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Mariano Picón Salas en Chile: 1923-1936; por Ricardo Ramírez

Por Ricardo Ramírez Requena | 23 de septiembre, 2017

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Partí, es cierto, sin ninguna vocación de héroe, quizá defendiendo egoístamente lo más personal e intransferible.

Mariano Picón Salas.

En 1923, Mariano Picón Salas parte para Chile, a un largo exilio de 13 años. Tiene apenas 24 años, y cuando regrese al país, en 1936, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez, tendrá 37, un título universitario, experiencia laboral y profesoral, y un matrimonio.

Es en Chile en donde ocurren sus años de formación intelectual y de vida, en un país muy alejado de las realidades del suyo en esos tiempos. El país del que se aleja Picón Salas es un país sembrado de gomecismo hasta los tuétanos, donde la cárcel parece ser el camino de la mayor parte de los estudiantes que quisieran ver realizadas las ideas progresistas que viven con ardor en sus cabezas.

En Regreso de tres mundos (Otero ediciones, 2015), podemos recorrer el periplo vital de Picón Salas en sus años de formación: sus primeros estudios, la llegada a Caracas y su estadía breve en años, y su partida hacia Chile, en un exilio voluntario pero también, según sus reflexiones, inevitable.

El panorama no puede ser más desolador. Picón Salas parte hacia el sur cinco años antes del año 28, con el resonar que significó la participación altiva de los estudiantes contra el régimen de Gómez, y la esperanza de un cambio de gobierno que se diluyó como sal en el agua. El ambiente intelectual en Venezuela no es, para nuestro autor, el más elevado e idóneo. Su estadía en Caracas, a donde llega desde su Mérida natal en 1919, llena de momentos dorados de juventud, se va oscureciendo ante la imposibilidad de un futuro. Nos dice Picón Salas:

Pero todo ser puro en aquella Venezuela en que triunfaban los más audaces y cínicos (ya lo observé cuando hice entrega de las cartas de recomendación) tenía que preguntarte si valía la pena cumplir la vigilia de Parsifal en busca del vaso sagrado. ¡Cuántas generaciones se frustraron persiguiendo esa copa divina que debía contener sólo unas gotas de libertad; las necesarias para producir la alegría del pueblo en servidumbre! Al final de toda ascesis, de este pulimento del alma para su tarea superior, nos esperaban –como a las mejores y dignas gentes del país– las cárceles de Juan Vicente Gómez.

La visión de la vida intelectual y de la posibilidad de desarrollarla es oscura. Picón Salas ve la mediocridad reinante en la capital, llena de poetas borrachines, de gente vendida al gomecismo, o de algunos otros que han preferido el silencio creador, sin esperanzas mayores de publicar, mientras se van consumiendo como un cáncer.

No ve Salas con buen ánimo a los “viejos escritores” y sus tertulias, mucho menos la pobreza reinante entre todo individuo dedicado a la cultura. Frustración histórica, es una frase frecuente en su pluma al recordar esos años. Apenas el solaz del gozo sexual con las muchachas y las clases con Razetti, levantan alabanzas mayores.

Impotencia, imposibilidad, escepticismo, descreimiento, son palabras que aparecen en la mente del lector al leer algunas páginas de sus memorias. Poco tiempo después, se regresa a Mérida, a ayudar a su familia en sus tierras, pero esta aventura terminaría en fracaso: se produce el quiebre de su padre y la ruina de su familia. Ante un escenario como este, se ve resuelto a abandonar el país:

También nosotros nos marchamos buscando un poco de sombra en la desazón de nuestro destino. No somos precisamente héroes, pero quisiéramos hacer algo o partir muy lejos.

Chile

El ideal para partir de Picón Salas es romántico. Sueña con la realización intelectual y artística, y con la posibilidad de un futuro de triunfo (más que de fama). Piensa que su permanencia en Venezuela significaría una vida de “señorito que no sufre por la comida ni por la ropa limpia” y, como rechazo a ese futuro, se imbuye del ideal del inmigrante de todos los tiempos: “vencer la adversidad con el trabajo de mis manos, con la energía y la constancia que extrajera del alma”.

