Blog de Luis Pérez-Oramas

La dictadura sin nombre; por Luis Pérez Oramas

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 8 de abril, 2017
Fotografía de Iñaki Zugasti

Efectivos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas contra manifestantes opositores en la marcha del 6 de abril de 2017 convocada por la Mesa de la Unidad Democrática. Fotografía de Iñaki Zugasti. Haga click en la imagen para ver la fotogalería del #6Abr completa

La historia de nuestro presente –incluso para quienes estamos desafortunadamente lejos– huele a gas pimienta. Huele –y duele– a perdigones adquiridos con dólares subsidiados por un gobierno sin legitimidad: y por cada perdigón, un antibiótico que no existe; por cada bomba de gas, una botella de medicamento, suero o quimioterapia; por cada bala una píldora contra la epilepsia, y un ser herido –una victima, a veces mortal– y un humillado, el venezolano que sufre –o muere– de no tener cura ni alimento.

Venezuela está de nuevo en ascuas, ante un destino que ha sido claramente definido por la voluntad popular, por el rechazo absoluto a una dictadura que ha parasitado a la república hasta hacerla parte de su excremento. Cuando veo las nubes intoxicantes de gas que no detendrán al pueblo en busca de un futuro mejor, también veo, con asco, con náuseas, la mueca cínica, la sonrisa helada y falsa de José Luis Rodríguez Zapatero, arguyendo tecnicismos y encarnando la caricatura histórica de una supuesta prudencia, cuyo tiempo ya ha pasado.

¿Cuántas veces la ley ha sido violada? ¿Cuántas veces la invocación de la constitución ha encarnado su ultraje? La crisis venezolana ha llegado a su punto de quiebre y quien hoy no lo vea no tendrá más remedio que ser su víctima. La crisis venezolana ha alcanzado su colmo, y ya no hay retorno. La nación está ante un dilema sin escapatoria: elecciones generales o guerra civil. Tal es el tema de Venezuela en este día aciago y, sin embargo, contra toda esperanza, esperanzador.

¿Cuántos muertos soporta la conciencia de Zapatero y de sus cómplices políticos? ¿Cuántos muertos espera la comunidad internacional –la Unión Europea por ejemplo– para tomar medidas que sean más que cantos gregorianos?

Sucede –a lo que parece– que esta dictadura que ha carcomido la institucionalidad civil en Venezuela, enmascarada en un exceso de nombres, en un exceso de fórmulas, esta falacia política, este régimen abyecto y cínico del miedo y del chantaje, no tiene aún nombre a los ojos del mundo. Es, pues, una dictadura sin nombre, una dictadura que se le esconde a su propio nombre tras una tramposa instrumentalización jurídica del terror.

Lo propio de lo que viene y nadie sabe; lo propio de lo que sucede y nadie espera; lo propio de lo inminente es carecer de nombre. Tampoco tiene nombre lo que puede acontecer en Venezuela si, a esta altura precisa de la historia, el gobierno no cede para satisfacer las cuatro clarísimas demandas de la nación: convocatoria de elecciones, restitución del orden constitucional, liberación de los presos políticos y cese inmediato de la represión militar.

Tengo para mí que los venezolanos deberemos reflexionar a toro pasado, cuando esto se decante hacia un retorno de la república y de la legitimidad política. Deberemos preguntarnos entonces cómo llegamos a esta tragedia, a este clímax de lo inhabitable, de lo incomunicable, a este destrozo de la vida, del espacio común y de los nombres.

Quizás encontraremos una respuesta en nuestra propia ambigüedad, en nuestra secular, empecinada cultura del guabineo. La dictadura de Maduro es una dictadura guabinosa: eso no la hace ser menor dictadura, ni más leve en el sufrimiento que infringe, en el dolor que produce o en la podredumbre moral y material que infecta con cada uno de sus actos. Pero llegará el tiempo de pensar por qué –y cómo– permitimos los venezolanos que se instaurara en el país una dictadura que requiere, para ser reconocida como tal en el mundo, de traducción simultánea: hasta dónde hemos sido todos cómplices de esta dictadura sin nombre, embozada, pero cuyos colmillos de animal cada día relucen con mayor, terrorífica, claridad.

Siempre he tenido la sospecha de que en el desprecio a las formas –en la común asunción de que no importa el cómo de lo que hacemos– yacen muchas de las raíces de nuestra infelicidad colectiva, de nuestro fracaso en la historia. Tal deflación de las formas, que muchas veces se alimenta de amiguismo, de alcahuetería colectiva, es lo que paradójicamente ha permitido la inflación de nombres sin uso, de leyes sin sentido, de tecnicismos burocráticos que han inundado nuestra realidad, tanto como nuestra conciencia, en los últimos dieciocho años de agonía y suplicio nacional.

