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“Esclavo de Dios” y la polémica, por Nelson Algomeda

palestina esclavo col

Desde el momento en que Joel Novoa concibió lo que se convertiría en Esclavo de Dios, su ópera prima estrenada el pasado 28 de junio, el joven realizador debió intuir que causaría revuelo. Es un thriller que usa de trasfondo el atentado a la Asociación Mutual  Israelita Argentina (AMIA) por extremistas islámicos en julio de 1994, haciendo estallar el edificio y causando la muerte de 85 personas. La película enmarca el suceso histórico en el drama ficcional de Ahmed, miembro de la célula terrorista que realiza el atentado y próximo en morir por la causa, y David, un agente israelí-argentino del Mossad decidido a prevenirlo. Dos personajes que representan dos trincheras, tanto ideológicas como bélicas, alrededor de un conflicto aún sin resolver. Decir que es un tema delicado de manejar para cualquier película sería quedarse corto, en especial si se desea tomar el difícil camino de la imparcialidad, de criticar los defectos de cada lado y converger en sus similitudes, en vías de un diálogo que beneficie a ambos pueblos y ofrezca al espectador un asomo de humanidad entre los combatientes. ¿Y que además entretenga y evite ser un sermón? No es tarea fácil.

Lo que Novoa no pudo haber anticipado es que sería otra película la que inundaría de problemas al lanzamiento de su film. Según un comunicado emitido por el equipo de producción de Esclavo de Dios, dos días antes de su estreno, el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) ordenó al distribuidor Cines Unidos, “con carácter obligatorio, de proyectar delante de nuestra película un cortometraje documental  con la temática de defensa y apoyo al pueblo palestino de manera sesgada.” Dicha imposición fue súbita, no oficial y llevada a cabo sin consultar a los realizadores, que acusan la falta de pertinencia de proyectar una obra que representa “un intento de parcializar previamente una audiencia, frente a nuestra película, que intenta justamente dar una visión objetiva y contraria a la visión esquemática, de parcialización y enfrentamiento.”

En declaraciones a diversos medios, Novoa ha expresado con vehemencia que su problema no es con la difusión del documental, sino con los términos en que se tomó la decisión imperativa de ponerlo antes de su película. No sólo fue una decisión brusca, sino que afecta la recepción de Esclavo de Dios en un público venezolano que, en general, está poco habituado a discutir el conflicto palestino-israelí a fondo. A Novoa le parece una medida injusta con los espectadores: “Algunos van al cine sin haber leído lo que sale en la prensa, compran sus cotufas, se sientan en las butacas y les aparece sin aviso un documental bastante definido ideológicamente, que está siendo usado como arma de confusión.” El director, que ya ha solicitado un derecho de palabra ante el CNAC, pide por lo menos que inserten un letrero que diferencie al documental de su propia obra, así limitando el aparente éxodo de espectadores que el mismo Novoa ha observado apenas se apagan las luces y rueda el material pro-palestino. Como último recurso, el realizador de 27 años ha amenazado con renuencia de sacar la película de circulación, si el CNAC no se compromete a satisfacer el reclamo y llegar a un acuerdo.

¿A qué nivel de exasperación tiene que llegar un realizador novel para inmolar su propio proyecto de esa manera? Claramente, el máximo compromiso descansa en preservar la integridad del trabajo puesto en pantalla. No se trata de un asunto de perder dinero, ya que la controversia acaso ha sido beneficiosa para el recaudo de taquilla del film: ampliamente comentada en redes sociales y medios de comunicación incluso antes de su estreno, la película ha sido vitoreada y abucheada por ser —y no ser, respectivamente— lo que realmente plantea, y los ecos de esta diatriba ha arrastrado a buena parte de la audiencia a las salas.

