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Trascendencias mundanas; por Juan Cristóbal Castro

Basta de Falsos Héroes

Basta de falsos héroes (2015), de José Vivenes

Decía Mariano Picón Salas que la política para el venezolano era una metafísica. Afirmación que entraña una aporía, pues si algo es mortal y mundano es la polis misma, pero ese es precisamente el punto. Lo que quería evidenciar el ensayista andino es una constante tendencia engañosa y paradójica en la concepción de lo público que tiene el venezolano que, como una sirena disfrazada de musa, inspira ejercicios de fascinación destructiva.

Pensemos la aporía. Nada más mundano que la historia venezolana. No tuvimos grandes imperios prehispánicos, como los mexicanos o peruanos, y fuimos una simple Capitanía General, sin el barroquismos y la exuberancia de ciudades coloniales como las de la Habana, Bogotá o Lima. Tampoco podemos regocijarnos de una inmigración africana tan rica como la de Haití y otros países del Caribe, así como de otras comunidades que vinieron a nuestro país. Fuimos además un país que perdió más del cuarenta por ciento de su población en la guerra de independencia, por no hablar de lo que sucedió con la guerra federal.

Nuestro igualitarismo, consolidado con el ascenso social que produjo el petróleo, nos llevó a un ciclo de creación y destrucción según los momentos de bonanza. Cuando ascendía en la escala social un nuevo sector poblacional, gracias a las condiciones económicas, éste buscaba sin darse cuenta destruir lo que el otro había desarrollado. Nuestra tradición populista no creó ciudadanos, sino consumidores que siempre iban por más.

Sin instituciones sólidas, nuestra ciudadanía es frágil. Más allá de las reinas de bellezas, nunca hemos tenido un premio nobel, ni hemos ganado ningún mundial, hechos que requieren de esfuerzo y disciplina de generaciones. Puedo enumerar miles de otros hechos, pero no se trata aquí de hacer un memorial de derrotas.

Lo que quiero decir es que siempre hemos trabajado con poco o nada Y así como la gran ilusión neoliberal de los noventa terminó en las Torres de David, la ilusión revolucionaria del siglo XX será dentro de poco otra huella más para turistas extranjeros. Sin embargo, y aunque a muchos no nos guste, sólo conectándonos con esa carencia es que hemos logrado cosas importantes. Pienso en la capacidad de movilización entre todos los sectores de la población que generó la tragedia en Vargas, a expensas del gobierno que estaba ocupado en otra cosa, o en el mismo Gallegos que, de un simple maestro de escuela, terminó siendo uno de nuestros más connotados novelistas. También está Armando Reverón en pleno Castillete re-descubriendo otra manera de mirar la luz, pintando con la mano, aislado de todo el mundo, o el gran Lisandro Alvarado recorriendo Venezuela como un mendigo.

Pienso también (¿pecado?) en ese tiempo cuando erigimos una constitución con puros civiles, con alternabilidad en el poder y cierto grado de autonomía, superando tiempo después una lucha encarnizada entre bandos que azotó toda Latinoamérica con las guerrillas.

Sin embargo, es bueno decir que esa fragilidad es difícil de asumir. Ella ha infundido en nosotros una especial ansiedad cultural que nos hecho proclives a seguir hechizados formas de fascinación muy peligrosas. Bolívar hablaba de que éramos un “pequeño género humano”. Por su parte, Rafael María Baralt definía a nuestra sociedad como “trasplantada” y carente de “recuerdos comunes”.

Frente a esa ansiedad respondimos entonces rápidamente erigiendo transcendencias. Dos han sido las más frecuentes.

Una de ellas fue la que Luis Castro Leiva llamó como “historicismo bolivariano”: la idea de pensar nuestro devenir histórico siguiendo el ideario del padre de la patria en un “telos” moral que proyecta nuestras acciones hacia un futuro donde se consumará la liberación final, independientemente de las realidades que vivimos. Ello hace de cada líder un “eon” mesiánico que realizaría ese destino manifiesto. Así cada quien se ve como un hijo de Bolívar, como un héroe que debe seguir su ideario, y, como el Reinaldo Solar de Gallegos, se vuelve en un iluminado que sólo arrastra destrucción a su paso, sin pactar ni negociar con nadie, a la manera como Bolívar lo hizo con la primera republica. El filósofo Odo Marquard, decía una verdad que muestra la cara oscura de esta forma laica de endiosamiento, al hablar del fracaso de Weimar: “cuando el hombre quiere ser lo absoluto, sufre ilusiones destructivas”.