Porque al saber que podemos servirnos de cualquier atajo, la norma es inútil: la dictamos para embozarnos en ella, para ostentarla a sabiendas de que nadie la respeta. Este ha sido el recurso sobre el cual se ha instaurado la dictadura plebiscitaria de Hugo Chávez, la dictadura sin nombre de Nicolás Maduro y el secreto velo que encubre a los criminales de nuestra hora: el Defensor del Pueblo, la Fiscal, el Presidente, el Tribunal y todos sus cómplices.

Todos pasan por “impecables” ante la letra de la ley que ellos mismos saben no tiene utilidad ninguna, ni sentido, porque todos sin excepción la evitan con atajos y violencias. Pero el ingenuo mundo –la sonrisilla helada de los comisarios de la moral internacional– sólo ve este exceso leguleyo, esta invocación incesante a la norma, bajo cuyo peso muerto se esconde el nombre de la dictadura y la nación se asfixia.

El asunto es delicado y en esta hora grave de muerte, dolor y lágrimas, pudiera suceder que pensemos en ello como en algo ancilar, accesorio. Pero no lo es: la nación venezolana tiene que reivindicar hoy el espíritu –no la letra– de la ley. La nación que hoy exige con la democracia ultrajada el retorno de la república debe erigirse en nombre de la voz viva de la legitimidad sobre la que se funda toda ley, hasta incluso denunciar su letra muerta. Esa es la hora que vivimos. Ese, nuestro dilema moral.

Nicolás Maduro es culpable de perjurio, y con él todo su gobierno, esa farsa. Al llegar, en sospecha de ilegitimidad, a la primera magistratura –lo notamos– juró en nombre de otro hombre y con ese gesto de palabra vació de sentido, absolutamente, su destino político: juró conducir a la nación en nombre de Hugo Chávez, quien a su vez había jurado asesinar la ley sobre la que juraba. Estos gestos, que son puramente simbólicos, están sin embargo plagados de efectos: son performativos y en su consecuencia, irremediables, destructivos.

El juramento es el sacramento político por excelencia –nos recuerda Agamben–. Pero el juramento que debería servir para mantener la promesa o el contrato, la ley en este caso, sacralizando aquello sobre lo cual se jura, puede ser la otra cara del perjurio. Tal es el estado moral de una dictadura, y más aún de una dictadura sin nombre, escondida en los ropajes desgarrados de la república: humillar el juramento y, en lugar de sacralizar aquello sobre lo cual jura, maldecirlo. La dictadura equivale entonces a una maldición.

Entiéndase lo que digo: no es solamente este gobierno una maldición. Este gobierno, su dictadura sin nombre, en cada uno de sus actos y palabras, maldice a la nación, a todos nos maldice. Y la nación, Venezuela, tiene el deber moral y el derecho político, en todo legítimo, de responder a quien la maldice, de emanciparse, de restituir, con su dignidad, la legitimidad del juramento que la constituye.

Luis Enrique Pérez Oramas 

Comentarios (13)

Andrés Cardinale
8 de abril, 2017

Bravo.

Ivan García
8 de abril, 2017

¡BRILLANTE! Lúcido y conmovedor! Hay que detenerse a escuchar esta reflexión.

Elsa Este
8 de abril, 2017

Gracias, Luis Perez Oramas, por decir con tanta contundencia, por poner en palabras duras y llenas de verdad esta tragedia que vivimos los venezolanos. Pero no solo a la ambiguedad del venezolano a la que hay que culpar por esa falta de nombre, esa ambiguedad está en los dirigentes del mundo que prefieren discutir sobre la banalidad de un nombre antes que encarar la realidad como se presenta. Nuestra realidad es esa,la tragedia, el dolor, la tiranía y el mundo observa impávido lo que sucede.

Xenia
8 de abril, 2017

Acertadísimo, quizá, con una dictadura sin nombre la exigencia es manifestar la ausencia de ese nombre. Los venezolanos también protestan para nombrar ese vacío conveniente a una comunidad internacional con actitud de Bartleby.

