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Tres vagos proverbiales; por Elías Pino Iturrieta

Por Elías Pino Iturrieta | 25 de septiembre, 2017
"La taberna"; por Cristobal Rojas / 1987

“La taberna”; por Cristobal Rojas / 1987

La república, después de las guerras de Independencia, careció de una burocracia eficiente. Ni siquiera figuras tan importantes como Páez y Monagas, famosos por sus hazañas, pudieron cumplir el cometido de encontrar colaboradores dignos de tal nombre para que las oficinas funcionaran a medio paso.

Parece un detalle insignificante, pero remite a los escollos con los cuales topó la sociedad para el logro de la meta de progreso que se había prometido después de la desaparición de Colombia. ¿Cómo funciona un experimento orientado hacia el bienestar material, si no cuenta con brazos que lo ejecuten? ¿Cómo se convierten las ideas en realidad, cuando los despachos están desiertos o mal servidos?

Estamos frente a problemas que no han contado con el interés de los estudiosos, como si la vida dependiera de lo que habitualmente se considera como grandes proezas de la política. Se ha descuidado la investigación de una parte importante de la rutina, sin cuyo conocimiento no se explican los tumbos de un país desmantelado por las batallas de tres lustros contra los ejércitos españoles.

Algo traté de averiguar sobre el asunto (Fueros, civilización y ciudadanía, UCAB, 2006), pero en forma somera. De allí provienen los casos que se describirán, después de mirar un par de observaciones de carácter general.

La primera es de 1831, fue escrita en Valencia y proviene de la pluma de Ángel Quintero, hombre de confianza de Páez y destacado burócrata de entonces. Dice así:

Ni siquiera en esta ciudad tan afecta, aparece gente que sirva los empleos aunque se les implore. El decir de los particulares es que deben dirigirse a sus haciendas, a atenderlas, y la gente que actuó en la Convención firmando las suscripciones de apoyo, tampoco quieren trabajar. Tenemos que seguir buscando. A S.E le consta que no desmayo en la causa, no es mi debilidad, pero la situación está difícil sin atreverme a asegurar por qué motivos.

La segunda es de 1848, viene de Angostura y está firmada por el gobernador de la entidad. Veamos:

Acontece con frecuencia que se elige un individuo para servir un destino concejil y ocurre a un médico que le libra una certificación en que consta que el elegido padece éste o aquel otro mal, que por razones que el médico tiene buen cuidado de especificar, le imposibilitan para estar sentado, si el empleo es sedentario, moverse si su desempeño requiere ejercicio corporal etc. (…) Recientemente han sido nombrados en esta Capital alcaldes  parroquiales cuatro ciudadanos que a su turno se han excusado de admitir el nombramiento por los medios dichos, y sin embargo de los padecimientos que sufren, según las certificaciones presentadas, continúan en sus tareas privadas con el mismo tesón que los que disfrutan una perfecta salud.

Ahora se escarba en el panorama para presentarles tres curiosos predicamentos individuales, a través de los cuales se capta la renuencia de los venezolanos de la época en relación con los empleos que se ofrecían. El mirarse en el espejo de unos antecesores que son capaces de llegar a explicaciones estrambóticas para permanecer en la holganza, refleja conductas de interés que nos conciernen.

El argumento manejado por Pedro León en junio de 1842 es una joya. Se le propone el cargo de administrador de la prisión de Puerto Cabello, pero su piedad  impide la aceptación del encargo. Afirma ante el gobernador:

La clemencia de los apóstoles y santos padres es mi norte, que impídeme ver aherrojados a los prójimos, y hermanos, aunque se responsabilicen de los peores crímenes. Y si no puedo ver a la gente presa porque sufro, menos puedo cobrar por tenerlos presos. El emperador Filipo permitió que uno de sus servidores dejara el trabajo en una cárcel, por los sufrimientos que padecía frente a los cautivos. San Francisco no recomendaba trabajar en las cárceles, porque se endurecía el corazón. El príncipe de Austria, con ser lo que era, dijo que prefería un cuartel a una cárcel, para redimir sus pecados. Y está escrito en el Evangelio que, al que más falta, más se le ayuda. Por eso les agradezco la proposición, pero no voy a aceptar.