Que Novoa decida poner a prueba su propio y lógico apego por el proyecto sosteniéndolo a centímetros del fuego realmente habla de su integridad como cineasta, y por consiguiente la de todo su equipo de producción, en querer trasladar con fidelidad el largo recorrido de idea a producto que toda película transita, con mayor o menor éxito, pero sin intervención alguna que tergiverse lo dicho por sus creadores. Todo esto puede sonar algo idealista en un negocio tan determinado por las circunstancias y decisiones de entes superiores como es el cine; hasta que se termina de ver Esclavo de Dios y es difícil no estar de acuerdo con Novoa, si no en bases de simpatía por su autonomía artística, al menos de mera indignación como espectador. “¿Cómo pueden exhibir estas dos piezas juntas, una tras otra?” fue la primera pregunta que me hice, algo pasmado en pensar que alguien realmente creyó que funcionaría, que sería una promoción o complemento efectivo.

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El corto documental Palestina y otros relatos abre con dos niñas correteando sin dirección por el patio suave y otoñal de una casa, hasta que vislumbran una figura femenina, ataviada en largos velos, que deciden seguir hasta la cocina. Ahí les espera sobre la mesa diversos ingredientes: carne, yerbabuena, trigo y especias: “la mujer del velo sin palabras nos llevo de la mano y esa tarde las hermanas aprendimos a cocinar un plato de la tierra de mi padre”, dice una voz en off calmada y conocedora, de matriarca. Ese es el tono que infunden los poemas de Mirian Kasen en honor a su padre, una figura envuelta en la nostalgia extranjera y criolla propia de los inmigrantes con duras historias y reverencial linaje, como se observa en las narraciones de los hijos, de los nietos. Las recreaciones cálidas del abuelo Kasen jugando dominó, escuchando radio, orando en el patio; todo es una reproducción de los buenos recuerdos, de los momentos en que el fantasma de un ser querido persiste en la memoria familiar.

Es justamente Yasser Arias Kasen, el nieto, quién hace el contrapunto fáctico de la historia de su abuelo con las elegías de Mirian, y ahí es donde los “otros relatos” del título hacen presencia. La familia Kasen es un trampolín para abordar la lucha histórica del pueblo palestino por su territorio y supervivencia frente al asalto israelí. Imágenes de archivo iluminan una larga historia de dominación y aislamiento: las Naciones Unidas, bombardeos y refugiados, la izada imperial de una bandera israelí, la colocación del Muro de Gaza. En una demostración pro-palestina en la plaza Bolívar, consignas de “Israel asesina en Palestina” se superponen a la estatua del Libertador. Lo curioso es que en ningún momento se muestra respuesta alguna de los afligidos, hostil o diplomática: ni Black September o los Acuerdos de Oslo tienen cabida en el recuento histórico del cortometraje. El asunto a discutir respecto a Palestina y otros relatos no es si presenta una versión sesgada e incompleta de un espinoso asunto histórico —lo hace—, sino que en hacerlo convierte “el recuerdo de quienes partieron para sembrar en otras tierras su semilla” en una carta expositiva, en un retrato hecho panfleto. Nunca conocemos el nombre del abuelo Kasen, ni se nos ofrece mayores detalles sobre su particular travesía como inmigrante y palestino exiliado. La sensación inmemorial de identidad que brinda la imagen del abuelo a su nieto se diluye un poco entre las declaraciones políticas contra Israel, y da la impresión de que el corto se vale de la narración familiar sólo para enmarcar sus fines informativos.

Si la Historia con mayúscula prepondera sobre el drama personal en Palestina, ocurre exactamente lo contrario en Esclavo de Dios. Ambas producciones tienen algo en común más poderoso que el tema, y es su afición por recurrir a los traumas del pasado para definir con claridad los conflictos del presente. Esclavo de Dios también arranca con un recuerdo, aunque terrible: el asesinato del padre de Ahmed, un musulmán moderado y conciliador, por un misterioso encapuchado. La pérdida es definitiva para el protagonista, que alimenta una furia vengativa que sólo podrá resolverse cuando cumpla su deber y ajuste cuentas con el pueblo que le arrebató a su padre. De igual manera David, su contraparte israelí en el juego policial de gato y ratón que acelera la trama, tiene su respectiva pérdida personal de la cual colgarse, como una sombra que dicta su fría y determinada personalidad.