La otra tendencia reside en el fetiche propio del “estado mágico” del consumo electoral. La cultura clientelar que usó la renta petrolera, no en términos de igualdad de oportunidades, sino de promesas salvacionistas que hizo de los candidatos y presidentes encarnaciones fantasmagóricas de los ensueños sociales y colectivos de un nuevo mundo celestial estatal-populista, neoliberal y ahora revolucionario: la gran Venezuela. Un sueño colectivo que, a la par que se pontificaba como candidato de promesas, reducía al elector en un simple ser viviente carente de independencia de criterios y crítica que nos acostumbró a pedir sin nada a cambio.

Dos teleologías trascendentales de la política: la del regeneracionismo bolivariano y la del clientelismo populista y mercantil, que constantemente nos llevan a un ciclo de furor y fracaso.

En estos momentos no vemos lidiando de nuevo con sus tendencias en lo único pequeño que hemos construido. Para darle orden a la pea de estos años de oposición histérica, hemos logrado un intento de unidad con la MUD, una simple alianza entre un contingente plural y heterogéneo de partidos. Gracias a ella se logró unas primarias para decidir el candidato de las elecciones de los años pasados. También se logró concertar un plan de gobierno con el concurso de los diversos actores de la sociedad: expertos del petróleo, especialistas en la cultura y la educación, importantes economistas, profesionales de la salud y del deporte. De igual modo se obligó a los candidatos a comprometerse en ese esfuerzo, y se hizo una comisión de investigadores para analizar los problemas y falencias de los partidos opositores y de la estrategia de la alianza, que se llamó el Informe Hospedales, y que no se pudo poner en marcha por el cataclismo del año pasado, y la voluntad de algunos partidos de no promover la institucionalidad unitaria más allá de su competencia electoral.

Lamentablemente no ha podido crecer y mejorarse para dejar de ser un simple espacio de decisiones electorales por las resistencias dentro y fuera de la misma. Resistencias que reproducen los vicios que vengo comentando. Los regeneracionistas promoviendo inconsultamente llamados radicales de renuncias, marchas poco creativas y constituyentes sin consultar, mientras los normalizadores sólo se concentran en el electoralismo en su versión más espuria y salvaje, viendo al ciudadano como un simple animal de necesidad y evitando mensajes de protestas más creativos o lenguajes políticos con más contenido.

Sin embargo, por más faltas que tenga la MUD, sólo se puede crecer desde ella y no fuera de ella. Los recurrentes errores de nuestros nuevos líderes políticos lo demuestran. Hay que asumir de una buena vez que es el laboratorio para ensayar los experimentos de una futura transición y la representatividad de los gobiernos democráticos que vendrán después. Su pequeña y aborrecida institucionalidad nos sirve como espejo para aprender a mirarnos desde las diferencias y para retornar de nuevo la confianza en tiempos de desconfianza instrumentalizada.

Tres retos quedan por trabajar en estos momentos, producto de la marcha reciente. Uno: ¿cómo compaginar estos llamados a la calle sin que se desborden o sean violentados por el chavismo? Dos: ¿cómo encauzarlos para concentrarlos a la realización efectiva de las elecciones, con observadores internacionales e imparcialidad, estando preparados para cualquiera golpe de mesa inesperado del gobierno? Tres: ¿cómo seguir sumando a los otros sectores del chavismo si el entusiasmo por salir a protestar puede promover mensajes de radicalización? La respuesta, para mí, sigue siendo la coordinación unitaria y un esfuerzo de pedagogía política.

La política demanda de nosotros un trabajo de humildad, pero también de reflexión para reconocernos desde las ruinas que se han ido creando y seguimos, sin querer, perpetuando.

Espero que podamos aprender de lo vivido para mejorar nuestro futuro y creo que un elemento a tomar en consideración es esa aporía que nos vuelve esclavos de nuestras propias aspiraciones. “Donde todo se ha destruido en el orden material, donde se han matado aun a los propios muertos, precisa un profundo esfuerzo reflexivo para reconstruir en el suelo de nuestra propia conciencia los valores que soportan el desamparo colectivo”, diría Mario Briceño Iragorry.