Perspectivas

La guerra de los retratos; por Tomás Straka

Por Tomás Straka | 20 de enero, 2016

La guerra de los retratos; por Tomás Straka 6402

En la especie de ajedrez que en este momento juegan la Asamblea Nacional y el Ejecutivo, Henry Ramos Allup comenzó con un movimiento inesperado: adelantó sus piezas sobre el plano de lo simbólico. Todos sabíamos que el choque sería inevitable, aunque no sospechamos que comenzaría por ahí.  El 5 de enero la nación contuvo el aliento ante las amenazas, reales o figuradas, de violencia; la espada de Damocles del Parlamento Comunal, la interrogante ante la actitud de la Fuerza Armada en caso de un atentado. Afortunadamente, todo transcurrió con razonable tranquilidad. Pero al día siguiente se hizo viral la imagen de Ramos Allup ordenándoles a unos obreros que sacaran las imágenes de Hugo Chávez y del nuevo retrato de Simón Bolívar del Palacio Federal. Recomendaba como un buen destino su entrega al servicio del aseo urbano. “Sáquenme toda esa vaina de aquí”: la mecha amenazaba con encenderse.

Sobre el contenido y las consecuencias políticas de esta acción se ha hablado mucho. Hubo quienes criticaron su tono destemplado, temiendo, como en efecto lo intentó el gobierno, que sirviera de pábulo para que los chavistas se reagruparan ante lo que no tardaron de calificar como un ultraje; otros la aplaudieron como un acto de justicia, una demostración de valentía, civilismo y autonomía parlamentaria. De momento, Ramos Allup parece haber ganado la partida. Es difícil pensar que un político con su “kilometraje”, como él mismo se ha definido, no hubiera calculado el efecto del video; pero si por cualquier motivo eso no fue así, la suerte estuvo de su lado: mientras el esfuerzo del gobierno por organizar un movimiento en torno a la reivindicación de las imágenes de Chávez se disolvió a los pocos días, el presidente de la Asamblea continúa subiendo en su popularidad y el día de hoy todo el mundo parece estar hablando de él. El tiempo dirá en qué desemboca todo y ya habrá analistas políticos para interpretarlo. Nosotros nos detendremos en otro aspecto, que va más allá del episodio y le otorga un significado probablemente mayor: la disputa por los símbolos y las implicaciones socioculturales que encierra.

En efecto, que dos versiones del rostro del Libertador logren ocupar la atención e incluso lo titulares internacionales en un país con los problemas del calibre de los que tenemos en Venezuela, dice bastante del peso (y, a nuestro juicio, de los excesos) a los que ha llegado el culto a Bolívar. Para quien escribe debatir sobre el verdadero rostro del Libertador en momentos en los que otra vez nos mata la malaria, tenemos la inflación más alta del mundo y uno de los peores índices delictivos del planeta, es debatir sobre el sexo de los ángeles. Pero no por eso, viendo las cosas en el contexto venezolano, deja de ser algo baladí. Nos explicamos: lo pueril puede encerrar enormes significaciones que no lo son tanto. Las gigantografías de Chávez y del “nuevo” Bolívar son más que las representaciones de un pueblo capaz de olvidar lo urgente. Lo son de toda una forma de concebir la política en Venezuela, en la que el control de la memoria del Libertador juega un papel fundamental; así como, más en específico, de la manera en que ese control se ejerció durante el gobierno de Hugo Chávez. Veamos brevemente ambos aspectos sin los cuales es imposible comprender la conmoción causada por Ramos Allup.

Lo primero se refiere al Culto a Bolívar. Base legitimadora de cualquier proyecto político, todos los gobiernos han buscado, en grados distintos, de cobijarse bajo su sombra, de presentarse como sus herederos. Como descifró Luis Castro Leiva en su indispensable De la patria boba a la teología bolivariana, la ecuación es la siguiente: todo venezolano es, necesariamente, bolivariano; de allí que quien no lo sea, es más o menos un traidor a la patria. En consecuencia, si un gobierno se declara “bolivariano”, oponerse a él es oponerse a Bolívar y a la patria. Ramos Allup se mete en el centro del asunto cuando ordena sacar al “Bolívar falsificado”, ese “invento de ese señor”, “esa vaina loca”. No está, como señaló el gobierno, irrespetando al Libertador: su tesis es que justo él lo está reivindicándolo frente a lo que ve como una locura, como un irrespeto más de “ese señor”.

