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W. H. Auden: el escudo de Aquiles; por Alejandro Oliveros

W.H. Auden

W.H. Auden

“El escudo de Aquiles” es una de las más celebradas “versiones homéricas” en lengua inglesa. Con esa expresión los anglosajones agrupan las versiones y diversiones,  imitaciones y apropiaciones que los escritores de ese ámbito lingüístico han escrito a partir de Homero. Se trata de una de las más distinguidas y envidiadas tradiciones de esa literatura. Se remonta a Chaucer, más tarde Shakespeare y, sin solución de continuidad, se ha mantenido hasta nuestros días, con los brillantes aportes de Joyce, Pound o Christopher Logue, pero también Day Lewis, Lowell, Graves, Longley y Walcott. Cinco serían las más logradas, de acuerdo con la erudita arbitrariedad de George Steiner.

La de Auden sería una de ellas, realizada a partir de lo que se dice en el Canto XVIII de Ilíada. Esto es la visita de la poderosa diosa Tetis a Hefestos (Vulcano) para pedirle que forje nuevas armas, entre ellas el escudo, para su hijo Aquiles después de que Patrocolo las perdiera en su duelo con Héctor. Es un topos que ha sido también privilegiado por la atención del joven filólogo venezolano Leopoldo Iribarren Borges.

Esta de Auden fue terminada en 1952, y publicada poco después en volumen homónimo. En este caso, y siempre a pesar del lejano sectarismo de la crítica textualista, la fecha de composición es relevante. El humo y la ceniza todavía no se habían disipado de  los países protagonistas de la Segunda Guerra, ni el ronquido de las voces que convocaron al desastre. La confrontación había sido una tragedia de proporciones planetarias, pero los alcances de la pesadilla de la posguerra eran aun más vastos. La conciencia individual había sido arrasada por las ideologías colectivistas y al humanismo le costaba recuperarse. Al final, quedó la certeza de que nada sería lo mismo. El texto de Auden canta y cuenta el horror de la sociedad deshumanizada, tomada por la corrupción, la violencia y el crimen.

La paz, la que busca la angustiada Tetis en el escudo que el divino Hefesto labra para Aquiles ha desaparecido, sepultada por el polvo que levantan los millones de botas verde oliva. La danza y el juego han sido desplazados por la violencia criminal. Lo mismo que las tierras cultivadas y el ganado en esa tierra estéril en la que se ha convertido el país. Aunque el asunto del “El escudo de Aquiles” es el más mitológico, parece un poema escrito para la Venezuela trágica del siglo XXI. Y esa es apenas una de las maravillas de la gran poesía, su indeclinable universalidad y capacidades visionarias. Lo que ve Tetis sobre el hombro de Hefesto en la pulida superficie del divino metal, no es otra cosa que la ruina de la patria mía, un tiempo próspera y famosa.

*

EL ESCUDO DE AQUILES

 

Tetis miró sobre el hombro de Hefesto, buscando viñedos y olivares,
ciudades de mármol bien gobernadas y bajeles sobre indómitos mares;
pero en el reluciente metal las manos del divino orfebre habían dispuesto
un desierto  bajo un  cielo de plomo. 

Una planicie desnuda, desolada y parduzca, sin una hoja de hierba
o muestras de un vecindario, nada para comer o un sitio donde sentarse;
sin embargo, congregada en la soledad, una multitud
ininteligible, un millón de ojos, un millón de alineadas botas,
 esperaba una señal. 

En el aire, una voz sin rostro, con un tono tan seco y plano
como el paisaje, demostraba, mediante estadísticas, que la
causa era justa. Nadie fue aclamado y nada se discutió,
marcharon en una nube de polvo, columna tras columna,
manteniendo unas creencias cuya lógica los conduciría
a nuevos sufrimientos.

Tetis miró, buscando vaquillas rituales enguirnaldadas con
flores blancas, libaciones y sacrificios; pero allí, en el metal
reluciente, donde ha debido haber un altar, vio, a la luz
intermitente de la fragua, una escena muy distinta: 

El alambre de púas cercaba un espacio arbitrario donde
aburridos oficiales  descansaban y los centinelas sudaban: una muchedumbre
de gente decente y ordinaria, observaba desde afuera
y no se movía ni hablaba, mientras tres pálidas figuras
eran amarrados y conducidas a tres postes clavados en el suelo.

La fuerza y majestad de este mundo. Todo lo que pesa,
y siempre pesa lo mismo, estaba en manos ajenas: ellos eran
muy pequeños y no esperaban ayuda, y la ayuda no llegó;
sus enemigos hicieron lo que querían, su vergüenza fue lo
peor que podían desear; perdieron el orgullo y murieron
como hombres antes de que murieran sus cuerpos. 

Tetis miró, en busca de atletas practicando juegos, hombres y mujeres
danzando, moviendo sus dulces extremidades con rapidez
al son de la música, pero allí, en el reluciente escudo, no estaba
dispuesta una pista de baile sino un campo cubierto
por malas hierbas.

Un harapiento granuja, solo y sin proyectos, vagaba por
aquella soledad. Un pájaro se puso a salvo de su pedrada:
que las jóvenes fueran violadas, que dos muchachos
apuñalaran a otro, eran axiomas para él,
que nunca había oído hablar de un mundo donde
las promesas se cumplieran o donde se pudiera llorar
porque otros lloraban. 

Hefesto, el armero de delgados labios, se alejó cojeando,
mientras Tetis, de relucientes pechos, gritó, desgarrada,
ante lo que el dios había elaborado para agradar
a su hijo: Aquiles, matador de hombres, el de corazón
de acero, cuya vida iba a ser tan breve.