Su llegada ocurre en Valparaíso, luego de viajar en un barco acompañado de gallegos y asturianos. Estos están llenos de optimismo, el optimismo y la esperanza que sostienen los que sueñan y creen en un futuro promisorio y cierto en tierras diferentes a las suyas. Consigue trabajo en una casa “de minutas”, dedicado a la compra y venta de muebles y objetos. No es un lugar agradable. Duerme en el mismo establecimiento, para resguardarlo de posibles ladrones. En Valparaíso comienza, casi inmediatamente, a relacionarse con grupos políticos anarquistas. Comienza, también, a escribir artículos que salen publicados en una revista, Claridad, de Santiago. El hecho de que le aceptaran los artículos lo estimula y lo hace cuestionarse esos días de trabajar en la tienda. En otro periódico, La estrella, le publican una nota sobre Eduardo Barrios. El autor le escribe agradeciéndole el texto y lo invita a su casa.

Muy pronto, Mariano Picón Salas se ve tomando el tren a Santiago, olvidando nuevamente esa vida mediocre y procurando seguir el camino de sus sueños de escritor. Vive la exaltación agradecida de quien experimenta la oportunidad en tierra foránea. Su exaltación y agradecimiento, su idealización incluso, es enorme. Chile significa para Picón Salas algo que no consiguió en Venezuela: un sentido de la medida, del orden inglés, de paz constitucional y jurídica.

También, el ejemplo de Andrés Bello termina siendo proverbial. Nuestro autor procura algo que suele ser despreciado: un espacio donde priva el sentido común. Chile lo fue para Bello. También lo será para Picón. (Otras experiencias venezolanas en Chile, como la de Juan Sánchez Peláez, Guillermo Sucre o Francisco Massiani, fueron diferentes. Ya eran otros tiempos y había otras exaltaciones). Nos dice don Mariano:

Contra la reticencia venezolana –legado de las dictaduras–, que nos acostumbró apenas a insinuar las cosas o a velar con un rictus las palabras que no queríamos decir, aquí se habla a pulmón libre, y se enfrentan en la discusión los más diversos juicios.

Picón vive en Chile, además, un momento grandioso para la educación en América Latina: la huella de Vasconcelos, el énfasis en la proliferación de colegios, en especial en el Sur del continente, que lo auparon más adelante a creer en la posibilidad de un futuro para la región, en especial para Chile. Con esta vivencia está la de la fiesta y las muchachas, la camaradería, la noche. Nuestro autor, eso sí, no se engaña: vive en la pobreza y la soledad, y sabe que su camino apenas se está gestando.

Pronto consigue un trabajo esperado: inspector de estudiantes en el Instituto Nacional de Santiago. En paralelo, se inscribe en los cursos de Historia de la Facultad de Filosofía y Educación. Aprende el oficio de investigar, de documentarse, de estudiar. Decide emprender la carrera de Pedagogía en Historia. Luego será profesor universitario durante algunos años.

Hay dos elementos que conforman la experiencia vital de Picón Salas en Chile: La educación sentimental y la educación política. Pocas cosas definen más a un hombre en la juventud. Sus entradas en el libro sobre el amor y la revolución son exploraciones ensayísticas en las que priva la celebración y la exaltación de la pasión y el amor (hijo de Stendhal, hijo de Francia en este sentido, hablamos de un hombre de un epicureísmo permanente), así como la crítica y el cuestionamiento de lo dogmático y agresivo en las ideas revolucionarias. Devoto de Spinoza y de Kant, observa al marxismo leninismo siempre con sospecha. No puede concebir un sistema que privilegie tanto los elementos materiales de la existencia.

No se trataba de defender el capitalismo, sino de buscar para el hombre una liberación más radical que la de la ley de bronce del salario. Y ninguna dictadura, aunque se llame la bendita y transitoria de los proletarios, puede establecer la libertad por la contradicción intrínseca de los términos.