Lo anterior demuestra cómo todos los venezolanos, de cualquier bando, más o menos practicamos con Bolívar un mismo juego.  Pero, y es a esto a lo que vamos, no todos lo jugamos igual, lo que nos lleva al segundo aspecto: lo que “ese señor” hizo con el historicismo político bolivariano. Después de haberse matizado durante el período democrático de 1958 a 1998, con la llegada de Hugo Chávez y su revolución bolivariana, este historicismo rebrotó a niveles no vistos desde hacía mucho tiempo.  El bolivarianismo pasó a ser un antecedente del socialismo (en fin, ya lo había sido del liberalismo amarillo, del gomecismo, del pretorianismo de los militares de los cincuentas) e incluso una forma de socialismo (el socialismo bolivariano), todo dentro de un contexto en el que la historia era abordada (y hasta rescrita) en función del nuevo proyecto. No puede decirse que todo lo dicho o hecho por esta historiografía sea censurable, como en el caso de la visibilización y reivindicación de los indígenas y afrodescendientes; pero otras exageraciones y manipulaciones (el racismo a la inversa con los blancos, la denostación de la democracia, de demonización de muchos personajes) han generado, con razón, eso que en el mundo anglosajón llaman History wars; es decir, debates sobre temas polémicos de la historia, de gran impacto político en el presente, donde se enfrentan interpretaciones contrapuestas. La history war del rostro de Bolívar, esta verdadera batalla de los retratos, es un claro ejemplo de ello.

Antes que nada, porque la nueva efigie del Padre de la Patria no ha convencido a la mayoría. Aunque la verdad histórica no es un certamen de popularidad, siendo cierto aquello que obtiene más votos, “el retrato de una computadora que hizo un gallego a quien le están debiendo todavía los honorarios profesionales” (Ramos Allup dixit) generó sorpresa en chavistas y opositores. La imagen creada por Philippe Froesch (un francés, no gallego, y al parecer una autoridad en el tema), apenas guarda un aire de familia con el Simón Bolívar al que todos estábamos acostumbrados. Por supuesto, eso no la desdice, ya que justo se trata de emplear la ciencia para disipar inexactitudes históricas, pero sí llama la atención que fuera tan distinta a la que aparentemente vieron todos cuantos pintaron al Libertador en vida. Incluso pondría en tela de juicio el enorme parecido que hubo entre él y su bisabuelo Feliciano Palacios, como se evidencia en su retrato de 1726 (una copia del mismo puede verse en la Casa Natal). El rostro creado por Froesch no es tan claramente el de un familiar de Don Feliciano, como el que pintó en Lima José Gil de Castro en 1825 cuando su bisnieto tenía más o menos la misma edad un siglo después: “un retrato mío, según confesó, hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza”. No somos expertos en la técnica de reconstrucción facial, por lo que dejamos a quienes sí lo sean una explicación de estas discrepancias.

Pero esto no es tan importante como las razones que llevaron a hacer la reconstrucción en una sociedad acosada por problemas mucho más urgentes. Se ha dicho que Froesch fue complaciente con el gobernante al hacer un Bolívar “mulato” o parecido a Chávez. La verdad, al menos para quien escribe, no es posible identificar en el rostro ninguna de las dos cosas. Lo que sí se hizo como complacencia fue todo el proceso de exhumación de los restos y recreación del “verdadero rostro”. El rostro ideado por Froesch hay que evaluarlo como un engranaje más en el proceso de creación de nuevos símbolos (cambio del nombre de la república, de la bandera, del escudo y hasta del Panteón Nacional), para el nuevo orden de cosas que se estaba construyendo. Por algo desde el primer momento, la sociedad polarizada se reordenó en torno a esta imagen: el chavismo la asumió como suya, e incluso el Tribunal Supremo de Justicia ordenó su colocación en las oficinas públicas; mientras los opositores se aferraron al “retrato clásico”. Por eso cuando Ramos Allup ordena sustituir el rostro de Froesch por el de Gil de Castro, estaba haciendo un pronunciamiento político que todos entendieron rápidamente.

