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Sangre en Catia el #16J; por Willy McKey

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No podría contarlo con adornos ni con giros literarios. La muerte asusta mucho y acaba de pasar. Después de votar en el punto de la Universidad Central de Venezuela me fui a Catia. Mi mamá me pidió que la acompañara a ejercer su derecho, así que llegué a su casa y nos fuimos caminando desde ahí hasta la Av. Sucre. Al cruzar desde el Teatro Catia hacia la avenida, todo el paisaje estaba ocupado por una franja de los uniformes nuevos de la Policía Nacional Bolivariana, otra franja de luces azules y rojas por las cocteleras del CICPC levantando el tiempo récord y sin planimetrías lo que parecía un asesinato y, más allá, un hombre arengando desde un camión a algunas decenas de militantes con franjas rojas y mucha rabia. El número de policías superaba en tres a uno el número de militantes. “Si hubiésemos salido veinte minutos antes, nos agarra el tiroteo”, dice mi mamá. Es raro. ¿Por qué aquí y así?

En esta zona del oeste de Caracas había otros puntos soberanos, como el de Propatria o el de la Plaza El Cristo. Recuerdo la razón de mi mamá para querer votar aquí: “Yo iba a votar en la Plaza Brión, pero vi las fotos en Twitter y me dieron ganas de votar aquí en mi sitio”. Este punto había protagonizado las tomas aéreas en las redes sociales, sorprendiendo hasta al más entusiasta de los analistas opositores con esta reacción de la parroquia. Aquello puso en evidencia dos cosas. La primera viene desde las elecciones legislativas del 2015: Catia ha venido venciendo sus miedos políticos, cuando el voto popular convirtió a la joven Marialbert Barrios en su diputada, ganándole a nombres como el de Freddy Bernal o Ernesto Villegas. La segunda tiene que ver con los grupos políticos violentos: los dueños de las armas no iban a dejar que la merma de su poder quedara en evidencia, al menos no sin consecuencias. Y ahí estaban esas consecuencias, delante de nosotros.

Una señora con un marcado acento dominicano, metida en un abasto a medio cerrar, contaba por teléfono que había sido horrible. “Más de cincuenta motos echando plomo, Magaly, horrible. Esto daba susto”, decía. Nos pareció exagerado, pero apenas unos metros más adelante, durante la caminata apresurada, mi mamá estuvo a punto de pisar el pozo de sangre. Una unidad del CICPC que se iba parecía llevarlo a bordo. Ni siquiera habían podido poner las cintas del perímetro y ya se habían llevado el cuerpo. “Era una señora… una señora normal, marico”, dice un vendedor de agua a otro.

Con una oración puesta en la boca, atravesamos el puente, el destacamento de la PNB, el camión con la arenga y el extremo del Parque del Oeste que corresponde al Miguel Antonio Caro. Escuchamos decir que se habían llevado a un periodista. Anulé mi curiosidad. Nadie nos señaló. Pasamos desapercibidos. Por suerte, ella había dejado en casa su gorra tricolor y yo me había recogido el pelo, me había quitado los lentes y llevaba una franela estampada con el retrato de Luis Carlos Galán. Volvimos a tomar aire cuando entramos a la estación del Metro Gato Negro. Mi mamá decidió ir a votar a la UCV. En el camino me dice “Es muy jodido cómo intentan meternos miedo… aunque esto que vimos hace que parezca que ellos tienen más miedo que nosotros”. Al llegar a su casa, recibe una llamada de una de mis tías, la que vive en el bloque del 23 de Enero donde nos criamos:

“A quien mataron fue a Xiomara, Chela. Yo hablé con ella esta mañana. No puedo creer la vaina: le había ofrecido una mata y me dijo que no podía, porque iba para la iglesia a lo de la consulta. Y todo justo hoy, que es día de Nuestra Señora del Carmen, ¿no es arrecho?”.

Es arrecho. Mucho. Como el miedo. Como la rabia. Como la rabia que aparece cuando se pierde el miedo. Arrecho. Muy arrecho.