Hay una crítica, desde la denuncia y desde el escepticismo, del “endemoniado” dostoievkiano:

La característica del “endemoniado” es su sequedad de corazón, su nomadismo o destierro afectivo que petrifica en una sola idea o pasión simplificada lo que en el hombre normal y ecuánime se reparte en afectos o solicitaciones vitales. Siente que el mundo lo castigó o no supo adaptarse a él, y verterá su insatisfacción en la venganza.

Chile hace de Picón Salas, el hombre templado que será el resto de su vida. Su visión de la política, en la soledad del exilio, le permite la reflexión y distancia necesaria para poder pensar los avatares políticos de su tiempo. Lo que reflexiona Picón sobre el “endemoniado”, parece un retrato del ideal revolucionario que cruzará todo el siglo XX, no solo en Venezuela o América Latina, sino en el mundo entero. Con ese temple, regresará a costas venezolanas, para pensar en la construcción de un país. Un hombre ya curado de impaciencias.

El regreso

Picón vuelve a Venezuela en 1936, luego de la muerte de Juan Vicente Gómez. Durante años se mantiene en comunicación, a través de numerosas cartas, con diferentes intelectuales y políticos venezolanos, en especial con Rómulo Betancourt.

¿Por qué vuelve un hombre ya instalado en otro país que lo acogió tan generosamente, donde realiza su trabajo intelectual lleno de tranquilidad? ¿Para qué vuelve un expatriado? Son preguntas que válidas de hacer. Su regreso fue providencial. Es encargado de negocios en Checoslovaquia, entre otros cargos diplomáticos, y director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación. Funda la Revista Nacional de Cultura en 1940 y trabaja como conferencista y profesor en diferentes universidades estadounidenses. Publica varios títulos importantes, destacando entre ellos Formación y proceso de la literatura venezolana, De la conquista a la independencia, y Viaje al amanecer.

Pero también vive los avatares de la transición gomecista y de un país al que le costaba tomar el ritmo del cambio. O iba muy rápido (el afán de los partidos políticos por generar cambios de manera vertiginosa) o muy lento (el proceso de democratización real que demanda el país, y que los gobiernos de López Contreras o Medina Angarita parecían no leer de manera idónea). En este vaivén se mueve don Mariano, quien percibe un país que no termina de despertar y está lleno de resentimientos y dolores acumulados. Además, un país que ve con desconfianza a los que regresan:

A todos los que regresan –desde el glorioso ejemplo de Miranda hasta el mínimo de los viajeros de 1936– se les cobra un obligado peazgo sentimental.

La visión crítica de Picón Salas no deja de estar presente. Recorre sus artículos y discursos. Lo mueve en paralelo a su preocupación permanente por lograr que el país pueda entrar definitivamente al siglo XX. Dentro de esas preocupaciones está la paralización que el gomecismo logró en la población venezolana. Y cómo esta población percibe, incluso, los cambios que se presentan en los años subsiguientes a la muerte del dictador.

Hubo los que se acostumbraron a la dictadura que les ahorraba toda preocupación de pensar y que cuando se portaban mansos los aseguraba el empleo, y hubo después-al morir el tirano-los ofuscados vengadores y los que propiciaban el cambio y la agitación permanente para que las cosas se moldearan de acuerdos con sus ideologías.

El panorama del regreso, para Mariano Picón Salas y muchos más, es difícil. Algunos, prefirieron tomar, de tanto en tanto, una delegación diplomática para paliar la imposibilidad de acostumbrarse a los asuntos del país, o nuevamente el exilio, con la llegada de Pérez Jiménez, en el año 48.

Hablar de regresos, muchas veces, es más difícil que hablar de las partidas. Picón Salas dejó atrás una vida hecha, soñada desde joven, por el regreso a un país que apenas comenzaba a despuntar. No fue una decisión sencilla, ese regreso. El legado de Picón Salas, en obras y acciones, nos dice que valió la pena.

Ricardo Ramírez Requena 

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