Pero, digamos, lo programático en los cambios de los símbolos fue sólo una parte. Junto a ello también actuó toda una forma de entender y hacer la política menos elaborada en términos teóricos, pero acaso tan importante, en cuanto mentalidad, como lo anterior: el personalismo y el autoritarismo que caracterizó a la gestión de Hugo Chávez.  Su particular conclusión acerca de una supuesta muerte por envenenamiento del Libertador, sirvió para que se desecharan los testimonios de la época, el informe de José María Vargas, las investigaciones de historiadores como Óscar Beaujon, lo dictaminado por la Academia Nacional de la Historia. Allá estaban, en cambio, intelectuales como el malhadado Jorge Mier Hoffman con su especie de “Código Da Vinci” bolivariano o el director Alberto Arvelo, que corrieron a narrar la historia como un traje cortado a la medida. Como pasó con la economía, el sector eléctrico, la industria petrolera y todo lo demás, simplemente se obvió a los expertos y a la ciencia, para seguir a la ideología, a la propaganda y, probablemente, a los caprichos de quien acumula todo el poder. Y, claro, a quienes estuvieran dispuestos a avalar todo esto.

Es acá donde vale la pena cerrar con el “gallego” que erróneamente Ramos Allup identificó como autor del retrato. Aunque consideramos que en el cuarto país del mundo con más españoles después de España, Alemania y Argentina (hay unos doscientos mil), no es recomendable el uso de este gentilicio de carga despectiva en el habla coloquial, la frase nos lleva a otro caso emblemático de una forma de hacer las cosas por Hugo Chávez que en este nuevo rostro se refleja: el del  profesor José Antonio Lorente, el “gallego” en cuestión (aunque es andaluz), que se había encargado de la exhumación. Obviemos la pregunta que nos hicimos todos sobre porqué no se buscó a un especialista venezolano, y vayamos a su también malhadada intervención en cadena nacional, llena de sarcasmos y autosuficiencia frente a quienes criticaron el proceso. Era evidente su aire de menosprecio a los venezolanos. La superioridad desde la que hablaba, sólo para que llegara, después de cobrar una suma que no conocemos, a las conclusiones que ya habían llegado de gratis los historiadores del patio. Esa arrogancia pagada y aplaudida por el chavismo resalta un último aspecto, enormemente paradójico, del chavismo: la de buscar legitimación en expertos europeos, especial, aunque no únicamente, franceses y españoles. Si los venezolanos decimos que aquello era una locura (sí, “una vaina loca”), pues cállense, que un europeo viene a decir lo contrario. Y si lo dice el musiú, pues es verdad. Fue una actitud notable para alguien que se declaraba bolivariano, antimperialista, indigenista y defensor del Tercer Mundo. Y una, además, que costó millones de dólares.

Por lo tanto la primera jugada de Ramos Allup debe leerse en una clave política e ideológica más amplia que la de la coyuntura actual. La batalla de los retratos es más que una disputa política puntual. Podría, debería ser, la de sustituir una forma arbitraria de gobernar del Palacio Federal por otra de mayor sentido institucional.

Tomás Straka 

Comentarios (13)

hector escalona
20 de enero, 2016

o una nueva arbitrariedad? queremos que los chavistas, no los lideres, los millones de chavistas se vengan para la oposicion, esta es la forma de ganarnoslos? si somos de groseros como los lideres chavistas, para que realizar el cambio?, si habia que sacar las fotos, pero era necesario hacerlo a la manera chavista? muchos opositores les entro una alegria en el corazon, pero ellos ya son opositores, necesitamos la otra parte, ya vienen las elecciones de gobernadores….

Rafael Vivas
20 de enero, 2016

Lo que llama la atencion es que se hubiese recurrido a metodos que suelen usarse para reconstruir rotros totalmente desconocidos de la representacion plastica o pictorica para definir el de un hombre cuyo rostro fue objeto de multitud de retratos de contemporaneos suyos ( incluso tomados del natural presente) con un resultado tan diferente al que aparece de esos retratos . Eso sugiere que el experto reconstructor obro bajo el mandato ( quizas indirecto o insinuado ) de que el rostro obtenido llenara ciertas condiciones deseadas de quien lo encargo !!

