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Partitura de una herencia: ‘El Campo/El ascensor’ de Ígor Barreto, presentado por Rafael Castillo Zapata

Este texto de Rafael Castillo Zapata sirvió de presentación a El campo / El ascensor, compilación de los poemas de Ígor Barreto que datan desde 1983 hasta 2013, publicada por la prestigiosa editorial Pre-Textos. Castillo Zapata urga en la obra de Ígor Barreto para desentrañar la herencia que deja éste en esta obra en las claves del paisaje y el tiempo y, en el proceso, descubrir su esencia como poeta.

Castillo Zapata acompañó a Ígor Barreto y a Antonio López Ortega en la presentación del libro en la Libería Lugar Común el jueves 29 de enero de 2015. Haciendo click acá, también podrá escuchar las palabras de agradecimiento de Ígor Barreto durante el acto y su lectura del poema inédito “La caja y la pregunta sobre la probreza”, de su autoría.

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Partitura de una herencia, presentación de 'El Campo  El ascensor' de Ígor Barreto; por Rafael Castillo Zapata

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Un poeta inventa siempre su origen: vuelve a fundarlo sobre bases nuevas cada vez que se relee, cada vez que se revisa. Ese retorno es siempre un regreso que es, sin duda, una repetición. Pero esa repetición es, al mismo tiempo, una diferencia: la diferencia del río infinito de la poesía que no cesa de cambiar siendo la misma, perdurable en su variante metamorfosis. El poeta es el primer sorprendido por esta maravilla: que uno no se sumerge en el mismo río cada vez que se sumerge en el mismo río de la poesía. Pero, en realidad, ese mismo no existe, a menos que no sea esa constancia proteica de una corriente que fluye sin remansarse entre los labios de dos riberas que no se tocan nunca sino en el eterno discurrir de esa agua verbal que se desencadena un día, grifo generoso, y ya no para.

Tras treinta años de derivas recurrentes por el cauce de ese río que no cesa, Ígor Barreto decide un nuevo comienzo para conmemorar la travesía. Remonta sin pestañear sus dos primeros, tal vez primerizos, libros y abre las compuertas de la memoria de su propio devenir de poeta embriagado de visiones y de voces a partir de Crónicas llanas (1989). Esta partición de aguas define un modo peculiar de repartir la herencia de su propio quehacer inquebrantable. Funda así una nueva partitura de su legado que se lee a partir de dos signos duraderos: el paisaje y el tiempo, el llano y la crónica. Estos dos signos duros que duran y perduran dan el tono, tal vez, de toda la poesía de Barreto: son quizás dos notas maestras alrededor de las cuales se afina toda la máquina semántica y sonora que la caracteriza. Tiempo y paisaje, memoria y espacio, memoria del espacio, memoria de un espacio, temporalidad de un habitar que es un modo de hablar, que es un modo de ocupar con las palabras tiempo y espacio para fundar un lugar, el poema, entre dos orillas plenas: la orilla de lo urbano que se esconde, la orilla de lo rural que se destaca. El campo, el ascensor, menuda dupla, irónica pareja para entonar una dialéctica compleja.

El poeta decide entonces su comienzo y ese comienzo es Crónicas llanas, libro crónico, hecho de tiempo, de memorias inventadas; canto llano que tiene al llano, a la llanura como modo: extensión y contención de un mismo giro de palabras, la imagen concentrada, el verso limpio, la exactitud de la sintaxis, la maestría en la disposición acompasada de las pausas. Quizás sean éstas las cualidades más llamativas de la dicción barretiana y por eso mismo, me parece, el poeta decide darle inicio ahí a la memoria de sí mismo, a la memoria de esa mismidad cambiante que va siendo, desde esa auspiciosa entrada sintomática, toda su poesía en Tierranegra (1993), en Carama (2000), en Soul of Apure (2006), en El llano ciego (2006), en El duelo (2010), en Carreteras nocturnas (2010), en Annapurna (2012): un canto llano que no cesa, un canto llano que se hace crónico, que se hace crónica, corónica de un reino que se funda y se refunda en la insistencia de una palabra diestra que se disciplina y alcanza bellamente el equilibro entre la exactitud y la gracia, entre la severidad de la sentencia y la ligereza aérea de la burla que mete baza.

