuye por políticas sociales redistributivas, focalizadas y no estructuradas. Son políticas que suponen la existencia de ganadores y perdedores. Hay gente que ha visto mejorar sus condiciones de vida de manera significativa en los últimos veinte años, porque están en una misión, porque entraron al mercado laboral formal, sobre todo adultos mayores que habían perdido sus trabajos en la década del 90, mientras hay sectores que se quedan rezagados, fundamentalmente jóvenes de los barrios. Y estos son los sujetos de la violencia, como víctimas y como victimarios. Y la violencia se convierte en un mecanismo de gestión de “capitales precarios”. Como el capital cultural: el tipo que sabe malandrear sobrevive y hasta puede tener ventajas económicas. El que sabe ejercer violencia puede ser reclutado por redes organizadas.

—Explícate un poco más.

—La violencia te da rostro, porque la exclusión es justamente no tener rostro. Eso de “tener rostro” es un bello pero feroz signo de la violencia. Una violencia expresiva en la búsqueda de reconocimiento y reputación, justo de aquellos socialmente negados e invisibilizados. La violencia es una forma de insurgencia, absolutamente espuria, dramática. Nosotros estamos entrevistando a jóvenes vinculados a homicidios, y una de las cosas que hablan es que la violencia les permite “brillar”. De la opacidad de la exclusión a la metáfora del “tú brillas”. Pero brillan como estrellas fugaces, porque saben que van a morir por brillar mucho, a manos de otros delincuentes o de los policías.

La exclusión social se duplica con la exclusión institucional. Las políticas punitivas han venido creciendo en los últimos siete años, más en los últimos cinco años, es violencia institucional contra los pobres. Ha crecido la población carcelaria, que pasó de 20 mil en 2008 probablemente a 100 mil en este momento, si contamos los que están en centros de detención policial. Aumentan las muertes a manos de las policías en los últimos años de manera atroz, en el 2016 hubo más de cuatro mil. Eso es una política de exterminio, una guerra. Esta exclusión del derecho, es esquizoide: al barrio en el que yo estoy nunca va la policía, y si va, va a dos cosas: matraquear o asesinar.

—Esta ausencia permite que se reproduzca la lógica de “auto protección” en manos de bandas criminales, que “protegen” a la gente en su territorio, y los que osan delinquir dentro de este lo pagan caro.

—Es justamente lo que termina ocurriendo. Esta exclusión institucional, donde no hay una presencia legítima del Estado, que proteja, regule y controle, termina permitiendo una segunda operación de la violencia, que no es una forma de acreditar a sujetos excluidos, sino la instalación de soberanías criminales en los territorios, que es lo que sucede en las cárceles por razones parecidas, porque allí el Estado normalmente no está presente, se vuelve ilegítimo, y cuando está lo hace a través del abuso y el maltrato. La violencia termina disputándole al Estado la soberanía.

Es un fenómeno que ha ocurrido en toda América Latina, como las maras, en Centroamérica, las “facciones criminales”, en Brasil. La gente lo percibe como una incomodidad, pero lo asume como preferible a la violencia de la policía. El barrio donde yo estoy trabajando era una “zona de paz”, sin embargo venía la policía a cobrar “su multa”, le quitaban dinero a los malandros, hasta que un día los malandros se cansaron y sacaron a plomo a la policía. Y me decía uno: “ahora somos nosotros los que mandamos, aquí no va a venir la policía a hacer estropicios”.

—Todo lo que cuentas va llevándonos al atolladero: Estado ausente, el miedo como herramienta de la violencia, incluso de la política. Parece quedar claro que hay que romper esa fragmentación y la idea de los territorios, donde además la mayoría no es violenta, sino que padece la violencia de una minoría. ¿Ves forma de “entrarle” a esto? ¿Un cambio se gesta desde adentro de esos territorios?

—La violencia es parte de un repertorio cultural que todos tenemos a mano. Sin dudas que en el barrio hay gente muy violenta, pero hay casos en que en la autopista del Este te atraviesas en el canal de alguien y pueden sacarte una pistola, o en una discoteca. En el barrio la gente ha vivido la violencia, y no hay simpatía con la violencia, porque la gente la padece, sabe el dolor que significa.

—¿Para que esa violencia disminuya debe haber presencia del Estado y darse un proceso de desterritorialización?

—La violencia tiene que ver con la exclusión social y del Estado. Y también tiene que ver con la inclusión en redes, mercados y formas de economía ilícitas, que terminan siendo muy rentables. El tema de la exclusión social no está para nada resuelto, menos aún en los últimos años. Hay que insistir en el Estado de Derecho, formas de resolución de conflictos que enfrenten tanto la impunidad como el abuso policial. La certidumbre del castigo, castigos efectivos. Mejora del sistema penitenciario, de las policías, que tienen una responsabilidad directa en la violencia. A mayor violencia policial, mayor violencia social. Insistir en la inclusión: el desempleo juvenil duplica el desempleo general. En el barrio esta situación es mucho más aplastante. En este barrio donde estoy trabajando, los únicos muchachos que se salvaron de toda una generación, los que no están ni muertos, ni presos, ni huyendo, son cuatro muchachos que consiguieron trabajo.

—Cuéntanos en detalle.

—Uno, al que le conseguí trabajo en un almacén, me lo explicó hace tiempo de manera muy teatral: “pienso que voy a comprarme unos zapatos, comprar un vestidito a la pure, voy a llevar a la jeva a comer a Las Mercedes, si me queda algo voy a poner la cuota para la moto, y cuando abro el sobre lo que hay son cuatro mil bolívares, ¡coño de la madre, cuatro mil bolívares! Quince días cargando cajas por cuatro mil bolívares. ¡Eso me lo ganaba yo tirando un quieto por un celular en cinco minutos!”. El chamo se quedó pensando y dijo: “Claro, así como me los ganaba en cinco minutos, me los gastaba en tres, no me quedaba nada. Ahora sé que tengo que ahorrar, que en las vacaciones me dan un poquito más, mi familia está contenta, mi mamá está relajada, puedo llegar tranquilo al barrio”. El trabajo, como forma de inclusión, no es un problema de tener o no tener dinero, sino darte perspectiva de vida, proyecto, estructura. Es una idea de darte valor, de pensar en el futuro.

Este muchacho, por cierto, consiguió trabajo en su cumpleaños 28. Ese día estaba con una pistola, bebiendo, porque era un malandro fanfarrón. Y al día siguiente me llamó llorando: “Coño Andrés, me llamaron para el trabajo”, y yo le respondí “¡qué bueno!”, y él me dice “no, me quieren hacer una entrevista, ¿qué voy a decir yo en esa entrevista?, ¡yo no voy a ir!”, y yo le dije: “¿tú no estabas echando tiros ayer, y ahora estás llorando por una entrevista?”. Su rollo era: “¿qué me van a preguntar en esa entrevista? Yo nunca he estudiado”. Él se podía haber enfrentado con la policía y no sentir tanto miedo como en una entrevista que estaba fuera de sus medios, no tenía capital cultural para enfrentar esto, estaba en completa desventaja.

