Blog de Fedosy Santaella

Extravío en torno a ‘Los legajos del Marqués’; por Fedosy Santaella

Por Fedosy Santaella | 31 de julio, 2015

Extravío en torno a Los legajos del Marqués; por Fedosy Santaella 300

Bienvenidos a la enfermedad, a la locura y al retorcimiento del lenguaje. Para el lector de hoy en día, el primer cuaderno de Los legajos del Marqués de José Tomás Angola Heredia es un retorcimiento literario acometido por un autor contemporáneo que escribe en sonetos con un lenguaje muy del siglo de Oro. Se trata, eso sí, de un retorcimiento magníficamente logrado. Jugando un poco, para un hipotético lector del pasado, los cuadernos restantes conformarían también un retorcimiento del lenguaje, pero esta vez producto del delirio de la enfermedad, producto incluso de la locura y hasta podríamos decir de la posesión que ha sufrido Don Gaspar del Hoyo-Solórzano y Alzola, Primer Marqués de la Villa de San Andrés, autor de estos legajos.

Para el griego antiguo, la mente era un lugar abierto y la posesión era una vía de conocimiento, tanto del presente como del futuro. Así es según Calasso en La locura que viene de las ninfas. Dice el autor: «Para los griegos la posesión fue ante todo una forma primaria del conocimiento». Y más adelante: «La mente era un lugar abierto, sujeto a invasiones, incursiones, súbitas o provocadas». Un lugar abierto, sí, al tránsito de otras voces. Recordemos a Homero en La Ilíada. Recordemos a Homero en La Odisea. Canta Diosa, habla Musa, se dice en cada inicio, respectivamente.

Sócrates, en el Ión, discute con el rapsoda que lleva el nombre del diálogo y le increpa. ¿Cómo se le ocurre a Ión creer que es dueño de sus palabras? Las palabras del recitador no son suyas. Así dice: «Un poeta está ligado a una musa, otro poeta a otra musa, y nosotros decimos a esto estar poseído, dominado, puesto que el poeta no se pertenece, sino que pertenece a la musa». También Sócrates dirá: «No es en virtud del arte, ni de la ciencia, el hablar tú de Homero como lo haces, sino por una inspiración y una posesión divina».

Gaspar en su delirio, en su fiebre, ha dejado entrar una fuerza. Otra voz ha hablado por él, la voz de una daemon, de un muso, o de un duende, como diría Lorca. Es la voz de un ser que ha venido del futuro a hablarle a Gaspar en su presente. Es la voz del autor que se esconde tras todos los personajes de estos legajos, la voz de quien firma el libro, José Tomás Angola.

Pero, y acá comienza lo curioso, lo paradójico: también a Angola lo ahonda un largo río, una larga noche de la tradición poética venezolana. Y hablo de río y hablo de noche, porque en José Tomás Angola —¿o en Gaspar?— parece estar hablando, por ejemplo, la voz de Gerbasi. Y de Gerbasi recuerdo Vigilia de un náufrago, y saco de allí algunos versos que me parecen hermanos de los de Gaspar, recién llegado a Cumaná pero ya intuyendo que los abismos se vienen:

             ¿Quién oye en las noches lejanas el grito del mar

Llamando a las madres de los marineros?

Hay estatuas rotas y niños enloquecidos

En la dinamitas terrestres.

 Sí, cabe preguntarse qué escuchó Gaspar a su llegada, qué sonidos del mundo vinieron a él como nuevos y le transformaron el alma. Trató Gaspar de entender este nuevo mundo y lo escribió en sonetos. Cumaná, noche de la nada, lo fue hundiendo, y el sol rabioso del mediodía, la marinería que descansa, el paraíso soñado, el mar de azul templado, fue dejando paso al delirio del afiebrado, al camino perdido, al calor fosco, al hirviente tremedal, a los pejes de faz extraña, a las hablas escondidas, al escondido Dorado, al deslumbrante oro, al bichoroco de dura mordedura hiriente, a las selvas de espanto.

Toda esta tierra es de Gaspar, y no lo es, se ha equivocado.

