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Twitter, necesidad y putrefactio; por Freddy Javier Guevara

Twitter, necesidad y putrefactio; por Freddy Javier Guevara 640

1. Twitter

Hace unos meses, durante la convulsión de las protestas, una persona cercana, alérgica a los avances del mundo tecnológico me dijo: “Voy a comprar un teléfono inteligente”, y agregó: “Necesito tener mi propio Twitter”. Confieso que me reí a escondidas. Sin embargo, al instante siguiente quedé perplejo en torno a su decisión porque: ¿qué quebrantó su proceder hasta ese momento? No estoy al cabo de saberlo, pero lo cierto es que surgió la necesidad.

En un mundo globalizado, con el caos que imponen los centros urbanos, tener información al instante sobre el tráfico automotor o sobre algún suceso inconveniente repentino, resulta esencial. Para sociedades en riesgo inminente, donde los derechos básicos están comprometidos, Twitter es un instrumento casi indispensable. China y Corea del Sur controlan su uso. En Corea del Norte se emplea como forma de propaganda política. Turquía, India, Venezuela e Irán lo han manipulado temporalmente.

Es posible que en Tokio, New York o Londres la red Twitter no sea de vida o muerte, pues hay canales de información veraces y oportunos. No es el caso de Venezuela. Aquí por vía expresa se ha limitado la libertad de expresión al concentrar, entre el gobierno y sus neoempresarios, los medios. Además, no hay dólares para importar el papel periódico. Por lo tanto, la prensa independiente tiene amenazada su difusión: Twitter termina siendo un instrumento de información muy cercano a lo necesario.

Lo ha dicho mucha gente. Sin proponérselo, Twitter nos ha hecho reporteros de sucesos, testigos “casi” inmediatos de acontecimientos que nos importan. Pero, pese a su brevedad, también regala historia, investigaciones, literatura y hasta pornografía.

Es sorprendente que ese pajarito inofensivo que aparece en los ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, con ese breve pío de ciento cuarenta caracteres, alguna foto y un video ocasional, sea la herramienta a través de la cual se movilice la emoción de tal forma que motive la acción, aunque sólo sea la de “retuitear” (que no es nada despreciable) o hacer consciente a una audiencia de una situación peligrosa. Se ha hecho imprescindible para entender la Primavera Árabe en Egipto y los sucesos de ahora en Venezuela. Ante situaciones tan disímiles como la del  grupo yihadista del Estado Islámico de Irak y el Levante, o la Copa Mundial de Fútbol.

2. Necesidad

Transportémonos al hombre ancestral, a nuestros parientes originarios que comunicaban sus afectos y urgencias con gestos, tartamudeos y expresiones cortas. Y luego, al ir evolucionando, con señas, silbidos, humo. Señales que sugerían hambre, que urgían sexo o advertían un riesgo inminente para la tribu o la horda nómada. Es posible que intuitivamente los creadores de la herramienta contemporánea, sin percatarse, se hayan inspirado en los albores de la humanidad.

Quizá para el primer hombre que advirtiera la presencia de la consciencia, la mueca indicara la necesidad de satisfacer lo apremiante, lo impostergable y efímero, aquello que de otra manera podía transformarse en horror o satisfacción. Cada uno de ellos, como individuos y en colectivo, dependían de un movimiento que transmitiese con certeza una emoción, con el fin de protegerse o relajarse, para cazar o aparearse.

La supervivencia dependía de la expresión.

Los regímenes dictatoriales, o aquellos gobiernos ambiguos que aparecen con cierta frecuencia en el mundo contemporáneo, con piel democrática y alma de lobo totalitario, se sienten amenazados y temen a esta breve expresión electrónica. Surge en ellos la tentación de arbitrarla o de censurarla. Y es que, para regir al colectivo, esas “nuevas” modalidades de tiranía parecen hundir sus raíces en el hombre primordial, donde el enemigo es el distinto a mí, quien no se somete a mi satisfacción y deseo y, por lo tanto, me adversa. La diferencia no es una posibilidad y, si aparece, hay que someterla o, en última instancia, destruirla.