Esos son muchachos que no salen a la ciudad, porque la consideran hostil, porque le tienen miedo. Intentamos hacer un programa de formación con el Inces, pero les daba miedo porque nunca habían salido del sitio, por la banda rival, por la policía. No tenían dinero para pagar el pasaje, pero sobre todo porque no conocían la ciudad. Esto era en el Cementerio, y el Inces queda en la Nueva Granada, a cinco cuadras, pero no sabían cómo ir hasta allá.

—El barrio es opaco, incluso inexistente, para el resto de la ciudad. Tú que viviste en La Vega, ¿la gente cree que es importante que su espacio habitual sea visitado por otros? ¿Forma parte de sus deseos? ¿Políticamente, creen que el barrio es un insumo más para la ciudad?

—No es una respuesta fácil, en principio porque el barrio no se siente parte de la ciudad. La gente dice: “voy a Caracas”. Porque el barrio es, como dice un amigo, “la insurgencia de lo rural en la ciudad”. El barrio es un mundo muy rural que se ve ajeno a la ciudad, que además no es muy homogéneo. No es que no quiera vivir en la ciudad, es que no se imagina viviendo en un apartamento, sin poder sacar unas sillas y sin poder caminar por el medio de la calle, sin poder sembrar ni tener sus animales. La historia de los barrios está llena de gente a la que le adjudicaron un apartamento y luego se devolvieron.

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

Andrés Antillano retratado por Mauricio López

—¿Después de la consolidación del barrio sigue existiendo ese mito del espacio que no debe ser vulnerado?

—Los barrios son profundamente pacíficos. Es falsa la idea que se tiene de que está convulsionado permanentemente por la violencia, que la gente tiene miedo y se encierra temprano. A las 10 de la noche la gente está en la calle. Claro, eso convive con una violencia atroz, porque de pronto hay un tiroteo y hay dos muertos. Sin negar la existencia y atrocidad de la violencia, en el barrio no se vive un estado de sitio permanente. La violencia se ha vuelto cada vez más exasperante, es cierto, y mucha gente quiere irse del barrio, porque es un proceso de quiebre muy importante. Durante mucho tiempo se hicieron grandes inversiones en mejoramiento de barrios, pero se desplazaron hacia el tema de la Misión Vivienda en los últimos cinco años, y se abandonó la inversión en el barrio, porque no es rentable ni económica ni políticamente. Es muy costosa, y deja pocas oportunidades para negocios turbios.

—¿Debe abrirse el barrio a la ciudad? El barrio ha exportado al resto de la ciudad sus modos a muchos lugares.

—En el barrio hay una idea de la hospitalidad, aunque hay una reproducción de la segregación. También hay una afirmación romántica del barrio, y no es ni una cosa ni la otra. Pero sí hay una apertura. Creo que es una tensión interesante, porque al mismo tiempo hay que pensar ¿qué es ciudad? Las ideas de homogeneización no son bien recibidas por la gente, porque hay una comunidad y un espacio identitario muy arraigado, que la gente no está dispuesta a perder. No es una identidad simbólica, sino social, de pertenencia a una intensa vida comunitaria.

—Para que se dé esa hospitalidad, de alguna manera tiene que darse una negociación en cuanto a su carácter espacial, de conexión con el resto de la ciudad, que permita universalizar el barrio.

—Hay una tensión permanente entre lo local y lo universal. Entre la ciudad y el barrio, que seguramente nunca se resuelve. Una de las cosas que muchas veces imponen los proyectos de habilitación física de barrios, es abrir una vialidad. No lo invento, eso se planteó en la calle Independencia, donde yo vivía, que era ciega. Se planteaban sacar casas, conectar por aquí y por allá, y la gente se horrorizaba, no tanto por la salida de las casas, sino por la transformación de la calle, que en el barrio tiene un carácter de espacio semipúblico. La gente no le interesa la calle para circular en un carro, ese no es el problema. Es la calle donde me encuentro con el otro y marca nuestra identidad. Hay que pensar bien lo local con lo universal.

—Insistir tanto en el tema identitario también es un riesgo.

—Sí, hay que abrirlo, pero es una forma de sobrevivencia.

—¿De resistencia?

—También. Pero siempre tiene que ver con la economía: en mi barrio, la mayoría de la gente trabajaba en Ipostel, que quedaba cerca, por Artigas. Alguien en algún momento entró a trabajar allí y fue llevando gente. Todos eran carteros. Son una forma de sobrevivencia. Una señora alguna vez me dijo: “si no tengo qué comer, mi vecino me ayuda, si estoy enferma, me cuida mi comadre, si se me enferma el carajito, me lo cuida alguien… al pobre no le falta nada, lo que pasa es que no puede hacer lo que le da la gana”. En el fondo lo que le falta es poder. La gente estima mucho la vida en el barrio, por eso la idea de eliminar al barrio muchas veces ha fracasado. Lo que hay que desactivar son las dinámicas de exclusión: para que la gente pueda elegir vivir en una zona como La Vega o en una como Bello Monte, pero que no se niegue esta posibilidad porque hay violencia en una o porque no se puede pagar en otra.

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Elisa Silva: El imaginario de una ciudad completa; por Cheo Carvajal #CCS450

Elisa Silva es profesora en la Universidad Simón Bolívar y dirige la oficina Enlace Arquitectura. Con su equipo ganó en 2008 el concurso para la Rehabilitación del bulevar de Sabana Grande, de PDVSA La Estancia; en el 2012 fueron finalistas del concurso Parque Metropolitano La Carlota organizado por la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Más recientemente,

Por Cheo Carvajal | 16 de agosto, 2017
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Elisa Silva retratada por Mauricio López

Elisa Silva es profesora en la Universidad Simón Bolívar y dirige la oficina Enlace Arquitectura. Con su equipo ganó en 2008 el concurso para la Rehabilitación del bulevar de Sabana Grande, de PDVSA La Estancia; en el 2012 fueron finalistas del concurso Parque Metropolitano La Carlota organizado por la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Más recientemente, en el 2016, presentaron el libro CABA, Cartografías de Barrios, resultado de tres años de indagaciones para juntar en un documento contundente los mapas de los barrios caraqueños, entre otras reflexiones sobre este territorio urbano.