Comienza así asomarse su delirio, allí en los contenidos sonetos ya empezamos a verlo, a sospechar la ruptura.

Imagine usted que ese soneto es una caja, imagine que mete allí adentro realidad y más realidad, asombro tras asombro, horror tras horror… ¿Qué ocurre? Pues que el soneto comienza a hincharse, a expandirse, a deformarse, a salirse de sus límites. Desde el primer libro, ya la realidad del mundo nuevo comienza a ser insuficiente para aquellos sonetos tan medidos, tan controlados, tan sabedores de su propia cultura. Pero las palabras no se contienen, se desbordan, queman. A Gaspar lo enfermó el ardor de las palabras que pugnaban por romper todos sus ámbitos y comprender y comprenderse.

Ese soneto que empieza a resquebrajarse, a mostrar fisuras, agujeros, es el lugar donde comienza a filtrarse un espíritu ajeno, la voz de un poeta venido del futuro, la voz de Angola, espíritu de la posesión.

Pero, paradójicamente, ya fue dicho un poco más arriba, José Tomás Angola, escribiendo o hablándole a Gaspar, dejará que su personaje le vaya ganando terreno, que su voz y las voces de la tradición, Gerbasi entre éstas, hablen a través de él.

Como Ión, Gaspar canta unos versos que no son suyos. Como Ión, José Tomás Angola escribe poseído por una voz coral que fluye en él como un río. Su mente es una mente ocupada por otras voces: eso es la locura, pero también es la poesía, y también la profecía.

José Tomás Angola ha querido cantar o contar el presente, la Venezuela de hoy. Pero difícilmente el ser humano está hecho para entender el presente. Vivimos en él, nos rodea. El presente no vende escaleras ni distancias. Como bañistas en el mar, estamos sumergidos en él.

Por otro lado, la demasiada realidad del presente está desconectada del flujo de lo sagrado, de los dioses. No obstante, el poeta siempre tendrá sus artilugios. El poeta siempre sabrá salirse, dar la vuelta, alcanzar ese otro tiempo y ese otro espacio necesario para hablar del presente. Esto también, cabe decir, lo hace el narrador. De hecho, es un recurso más frecuente en narrativa. Porque el poeta, por lo general, se vale de las sensaciones para hablar del presente. Se vale, digamos, de un acto mucho más directo de invocación al dios. Pero Angola ha hecho algo distinto a la invocación directa con el fin de revisar el presente, la enormidad del presente que rebasa toda nuestra capacidad de entenderlo. Quizás lo ha hecho precisamente por eso, porque tanto caos de mundo puede resultar dañino si se percibe de manera directa.

Así que Angola ha acudido a las estrategias del narrador. Se ha inventado un personaje o más bien tres, se ha inventado una historia y se ha inventado la poesía de uno de estos personajes. Es decir, Angola ha acudido a la narrativa para hacer poesía del presente.

Pareciera que le hubiera sido tan complejo, tan doloroso hablar de esa enormidad sensorial que es la Venezuela de hoy, que tuvo que acudir a un acto de posesión indirecta. El acto de posesión indirecta, dígase de una vez, es propio del narrador, porque ésta ocurre por medio del personaje. Luego viene la poesía, sin duda, que cuando es verdadera es un acto llevado por voces. Pero en el caso de Los legajos del Marqués la estrategia de aproximación al tema poético (esta Venezuela) es de principio narrativa. El personaje o el heterónimo, son quizás formas de la escritura que nos defienden de una realidad demasiado caótica y compleja de pensar en la que tenemos que andarnos con cuidado, porque los demonios que en ella fluyen están dispuestos a invadirnos por completo, a llevarnos hacia la locura absoluta y sin retorno.

De allí que Angola haya creado a Cristóbal del Hoyo-Solórzano y Sotomayor, el hijo de don Gaspar. De allí que Cristóbal, cervantino en su herencia, sea quien presente los versos de su padre encontrados en hojas leonadas y escondidas en coselete enmohecido.