María del Rosario
9 de abril, 2017

Los acólitos chavistas arman un escándalo ante la situación en Siria. Sin embargo,el detalle no es que no se conduelan del mal ajeno, pero”la brizna de paja en el ojo ajeno y no la viga en propio”.Lamento el dolor y la muerte del prójimo, pero hacer alardes humanitarios sobre los vecinos y no percibir lo que pasa en su propia casa es el colmo de la ceguera, descaro y deshonor.

María del Rosario
9 de abril, 2017

Las diferentes marchas que se han convocado en estos años tienen un centro común:EXPRESIÓN DEMOCRÁTICA:LIBERTAD.Cuando los que gobiernan convocan marchas al mismo tiempo de las opositoras el fin se ve clarito: confrontación, minimizar al contrario, medirse con armas porque el gobierno las controla, además de que ha confeccionado en estos años las bandas de COLECTIVOS ARMADOS Y DESPIADADOS cuyo fin es el exterminio, dolor y amedrentamiento del contrario. Se sabe durante todos estos años que eso es así, pero ¿cómo lo ha premiado el gobierno? Dándoles cargos a los pistoleros de Puente LLaguno y otras matanzas, captados por los diferentes medios, pero que tras la cortina de “la comisión de la verdad” han salvado y exonerado su pellejo.

María del Rosario
9 de abril, 2017

Lastimera DEMOCRACIA la que nos ha quedado en el país: DEMOCRACIA PARA ELLOS, DICTABLANDA para los que la padecemos. Quizás en sus propias costuras este régimen ha cosido su fuerza, pero ya el pueblo no los sigue, está claro. Ya el mundo abre un tanto los ojos al encantamiento de los gritones en los que se ha venido convirtiendo la “pseudodemocracia”, representantes y cancillería venezolana. Ya las pataletas y los shows no le dan los puntos de antes, ya van muchos años con el mismo libreto.Además, la teta del petróleo venezolano, los maletines llenos de dólares y demás entregas del patrimonio han mermado.Esa suerte de prebendas han sido importantes, amén del cambio de algunos gobiernos de la región que han virado su mirada y pronunciamiento en torno a la dictadura del narcogobierno forajido de Maduro. Este proceso lento, pero irreversible. No engañan a nadie y el mundo lo clama.Los que vivimos en esta tierra, aquellos a quienes les duele el país, los que están fuera los quedamos dentro clamamos una salida con elecciones y pacífica.Dios mire nuestra tierra con piedad y exista la salida y el cambio.YA BASTA, LA SALIDA ES EL 350 YA!

Ernesto Lopez
9 de abril, 2017

Esta dictadura si tiene nombre, lo que pasa es que no queremos darselo, no se si por temor o cobardía. Maduro no es el Dictador, el no tiene ni la preparación, ni el coraje, el es una mampara, el Dictador es el Mayor General Padrino Lopez, ese es el verdadero poder detras de la silla.

Víctor Gete
9 de abril, 2017

La genética de la humanidad siempre fué es y será un cíclico pendular entre voluntades opuestas, donde coincidiendo con las profundas y brillantes reflexiones de Pérez-Oramas, nos anuncian otras dos pasajeras décadas de relativo aprendizaje, y oportunidad para inculcar valores en las olvidadizas generaciones.

Francisco Patxi Andres
9 de abril, 2017

¡La reflexión, aún “A toro pasado” sobre nuestro desprecio a las formas es un tema vital ya que nos ufanamos de una de nuestras grandes carencias!

Oscar
9 de abril, 2017

Lamentablemente muy cierto.

Lilia Párraga
9 de abril, 2017

Cada una de tus palabras es exacta y define cabalmente la situación. Si nadie responde a ellas procediendo como es debido, tu columna se convertirá en el más largo epitafio sobre un país que se muere.

Enrique Mendoza Santos
11 de abril, 2017

Antes de la reforma constitucional del 99, el senador Caldera propuso una reforma constitucional cuyo trámite fue obstaculizado desde la mayoría parlamentaria Adeca. Las legislaturas apenas duraban un quinquenio, tiempo necesario para la democratización interna de los Partidos y el ascenso de nuevas generaciones con aquella visión futurista que, como en la mayoría de los casos, no fue aceptada antes. Como quien no tiene más tiempo de espera, el Presidencialismo con todas sus patologías se hizo de nuevo pero anacrónicamente con el poder, para disolver los Partidos y devolver el Estado a los militaristas. Sí se hubiera respetado la institución del Congreso Nacional, para la discusión de los temas fundamentales de entonces, y no se hubiera impuesto el Presidencialismo ni la desviación de la Corte Suprema de Justicia, probablemente seríamos un país independiente de la intervención extranjera.

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