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Siete lecciones que nos deja el 15 de abril de 2013, por Rafael Osío Cabrices

Con el propósito de organizar mis propias ideas en medio de lo que pasa y de compartir con ustedes mis preocupaciones y esperanzas, escribo esto al comienzo del martes 16 de abril de 2013. Los acontecimientos están yendo rápido; ojalá estos apuntes, escritos sobre lo contingente pero pensando en el largo plazo, alcancen a tener algunos días de vigencia.

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La elección es cuestionable. Muy cuestionable. El oficialismo usó sin escrúpulo alguno, sin límite, superando sus ya altísimos listones de desvergüenza, los recursos del inmenso Estado que controla para promocionar a su candidato y para presionar a los beneficiarios de las misiones y a los millones de empleados públicos. El CNE no le impidió hacerlo, ni siquiera acusó recibo del abuso sistemático y pornográfico, a la vista de todos. Y el domingo, para hablar solo de lo que a todos nos consta que ocurrió, desplegó el nuevo truco del voto asistido (“toma esta plata -200 bolívares en zonas de Margarita, por ejemplo- di que no sabes votar y yo voy contigo detrás del parabán”) para obligar a quién sabe cuántos a votar por Maduro; tumbaron la Internet del país a una hora crítica, según confesión del vicepresidente Arreaza, para defenderse de los hackeos a tres cuentas de Twitter; envió escuadrones de motorizados a intimidar o atacar en varios momentos, sobre todo a la hora vital de las auditorías; y finalmente, prolongó la angustia hasta que la presidenta del CNE, una persona que no se cansa de mostrar su evidente parcialidad, anunció esos números. Para decirlo en los términos más discretos posibles, más cautelosos: uno no tiene cómo estar seguro de que esos resultados son ciertos. ¿Hubo un fraude? ¿Se robaron la elección? Esas preguntas solo puede contestárselas el ciudadano a partir de ésta: ¿fue una elección regular, en igualdad de condiciones para ambos candidatos y con un árbitro imparcial y confiable?

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La realidad es cuestionable. Muy cuestionable. El habitante o visitante a este país puede averiguar qué está pasando a partir de lo que tiene en frente, con las limitaciones inherentes a los sentidos humanos y a la amplitud del paisaje que puede percibir. O puede intentar hacerlo mediante los medios de comunicación: los audiovisuales están en su inmensa mayoría sometidos al oficialismo, porque los maneja directamente o porque los induce a la autocensura, y los que no lo están tienen severas limitaciones económicas, operativas y hasta de seguridad para reportear en la calle o para obtener fuentes en más de un lado; la prensa, algo más diversa, circula poco y se lee menos. O finalmente puede acudir a las redes sociales, Twitter principalmente, donde se han multiplicado las cuentas falsas que introducen mentiras deliberadas, y donde hay tantas fotos falseadas, rumores, repeticiones y tergiversaciones, con mala intención o no, que hacen realmente muy difícil obtener testimonios confiables sobre la pérdida de una caja con votos o la tranca de una avenida. Hoy, menos que nunca, puede haber un consenso sobre qué está pasando en Venezuela. Es un ambiente de desinformación equivalente al de una guerra.

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Nicolás Maduro está en problemas. Si los números que dio Lucena son falsos, perdió la elección y ante su gente le falló a Chávez, puso a la revolución –esa forma de identidad, modo de vida, fuente de discurso y plataforma de poder y riqueza para millones de personas- al borde del barranco de la aniquilación. Si los números que dio Lucena son verdaderos, pues ganó de chiripa, con una ventaja que es francamente humillante dado el ventajismo y todo lo que se hizo para que él hiciera su campaña desde el rol de presidente encargado. En cualquiera de esos casos, le tocó ser el candidato que puso al oficialismo al borde de perder Miraflores e, insisto, lo hizo desde una posición de obscena ventaja sobre su contrincante. Le tocará ahora ver cómo él -un hombre que no parece creerse sus propias palabras y que no parece tener una voz propia, un hombre que luce sobrepasado por el papel que le tocó- justifica ante el oficialismo que Chávez no se equivocó al ungirlo, ahora que el oficialismo ya puede sentir que cumplió con la orden de su “comandante supremo” de votar por Maduro. Le tocará ver cómo preserva el aparato de asistencialismo e intimidación con el desastre económico que se nos viene encima a todos. Y le tocará ver cómo gobierna con al menos la mitad de la sociedad en contra y sin nada con qué hacer un buen gobierno: ni funcionarios, ni ideas, ni experiencia, sin ni siquiera la noción de qué carajo es eso de gobernar, ni hablar de gobernar bien.