Su infancia la vivió en Venezuela. Diez años fueron suficientes para sentir el arraigo. Pero no nació acá, sino en Sant Louis, Missouri. Allá se crió a partir de los 11 años, y toda su formación académica la realizó en Estados Unidos. Un pregrado en Química e Historia del Arte, y una maestría, de cuatro años, en Arquitectura. Se graduó en el 2002 y llegó a Caracas cinco años después. Antes de regresar a la tierra de su infancia hizo un periplo interesante: trabajó dos años con el arquitecto Rafael Moneo en Madrid, luego en la oficina S.O.M., de Nueva York y luego en Roma. En el 2007 un amigo arquitecto venezolano la cuestionó: “¿Cómo te vas a venir para acá, Elisa, esto es un desastre?” Y se vino.

—Ciertamente es curioso, ¿por qué te viniste a Venezuela?

—Yo quería trabajar el tema de los asentamientos informales. Me parecía un espacio de “frontera profesional” no comprendida. Lo que yo veía no me parecía del todo acertado. Mi profesor en Harvard fue Alejandro Aravena, y a través de él fue que comencé a mirar este territorio. Llegué con esa preocupación, y casi desde el primer día comencé a trabajar en la (avenida) Morán, con Fudep (Asociación Civil Fomento del Desarrollo Popular). Luego, en la Central me aceptaron para dar clases como profesora invitada. Di un primer taller en la Morán y fue una experiencia muy enriquecedora por lo que arrojaba: temas de equipamientos, accesibilidad, espacio público. Lo de la vivienda era lo menos pertinente, porque al final la construye la propia gente. Aprendimos sobre lo que significaba el proceso de habilitación física de barrios, con la estructuración de los condominios, una perspectiva interesante de cómo organizar y llevar servicios a la comunidad en conjuntos manejables, de 12, 15 familias.

—Naturalmente la configuración en los barrios suele ser así.

—Sí, grupos que comparten una entrada, por lo general la misma familia que va ampliándose y extendiéndose. Una cosa interesante en ese proceso fue identificar los títulos supletorios para cada persona. Tardaban como un año en la parte social, para llegar a los acuerdos, y luego un año en la intervención física. Lamentablemente, al final, todos terminaban colocándole una reja al perímetro. A veces estas rejas las tenías que atravesar para llegar a alguna otra parte de la comunidad, así que durante el día la reja debía estar abierta. Igual que los vecinos de este edificio, que decidieron poner una reja al perímetro. Es difícil decirles: “No puedes”.

En 2007 ya habían parado todos los fondos del proyecto de habilitación física, y lo que se seguía haciendo era por aportes privados, por el deseo de continuar con ese proceso. Luego, allí formulé con los estudiantes unas ideas, pero lamentablemente quedaron ahí. Una era hacer un funicular. Yo había aplicado al premio Wheelwrigth de Harvard y me lo gané, así que viajé para conocer experiencias al respecto. En Río de Janeiro había funiculares, en Vila Marta, también en Valparaíso, pero con una inversión muy por debajo de la de nuestro Metrocable, con motores que cualquiera puede arreglar si se dañan. Todo el mundo acá me decía que eso no era factible. Había una gran resistencia, sobre todo del sector privado, de considerar una inversión de ese calibre.

—Tú que has logrado que tus proyectos tengan acogida en el sector privado, ¿cómo perciben el fenómeno barrio desde allí, cómo se lo imaginan a futuro?

—Desde el punto de vista teórico, se entiende que la ciudad pasó a ser el motor económico de la región, por encima de la minería o el sector industrial, más aún en el caso de Latinoamérica, donde al menos 80 por ciento de la población vive en ciudades. Cuando le ponen mirada objetiva y se dan cuenta de que en Lima, Quito o Caracas, hay una parte importante de la población que vive en asentamientos informales, se preguntan ¿qué significa eso para la ciudad? Cuando la movilidad se hace más difícil, y la gente tarda más de dos horas para trasladarse, ¿cómo repercute en la productividad de la ciudad? También, en vista del “bulto demográfico” de la población entre 20 y 40 años, que es la edad más productiva, ¿cómo se aprovecha? ¿Se está educando a la población, hay oportunidades de empleo? En macro se ve así: la necesidad de más y mejor educación, mayor inclusión, menor inequidad.

—Todos coinciden en invertir más en educación, en dotación de servicios, en generar oportunidades, en inclusión. Pero, ¿cómo se imaginan la configuración urbana del barrio?

—Sí que hay gente pensando, entendiendo la demanda, que como el barrio creció de manera orgánica, este no es ni el mayor ni mejor uso del suelo. Es importante entender cómo ha surgido este fenómeno, por eso la investigación de CABA abarca cinco décadas para identificar y prever tasas de crecimiento. Ahora, si bien ese ha sido el modo de crecimiento de la ciudad, eso no justifica que siga creciendo de la misma manera. Pero de ninguna manera creo que el sector inmobiliario apuesta a erradicar ese tejido, ni tampoco la banca multilateral. Eso es un discurso superado.

—¿No permitir que sigan creciendo forma parte de esa visión?

—La verdad es que la presión, en este momento, es casi cero, hasta hace cinco años sí había una presión por crecer, pero lo que estamos viviendo es más bien un éxodo. Las tasas son menos aceleradas que en décadas pasadas. La política de Medellín es producir una oferta de vivienda formal, inclusive dentro de zonas de crecimiento espontáneo, para ordenar y dar respuesta asequible para esta población. Y se planifica desde el inicio su conexión a sistemas de transporte público.

Cuenta nuestra entrevistada que a través de la investigación para el libro CABA se revela que Caracas tiene una densidad muy por debajo de lo que se considera una “ciudad compacta” y que aún puede absorber mucha población. Considera correcto aprovechar espacios dentro de la ciudad para densificar, sobre vías servidas de transporte público, como es el caso de Misión Vivienda Venezuela. Critica que no haya venido acompañada de equipamientos públicos y adecuación de servicios, incluyendo el transporte público, y sin acompañamiento social.

Por otra parte precisa que los nuevos urbanismos de la Misión Vivienda tienen una tipología de vivienda que no nos pertenece, que no se adecúan a nuestro clima, como en el caso de La Guaira. Considera que lo peor es su ubicación en zonas sin oferta de empleo, obligando a esa población a desplazarse e incurrir en importantes gastos cotidianos: “Esto impone una inequidad hacia las personas, a las que les cuesta más moverse; no es un modo de inclusión social, sino una exclusión de los beneficios y del disfrute de la ciudad”.

—Lo crucial es tener una estrategia a largo plazo, pensar un lugar donde las personas puedan hacer su vida. Que partan con una plataforma de oportunidades, de llegar con facilidad a centros productivos, educativos, y que en su entorno inmediato puedan tener espacios recreativos y un cierto nivel de bienestar. En ninguno de los casos eso se ha logrado: hay parquecitos, canchas, pero al final son dos horas de ida y dos de vuelta que se pierde en desplazamientos a la ciudad.

