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El Prócer, por Hensli Rahn Solórzano

Prócer - Hensi Rahm Solórzano 640

Las cosas han cambiado. A pesar de las mediaciones de Nena, me convertí en el villano de la oficina para el coordinador de mi ex unidad. Incurrí en el error de preguntarle por qué, siendo un periódico, nos guiábamos por cuatro cuartillas sui géneris –plenas de errores– y no por un manual de estilo. Así que una tarde peor que otras, me dio la serenata: “Tenemos que hablar”. Bye, bye, empleo fijo.

Mi amigo Goyo escucha el cuento, mientras almorzamos en el centro de Caracas, pero estamos aquí para otro fin. Me incluyó en uno de sus proyectos donde salva al planeta, gana pasta por ello y entonces suena la alarma del despertador. Con una mezcla de orgullo y timidez, me adelanta: “El profesor con que vamos a comer es un personaje”. Se refiere a un viejecillo mal encarado, bandeja en mano, que se aproxima a nuestra mesa. “Secuestró dos barcos. Fue guerrillero”.

Es folclor nacional. Cada familia tiene un terrorista que expió culpas en La Causa. En el argot rojo, esto significa el máximo honor. Algo así como ser un Kurt Cobain de la Historia. Por eso mismo, en el área proliferan los charlatanes recuerdo un bar de Sabana Grande, con unos franceses mareados por un anciano y su supuesta fuga en chalana, igual al plot de la telenovela Kaina.

En fin, estamos en el comedor y El Prócer me da la mano, sus ojos verdes perdidos en el éter. Está como ausente y a Goyo le gusta eso. El Prócer es la esperanza, un link posible con el mecenazgo del Estado. Goyo no tiene un relato con punch para embaucarlo como es debido, así que se despepita a hablar sobre mí: “Éste es músico y escritor. Como usted, que acaba de publicar sus memorias”.

— Escritor, escribidor… farfulla el viejo con desdén. La cuestión es cómo escribir…

— Con papel y lápiz, mi don me fusilo a Salvador Garmendia.

— ¡No hablo de eso! se irrita. Hablo del acto de escribir, chico. ¿Hacerlo de yo, de tú, o en tercera persona? ¿Si escribes en español o en venezolano? Ésa es la vaina, porque esto no es español de España. Es venezolano… y si escribes así, no te entienden allá. ¿Para quién escribes? En una época hice intentos por ser escritor. Intentos serios, pero la vaina es que…

Por obra del cielo, rompe el monólogo una tigra salvaje en licras. La tipa ronronea cerca de los tres y Goyo la retiene. Se ancla a su mano como un sobreviviente ya hasta él se ladilló del ilustre, gracias. Ella bate las pestañas. Con morosidad, se pasa la lengua por la boca. Ejerce su dictadura sobre el sexo débil.

— Hay una actividad allá la chama señala un punto en el paisaje, donde está mi comandante. Y en la tarde hay yoga cerca de la Plaza Bolívar. Necesitamos tu apoyo…

— Claro, claro la calla mi amigo. Estamos pendiente para lo que te conté, ¿eh?

Hay un breve silencio carnívoro. Hasta que ella imita la voz de él:

— Sí claro, lo que me contaste desprende la garra y se aleja con la melena rizada al viento, montada en sus carcajadas.

Goyo y yo volvemos al socialismo real de la comida. Trozos de cerdo en salsa BBQ. Arroz frito. Y verduras en agua de mayonesa. De beber, nestí. Las mesas son hexágonos y los empleados van de gorra y chemise roja. Es un comedor subvencionado, el almuerzo solidario que costaría el doble en cualquier otro sitio. Afuera en la calles, junto al libre mercado volverá la aún más real incertidumbre de la economía. Quizá otras ocho horas de oficina, cuyo pago alcanza si acaso para alquilar una habitación. Y mi vértigo freelance.

¿Es hora de robar un banco y secuestrar dos barcos? Para salvar el mundo sólo hay dos tipos de héroe: guerrero y no guerrero. El primero es el tarambana destructor de Thanatos. Y el otro es una especie de stand up comedy llamado Eros. Goyo y yo nos jugamos el pellejo en el segundo combo: un proyecto, los contactos, la labia. Pero el guerrero de El Prócer no termina de darnos el visto bueno. Al contrario, su voz es la alarma del despertador. Empuña el cuchillo lleno de salsa negra, con los ojos metidos en el más allá. Oh Dios, ahí vamos otra vez:

— ¿…dónde iba? En fin, chico. Siempre echo el cuento de Cioran. Cioran era rumano y escribía en francés… ¿por dónde empezar? Ésa es la cuestión de la vaina… lo que ustedes buscan, ¿no? El otro día oí a Vargas Llosa. No se puede negar que el carajo es bueno. El tipo habla como si estuviera leyendo algo escrito en español de España. Ésa es la cuestión…