Blog del Archivo Fotografía Urbana

Un atlas para Elizabeth: una fotografía de Alfredo Cortina y un texto de Luis Pérez Oramas [7/12]

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 25 de junio, 2015

Ésta es la séptima de doce imágenes de la exposición Alfredo Cortina. Fotografías que compartiremos semanalmente gracias a la Archivo Fotografía Urbana. El respetado investigador, escritor y curador venezolano Luis Enrique Pérez Oramas comentó 12 de las 63 fotos que integran esta muestra y cada semana los lectores de Prodavinci tendrán la oportunidad de conocerlas. La exposición Alfredo Cortina. Fotografías estará desde el 26 de abril hasta el 4 de julio de este año, en la Sala Mendoza (Universidad Metropolitana).

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De nuevo ella está al borde, hierática. De nuevo esto no es un retrato: es la imagen de una esfigie, una kouré moderna.

Ella es todo lo contrario a un clavadista: ella no va a lanzarse. Ella está allí, ante la serenidad del agua que no la refleja, erguida.

“¿Qué hay en el fondo del deseo de tirarse al agua? ¿Qué hay en el fondo del deseo de sumergirse en la cosa que obsede? ¿De saltar al paso? ¿De lanzarse dejando todos los asuntos corrientes en la persecución determinada de lo que ignoramos? ¿De atravesar El Rubicón? ¿De romper las amarras? ¿De emanciparse de todas las precauciones? ¿De lanzarse a las fauces del lobo? ¿De jugar a fondo perdido? Extrañas expresiones que una misma antiguedad reúne –escribe Pascal Quignard. Todas estas metáforas de la cacería, de la danza, de la marina, del juego, de la guerra son menos proposiciones de la lengua natural que figuraciones de sueños. Todas dicen la imprudencia. Dicen todas: no ha buscado escapar al peligro que se le ofrecía. Ha salido de su escondite. Ha dejado su puesto. Ha abandonado su rango. Ha escalado los muros de la cárcel. Se ha reunido con la espontaneidad soberana de la naturaleza”.

Pero ella no es Boutès, no es ella el clavadista.

No es ella el vencido nadador que salta al agua porque no puede no escuchar el plañido de las sirenas. En cambio Orfeo cuando toca con su plecto la cítara, contra su pecho, le opone un canto al ruido acrítico de Ligea, Leucosia y Parthénope.

Pero el alma de Boutès no puede resistirse al deseo de aproximarse a aquel sonido, y salta, se sumerge entonces en el agua. Dice Quignard: “¿Qué es la música originaria? Es el deseo de saltar al agua”. Y añade, para comentar el salto: “Reunirse con la condición originaria es morir”. Y cita a Aristóteles: “Ya no es posible, para quien ha lanzado la piedra, atraparla”.

Ella no es Boutès, no es el clavadista. Ella no es Orfeo.

Y entonces, ¿quién la mira?

¿Será ella Eurídice?

Luis Enrique Pérez Oramas 

Comentarios (1)

Isabella Santander
25 de junio, 2015

Ella es figura cuasi irreal sobre un paisaje real, imagen impostada en un entorno natural y hasta familiar. Es figura reconocible, es Elizabeth, casi siempre con sus manos ocupadas, pero a la vez ajena e inexpresiva. Es acaso cercana a la pequeña y enigmática “Livia” de Frederick Sommer.

Cortina fotografió lo que no puede ser (mejor) verbalizado en sus cuentos: la fijeza de una imagen es más inquietante que la descripción de la propia fijeza; creo que él lo entendió así; supo que sus fotografías construirían paisajes que al hilarlos hablarían mejor de sus inquietudes literarias: el acontecer de lo fantástico en la cotidianidad, la ubicuidad como problema metafísico, la alteridad o eso que muchos recrearon como “cuarta dimensión” o “dimensión desconocida”, muy en boga en su época.

Los elementos que componen sus paisajes fotográficos sugieren ese infinitum propio de lo fantástico: las puertas y columnas en proyección, los caminos que se pierden dentro del paisaje, los espejos de las fuentes, los rieles sin trenes, el río y su cauce, las puertas y umbrales que asoman otros espacios, las flechas que apuntan a caminos dilatados y hasta la vitrina que es espejo de ese otro paisaje a sus espaldas. Y ella siempre allí, en medio, de lado, de frente, arriba, abajo, delante, detrás o reflejada…en fin, ella esbelta y ubicua porque no termina de estar, porque no termina de encarnar definitivamente en la realidad que la circunda.

No me resta más que decir que Alfredo Cortina, fotógrafo, es un hallazgo afortunado de otro fotógrafo, de un curador y de un acucioso coleccionista; gracias a esto, hoy la Sala Mendoza expone un cuerpo muy bien armado de sus fotografías y esto hay que celebrarlo.

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