En sus andanzas siempre busca analogías, herramientas para entender y transformar. Cuenta que Amalfi, en Italia, es uno de esos barrios típicos con fachadas blancas. Tiene tiendas de altísimo nivel en un bulevar principal. Cuenta que se emocionó al ver allí “el ADN de un barrio nuestro”, porque intuyó que ese bulevar, en medio de aquella trama abigarrada, estaba sobre una quebrada, como en efecto. “Una quebrada embaulada, donde el agua sale limpia, separada de la que no lo está”. Pero al igual que nosotros ellos tampoco previeron el espacio, se embauló después. Como un espacio en La Ceiba en Barrio Unión, Petare, en el que llevan un proyecto de “Sembrando ciudad”, donde casi cabe una cancha de básquet sobre la quebrada embaulada. “Si no hubiese estado la quebrada, habría 50 casas más”.

—La valoración del espacio público, que percibimos ahora, es del siglo XX. En ese viaje que hice a Medellín, Guayaquil, Río de Janeiro, Valparaíso, Lima, los proyectos que vi, de espacio público, estaban asociados a operaciones de transporte masivo o a saneamiento ambiental. Y el impacto en los barrios donde se hicieron fue importantísimo a nivel de cambios en la percepción o en el comportamiento de las personas, inclusive en la disminución de los índices de violencia.

Elisa Silva retratada por Mauricio López

Elisa Silva retratada por Mauricio López

—El arquitecto argentino Jorge Mario Jáuregui, que reside en Río de Janeiro, en sus proyectos de transformación Favela-Barrio apela siempre a la utilización del mapa como elemento de reconocimiento, haciéndolo visible en la frontera con el barrio. El mapa es un elemento muy presente en tu proyecto “Sembrando ciudad” y obviamente en la investigación del libro CABA. ¿Cuán importante es este aspecto para el futuro de Caracas?

—Es importante construir el imaginario completo de Caracas. Que las personas que viven en Alta Florida, en Bello Monte, en Catia o en La Dolorita se sientan parte de una ciudad completa y que así la reconozcan. Un primer asunto del reconocimiento es que la puedas recorrer. A veces por discapacidad, por edad, esta ciudad excluye a muchas personas de poder moverse en ella. Y el que vive en el asentamiento informal, además porque ya son 400 bolívares para tomar el Jeep. Siempre me ha gustado lo que dice el alcalde Jaime Nebot, de Guayaquil, que la ciudad tiene la responsabilidad de darle a sus ciudadanos un lugar digno donde recrearse, poder ir a un parque sin que implique un costo exorbitante, sin que las familias se sientan excluidas. Por eso es que el centro comercial no es, en absoluto, una oferta, aunque la gente intente redimirlo. La ciudad debe producir suficientes lugares de recreación y esparcimiento para que las familias disfruten dentro de sus posibilidades su vida cotidiana.

Aclara que ese reconocimiento debe ser bidireccional, que las personas que no habitan en barrios pueden ir y reconocer el barrio, “por eso iniciativas como El Calvario Puertas Abiertas, en El Hatillo, son tan importantes”. Invita a crear destinos que convoquen a todo el mundo: ir a San Agustín del Sur a aprender a bailar salsa, ir a escuchar un grupo musical en La Dolorita, visitar un bar que tenga cervezas baratas al que puedan ir los estudiantes, “como sucede aquí en Pajaritos”.

—¿Para eso es indispensable el mapa?

—En Río de Janeiro, con el mapa que sale en tu teléfono puedes llegar a cualquier calle del morro. Ese mapa da posibilidades de moverse por la ciudad a un estudiante alemán que no la conoce. Y ese mapa no distingue dónde comienza o termina el tejido del barrio, sino que es continuo. Esta es una manera muy potente de inclusión, de igualación; también el reconocimiento para la gente dentro de ese asentamiento, que por primera vez se está viendo reflejada en ese mapa de la ciudad completa. La posibilidad de dar direcciones. Cuando hacemos recorridos con las comunidades, que es parte de la metodología de “Sembrando ciudad”, las personas de la comunidad caminan por calles que forman parte de su entorno pero que no transitan frecuentemente. (“Sembrando Ciudad en comunidades para la transformación urbana sostenible” es un programa creado y ejecutado por FUDEP Venezuela en Convenio con Citibank y en alianza con Enlace Arquitectura).

Considera Elisa que los consejos comunales han generado un daño colateral: “La comunidad percibe que debe pensar y actuar hasta los límites marcados por el consejo; así un espacio no forme parte del territorio del consejo comunal, se tiene derecho a su disfrute, y se tiene responsabilidad sobre este”.

—¿De qué crees que dependa que la gente internalice ese concepto de ciudad completa? Muchas zonas de la ciudad tienen potencialidad como destino, pero se asumen como guetos.

—Hay cantidad de urbanizaciones, que por llenar los requisitos de ordenanza, tienen su espacio infantil, pero lo que tienen son rejas, columpios rotos y monte. Y a nadie pareciera importarle mucho. Tendemos a centrarnos en las transformaciones físicas, pero detrás está el aspecto de gestión del espacio público, que es igualmente importante. La programación de actividades. Hacer equipamientos asociados con espacios públicos, que los activen. Eso lo vi sistemáticamente en Medellín, por ejemplo las bibliotecas siempre están acompañadas de un espacio público aledaño, creando una simbiosis exitosa. Tenemos que dejar de imaginar que con crear el espacio ya está dado que sea valorado y utilizado. Al ser abandonado se produce rápidamente un imaginario muy negativo sobre el espacio público, por eso la gente no quiere tenerlo.

Nos comenta que en Río de Janeiro existe una red de espacios en Favelas, AfroReggae, sostenida con fondos privados donde promueven diversas formas de arte urbano. Estos espacios suelen tener una plaza al frente que han ido configurando y donde vuelcan una programación intensa que sirve de destino para todos los habitantes de Río, por la calidad de sus conciertos. “La gente no sólo va al concierto, sino que además reconoce el entorno y lo inserta dentro de su imaginario como un brazo más de su ciudad. Así es como, poco a poco, logras ensanchar el mapa mental de cada ciudadano”.

—Cuando alguien visita por primera vez un barrio suele decir: “No me imaginaba que fuese así”. Salen del barrio con la sensación de haber roto una frontera.

