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¿Cómo influye la religión en el desarrollo económico en Asia?, por Juan Nagel

Por Juan Nagel | 24 de enero, 2014

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¿Cómo influye la religión sobre las decisiones económicas? A principios del siglo XX, Max Weber fue el primero en postular que el Protestantismo explicaba el éxito del capitalismo a través del fomento de una cultura positiva y emprendedora frente a los riesgos. Desde entonces, los académicos han tratado de estudiar los canales a través de los cuales las creencias religiosas pueden influir sobre las organizaciones y los países.

Es poco lo que se sabe. Algunos dicen que la religión ayuda al desarrollo porque facilita la existencia de derechos de propiedad y sistemas de justicia eficientes. Otros, como Barro y McCleary (2003), encuentran que el desarrollo económico se correlaciona negativamente con la asistencia a los servicios religiosos, aunque su estudio presenta problemas metodológicos que aún se debaten. Autores como Hilary y Hui (2009) encuentran que en los países más religiosos las empresas tienden a estar menos expuestas a fluctuaciones de riesgo, invierten menos y crecen menos.

El mapeo de la profesión de una religión a la posesión de una actitud concreta en la vida, y de ahí hacia cierto determinismo en el ámbito de los negocios, presenta serios retos metodológicos. Esto no impide, sin embargo, que se estudie la mezcla entre religión y cultura corporativa en determinados contextos. Y uno de los más interesantes para ello se da en Corea del Sur.

Corea del Sur es un caso excepcional porque presenta una inusual mezcla de religiones y filosofías –el budismo, el confucianismo y el cristianismo son todos importantes– y a su vez una trayectoria de desarrollo con pocos paralelos en la historia reciente. Y en su libro Korea, The Impossible Country, el autor Daniel Tudor –corresponsal del The Economist– discute cómo la particular mezcla de religiones en Corea del Sur ha afectado la cultura corporativa de esa nación.

El budismo fue introducido en la península coreana en el primer milenio después de Cristo. La concepción budista de la reencarnación ha ayudado a que los coreanos tengan una creencia más fuerte que el promedio en su capacidad para vencer obstáculos y reinventarse. El autor postula que esto hace que la educación continua sea altamente valorada en la sociedad coreana, un legado quizás de la creencia budista del mejoramiento personal como forma de vencer el karma.

Si bien no es una religión per se, el confucianismo es altamente influyente sobre la cultura coreana. En el confucianismo, las relaciones personales se rigen por determinadas reglas jerárquicas. Esto hace que los empleados de las empresas valoren y respeten a los gerentes con mayor experiencia. También influye en que los jóvenes sigan las guías de sus padres en la búsqueda cada vez mayor de oportunidades educativas, lo que se ha traducido en que Corea del Sur sea el país que mejor desempeño tiene en muchas pruebas internacionales de educación.

Cerca de un cuarto de la población coreana es cristiana, en su mayoría protestantes. En las iglesias protestantes, los coreanos aprenden a sentirse parte de un colectivo y esto se traduce en una mejor filiación con su compañía. Las iglesias coreanas son muy vigorosas y los misioneros coreanos son de los más osados del mundo, una actitud que presenta grandes ventajas a la hora de hacer negocios. Además, las iglesias cristianas sirven como importantes redes de negocios y en Corea del Sur se asocia al protestantismo con el capitalismo, ambas cosas importadas de los EE.UU.

Las tres vertientes religiosas que analiza Tudor son todas ajenas a Corea del Sur, importadas de otras tierras. A esta mezcla se añade el “chamanismo” nativo, cuya principal manifestación es la creencia en los espíritus de la naturaleza. El autor postula que esta apertura a los espíritus naturales hace que los coreanos sean pragmáticos, abiertos a otras creencias y flexibles, actitudes que indudablemente ayudan en los negocios.

Es probable que no existan los determinismos entre las actitudes religiosas y el desarrollo de los países. Sin embargo, la religión indudablemente influye en la cultura de los países. La importancia de lo colectivo, la búsqueda del mejoramiento continuo, el respeto a los mayores, la lealtad hacia el empleador y la adaptabilidad pragmática son actitudes que, según el autor, caracterizan a los coreanos y su forma de hacer negocios. Éstas parecieran todas ser actitudes que merece la pena tener, vengan de donde vengan.

Juan Nagel 

Comentarios (2)

Manuel
24 de enero, 2014

¿Se podrá adquirir el libro acá?

Ugo Biheller
25 de enero, 2014

La lectura de la obra de Max Weber “La Ética Protestante y el Capitalismo” manifiesta un directo “automatismo” entre sus planteamientos metodológicos y el tratamiento del tema en examen. Sin pretender determinar generalidades, Weber busca una relación de casualidad del sistema económico capitalista, único en la historia, caracterizado como mercancía que se tranza libremente, sujeta a la mano invisible del mercado. El sociólogo alemán la detecta en el cisma de la Iglesia católica por las posicione teológicas de Lutero y sobre todo de Calvino. Aquí no tengo la pretensión de dar una respuesta analítica sobre este tema planteado por Weber, sin embargo algunas consideraciones las puedo insertar como objeto de debate. El rol de Lutero es de primaria importancia en sede histórica, puesto que su reforma religiosa se enlaza estrechamente con elementos sociales y políticos que cambiaron el rostro de Europa, y de importancia fundamental por la historia de las religiones y del pensamiento teológico. La posición de Lutero sobre la filosofía es completamente negativa, por la desconfianza de la naturaleza humana de salvarse por sí misma sin la gracia divina. Eso llevaba a Lutero de quitar cualquier valor a la investigación racional autónoma. La filosofía para él es vana sofisticaría, y más consecuencia de aquella absurda y abominable soberbia del hombre que se salva solamente a través de la fe. Y Aristóteles aparece en este ámbito la expresión de la soberbia humana. La fe se justifica sin obra alguna, puesto que las actuaciones humanas son malas, solamente la fe salva, del momento que tenemos la teoría de la predestinación en la cual Dios decide quien se salva o se condena. No voy a expresar completamente mi pensamiento a tal delirio de Lutero, pero sin duda su posición determina un cambio radical de la Predicación del Reino de Jesús, sobre todo en la célebre frase: “Amaras a Dios sobre a todas las cosas y al Prójimo como a ti mismo”, pero la posición de Jesús es radicalmente opuesta e inconciliable en el Sermón de la Montaña, dónde afirma que bienaventurados son los pobres, los afligidos, los perseguidos y los justos, que representan, por así decirlo con Benedicto XVI, una autobiografía oculta del mismo Jesús. No estoy convencido que el capitalismo sea el método mejor para el progreso, el cual no siempre representa el paradigma de una civilización, que se basa sobre valores auténticos. A esto en fin para completar el tentativo de “alabar al capitalismo” vemos que las posiciones radicales de Calvino en Ginebra son aún más peligrosas, cuando no solamente instaura en la ciudad suiza una teocracia, aún más afirma que el trabajo y la profesión exitosas son bienaventuradas por Dios mismo, mientras que los pobres deberían, según su teología, malaventurados por Dios. Diametralmente opuesto a lo que enseña Jesucristo. Por cierto esto no significa abogar por un cambio radical de paradigma como ocurre, por ejemplo en Venezuela, dónde vivo, sí pero buscar una distinta opción del hombre contemporáneo. Quiero terminar con algunos pasos del “Evangelium Gaudium” la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, cuyo contenido está perfectamente en la línea de su predecesor Benedicto XVI: “ El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”(Pág. 5) “Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir – no a una economía de la exclusión y la iniquidad – . Esa Economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa.” (Pág. 53)

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