Diógenes Decambrí.-
20 de enero, 2016

Excelente el enfoque múltiple de Straka sobre los decorados de la parodia chavista, para colmo de excesos, montada en todos los edificios públicos, incluyendo la sede del poder Legislativo, donde jamás se atrevió ningún grupo a colocar la imagen de su líder. Habrá algunas paredes -supongo que en Miraflores, palacio al cual nunca he ingresado- destinadas a sostener los retratos de TODOS los que han ocupado la presidencia de la República, incluidos los ponzoñosos como José Tadeo Monagas, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez y el perifoneador de Sabaneta. Pero invadir todos los espacios públicos, no sólo gubernamentales, con la imagen de alguien a quien, aun en vida, decidieron hacer un CULTO con fines proselitistas, obligación de todo régimen estalinista, fue una de las mayores arbitrariedades del chavismo, más grave en la sede del Congreso Nacional, donde no podrían esgrimir razones que justifiquen ni la imagen del gran destructor, ni la del mestizo virtual “bioantropométrico”.

Estelio Mario Pedreáñez
21 de enero, 2016

Venezuela se separó de Colombia en 1830 y ya en 1842 se inició la manipulación de la verdad histórica sobre nuestro máximo héroe Simón de Bolívar, El Libertador, quien no dió el paso sublime de abolir la esclavitud de los negros, quienes en Venezuela debieron esperar hasta 1854 cuando se abolió bajo el gobierno de José Gregorio Monagas. Aunque Bolívar creó una “Orden de los Libertadores” gobernó una sociedad llena de “libertadores”, esclavistas y esclavos. Una de sus grandes contradicciones, al igual que su afán monárquico de convertirse en “Presidente Vitalicio con derecho a elegir sucesor”, imitando al Presidente Vitalicio de Haití, General Alexander Petion, imitador del traidor y sobrevalorado general Napoleón Bonaparte, primero “Cónsul Vitalicio con derecho a elegir sucesor” y después “Emperador de los Franceses”, hasta que su “genio militar” lo llevó a las derrotas en España, Rusia y Waterloo, Francia invadida por ejércitos extranjeros y él (Napoleón) murió preso de los ingleses.

Estelio Mario Pedreáñez
21 de enero, 2016

Muchos disparates dichos sobre Bolívar solo pueden entenderse como intentos fallidos de falsificación histórica. De nuestro máximo héroe, nacido Don Simón de Bolívar, se sabe casi todo (aunque se difunde poco la verdad y sí muchas mentiras) y con pruebas documentales. Su Acta de Bautismo en los libros de la Iglesia Católica (no existía el Registro Civil y tal función la ejercía la Iglesia) está contenida en los libros reservados a los “Blancos”, en una sociedad esclavista racialmente jerarquizada. El primer Bolívar en llegar a Venezuela fue Simón de Bolívar, el Viejo, vasco español que llegó en 1588 desde Santo Domingo y fundó familia en Venezuela, que se entroncó durante 2 siglos con otras familias de la oligarquia colonial (con raíces en distintas regiones de España). Es insostenible “la tesis” de un “Bolívar Zambo o Mulato” y allí están los numerosos retratos de Bolívar (existen magníficos libros que los reproducen), pintados incluso desde sus 15 años, cuando era un adolescente.

Estelio Mario Pedreáñez
21 de enero, 2016

Nuestro grande héroe “Don” (título de hidalguía para todos los descendientes de los fundadores de ciudades en America otorgado por el Emperador Carlos V) Simón de Bolívar casi muere en Jamaica en 1815 a manos de un esclavo que compró, sobornado éste por agentes realistas del General Pablo Morillo, El Pacificador, quienes le prometieron la libertad y una gran cantidad de dinero. El esclavo, quien quería (como todo esclavo) su libertad, mató por error, a puñaladas, a un amigo de Bolívar que esa noche dormía en su hamaca, mientras Bolívar compartía lecho, en otra casa, con una agraciada dama de la isla. Aunque Bolívar utilizó el expediente del General Miranda de ofrecer la libertad a los negros esclavos que se unieran a la causa de la Independencia, al final dudó y no abolió la esclavitud, ni en los tiempos de su Dictadura (1828~1830) y se conformó con dictar en 1827 un Reglamento, copiado de las Siete Partidas del Rey de España, Alfonso El Sabio, para que “trataran bien a los esclavos”.

