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Pedro Proença, Su Majestad; por Diego Fonseca #LosÁrbitrosDeBrasil

Por Diego Fonseca | 29 de junio, 2014

Pedro Proença, Su Majestad; por Diego Fonseca 640

Uno es así: Charles Philip Arthur George, príncipe de Gales, heredero al trono del Reino Unido de la Gran Bretaña.

Otro, más antiguo y glorioso, es así: Caesar Lucius Domitius Aurelianus Augustus, Germanicus Maximus, Gothicus Maximus, Parthicus Maximus, Restitutor Orientis, Restitutor Orbis. En breve, Augusto, emperador de Roma.

El tercero es así: Pedro Proença Oliveira Alves Garcia, árbitro de Portugal.

Roma otorgaba tratamiento singular a sus emperadores. Aun hoy, cada nuevo niño de una casa real recibe un nombre personal y la suma de sus ancestros. Hay condes y duques con once nombres de pila y una nómina de títulos de colección —Carlos, el inglés, tiene dieciocho. Un árbitro es un ser pedestre con poder, y el bueno de Su Majestad Pedro, ha tenido en gracia contar con una familia querendona que le dotó de apellidos suficientes para saturar cualquier formulario de la seguridad social. Fuera de eso, no hay sangre azul en el analista financiero de Lisboa, ni una biografía financiada por el erario público o propiedades acumuladas en años de expansión imperial. Pero en el campo, monarca sin corona ni dominio, Su Majestad Pedro sabe garantizar la paz de su reino.

En un buen día, Pedro Proença sonreirá. Será sobrio, sereno y meticuloso. No es un amonestador compulsivo si los jugadores se ocupan de hacer fluir el juego. En la final de la Eurocopa 2012, con el arco de la mercurial Italia roto cuatro veces por España, bajó las tensiones con conversación. Su Majestad Pedro sale a la intemperie después de estudiar el campo de batalla y sus fuerzas. Conoce técnica y estilo de cada equipo y sabe qué esperar de los jugadores problemáticos, los artistas y los actores. Explica sus decisiones con espíritu de gobernante transparente; terrenalmente plebeyo, trata a los futbolistas de “querido”.

Pero si el asunto pinta para guerra franca, Su Majestad Pedro no aceptará cuestionamientos a su autoridad. En cuanto sienta que los jugadores desafían su juicio, comenzará a repartir tarjetas amarillas como un conde viejo de Dickens arrojaría monedas para mantener a raya a los leprosos. En Portugal recomiendan andar con cuidado a su alrededor. Darle, de algún modo, tratamiento real: bajar la frente, juntar las manos tras la espalda, evitar el contacto visual. Atosigado, Su Majestad Pedro puede cortar alguna cabeza cortada antes de finalizar una contienda. Rota la pax romana ya no habrá César Augusto sino un nerón echando cristianos a los leones.

Su Majestad Pedro es delgado —tiene un andar, se diría, hidalgo— y enfrenta el estadio lleno peinado hacia atrás, con un perfecto tostado natural en la piel oliva. Escorpión de 1970, porta elegancia de dandy y sonrisa de playboy. Nació en Pinhal Novo, una pequeña ciudad sobre la península de Setubal enfrentada a Lisboa al otro lado del Mar de la Paja. Pinhal Novo es un pueblo sobre una palma de terreno, el único de Portugal donde, hasta inicios del siglo, el tren cambiaba de vías usando el antiguo sistema de señales en vez de semáforos modernos. En el desplazamiento lento y relajado de Su Majestad Pedro también parece haber un signo de otro tiempo. Él dice no tener nada que ver con el fútbol portugués, por ejemplo. La investigación Silbato Dorado que investigó partidos arreglados entre clubes y referís comenzó en 2012, el mismo año en que la Federación Internacional de Historia y Estadística de la FIFA lo eligió mejor referí del mundo. Ese año dirigió la final de Champions que el Chelsea ganó al Bayern y la Euro en que España goleó a Italia. “El fútbol de Portugal”, dijo Su Majestad Pedro a algunos dirigentes que lo cuestionan, “no se merece los árbitros que tienen”.

Brasil cobijó a la Corona lusitana —un tal Pedro I, claro— y ahora podría hacer lo mismo con Su Majestad Pedro, candidato a dirigir la final en el Maracaná, el palacio de los reyes del fútbol. Para que eso suceda, sin embargo, el árbitro está obligado a ejercitar la justicia poética partido a partido, pero para un juez no siempre es sencillo hacer pagar a los malos para que los buenos pervivan. ¿Ayuda el pasado a imponer orden en el presente? No hay garantía contra el yerro grosero mas medio mundo futbolístico espera de todo árbitro aciertos significativos y tropiezos mínimos. En su muro de trofeos, Su Majestad Pedro tiene repetida la cabeza de José Mourinho: es el único juez en el mundo que ha expulsado tres veces al moderno Yago shakespearano. El luso elegante recuerda que hay reyes que también pueden ser héroes populares.

La soberbia imperialidad de Su Majestad Pedro está construida sobre las razones correctas. Esa mínima grandiosidad —tan humana, vea— es mérito de la inteligencia, que es democrática. Un día en que paseaba por un centro comercial de Lisboa, un rencoroso hincha del Benfica le voló dos dientes de un cabezazo, pero el mejor juez de Portugal reaccionó sin altanería monárquica. Hay momentos en la vida, escribió en Twitter, en que los actos de algunos fanáticos te hacen pensar si vale la pena pelear por todo lo que consideras justo y correcto. “Este pensamiento nos invade por unos pocos segundos porque el único camino a seguir es el de la verdad, justicia e igualdad”, siguió Su Majestad. Pedro “Lo que no mata te fortalece: podrán tirarnos al piso pero jamás seremos vencidos”.

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Pedro Proença es un árbitro de Portugal en Brasil 2014.

Diego Fonseca Diego Fonseca  (Argentina, 1970) es periodista y editor. Autor y editor de Hamsters, Crecer a golpes, Sam no es mi tío y Hacer la América. Síguelo en Twitter en @DiegoFonsecaDF

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