Por supuesto, don Gaspar, el autor de los legajos, es el segundo personaje, y el principal de este libro. Don Gaspar y su primera persona hacedora de poesía. Pero no contento con esto, Angola crea un tercer personaje, muy sutil, que es el comentarista contemporáneo de estos versos quien, desde su distancia académica, muy necesaria quizás para salvarse del terrible contenido, habla de Whitman, de Mallarmé, de Juan Ramón Jiménez, de Julia Kristeva y Henriquez Ureña, entre otros poetas y académicos. Así de sabroso es el juego de Angola, así de necesaria la protección de las máscaras frente al grandor demoníaco de la realidad venezolana.

Esta tierra siempre ha sido vista con ojos de otras tierras, y ha sido dicha con voces que se sobrepasan a sí mismas. Asistir a la Crónica de Indias es un asistir a una comedia de equívocos. Así lo señaló Uslar. El europeo que llegó acá vio el Paraíso, a unos indios inocentes que cambiaban oro por espejitos, y luego, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró con la real, con una tierra terrible, que intentó contar por medio de antiguas fábulas medievales. Hombres sin cabeza, con ojos en el pecho, hombres con cara de perro, amazonas sanguinarias, imposibles ciudades doradas. El delirio.

Los cronistas de Indias se extraviaron en su presente, y dejaron testimonio de ello en la prosa. Don Gaspar de Hoyo-Solórzano y Alzola también se extravió o deliró estas tierras, pero desde la poesía, y eso le dio un don profético. Porque la poesía es la verdadera profecía. Todo lenguaje que se tuerce supera la convención, el tiempo y el espacio, se vuelve futuro. Mientras mejor retorcido está ese lenguaje, más futuro nos da. O mejor, más atemporal se vuelve. Las profecías, al fin y al cabo, siempre dicen lo mismo: este mundo de mierda es una gran enfermedad que algún día se acabará. No hay profecía bonita, y Gaspar no nos guarda nada bonito en su delirio, a excepción del propio lenguaje.

De modo que José Tomás Angola llama a las voces que se esconden tras los artilugios de la poesía y de la narrativa, y allí, frente a la enormidad de esas voces, como un exorcista, dice: Dame tu nombre, y las voces, esos demonios de voces, le dan su nombre, responden país.

Yo soy el país, le dicen, y soy legión, y soy caos, y soy enfermedad, y soy muerte, el presente que te aplasta y te horroriza. ¿Quieres más? ¿Quieres lagartos, quieres mi cara que es tu cara y la de tu abuelo y la de tu hijo repitiéndose en la fosa del desespero, quieres un río fangoso, cuero seco, tormenta impúdica, enanos que aúllan como monos, larva de la desidia, ejércitos patibularios, garzas muertas, muerte y más muerte? Estas imágenes están en el libro, y al tenerlas se nos antoja tan igual la Cumaná enferma, desolada y sangrienta a este país de ahora donde la mentira cabalga un rocín de cascos rotos. La intertextualidad de este libro, el palimpsesto de este libro es una de las formas que adopta su carácter profético.

Haga este ejercicio. Tomando los versos de Gaspar sobre una lejana Cumaná, venga y diga:

Venezuela es un país de fango de la noche
Venezuela es un país de rubor de inquina
Venezuela es un país que te impregna con olor a azufre
Venezuela es un país que te encorva y saca pústulas en los talones y las rodillas
Venezuela es un país donde la larva de la desidia orada su nicho en tu espíritu
Venezuela es un país donde nada haces como no sea ver el cadáver del vecino
Venezuela es un país donde la mentira cabalga un rocín de cascos rotos
Un país de estiércol vuelto sargento
Un país de ejército de patibularios
La residencia de los malditos, de los enfermos…
Y cito a Gaspar para terminar:

Enfermo estás
como yo
que de tanto vivir
me he puesto malo esperando el sueño.

Bienvenidos a la enfermedad, a la locura y al retorcimiento del lenguaje.

A un presente que de tan horrible, nos suena a profecía de fin de mundo.

Bienvenidos a Los legajos del Marqués, del poseso José Tomás Angola Heredia.

Fedosy Santaella 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.