—La barrera más grande a superar es decir: “Estoy dispuesta a ir”, por la razón que sea. Cuando la gente lo hace, la mayoría de las veces la reacción es de sorpresa positiva. Yo siempre destaco del tejido urbano del barrio, que luego que sales de la vía principal y te metes en las veredas y escaleras, la sensación es de las más placenteras que puede haber en la ciudad: las escaleras se convierten en bancos, se despliega la amabilidad y generosidad de las personas, que te ofrecen el baño, un café, una chicha. Este comportamiento, que es lo que tipifica a la mayoría en el barrio, impresiona mucho a los visitantes. Para muchas personas es la posibilidad de vivir por primera vez sin la presencia del vehículo, una experiencia muy liberadora. Sería interesante que estas visitas no tuviesen que darse, necesariamente, por curiosidad o por una invitación a una actividad particular, sino porque allí encuentres una oferta productiva o de servicios: el mecánico, la costurera, la venta de repuestos.

—¿En los mapas que produce “Sembrando ciudad” se muestran estos recursos que ofrece la comunidad?

—Nosotros hacemos unas maquetas donde identificamos las casas de las personas, las bodegas, las paradas del Jeep, y buscamos que el espacio que vamos a intervenir para hacerlo público consolide los usos ya presentes. Para llegar a ese punto hacemos mucho énfasis en identificar estos puntos que son producto de las dinámicas colectivas del lugar: comprar pan o recargar la tarjeta de teléfono.

Nosotros realizamos una actividad con la comunidad del barrio El Chorrito, de Valencia. Fueron meses de acompañamiento social. Fue muy exitosa porque el espacio que se identificó resultó en la idea de un parque para niños. Ese espacio estaba en la frontera entre dos sectores, pero los niños no entienden de fronteras, si ven un columpio se quieren montar y ya. Así que esto ayudó muchísimo a disminuir la separación entre los adultos de las comunidades. En nuestra metodología de trabajo buscamos incorporar la diversidad de personas, incluyendo a las que tienen alguna discapacidad, pero los niños son determinantes en nuestra búsqueda, porque es una manera muy efectiva en nuestro contexto cultural de hacer visible para la comunidad la importancia de los espacios abiertos, públicos, plurales.

Elisa Silva retratada por Mauricio López

Elisa Silva retratada por Mauricio López

—Apelando a esa imagen del columpio como objeto irrenunciable para un niño, ¿será que la ciudad la vamos perdiendo en la medida en que nos vamos separando de esa condición infantil del yo deseo?

—Mientras más oferta tengamos de ese equivalente del columpio para uno, se podrían aumentar las oportunidades de encuentro entre diversos. Sin embargo es irónico que siendo Caracas un lugar de poca oferta, comparada con otras ciudades latinoamericanas, nos consideren de las personas más amigables, porque nos abrimos al otro muy rápido.

—Mencionaste el maravilloso descubrimiento de la ciudad sin carros en el barrio. También has trabajado escenarios como la autopista, apoteosis del vehículo y de la velocidad, que divide nuestra ciudad en dos. ¿Cómo borramos esa otra frontera?

—Asociar una senda, al borde del Río Guaire, que permita que un chamo que vive en el barrio La Línea, de Petare, y que está becado en la Universidad Católica, pueda llegar en bicicleta en media hora. Todo el transitar de la ciudad, en ese espacio, produciría muchos encuentros, con muchos otros. Yo tuve la oportunidad de viajar y ver en Seúl ese proyecto famoso donde eliminaron la autopista y descubrieron el río, que tiene un espacio maravilloso entre los dos andenes. Allí vi al señor enflusado que iba al trabajo, a los viejitos en ropa deportiva haciendo ejercicio, al niño que iba a la escuela. Es hermoso tener un corredor que permita hacer ejercicio, que a la vez es atajo para llegar más rápido a un destino, o para tener un trayecto más agradable. El río Guaire está mandado a hacer para conectar la ciudad. Hay muchos puntos para hacerlo, entre Chacaíto y Las Mercedes, entre la UCAB y Antímano. Todo en ese trayecto se puede comunicar, el problema es que vemos ese espacio solo como arteria vial. Yo sueño con correr esos 30 kilómetros, 15 y 15 de ida y vuelta. Ese es el “columpio” que yo sueño.

—¿Ese es el problema, que la gente solo lo ve como arteria vial?

—En parte sí. Los proyectos que más imagina la gente siguen siendo segundos pisos para la autopista. ¿Pero por qué tanta gente tiene esa idea en la punta de la lengua, y no logramos que tengan en la punta de la lengua el deseo de hacer un parque lineal a lo largo de todo el río Guaire?

—¿Por qué piensas que no?

—El río Guaire es una cloaca para la mayoría de las personas. La respuesta a esto solo ha sido el saneamiento del río, pero siempre desde una perspectiva de ingeniería. Canalizar las aguas servidas, poner plantas de tratamientos. El proyecto, que ni siquiera se ha logrado, nunca se ha planteado más allá de eso. Esa idea de un Guaire limpio no va a llegar a menos que uno le atribuya un significado y un posible disfrute, muchísimo mayor a simplemente pasar y que no huela mal. He visto muchos proyectos desde el ámbito académico plasmados sobre ese territorio, pero me pregunto cuánta gente los conoce. Inclusive, el mismo proyecto de parque para La Carlota, que le dieron muchísima visibilidad, muchísimas personas en la ciudad ni lo conocen. Nosotros que participamos, respiramos y pensamos en eso todo el tiempo. Hay que hacer una inversión mediática mucho mayor, como se hizo en Santiago de Chile con el concurso de CAF, del “Mapocho pedaleable”. Nosotros tenemos grupos que apoyan el uso de la bicicleta en la ciudad, se han realizado bicicletadas que le han dado visibilidad al tema.

—Ejercicios académicos, activismo, pero no sucede. ¿Será que la banalización de la belleza de nuestra ciudad, enfocada en el Ávila, no nos ha permitido lidiar con este río-cloaca que resume nuestra existencia urbana? Todos desembocamos en ese río, pero parece que preferimos no vernos retratados en él.

—Parece que no logramos contagiar a otras personas. Esto me hace pensar en el símil, de que nos conformamos con la idea de que somos un país petrolero, mirada que nunca trascendimos para desarrollar con ese recurso otras formas de producción. En Caracas tenemos ese esplendido Ávila, que parecía que bastaba, que era suficiente para decir “Caracas es hermosa”, que lo es, pero parece que nos ciega. Muchas ciudades lo que tienen es el río, entonces les toca valorarlo, recuperarlo. Así ha sido en Medellín, en Santiago.

—¿Somos más consumidores que productores de imágenes?

