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Lo que pasa en Lisboa se queda en Madrid. ¡La Décima ha llegado!; por Karina Sainz

Champions03 Lo que pasa en Lisboa se queda en Madrid, por Karina Sainz Borgo

Una alfombra de vómito, cristales rotos y confeti blanco se endurece bajo el sol de mediodía. Como todo en esta ciudad, lo importante ocurrió de madrugada: la décima copa de Europa llegó en brazos de los jugadores del Real Madrid −casi a las seis y media de la mañana− a una Plaza Cibeles atestada de seguidores, insomnes y juerguistas que han dejado a su paso un paisaje de euforia ya consumida que los operarios de limpieza levantan bajo la mirada de curiosos y transeúntes. Anoche, sin embargo, en esta plaza mandó la afición.

Ramos(1) Lo que pasa en Lisboa se queda en Madrid, por Karina Sainz Borgo 300Santi y su hermano saben que el fútbol no les hará más altos, pero sí más felices. Por eso dan saltos entusiastas cogidos de la mano de su padre, que hace lo posible por no perderles de vista. “Hoy hay más ‘Ramos’ en Cibeles que en todo Valdebebas”. Y no le falta razón al padre. Un ejército de hinchas vestidos con la camiseta del andaluz se dispersa por el Paseo Recoletos, que va llenándose como los vasos: rápidamente.

Hasta el minuto 93 de la prórroga, la ciudad permanecía desierta y los corazones desolados. Los blancos no habían visto la luz, pero entonces apareció Ramos y todo cambió. Un cabezazo del central metió otra vez al Madrid en una final de las que valen el doble; una que llevaban esperando 12 años y que convirtió a Ramos en el héroe de esta orejona. Por eso le tocó al dorsal cuatro de los blancos subir al pedestal de la Diosa junto a Iker Casillas: él, como nadie, se merecía el privilegio de vestir de blanco a la diosa. Y así fue. Esta vez, claro, sin dejar resbalar la copa, como ya lo hizo una vez.

Con pulso firme y nervios de acero, Ramos se ha trepado al pedestal en el que Di Stéfano, Gento, Puskas, Mijatovic y Zidane coronan con suspiros, no sólo porque su tanto metió a su equipo en una final dominada por los centrocampistas, sino porque sus intervenciones fueron decisivas para que así ocurriese. Había aparecido ya contra el Bayern Munich con dos tantos y prologó con su trallazo de ayer los goles que anotarían en Lisboa el galés Bale, el brasileño Marcelo y portugués Cristiano. El cholo Simeone y los colchoneros se quedaron de piedra: alguien más se llevaba en brazos la plateada copa. Porque fue gracias a él, a Sergio Ramos, que marcador y afición se vinieron arriba en un partido que se estiraba demasiado y prometía desinflarse si alguien no sentenciaba la noche.

Heineken01Después de completar tres controles de policía, la Cibeles comienza a llenarse de entusiastas hinchas de un club que puede presumir de ser el mayor coleccionista de Copas de Europa por delante del Milan, el Bayern, el Liverpool y el Barcelona. Varias vitrinas de Heineken instaladas desde hace unos días en la ciudad se dejan ver lustrosas; en su interior refulge una copa de metal coronada con un eslogan: “Lo que pasa en Lisboa se queda en Madrid”, reza. Y así ha sido. Alrededor del reclamo publicitario, cientos y cientos de personas se retratan entre empujones y parabienes.

Por el paseo del Prado suben, a ritmo de tambores, un grupo de seguidores madridistas. “Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer”, cantan eufóricos. “Sí, sí, sí… ¡La décima está aquí!”. Varias grilleras de la Policía Municipal esperan, en fila, el autocar lleno de jugadores que aterrizarán en una plaza en la que ya no cabe un alma. A veces pasan, como bostezos, grupos de colchoneros que repiten fracaso, el mismo que sufrieron en Bruselas 40 años atrás y que ahora están dispuestos a ahogar en un vaso de plástico transparente. Sin incidentes, eso sí. España entera, se va de borrachera; aseguran los convidados a una fiesta en la que apaches y merengues concurren sin incidentes, porque, a pesar de los 22 detenidos, la noche transcurrió sin tropiezos.

Carteles electorales de populares y socialistas  −el domingo serán las elecciones europeas− ondean atadas a los postes y si hace tres o cuatro horas las calles de la capital lucían desiertas, ahora no hay quien pueda avanzar sin tropezarse. Neptuno aguarda −tridente en mano− a una afición que no podrá colgarle la bufanda al cuello mientras los novios se buscan con urgencia en los maceteros, los lateros rematan un bote de cerveza por dos euros y los manteros ofrecen banderas de la décima por doce. En las pantallas de los bares, se repiten en cadena las instantáneas más políticas del partido: Florentino Pérez palmeando a un José María Aznar eufórico; el Cholo Simeone frotándose los ojos ante una cancha desierta o el Rey Juan Carlos repartiendo medallas en una tribuna que habrá de llenarse de confetti y hombres de pantalón corto.

Amanecerá de a poco en una ciudad eufórica; la mañana se abrirá paso con la lentitud de la cerveza y a la T4 irán llegando los 95.000 que regresan de Lisboa con las manos llenas. Santi y su hermano se irán a la cama empachados de churros con chocolate y aquí, en el trazo circular de una plaza, una Diosa verá salir el sol vestida de blanco.

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