Ambos personajes, gemelos perdidos y puestos en bandos contrarios, son esclavos no de Dios, sino de una obsesiva búsqueda por enmendar el pasado a costa del momento en que viven, de sus familias, trabajos y vidas. El extremismo que conjuran estos personajes nace de su imposibilidad de ver en el otro las mismas facciones, las mismas fallas, temores y ansiedades sin resolver, que cargan el peso centenario de un conflicto ideológico que los sobrepasa y desdibuja. En la obra de Novoa nunca se le da más importancia al atentado del AMIA o a tratar de definir qué lado tiene la razón, porque su predilección es expresar que ambos, por igual, sufren y tratan de pagar tributo con sangre a una obligación inhumana. Lo que en realidad necesitan es comulgar sus iras en el reconocimiento del otro, del enemigo que en principio es un prójimo.

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Los reclamos de Novoa y su equipo se centran en que las intenciones de poner Palestina y otros relatos antes de Esclavo de Dios es un intento explícito de censura y manipulación de la audiencia. La intervención del contenido de una película sin consultar a sus creadores no es inusual en la historia del cine, como demuestran los casos ejemplares de Orson Welles y Erich Von Stroheim: hombres tercos y artísticamente brillantes que vieron sus obras destrozadas por ejecutivos reacios a dejar que sus experimentos viesen la luz del sol. Pero el caso de Esclavo de Dios es particular en que la película en sí no fue censurada ni sometida a cortes obligatorios, sino que por influencia de un material externo se esperaba que su efecto en la audiencia fuese menor y más en línea con la tendencia del ente gubernamental. Se veía venir una estrategia de esta índole a principios del mes de mayo, mucho antes del estreno de la película, cuando el presidente de Tves, William Castillo, tuiteó pidiendo al presidente del CNAC, Juan Carlos Lossada, que averiguase sobre una película financiada por el Centro que es “propaganda israelí y antivenezolana”. Como consecuencia a la posterior acción del CNAC de “balancear” dicha “propaganda” con otra pieza de contrapeso, las redes sociales han hecho eco multitudinario del reclamo anti censura de Novoa, que es a primera vista el único problema a resolver.

Pero nadie parece notar que, en este acuerdo impuesto de exhibición, ambas películas se cancelan mutuamente y se ven perjudicadas sin merecerlo. No es sólo que la perspectiva de Novoa tiene un obstáculo extra en llegar emocionalmente a la audiencia con un filtro ideológico de plato de entrada; sino que, en el medio de la controversia, Palestina y otros relatos es vilipendiada y acusada sólo por su ubicación temporal antes de Esclavo de Dios, no bajo el criterio principal por el que toda obra cinematográfica debe ser juzgada: tiene que ser apreciada y criticada por lo que es. Aparte de sus claras preferencias por un lado de la historia, la obra de González lidia también con personas, cuyas debidas inquietudes y temas de identidad valen la pena conocer. Es una lástima que parte del potencial del corto se gaste en contenido de naturaleza más informativa y parcial, pero es el camino tomado por sus creadores, y sólo en ese contexto puede analizarse a fondo las intenciones y metas cumplidas por el proyecto. Pero en todos los medios que han informado sobre Esclavo de Dios poquísimos se dirigen a Palestina por su nombre, contenido o sus realizadores, tratándola como si no mereciese atención más allá de recibir la etiqueta de propaganda. Es tan injusto que los Kasen y sus íntimas añoranzas, los sensibles documentos de vida cotidiana que González recreó, sean ignorados en el torbellino de opiniones como injusto el tratamiento recibido por la película de Novoa. Las dos obras sufren por la esclavitud que implica su cercanía, incapaces de relucir totalmente en el polvo levantado por la otra.

Tal vez la respuesta ideal sería que los equipos de Esclavo de Dios y Palestina y otros relatos se unieran con el fin común de separarse en las pantallas para ser disfrutadas de manera correcta por sus audiencias. Curiosamente alegórico, uno se imagina la resolución entre ambas películas y el público como una reconciliación entre pueblos, como siempre se ha intentado en el caso palestino-israelí. Sin las intervenciones de unos cuantos y sin las huellas de la censura, no hay razón para que ambas películas no puedan vivir en paz, y dar con justicia al espectador lo que éste merece.