—Es impresionante con el uso de las redes sociales, y la facilidad para que cualquiera sea “un fotógrafo”, lo fotogénica que emerge Caracas en esa mirada. El Ávila, las guacamayas, el Parque del Este. El encuadre de la cámara es perfecta: la basura está ahí, pero no sale en la foto. Es otra percepción de la ciudad que se resalta en este medio. Luego hay fenómenos como los recorridos que hace Luis Rafael Bergolla, a través de los que mucha gente descubre maravillas de Caracas, con tantas imágenes latentes. De eso tratan muchos de nuestros proyectos: detrás de un basurero hay un espacio latente, que hay que descubrir y transformar. Como en el barrio La Palomera, en Baruta, donde la gente se sorprendió que pudieran hacer aparecer un espacio maravilloso, que ni se imaginaban, y que ahora lo están cuidando muy bien, porque participaron en su transformación. Dado nuestro contexto actual, de pocos recursos y poca planificación holística, toca hacer pequeñas intervenciones con un propósito de proyectar otro imaginario, que la gente empiece a creer.

—En Caracas muchos no creen posible transformar el basurero de toda la vida, que algún día vamos a bajar los carros de las aceras, que algún día vamos a tener una ciudad segura. Si no crees en esa posibilidad, la tendencia parece ser replegarse y aliviarse con el bálsamo de una belleza de la magnitud del Ávila.

—No es tanto transformar el pequeño espacio como transformar la ciudad que tenemos en la cabeza. Hacia eso apunta Sembrando ciudad, no solo porque para eso es que alcanza el dinero, sino porque eso tiene un impacto social importante, en la producción y el cuidado de los espacios. Al final es invertir más en el software que en el espacio físico.

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Tomás de La Barra: “Esto no se resuelve con pintura”; por Cheo Carvajal #CCS450

La primera vez que supe de Tomás de La Barra fue cuando accedí al estudio de movilidad que se realizó en el año 2005, cuando Juan Barreto era alcalde. Una encuesta en hogares, de viajes cotidianos, de origen-destino, en nuestra ciudad. Él, con su equipo, a petición del Instituto Metropolitano de Transporte de la Alcaldía

Por Cheo Carvajal | 9 de agosto, 2017
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Tomás de La Barra retratado por Mauricio López

La primera vez que supe de Tomás de La Barra fue cuando accedí al estudio de movilidad que se realizó en el año 2005, cuando Juan Barreto era alcalde. Una encuesta en hogares, de viajes cotidianos, de origen-destino, en nuestra ciudad. Él, con su equipo, a petición del Instituto Metropolitano de Transporte de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, fue el encargado de llevarlo a cabo. De allí surgieron aquellos datos que aún “caminan” entre nosotros, y que distribuían, decimales más decimales menos, la torta de la movilidad en estas tres modalidades: 57% en transporte público, 24% en automóvil, 19% a pie. En ese entonces el transporte de superficie movía más gente que el Metro. Vista la diferencia de las tarifas eso ha cambiado mucho. Y eso se comprende cuando entramos a las estaciones y los trenes.

Esos datos, según nuestro entrevistado, aún pueden estar vigentes. Desde entonces no se han hecho mediciones serias. Este tipo de estudios, aclara, al menos deberían realizarse cada 10 años. Ya han pasado 12 desde el último, pero señala que el anterior al de 2005 se había realizado en 1982. Una larga mora, que se refleja en un desinterés por hacer mediciones regularmente, como si no hubiese mucho que indagar. En otras ciudades de la región se hacen mediciones sistemáticas sobre la movilidad, con conteos de flujos permanentes en algunas vías. Monitoreo para gestionar mejor.

Tomás de La Barra es un experto en planificación y transporte, reconocido por todos. Decir “por todos” en un país polarizado como el nuestro implica que, por ejemplo, ha trabajado con la Alcaldía de Libertador pero también con el Instituto Metropolitano de Urbanismo Taller-Caracas, de la Alcaldía Metropolitana actual. Es arquitecto graduado en la Universidad de Chile, con doctorado en planificación en la Universidad de Cambridge del Reino Unido. Además de su actividad académica en Venezuela, es muy solicitado en universidades de la región y del mundo. Es fundador de Modelística, empresa desde donde realiza diagnósticos y proyectos, acá y en otros países.

Suele ser crítico, frontal, con aquellas políticas (y funcionarios públicos) que lejos de desanudar, enredan. Sus expresiones son tajantes, radicales, pero no es obtuso: ante la argumentación es capaz de matizar. Esta es una conversa de intenciones pragmáticas. Apuntar líneas de acción en áreas específicas relacionadas con la movilidad y el transporte. El barrio, la autopista, el bulevar. Elementos que componen nuestra trama urbana y que, a juicio de Tomás, deben recomponerse. Arrancamos con un tema muy particular, de aparente escala local, pero en realidad es un “rompe cocos”de escala metropolitana.

—¿Qué hacer en Petare en relación con la movilidad? ¿Algún planteamiento concreto?

—En Petare, como en muchas áreas similares, hay de todo por hacer. Una buena opción que he defendido mucho son los ascensores como los de Valparaíso o Salvador de Bahía. Serían comunicadores verticales complementados con mejores vías horizontales. Soluciones de bajo costo, con tecnologías relativamente simples, que pueden ser operadas y mantenidas por las comunidades, como en Valparaíso.

—Como en muchos cerros de Caracas, hay que buscar zonas de remodelación, construir viviendas en lugares bien localizados y transformar las zonas de ranchos peor ubicadas, como en los copitos de los cerros, por parques. 40% de la población vive en ranchos como los de Petare. Hay que bajarlo a 10% en 10 años. Lo podemos hacer.

La palabra “ranchos” parece ser un acto reflejo, más relacionado con la precariedad de algunos espacios en riesgo que con el modelo de vivienda progresiva que crece sobre sí misma, aumentando incesantemente la densidad de los barrios. En realidad su preocupación no es la apariencia ni estructura de las viviendas, sino la precariedad del espacio común, sobre todo la inaccesibilidad. “No puedes tener a la gente viviendo así”, reclama.

—¿Qué hacer para que la “Redoma” sea un espacio funcional, armónico?

—Los alrededores de la estación Petare del Metro deben ser completamente remodelados, ya que puede ser un espacio público de gran valor. Hay que quitar buhoneros y policías, hay que liberar el estacionamiento de los metrobuses. Hay que conectar la plaza colonial de Petare con la estación del metro, mediante una pasarela por encima de la avenida Miranda.

—¿Una pasarela?¿No generaría un espacio residual debajo? ¿No es mejor que la conexión casco-redoma se dé desde la superficie, dotando de mejores condiciones para la accesibilidad a los peatones, incluyendo las personas con discapacidad, como se hizo con la calle La Paz?

—Lo que está planteado es que desde la plaza haya una terraza, a gran altura, quizás conectando con el Metro con ascensor. Se puede hacer algo muy bonito. En otras ciudades se han hecho bien. Acá hay un ejemplo, el puente sobre la autopista y el río entre el Metro de Antímano y la Universidad Católica Andrés Bello. Aunque reconozco que podría ser un problema y quizá no mucha gente lo utilizaría.