Blaga, Issa, Caeiro, Drummond. El poeta sabe a que árbol se arrima. El poeta sabe con quién se acompaña. Elige por eso la compaña de poetas melancólicos que ríen, de poetas que, taciturnos, danzan. Poetas que no hacen ruido, que dan brazadas largas sin arrugar el agua y dan en el blanco sin apurar la flecha; poetas que se toman su tiempo y miden sus palabras; poetas atléticos, poetas rigurosos; poetas caminantes, poetas vagabundos; cómicos de la lengua, religiosos. Al elegir a sus semejantes, al elegir sus resonancias y decidir sus consonancias, el poeta también decide su inicio, las iniciales iniciáticas de su propia palabra: Caeiro, Issa, Drummond, Blaga.

Decide su comienzo el poeta, decide dónde y cómo se comienza a sí mismo y relega, entonces, hacia el fondo, a su trasfondo, los dos primeros libros primerizos, los dos primeros libros que son, tal vez, a la vez, sus libros más citadinos, menos beduinos: ¿Y si el amor no llega? (1983), uno; y Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1986), el otro.

Barreto decide, entonces, el final de esta partitura de treinta años de canto sin desencanto eligiendo su principio: los libros iniciales se dan a leer por último. La crónica de sus trabajos comienza in media res, de lleno en la madurez, y se remonta a la plenitud de su redondez, a su asombrosa plenitud de círculo que se centra y se concentra, para dar, literalmente un salto atrás. Deriva sibilina del poeta que acaba en su comienzo para volver a empezar. Como queriéndonos decir, por una parte, que la poesía es retorno eterno, da capo al fine insistente, persistente percusión sin menoscabo, al cabo; como queriéndonos decir, por otra parte, que el poeta siempre está en pañales, que el poema es siempre primerizo, que la pretendida o pretenciosa madurez es un engaño y que siempre acabamos donde comenzamos y que siempre comenzamos sin poder acabar.

El campo / el ascensor, menudo par, menudo jeroglífico, menuda asechanza de una adivinanza que nos regala sus enigmas para que no terminemos de jugar, de reír, de danzar, de cavilar, de profesar la gracia en la desgracia, de levantar la dicha en la desdicha y de decirnos desdiciéndonos diciéndonos al desdecirnos. Dicción y ficción dichosas de un poeta que cultivó sin contradicción su campo nada más salir de su ascensor. Ascendió y acampó y aquí está unido y reunido, de cabo a rabo, con el rabo a cabo, todo el trajinar y el trashumar de Ígor Barreto, poeta campesino, citadino, peregrino, todo a la vez.

Poeta campesino que eligió un olvido, que se bajó de su ascensor de poeta citadino y se adentró en ese campo que es a la vez memoria e invención, vivencia y reminiscencia, delirio de un encuentro decisivo: el momento en que el poeta se descubre ganado por lo vasto de un paisaje que lo obliga a despojarse de sus antiguas maneras y manías de poeta urbano, por así decirlo. Y elige, entonces, su comienzo, y se elige misteriosamente campesino, campesino con pasado citadino. Y porque el olvido no puede ser completo y porque la sombra de lo que uno ha sido lo persigue en lo que sigue siendo, el poeta pone esos dos libros primerizos, citadinos, al final de su deriva, para marcar el comienzo relegado, el comienzo que todo poeta modifica y reconstruye para hacerse a la medida del olvido de sí mismo que tiene que emprender para sentirse y percibirse y aceptarse a sí mismo como tal.

Poeta citadino que se hace campesino y que se bautiza a sí mismo de nuevo en un agua que él elige para darse inicio. Agua agreste de una llanura mítica que él funda para darse su propia historia de poeta andante, de poeta errante que se encuentra consigo mismo en ese paisaje donde el poema cuaja, verdadero, desde el corazón de las más bellas mentiras del lenguaje.

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[Video] Vea a Ígor Barreto presentar su obra ‘El campo/El ascensor’
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