Fedor Ojeda
21 de enero, 2016

EStuve de acuerdo con bajar los retratos de chávez,maduro y el falso libertador del parlamento venezolano por las razones que expuso Ramos. Es bueno ir desmitificando a un mentiroso de siete suelas que lo han llegado a colocar como segundo libertador. Es bueno que los chavistas se vayan acostumbrando que chávez no es ningún libertador y menos un dios.

Miguel Garcia
21 de enero, 2016

Lo que si es público y notorio que Chavez ignoró y desprecio completamente el ingrediente de raza española que tiene el mestizaje de los venezolanos. Para el solo eran verdaderos venezolanos los de origen indio y “afroamericano” o sus mezclas, obviando maliciosamente que primero estaban los indígenas, luego llegaron los españoles y posteriormente se importaron negros en carácter de esclavos. Esto evidencia el gran complejo, ignorancia y conflicto interno que padecía. Quiso hacer creer que solo los mulatos o zambos son los venezolanos de primera y los mas blanquitos burgueses, apátridas y un larguísimo etcétera de epítetos.

eduardo Valera
21 de enero, 2016

hablemos sin rodeos, al grano: 1.- es un mentón un tanto grande, similar al de Chávez(dicen que se está comiendo uno o dos mamones) 2.- los pómulos son similares a los de Chávez. 3.- el color de la piel muy parecido al de chávez. 4.- Qué necesidad había de hacerlo con esa mirada de derrotado, de perdido todo? por qué? es una mirada de un hombre resignado ante la realidad oscura. Por qué ? habría que preguntarle al “artista/científico”. 5.- no sabemos exactamente cómo era la fisonomía de Bolívar; pero sí sabemos: a) de lo atrevido de chávez y de su capacidad para querer alterar lo histórico; b) del fenotipo de vascos y ese no es precisamente el reflejado en el bolívar de chávez; c) lo fuertemente clasista y racista de la sociedad cuando Bolívar y con ese fenotipo no iba a llegar muy lejos.

Sheyla Falcony
21 de enero, 2016

Seguramente los ..rojos.. se tomaron muy en serio su papel de salvapatria y eso implicaba cambiarlo ..Todo..hasta la foto de nuestros héroes..es decir para ellos era necesario poner el mapa de venezuela al revés..y bueno creo que eso fué lo que hicieron..todo pasó como una gran película cantinflera de 17 capítulos, bajo la mirada, ingenua curiosa y asustadiza de todo un pueblo..Amigos..les digo la verdad..AUNQUE UDS. NO LO CREAN…!!

Amelia Salander
21 de enero, 2016

La Academia Nacional de la Historia tiene un INMENSO trabajo que hacer para rescatar y difundir la verdad de los hechos históricos y separarlos del “manoseo propagandístico” que desde siempre los políticos han querido hacer. La Historia es una CIENCIA basada en documentos y registros de los hechos, no en los caprichos y gustos del gobernante de turno.

Iñaki Matanza
23 de enero, 2016

Creo que nos debería dar lo mismo una cara que la otra, 7 u 8 estrellas y que el caballo mire de dónde viene o a dónde va: lo importante sería si los billetes y monedas me sirven para cubrir mis necesidades, igual hoy que el próximo mes, así tengan a Bolívar 1.0, Bolívar 2.0 o a un Chigüire de los más serio como efigie; si cada noche puedo ver las estrellas, las de verdad, las del cielo, con seguridad en vez de las “n” virtuales de la bandera; y si el caballito no sabe a donde ir, pero el país si.

Saludos a todos, quieran lo que quieran.

otto
24 de marzo, 2016

estuve de acuerdo tomo la mejor desicion. muy bueno para ramos allup. y para concluir lean en las memorias de el general oleary la descripcion que hace de bolivar

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