 —En el barrio existe un modelo de calle compartida, no planificada, sino resultado de la configuración del barrio. No suele haber aceras y, por tanto, hay una coexistencia de modos de desplazamiento que parece autorregularse. ¿Consideras que esa calle del barrio es “exportable” a algunas zonas del resto de la ciudad?

—Extraña pregunta. Las pocas calles que hay en los barrios no son funcionales, conectan mal, no tienen espacio, no son un modelo para exportar a ningún lado.

—Me refiero a ese espíritu de calle en la que gente a pie, en bicicleta, motos, carros, autobuses coexisten, sin segregación, y que es una línea de acción en ciudades que asumen la prioridad de los de a pie.

—Hay una disciplina que trabaja el diseño de calles. Aquí hay bastante tradición de eso. En la calle de mi oficina (Bello Monte) la gente saca mesas, juega dominó. Abren la puerta del carro y ponen su música. En Puerto Ayacucho la gente modela sus calles en Navidad con elementos particulares.Digamos que esas calles que dices, en términos de diseño urbano, están bastante trabajadas: con disuasores de tránsito, poniendo las calles a zigzaguear. No es necesario imitar, aunque entiendo que te refieres al espíritu de la calle. Hay trabajos interesantes, como liberar plantas bajas de edificios que se levantan en altura. Un ejemplo reciente son los edificios de Fruto Vivas en el barrio Santa Rosa, en la avenida Libertador.

 —¿Cómo integrar los barrios al resto de la trama urbana? ¿Es un tema de vialidad y transporte? ¿Qué opinas del metrocable como solución, en términos de costos-beneficios?

—Por un lado hay que integrar los barrios a la ciudad, y por otro hay que reducirlos drásticamente. Las áreas que tengan que quedar, si están en pendiente, pueden ser dotados de ascensores, como mencioné. O de vialidad digna, con rutas de transporte. Tenemos que sepultar para siempre los muchos sectores de barrios a los que sólo se puede llegar a pie o en moto. Hay que hacer un mapa de Caracas con las zonas a las cuales no se puede llegar. Son muchas, y hay que eliminarlas. Aprovecho esta pregunta para hacer mención a Barrio Tricolor: esto no se resuelve con pintura. Hay que ser mucho mas radicales.

—Sobre los metrocables, desde hace mucho tiempo he sido crítico. Es una tecnología desarrollada para fines turísticos, principalmente para esquiadores austríacos. Sorprendió que Medellín lo haya adoptado como transporte público. En Caracas se lo copiaron con un proyecto muy malo como el de San Agustín, que en la hora pico mueve unos 600 pasajeros por hora, que es nada. Para ser concretos, Doppelmayr puso la maquinaria, los cables y los carritos, que debe haber costado unos 20 millones de dólares. Odebrecht hizo las obras civiles, con lo cual el costo subió, según cifras oficiales, a 360 millones de dólares.

—Para darte una idea: un kilómetro de metro subterráneo “full equipo” cuesta unos 100 millones de dólares por kilómetro, y puede mover 60 mil pasajeros por hora, en comparación con los 600 que mueve el metrocable. El de San Agustín no llega a dos kilómetros, y con ese costo en La Paz construyeron cinco metrocables de similar longitud. Los metrocables de Mariches mueven un poco más, pero su capacidad máxima es demasiado baja para considerarlo como transporte masivo…¡y menos mal que no me preguntaste por el cabletrén!

—No puedo dejar pasar esta tentadora insinuación: ¿qué opinas de nuestro cabletren, que además promete quedar en el paisaje como otra obra inconclusa?

—La “media lógica” que tenía era que conectaría la estación Guaraira Repano con la de Petare. ¿Pero, para qué vas a hacer la conexión de algo que ni siquiera existe? Además, es muy lento. Apenas mueve 14 mil pasajeros diariamente, y eso se mueve fácilmente con microbús y la inversión es muchísimo menor. Este es un lujo que, además de quedar a medio hacer, deja abajo todo igual, están los mismos microbuses de toda la vida. No es tecnología de transporte masivo y el costo que estamos pagando es altísimo.

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Tomás de La Barra retratado por Mauricio López

—¿En qué debería invertir más una ciudad como Caracas? ¿Poner el énfasis en generar más centralidades, con más y mejores servicios, donde las personas puedan acceder en los lugares donde residen a los servicios educativos, salud, comercio que requiere, que reduzca los viajes, o invertir más en transporte?

—En mi opinión, los dos problemas más graves que tiene Caracas son primero los grandes desequilibrios entre los lugares de residencia y los lugares de trabajo, estudio y servicios. Para mejorar esto hay que remodelar Caracas, con la creación de al menos 300 mil nuevas viviendas en buenas localizaciones. Siempre he clamado por lo que llamo “riesgo cero”. En Caracas no podemos tener gente viviendo en ranchos que se van con las lluvias, y no quiero pensar en terremotos. El segundo punto es, efectivamente, mejorar la movilidad.Para esto, mi visión es llenar la región con sistemas avanzados de autobuses en vías exclusivas, complementando metros y BRT.

—Ya tenemos ensayos del BRT (Bus Rapid Transit), como en las avenidas Fuerzas Armadas y Nueva Granada, ¿cuáles serían los próximos a desarrollar?

 —Esto lo tenemos súper estudiado. De los estudios queda claro cuáles son las prioridades. La avenida Baralt hasta el Paraíso es la primera. La segunda es un BRT que va desde Plaza Sucre, en Catia, pasando por la avenida Libertador,luego la avenida Francisco de Miranda, hasta Petare. El tercero, que también modelamos, es en la autopista Francisco Fajardo, desde Caricuao hasta Petare. Pero este tercero viene por otra pregunta que seguramente me vas a hacer.

 —Hemos criticado mucho las “soluciones viales” del Ministerio de Transporte Terrestre y Obras Públicas. Sobre todo los nuevos elevados impuestos en avenidas emblemáticas como San Martín, La Yaguara y el de la Francisco de Miranda en Dos Caminos. ¿Habría que demolerlos?También está el eje entre la avenida Río de Janeiro y la Principal de Colinas de Bello Monte, con todos estos puentecitos de guerra que conectan con la autopista y que afectan la posibilidad de un borde peatonal al sur del Guaire.

—Hay que demoler los peores, que son los que mencionas: San Martín, La Yaguara y Dos Caminos. Pero también el de la avenida Victoria y el de La Guaira. Y los viejos de Los Ruices, la Nueva Granada. También todos los puentes de guerra pueden ser descartados, y de hecho el propio MTT los ha desbaratado ya. Se debe hacer un paseo peatonal a lo largo de la avenida Río de Janeiro, quitando también los estacionamientos, que tenga ciclovía. Hay que eliminar el elevado de Las Mercedes y hacer un paseo peatonal desde la estación Chacaíto y a todo lo largo de la avenida Principal de Las Mercedes.

