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Subir El Calvario sin miedo para celebrar a Caracas; por Marcy Rangel

Por Marcy Alejandra Rangel | 25 de julio, 2016

Subir El Calvario sin miedo para celebrar a Caracas por Marcy Rangel

Son las 12:50 de una tarde de sábado que Caracas aprovecha para celebrar su cumpleaños por adelantado. Algunos vagones del metro no tienen aire y, como en casi cualquier tarde capitalina, el sol está inclemente. En la estación El Silencio, con varias de sus salidas cerradas, aguarda un grupo de 50 personas con atavíos de turistas: gorras, bolsos, termos con agua. Se presentan mientras llega el guía. El comentario que se repite es que llevan años queriendo subir las escaleras del Parque El Calvario, pero no se atreven. Les da miedo.

El miedo es el referente inmediato en la ciudad más violenta del mundo. Pero Caracas, que alguna vez fue emblema de modernidad, acoge en sus lugares históricos a transeúntes que siguen caminando (con cuidado), porque el encierro no les parece una opción para construir el país que quieren.

El Calvario es un parque que fue construido en el siglo XIX con estructuras ornamentales en combinación con jardineras a la usanza europea, pero durante 30 años fue un lugar tomado por delincuentes. La historia cuenta que ese parque resume el ego de dos presidentes, Guzmán y Crespo, quienes invirtieron dinero para construir cada mitad del parque. Guzmán, incluso, decretó la presencia de una plaza con su nombre en cada estado de Venezuela, junto con la de Bolívar, y erigió una estatua de sí mismo que tenía 16 metros de altura en la cima de El Calvario, con la excusa de que el pueblo se sintiese custodiado. El parque fue restaurado en 2010, un siglo después de haber tumbado aquella estatua. En la base ahora reposan las mantas de quienes hacen picnic. En las escalinatas de la entrada, como una analogía histórica, está pintada ahora la mirada del nuevo custodio: un presidente fallecido.

Mientras el recorrido pasa por un acueducto público, una fuente con palomar dorado, un salón de eventos y una iglesia abandonada, desde la cima de El Calvario se ven la parada de autobuses que bajan al Litoral Central, varios puestos que aún venden chicha a pesar de la escasez de leche, los edificios que construyó el gobierno en lugares que contrarían todas las normas de urbanidad y las entradas a los barrios de Catia, el palacio presidencial, la infinita avenida San Martín llena de comercios, el Centro Simón Bolívar reconocido internacionalmente. La velocidad de los automóviles y el ruido de las bocinas. Una ciudad que no se detiene.

La mayoría dice que vive en Quinta Crespo, Altagracia, San Juan, El Paraíso. Parroquias contiguas desde donde, con esfuerzo, se puede llegar a pie. Casi ninguno había desafiado la subida de los 87 escalones seguidos para descansar en uno de los miradores. Pero El Calvario tiene cuatro pisos de lugares para sentarse y mirar el oeste que alguna vez fue el límite de la ciudad. Hay personas trotando, niños jugando en el parque, adultos conversando. Sólo una señora vende limonada y lleva una jarra de dos litros cada día, incluyendo algunas botellas con agua. Se sorprende cuando llega el grupo sediento a comprarle la mercancía.

—Yo sólo traje esto porque los sábados no viene tanta gente.
—Pero tú sabes que este fin de semana se celebra el día de Caracas y hay muchas actividades­— apunta el guía.

Hay tantos recorridos gratuitos por la ciudad como gente interesada en aprovecharlos. Mientras estamos frente al Arco de la Federación esculpido con mujeres desnudas como símbolo de libertad, hay rutas organizadas en la Plaza El Venezolano, el Parque La Paz, la Plaza Bolívar, El Hatillo. Hay recorridos a pie, en bicicleta, poesía. Inicia el Festival Caracas en Contratiempo y los asistentes se sienten parte de una lección de civismo. Es sábado en la Caracas de las largas colas para comprar comida, pero también es un día en el que respirar es sinónimo de sonreírle al paisaje.

Alguien pregunta si es conveniente guardar las cámaras y no tomar fotos. Pero el guía responde que en la medida en que tomemos los espacios públicos así, en grupo, nadie puede atentar contra la voluntad de quien conserva el patrimonio. Un muchacho que viene de Barinas, saca la cámara del bolso mientras cuenta que hace apenas cuatro meses conoce la capital y que por eso quiso subir hoy El Calvario. Otro recuerda que ahí se han hecho eventos políticos, festivales de danza, fiestas privadas y dan clases de yoga. Hay motos que pasan inadvertidas y generan alarma, a pesar de la tregua de hoy. Una señora está visitando Caracas desde Bogotá y dice que vale la pena tomar más seguido los espacios públicos; que nos miremos en la historia de su país.

Las miradas del grupo se encuentran y surge la confianza para volver. El regalo que le dan hoy a su ciudad es caminarla juntos y sin miedo.

Marcy Alejandra Rangel 

Comentarios (1)

Doñamar
25 de julio, 2016

Qué bonito! Ojalá muchas personas se atrevan a visitar esta joya! Les aseguro que les encantará. Después de la restauración había un trencito que se tomaba en el Arco de la Federación, parece que ya no está.

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