Twitter es la segunda red social más visitada del mundo, luego de Facebook. Y según The New York Times, sus acciones han caído en Wall Street debido a que no pueden sumar más usuarios: 255 millones de personas en el mundo durante el primer trimestre de este año. Como señalé, quizás esto tenga que ver con que en las sociedades más industrializadas hay exceso de información en vayas electrónicas, televisión, periódicos electrónicos, revistas, etcétera. Cierta seguridad ampara los derechos ciudadanos y no hace falta estar atado a un teléfono o a una “tablet” para enterarse de qué contingencia amenaza a la gente.

Es difícil imaginar a alguien en New York apretando con ansiedad las teclas de un teléfono digital para enterarse de alguna noticia, a menos que le interese en lo particular o surja una motivación momentánea.

De acuerdo con la firma de investigación de mercado Forrester, sólo el 22% de los adultos norteamericanos que están on-line visitan Twitter una vez al mes, en contraste con el 72% que lo hace en Facebook.

En Venezuela, Twitter parece haberse tornado esencial como fórmula de comunicación. Quizá en otros países donde se vulnere la libertad de expresión o haya turbulencias sociales también ocurra. Y mientras no se prohíba, como las señas de nuestros ancestros, un individuo o una comunidad pueden tomar una decisión luego de enterarse por esa red social de algún acontecimiento.

3. Putrefactio

Pedro Laín Entralgo, en su libro La curación por la palabra en la antigüedad clásica, acuña: “La physis tiene en su seno una última e inexorable «necesidad» (ananké physeos), la cual es de tal índole que obedecerla –seguir los impulsos de la propia naturaleza– hace que el hombre se sienta gozosamente libre. «¡Goza de la naturaleza, ríe, salta y no tengas nada por vergonzoso!», dice un personaje de Aristófanes (Nubes, 1.073). El ser humano es, en cierto modo, independiente de su phisys; pero quien la contravenga, habrá de atenerse a las consecuencias, porque la ananke de la phisys subsiste inexorable. Lo conveniente (tó xymphéron) debe ser la regla suprema de la vida –consiste pues, en ser fiel a la physis y en librar a ésta de las coacciones perturbadoras del nomos. La devaluación del nomos, desde los tiempos en que Píndaro llamaba nomos pharmákon o «ley de los fármacos» (1)

La necesidad tiene que ver con el cuerpo psicofísico. Lo que el ser humano más protege, o debería hacerlo, son sus instintos, atados a los elementos psíquicos de su naturaleza (dos opuestos de una polaridad). Así brota la necesidad de su gratificación con la consecuente emoción que de allí emana, que abarca el reconocimiento del espectro, de lo positivo a lo negativo, de una misma emoción: una alegría, al tornarse extrema, puede transformarse en euforia y luego en manía.

Si el ser humano no buscara satisfacer sus instintos, así fuese reconduciéndolos por una vía alterna a lo que su origen reclama (para al final ser una imagen representativa, no idéntica al germen, más si su reflejo: un poema, una pintura, la construcción de un edificio, etcétera), podría enfermar. Por eso su anhelo por saciarlos.

Con el transcurrir de la evolución humana, la expresión del instinto ha sido amansada por el roce que proporciona el trato con la tradición y la cultura. El producto de esta fricción se traduce en el catálogo emocional que el ser humano acumula.

La civilización se ha encargado de domesticar los instintos, de hacer que tengan contención y se expresen en los momentos y lugares adecuados y dispuestos por las normas sociales. Sin embargo, aunque hayan sido amansados, la naturaleza humana en su esencia siempre los protegerá y propiciará su satisfacción.

