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Mirar al siglo XX venezolano desde el aquí y el ahora; por Andrés Cañizález

 

Captura de video de Prensa Presidencial

Captura de video de Prensa Presidencial

Comparar el proceso político de la Venezuela actual con otras experiencias autoritarias y su transitar hacia la democracia es sin duda un buen ejercicio. El mundo ha conocido exitosas transiciones, pero también han triunfado severas regresiones en la lucha democrática. Todo ello debe ser escudriñado. Sin embargo, el aquí y ahora venezolano marcado nuevamente por un régimen dictatorial, junto a la ausencia de perspectivas reales de cambio democrático en el corto plazo, también deben llevarnos a mirar nuestra historia reciente para de ella extraer algunas enseñanzas.

Amateur como lo soy en el campo de los estudios históricos, apelé a la lectura de los tomos editados por la Fundación Polar en el año 2000 (con reedición en 2003, que son los que en definitiva tengo en mis manos) para tener una mirada comprehensiva del siglo XX venezolano. Además de los artículos centrados en problemas específicos del ser venezolano, el tomo 1 contiene tres valiosas entrevistas con protagonistas-analistas de ese período: Ramón J. Velásquez, Germán Carrera Damas y José Manuel Briceño Guerrero. La entrevista con Velásquez me resultó aleccionadora y lo que planteo a continuación proviene en buena medida de lo que me provocó su lectura.

Se ha dicho con frecuencia pero es sin duda un asunto sobre el que conviene insistir. La república civil de 40 años (1958-1998) ha sido una excepción en nuestra historia como nación. Lo usual ha sido una Venezuela bajo el mando de hombres fuertes que imponen su orden sobre la sociedad. Lo usual en nuestra historia, y también marcó al siglo XX, ha sido la presencia de caudillos militares en el ejercicio del poder. El chavismo-madurismo, en ese sentido, no es una anomalía. Al contrario, encarna una manera tradicional de cómo se ha ejercido el poder en Venezuela.

El desafío de reivindicar a la democracia y a los héroes civiles también tiene sus bemoles. No todo fue color de rosa en el período previo a la llegada de Chávez al poder. Al contrario, al desvirtuarse el modelo democrático (Velásquez apunta el año 1974 como el principio del fin) se abrió paso para que un nuevo caudillo militar se hiciera del poder, incluso usando la plataforma electoral que había sido una de las grandes banderas del sistema político venezolano entre 1958-1998.

Corrupción, rentismo, cúpula desconectada del pueblo, decisiones gubernamentales no enfocadas en el bien común… Todo aquello marcó la etapa final de la república civil y en una suerte de ritornelo también simbolizan el epilogo del chavismo-madurismo.

Cada hombre fuerte en el poder, una vez que se hizo de la presidencia, presentó una reforma de la constitución o constituyente. La excepción, de nuevo, fue la constitución de 1961. Cada gobernante militar generó una carta magna o varias (según haya sido su permanencia en el poder) que sencillamente le refrendara. La ANC de Maduro, en ese sentido no es algo distinto a lo que hizo Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez.

Vivimos en Venezuela en dictadura. Eso se ha convertido en verdad no sólo para los venezolanos, sino que también así lo ha comprendido la comunidad internacional. La censura a la información y opinión, especialmente en los grandes medios de comunicación del país es moneda corriente. Velásquez precisamente apunta a la “mudez” en la que se debió vivir la mayor parte del siglo XX venezolano. La censura atravesó, con períodos que constituyeron excepciones, a la sociedad con secuelas de todo tipo ya que también impacto la generación de contenidos artísticos o educativos. Han sido más los años que la sociedad venezolana vivió sin acceso a la información de forma plena, que los años en los que sí tuvo dicho acceso.

Asdrúbal Baptista, en la entrevista con Ramón J. Velásquez, tras varias páginas sintetiza el aspecto medular sobre el que ha gravitado el entrevistado, quien compartió larga trayectoria parlamentaria con el estudio de la historia venezolana y además cerró su vida pública con un paso breve por la presidencia de la República (1993-94): Lo permanente venezolano es el autoritarismo.

Entender el ejercicio del poder por tiempo indefinido, más allá de la fachada institucional, ha sido uno de los aspectos generados por el caudillismo, que a fin de cuentas Velásquez plantea como asunto central para comprender a Venezuela. Gómez y Chávez murieron ostentando el poder y ambos además comparten otro hecho no menos relevante, son los hombres que de forma ininterrumpida han estado más largo tiempo llevando las riendas del país, manejando al país como si fuese suyo.

Eleazar López Contreras y Rómulo Betancourt, políticamente en las antípodas, comparten sin embargo el hecho de que pudiendo extender su paso por el poder se autolimitaron. Cada uno en su momento puso freno institucional a favor de la alternancia en el poder.

López Contreras, una vez muerto Gómez, reduce de 7 a 5 años el período presidencial y elimina la reelección inmediata. Betancourt, por su parte, empuja para que la Constitución de 1961 establezca la alternancia y fija una reelección presidencial sólo después de 10 años. Cuando se cumplió la década de su presidencia con esa carta magna, y podía él mismo buscar un nuevo período presidencial, optó por dejar el camino abierto a otros líderes de su partido Acción Democrática.

Me detengo en dos líneas de análisis que plantea Velásquez en la entrevista a la que nos hemos referido, y con eso cierro este texto. La ausencia de definiciones político-ideológicas en el liderazgo y el papel de la sociedad, del venezolano de a pie.

A propósito de la llegada de Hugo Chávez al poder (febrero de 1999), con lo cual Venezuela cerraba el siglo XX nuevamente en manos de un caudillo militar (aunque éste no haya llegado al poder por las armas), Ramón J. Velásquez cuestionaba la ausencia de “lineamientos programáticos y definiciones filosóficas” en el proyecto de la Revolución Bolivariana.

El chavismo encarnó un deseo de cambio, vaciado de una propuesta coherente del país que construiría una vez alcanzado el poder. Tales falencias, en mi opinión, signan también la lucha democrática en Venezuela, en la actualidad. Para muchos actores democráticos la lucha parece reducirse a sacar a Maduro del poder, sin que se haya generado un consenso mínimo entre los diferentes actores sobre qué caracterizará al gobierno futuro.

Velásquez plantea asimismo un asunto que viene atravesando la lucha social en Venezuela en las últimas décadas y que hoy tiene particular resonancia. Recordaba el ex presidente que en 1989, tras los sucesos de “El Caracazo” sostuvo que “la gente salió de sus casas y se quedó en la calle”. La protesta popular en Venezuela ha sido una constante a lo largo de las últimas tres décadas, y en mi opinión tendrá un peso determinante en la configuración del cambio democrático que aún está por venir.

Finalmente, para Velásquez resultaba aleccionador la observación de las diferentes etapas políticas en Venezuela que a su juicio tenían como momentos de culminación estos años: 1861, 1899, 1945 y 1998. Esas etapas habían tenido en sus inicios respaldo, habían inspirado confianza y habían prometido –cada una en su momento- grandes proyectos para el país.

Sin embargo, se cerraron dichos ciclos políticos en medio del desencanto, “la rabia popular”, la liquidación de las organizaciones que se crearon en el período, junto a acusaciones y juicios. La sociedad venezolana parece empeñada en transitar “un volver a empezar”. Al leer esta descripción de las etapas políticas, me quedan pocas dudas de que estamos a la vuelta de otro volver a empezar en Venezuela. Y de nuevo, teniendo la incertidumbre como signo característico.