En 1846, un tal José María Pereira a quien se ofrece en San Carlos un puesto de auditor de tropas, no acude a autoridades pías sino a motivos totalmente pedestres. Va al grano:

(…) no congenio con la pólvora y no me gusta la munición, porque se me asocian mucho con la guerra, siendo yo de costumbres caseras.

Pero es más rebuscada o más descarada la carta que envía un trujillano de nombre Juan Cruz, para rechazar el empleo de escribano que ha solicitado en dos ocasiones. En septiembre de 1845, escribe a la Secretaría de lo Interior y Justicia:

Uno no debe buscar un trabajo que no le gusta, y es la verdad que a mí lo que me gusta es leer, pero no me gusta escribir. Porque (sic) no es lo mismo el cansancio del ojo, que el cansancio de la mano, que es lo que acabo de entender el año pasado de tanto escribir unas cartas, y copiar unas leyes muy largas, buenas pero largas. Resulta que la mano se me envaró muy envarada, y no voy a ponerme en lo mismo. Pero, a lo mejor, si tienen un encargo que me acomode, pues estoy a las órdenes. Mientras tanto, seguiré pendiente, esperando lo que me consigan.

El lector de hoy tal vez pueda pensar que estemos ante tempranas objeciones de conciencia, o ante confesiones nacidas del libre albedrío, pero quizá hile así muy fino. Yo me conformo con la presentación de tres inútiles de postín que pueden explicar, junto con otros de su género, lo que costó hacer república en nuestro siglo XIX.

Elías Pino Iturrieta 

Comentarios (6)

lincoln martinez
25 de septiembre, 2017

El Libertador, convencido de la gravedad de la mala administración pública con el exceso de burocracia, se refiere en parte del fracaso de la Primera Republica “ La disipación de las rentas publicas en objetos frívolos y perjudiciales y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas , secretarios, jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales, han dado un golpe mortal a la Republica”

Kondorito Konstitución
28 de septiembre, 2017

“El argumento manejado por Pedro León en junio de 1842 es una joya”, éste señor es probable que haya sido un poeta y ya sabemos que los poetas son personas sensibles que no tienen tripas para ver “aherrojados a los prójimos”.

cejotave
28 de septiembre, 2017

Estimado profesor, caso muy diferente a esta Venezuela con el Socialismo del Siglo XXI, donde la seña es “Pongame donde haiga”

Oswaldo Flores
29 de septiembre, 2017

El servicio público es un apostolado para el cual muy pocas personas han sido capacitadas. Se deben desarrollar competencias claves entre las que destaca el servicio al cliente externo e interno. Esperamos que esta tradición cultural sea superada en el futuro. Para ello, necesitaremos destruir el clientelismo burocrático.

Ana María Sacchini
2 de octubre, 2017

Y lo q ha seguido costando en este último siglo diría yo!

Estelio Mario Pedreáñez
6 de octubre, 2017

El caso de Pedro León prueba que un verdadero poeta sufre al “ver aherrojados a los prójimos, y hermanos, aunque se responsabilicen de los peores crímenes. Y si no puedo ver a la gente presa porque sufro, menos puedo cobrar por tenerlos presos. Esta era la conducta de un verdadero poeta en el siglo XIX venezolano, porque los falsos poetas en el siglo XXI, además de escribir “versos” insufribles, a muchos le gusta adular (hasta la mayor abyección) a los “hombres fuertes” (los famosos “mandones”), arrimarse al poder para vivir como potentados y hasta cohonestan la persecución política, la represión arbitraria, la aplicación de torturas y todo salvajismo, incluso contra inocentes. Hasta la falsificación de “pruebas” para formar los expedientes de oprobio. Y muchos alegaron “miradas” como “fundamento” para usar las mentiras compradas de falsos “testigos estrellas”, casi siempre unos criminales, para sus delictivas maquinaciones. Los historiadores del futuro se asombrarán de estos “poetas”.

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