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Howard Webb, El Jefe; por Diego Fonseca #LosÁrbitrosDeBrasil

Por Diego Fonseca | 28 de junio, 2014

Howard Webb, El Jefe; por Diego Fonseca #LosÁrbitrosDeBrasil  640

La maldad más mala es calva. Una bocha lisa y brillosa encierra la perfidia más ruin, todas las sinapsis necesarias para hacer del mundo un lugar más infame.

Lord Voldemort.

Lex Luthor.

Mr. Freeze.

Kurtz, el coronel, “Apocalypse Now”.

Ernst Stavro Blofeld, inolvidable Goldfinger.

Y luego: Bane, Don Logan, Pinhead, The Gollum, El Impiadoso Ming de “Flash Gordon”; Gengis Khan, Darth Maul. Gunslinger en “Westworld”, tal vez Cypher en “The Matrix” y, seguro, Freddy Kruger.

El brillo de un cráneo sin pelos es un símbolo pop de la maldad, pero ¿puede ser también imagen positiva de la autoridad? Un estudio publicado en el Social Psychological and Personality Science informa que los hombres de cabeza esquilada proyectan una imagen más dominante, masculina y segura que sus pares pilosos. No es el calvo natural, sino el pelado que decidió quitarse el cabello por voluntad propia: un cabrón con cojones capaz de renunciar a un atributo de poder y belleza. Lo mismo creen en Wharton School of Business: el pelón tiene ventaja en el mundo de los negocios. ¿Acaso no proyectan una imagen de fortaleza militares, policías y atletas con cabezas rapadas? Haya’doing, Michael Jordan.

Los sumos sacerdotes del Antiguo Egipto eran calvos por opción, igual que cualquier hombre que alcanzaba la edad adulta. En Hollywood le llaman el efecto Bruce Willis. En fútbol, podría ser el momento Howard Webb.

En una de sus imágenes más poderosas, El Jefe Webb —Rotherdam, julio 17 del ’71— inclina la cabeza y sus ojos, fijos al frente, acuchillan a alguien. A ambos lados del cráneo sudoroso el árbitro ha posado los índices. Hay dos signos ahí: El Jefe Webb indica a un jugador que piense un poco lo que ha hecho o informa que él ve todo cuanto vaya a hacer. Ver y pensar son las dos funciones básicas requeridas a un referí, para quien el juego es más mental que físico. Mantener en equilibrio —sin joder— el espectáculo ni abonar controversias tomando muchas decisiones en milisegundos, fallos que deben ser correctos para beneficio del bienestar emocional de cada equipo, la grada, la FIFA, millones de televidentes, quizás los anunciantes. ¿Ven cómo un juez de fútbol es la más cercana reencarnación de una autoridad suprema? Ilustradores eclesiásticos, dios no es barbado: ha de ser calvo.

Si la imagen del pelón al mando no es suficiente, consideren esto: El Jefe Webb es, además, policía. Sargento de la South Yorkshire Constabulary, tomó un sabático de cinco años para construir su carrera de referí profesional y, cuando lo hizo, su poder acabó institucionalizado. En tan sólo un año, fue nombrado Miembro de la Orden del Imperio Británico —por, caramba, sus servicios a algo tan inglés como el fútbol— y recibió doctorados honorarios en Ciencias en las universidades de Bedforshire y York St. John. Y mientras entrenadores importantes como Martin O’Neill y Rafa Benítez le han cargado el asco por permisivo o torpe, la UEFA y la FIFA no han hecho más que acariciarle la bocha: es el único árbitro que ha dirigido, en un solo año, la final de Champions, la final de un Mundial y la final de la liga local. José Mourinho, la más completa encarnación de un personaje de Shakespeare al borde de la línea de cal, el mejor malo con mucho pelo, también sucumbió al poder de sumo sacerdote de El Jefe Webb: “Es un tipo que parece tomar bien las grandes decisiones”.

El Jefe Webb es hijo biológico de un referí —su papá Bill dirigió por 35 años— y simiente putativa de otro. Sólo un juez calvo tiene más reconocimiento que él y ese es el inolvidable rey baldie de los grandes ojos, Pierluigi Collina. El Jefe Webb es visto como una versión apenas descremada del italiano huesudo. Más allá del físico —Howard Webb es gigante como Collina, unos centímetros por debajo de los dos metros—, tienen un approach similar al arbitraje: apenas intervencionistas para frenar una crisis en progreso, autoritarios en el momento crítico, calmos la mayor parte del tiempo. Nadie jodía con Collina y parece que no debiera hacerlo con El Jefe Webb: en la final del Mundial de Sudáfrica, mostró 14 tarjetas amarillas, el doble del récord anterior en México ‘86. Uno de sus valedores para el partido fue Collina.

El Jefe Webb —qué fácil— no tiene un pelo de tonto. La prensa británica cree que su doble condición de referí y sargento de policía ha sido mutuamente benéfica. De su propia boca: “Si se te aparece una pelea, tienes que priorizar: a quién le echas mano, qué pasa si alguien está herido, debes controlar y revisar, ese tipo de cosas. Debes mantener la calma, analizar un montón de información simultáneamente y tomar decisiones con firmeza, consciente de la seguridad personal y cuidándote la espalda”.

Veterano de medio centenar de partidos europeos y más de 300 en la filosa Premier League, El Jefe Webb es el oficial mayor del campo, pero la autoridad de su calva no es infalible. ¿Recuerdan la patada de karate del holandés Nigel de Jong al pecho del español Xabi Alonso en la final de Sudáfrica 2010? El Jefe Webb se guardó la tarjeta. Su mujer confirma que no hay poder que resista el escrutinio doméstico pues el juez no es capaz de controlar a sus hijos en casa. Y fuera y más de una vez, el sargento Howard Webb ha sido el malo más malo, incriminando a inocentes pataduras.

*

Howard Webb es un árbitro de Inglaterra en Brasil 2014.

 

Diego Fonseca Diego Fonseca  (Argentina, 1970) es periodista y editor. Autor y editor de Hamsters, Crecer a golpes, Sam no es mi tío y Hacer la América. Síguelo en Twitter en @DiegoFonsecaDF

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