Para Jung, los instintos básicos son: el instinto del hambre, del sexo, del hacer o actividad, la reflexión, y por último, el de la de la creatividad (2). Los instintos que aspiran a la vida. El objetivo de que la civilización haya garantizado con linderos la satisfacción de los instintos no es otro que la liberación de la energía creativa del hombre para otros fines. En Venezuela esa energía creativa se emplea en la búsqueda de lo básico para la sobrevivencia: alimentos, medicinas, repuestos, divisas, trámites burocráticos, etc., en lugar de invertirse en la evolución de la sociedad.

Todo totalitarismo apuesta a la sumisión general y uniformada de las expresiones instintivas y emocionales del ser humano. La diversidad o la individualidad en ningún caso es prioridad y para eso precisa del control.

Cuando hablamos de sobrevivencia nos referimos a la necesidad de preservar la satisfacción con mesura de los instintos, incluso la del instinto destructivo. Y esto, evolución mediante, es un asunto individual y no de masas: “cada quien se rasca la barriga como le parece”. La cultura provee las formas para saber de qué manera saciarlos. Es así como preservamos lo que llamamos vida mientras existimos, entretanto el instinto destructivo nos lo permita. Así, los instintos y las emociones tienen un espejo en la necesidad.

Lo destructivo en nosotros es autónomo. No está en contraposición a los instintos de vida. Va por su cuenta y convive en cada uno, en la sociedad que habitamos. Un ejemplo de su presencia está en las lenguas y civilizaciones muertas, en los imperios destruidos.

Lo que está en boga en Venezuela, callado, ciego, tanteando la respiración de cada uno de sus habitantes, hurgando sus pertenencias, jadeando salivoso y oliendo su intimidad, no es otra cosa que el instinto destructivo de una sociedad.

Los ciudadanos se sienten cautivos y a quienes protestan se les acusa de sediciosos.

A quienes asesinaron estudiantes durante las protestas se les juzga en libertad, mientras que a los estudiantes que protestaron se les juzga presos.

Trato de indagar la imagen psíquica que surge en el alma del venezolano inerme y de a pie, la que aparece a uno y otro lado de la realidad venezolana, y ésta no es otra que la de la putrefactio, la cual es desoladora vista fuera de contexto. Pero en la alquimia representa el paso para que lo que ha muerto se transforme. En cualquier caso, libera energía; es decir: favorece el cambio de un estado a otro. Es allí donde podría estar la buena noticia.

No es el  Twitter lo que nos lleva a revisar una y otra vez la pantalla de cualquier aparato electrónico. Es la amenaza que se cierne ante la posibilidad de que se coarte la satisfacción civilizada de nuestros instintos.

Que estemos obligados a pervertirlos por el asedio de lo destructivo que está en desbalance en nuestra sociedad. Así, por esa red social, nos hemos enterado de cosas inauditas producto de la perfidia a la cual el poder conduce a aquellos que intentan mantenerlo a toda costa.

Aun tengo frescas las insólitas imágenes de aquellas niñas aterradas de miedo, cuando eran privadas de libertad durante las protestas estudiantiles, mientras los uniformados reían morbosamente. También han aparecido, como en la Ilíada, imágenes poderosas. Como la de aquellos estudiantes defendiéndose de las fuerzas represoras, sosteniendo escudos de latón cubiertos con estampas de sus compañeros asesinados. Acude a la memoria Perseo, que entregó la cabeza de Medusa a Atenea, para que la llevara siempre en su escudo y mostrara el horror a la consciencia de los hombres.

Quizá, además de imágenes tan feraces como de la Virgen María, la cual ha acompañado muchas movilizaciones, sea también Atenea “la sabia protectora de las instituciones de la sociedad”(3), la diosa de las formas cívicas, la que como en la épica griega esté enviando mensajes alentadores a una sociedad que se resiste a sucumbir y anhela las formas: la civilidad.

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1La curación por la Palabra en la Antigüedad Clásica
2 Determinantes Psicológicos del Comportamiento Humano. Carl Gustav Jung, Obra Completa Volumen 8, Editorial Trotta
3 The Genealogy of Greek Mythology, Gotham Books. Vanessa James.