Lamenta de La Barra que terminaremos pagando un doble el costo con esas obras: el de la construcción de esas arbitrariedades del ex ministro Haiman El Troudi, y luego su necesaria demolición. Señala, además, que la obra en curso frente a Ciudad Banesco, otra de las aberraciones, no la pudo parar el también ex ministro Ricardo Molina, porque la gestión anterior la dejó paga. Un asunto que valdría la pena revisar.

 —¿Cuál ha sido el papel que han jugado las alcaldías ante la imposición de estas “soluciones viales”?

 —El Ministerio procedió sin contemplar las normas. Sin plan, sin estudios de impacto. Pero es similar a lo hecho con la vivienda que se ha incorporado en nuestra ciudad, sin vialidad, sin mejorar los servicios. Sin coordinación con las alcaldías. Pero igual han sido leves las reacciones. Quizás no les parece tan mal. El problema es que no hay debate, se hace cualquier cosa, por lo general llenar la ciudad de pañitos calientes. En el Ministerio entró ese grupito, liderado por Haiman, que por cierto no se sabe ni siquiera donde está. Y parece que aún sigue haciendo sin estar.

—Muchos urbanistas hablan de convertir las autopistas Francisco Fajardo y Prados del Este en avenidas, que incluyan esos canales BRT que mencionaste. ¿Te parece viable? ¿Consideras que la autopista puede estar soterrada en puntos donde haya posibilidades de conectar espacios emblemáticos, como entre Los Caobos y Jardín Botánico?

—Sobre las autopistas, en particular la Fajardo, le presentamos al MTT la propuesta de un BRT en los carriles centrales desde Caricuao hasta Petare, pero nada. Ciertamente se puede soterrar el tramo entre los hermosos parques Los Caobos y Jardín Botánico, incluyendo conectar Plaza Venezuela, UCV, los estadios, la Zona Rental. Todo ese extenso sector debe ser objeto de un gran proyecto que transforme la ciudad. Ejemplos hay muchos en el mundo. Soterraron la M30 en Madrid. Puerto Maravilla en Río, y un largo etcétera.

—Nos ha costado mucho poner en movimiento las bicicletas en Caracas. Se han implementado ciclovías que a veces le resta espacio a los peatones, en vez de restárselo a los vehículos a motor. Y la Alcaldía de Libertador implementó un servicio de préstamos que está bastante estancado.

—Sobre las bicicletas, te consta cómo hemos defendido esto. La Alcaldía de Libertador es la única que ha hecho algo al respecto, construyendo las únicas ciclovías que tiene la ciudad, y el programa Rueda Libre. Esto es loable, pero hay que hacer mucho más, porque Caracas tiene una gran oportunidad. Todas las grandes ciudades de América Latina lo han hecho. Necesitamos bicicletas públicas. Acabo de estar en Shanghai, que tiene la mayor flota de bicicletas públicas del mundo: 700 mil. Por cierto, son empresas privadas, y se operan con tu celular. Las ciclovías, combinadas con espacios peatonales, tienen un gran futuro en Caracas. ¿Por qué no ser mejores que Bogotá, Ciudad de México, Santiago de Chile o Buenos Aires?

—Es obvio que la peatonalidad es la forma de movilidad más sustentable, en muchos aspectos de la vida urbana, económica, ambiental, social, para cualquier ciudad. ¿Aparte de acondicionar los espacios por donde anda la gente, habría algunas vías que deberían peatonalizarse, como alguna vez se hizo con el Metro en Sabana Grande o Catia, y más recientemente en El Cementerio, con el bulevar César Rengifo? ¿Qué otras vías tienen ese potencial?

—Me mencionas como ejemplos exitosos bulevares hechos en el ámbito de la Alcaldía de Libertador: Sabana Grande, Catia y El Cementerio, que es más reciente. Hay muchas más posibilidades: en la avenida Libertador, Plaza Venezuela, Chacao, El Rosal, Petare, Antímano, Las Mercedes.Hay miles de personas que caminan todos los días desde Las Mercedes hasta Chacaíto, y desde Ciudad Banesco hasta Plaza Venezuela, sin infraestructura. Se puede hacer mucho a corto plazo.Es un misterio que no se haya extendido la recuperación del bulevar de Sabana Grande hasta la plaza Brión de Chacaíto. No ha habido acuerdos. Había un proyecto de la Alcaldía de Chacao, pero luego ese proyecto, o sus modificaciones, parecen estar en manos de la Alcaldía Metropolitana de Caracas.

—¿Cómo ves la transformación que está ocurriendo en Las Mercedes?

—En Las Mercedes la empresa privada está construyendo muchos edificios para oficinas de lujo, pero no hay nada en términos de espacios públicos. Construyen hasta el límite de las parcelas. Tampoco se entiende por qué no se conecta la plaza Brión con la plaza Alfredo Sadel.

—Para las ciudades es importantísimo tener un ente que coordine e integre el servicio de transporte público, que en nuestro caso está muy atomizado. El Metro, como sistema, suele tener más capacidad para integrar, pero el nuestro no tiene ahora vocación de coordinar con los municipios. Luce urgente constituir una autoridad metropolitana, o incluso regional, de transporte, para que este servicio pueda tener más y mejor cobertura.

—En este sentido Caracas está raspada. No tiene una autoridad metropolitana efectiva que incorpore todo el área, los 17 municipios o quizás 22. Crear el estado Vargas fue una mala idea. Crear la Alcaldía Metropolitana fue un paso en la dirección correcta, pero se quedó corta en el ámbito territorial. Lo importante a destacar es que esa autoridad metropolitana no debe ser sólo de transporte. Debe integrar vivienda, servicios, empleo y transporte. No se deben seguir construyendo errores de ciudades sin transporte como Caribia, Belén o Tiuna.

—El Metro de Caracas es, de facto, la autoridad metropolitana de transporte y lo ha hecho muy bien. Ha asumido responsabilidades en metro, trenes de cercanías, autobuses y BRT. De igual manera es una ventana de oportunidades para hacer mucho más.

—¿Cuánto más?

—Los autobuses los han manejado bien. Pero no se ha hecho nada en infraestructura para facilitar el desplazamiento de sus buses. Bus Caracas comenzó operando bien, pero ya ni siquiera hay inspección. El retraso en la construcción de las líneas de Metro es un misterio. En Shangai están haciendo dos líneas de Metro por año, de 30 kilómetros cada una. Acá el retraso lleva 15 años, y apenas llegamos a Bello Monte. Todo iba a estar listo en el 2012. La línea 5, hasta el Guaraira Repano, también la línea de tren Guarenas-Guatire. Pero nada.

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