De paso, flota sobre él una pregunta: si en efecto hubo un fraude, ¿por qué no anunciaron una ventaja más amplia de su parte? ¿Por qué lo dejaron como un candidato que nos ganó a los “escuálidos” por menos de 2%? ¿Es tan débil que ni siquiera pudo lograr que Lucena le diera al menos un 6% de ventaja?

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Henrique Capriles es el primer líder del país. Habría que hacer estudios de opinión ahora sobre esto, pero al parecer, nadie, ni en el chavismo ni en la oposición, reúne en términos individuales la popularidad y credibilidad del gobernador de Miranda. Es absolutamente impresionante cómo resucitó a su electorado y cómo creció en una campaña tan breve y tan cuesta arriba. Cabe preguntarse con cuánto habría ganado –si es que perdió el domingo, cosa, insisto, muy cuestionable- con dos semanas más de campaña, o con mejores condiciones para competir. Pero cabe preguntarse también si podrá manejar la ira que se ha despertado contra el régimen incluso en sectores donde nunca habían sonado cacerolas contra el oficialismo o nunca había ganado la oposición. Cabe preguntarse si podrá crear una nueva manera de hacer oposición en unas nuevas circunstancias, y si será capaz de establecer ante el país y ante el mundo que le robaron la elección. Corre peligro, no nos engañemos, de ser de nuevo encarcelado o incluso asesinado. Yo creo que él sí tiene las condiciones para seguir creciendo como líder y para transmitir, durante las acciones de su liderazgo, los valores democráticos que necesita esta sociedad para reconstruirse.

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Esto es abril de 2013, no abril de 2002. Hay mucha gente en ambos bandos que está hablando y actuando como si esto fuera la escalada de hace once años, pero deberían renovar su léxico político, su imaginario, porque no lo es. Chávez está muerto; han pasado 14 años de destrucción económica y de abuso estatal, de insultos y de injusticias; la sociedad está agobiada por la inseguridad y por la pérdida de calidad de vida en manos de la inflación, la escasez y la baja convivencia. El oficialismo tenía entonces a su caudillo y la oposición a un liderazgo muy frágil y muy ineficaz; ahora es al revés: el oficialismo solo cuenta una troika cansada y repetitiva que ha decidido radicalizarse, la “dirección político-militar de la revolución” –figura que veremos más, dada la debilidad individual de Maduro- y la oposición tiene a Henrique Capriles, quien tiene claro que hay que aprender de los muchos errores cometidos y que las guarimbas solo traen problemas, que hay que concentrarse en lo importante: establecer la ilegitimidad del régimen de los herederos.

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Esto va para largo. O debería ir. El régimen no va a caer por la violencia que haya ahora ni por los cacerolazos o las marchas. Ni va a recontar los votos. Mucho menos va a negociar. Apuesta por la confrontación y espera que le permitamos reprimirnos y encarcelar a nuestros líderes. Capriles y la MUD lo saben, así que quieren actuar con inteligencia, en la línea de establecer el carácter fraudulento de la elección, la ilegitimidad de Maduro y la figura de Capriles como verdadero presidente, el hombre al que le robaron nuestros votos. Se trata de hacer oposición incansable al régimen de los herederos, cada día, y de reconquistar la mayoría en la Asamblea, algo esencial para desmontar el secuestro de las instituciones y las leyes autoritarias. Se trata de boicotear el proyecto inconstitucional del Estado comunal –que no es otra cosa que acabar con las alcaldías y gobernaciones, que afianzar la dependencia de Miraflores- y de seguir fracturando la hipnosis propagandística en cuanto a que el país está bien porque tiene un buen gobierno. Olvídense de que van a echar la proclamación de Maduro para atrás; esto es largo y constante. Pero si sale bien, dividirá y debilitará al oficialismo para siempre. Cosa que hoy luce realmente factible.

7

Se acabó el mito de la mayoría chavista. Si los resultados del CNE son ciertos, somos dos mitades. Ellos no son más que nosotros. Si son falsos, nosotros somos más. Una cantidad de gente del tamaño del área metropolitana de San Cristóbal votó por Chávez en octubre y votó por Capriles cinco meses después. Eso según las cifras que estamos cuestionando. Eso según las propias cifras del régimen. En el peor de los escenarios, en la versión oficial, el chavismo ya no es una mayoría. Porque 1,6% de ventaja no es una mayoría. Las cosas más nunca serán iguales.