Plano americano

5 películas para ver en Navidad; por Nelson Algomeda

Por Nelson Algomeda | 25 de diciembre, 2014

BAD SANTA 640

BAD SANTA

Niño: ¿De verdad eres Santa?
Willie: No, soy un contador. Uso esta porquería de traje porque quiero marcar tendencia, ¿entendiste?

Willie no se disfraza de San Nicolás para escuchar los deseos de los niños. En realidad, a Willie no le podría importar menos lo que quieran los niños. Su negocio es trabajar como Santa una vez al año en centros comerciales para luego robarlos junto a su pequeño (aunque letal) socio enano Marcus. Detrás de la barba mal colocada y el sombrero rojo habita un exconvicto alcohólico que sólo tiene dos maneras de ser: regodearse en su decadencia y sentirse miserable. Este es el odioso corazón en el centro de Bad Santa, una oda de humor negro a los mentirosos e inocentes que hacen de la Navidad la época de ilusiones y decepciones que todos conocemos.

No basta decir que Willie (Billy Bob Thornton) es un mal Santa, sino que es el peor. Sea insultando a compradores, invadiendo mansiones o teniendo sexo anal en un vestuario, la vida de Willie es una hilera de momentos embarazosos marcados por su incapacidad de mantener la fachada de Santa. Nada de esto es percibido por Thurman (Brett Kelly), un niño rechoncho e ingenuo que está convencido de que Willie es realmente San Nicolás, y quién tras salvar a Willie de ser acosado por un maniático en un bar lo deja vivir en su lujoso hogar, donde sólo habita él y su abuela senil. Thurman no tiene amigos, su padre está de viaje “explorando las montañas” (realmente está preso por malversación de fondos) y es intimidado diariamente por una pandilla de patineteros. El infame Santa no tarda en aprovecharse de la credulidad de Thurman, sin esperar que la propia candidez del niño le enseñará más de una lección sobre el significado de ser bueno.

Sólo dando un vistazo a los creadores de Bad Santa (dirigida por Terry Zwigoff y producida por los hermanos Coen) podemos presumir que esta visión sobre “la época más feliz del año” busca todo menos reconfortar al espectador con la familiaridad de la Navidad; al contrario, la película sumerge las festividades en ácido convirtiendo a sus más queridos símbolos en criminales. Zwigoff ya había tratado con personajes cínicos que entran en conflicto con su entorno superficial y falso (Crumb, Ghost World), y Bad Santa nos invita en primera instancia a ver las convenciones de la Navidad desde el punto de vista del no creyente; pero uno de los grandes atributos de la película es que ofrece la esperanza de redención para incluso el más terrible de los hombres, a partir de la amistad desinteresada de un inocente. Más que en Santas, elfos y renos de mentira, eso sí es algo en lo que vale la pena creer.

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GREMLINS 640

GREMLINS

Kate: Ahora tengo otra razón para odiar la Navidad.

En la oscuridad, un personaje está a punto de abrir una puerta detrás de la cual puede habitar el más horrendo de los seres, pero por curiosidad o mero accidente no puede dejar el secreto en paz. Como espectadores, no podemos dejar de pensar que todas las catástrofes que siguen en esta película hipotética podrían haberse evitado si el protagonista nunca hubiera abierto esa puerta, leído ese libro de magia negra oculto en el sótano, o jugado a la Ouija con sus amigos en medio del bosque. Estar en la espera del descuido que convierta el apacible mundo de la historia en un infierno es uno de los placeres masoquistas preferidos del cine de terror porque explota la ansiedad de que nuestros errores, por pequeños que sean, siempre tendrán consecuencias.

Gremlins se aprovecha de ese miedo para dar rienda suelta a una cómica y anárquica horda de demonios que aterrorizan un pintoresco pueblo en Navidad. Cuando el inventor Randall Peltzer (Hoyt Axton) está en la búsqueda de un regalo para su hijo, se encuentra con un viejo vendedor chino que posee una extraña criatura llamada Mogwai. Randall insiste en comprar el peludo animal pero el anciano se niega, exclamando que se necesita de mucha responsabilidad para cuidar de él. Sin embargo, el joven sobrino del comerciante vende a Mogwai a escondidas, dándole a Randall tres reglas inquebrantables para cuidarlo: evitar exponerlo a luces brillantes, nunca bañarlo y, sobre todo, jamás alimentarlo después de medianoche. Al momento que Randall le entrega a su hijo Billy (Zach Galligan) la criatura con el nuevo nombre de Gizmo, sabemos que es una adorable bomba de tiempo de la cual nacerán cientos de problemas.

El humor y el light horror se mezclan en esta obra producida por Steven Spielberg cuya reputación de clásico blockbuster de los 80 se mantiene gracias a los alocados gremlins, burlones engendros cuya desenfrenada malicia ocasiona estragos en las vidas de Billy, su amiga Kate y el resto del pueblo. Gremlins también ha sido objeto de múltiples teorías sobre su potencial alegórico: en la multiplicación descontrolada de los gremlins, su vulgar comportamiento y origen extranjero la película ha sido analizada como una burla subliminal de la paranoia de conservadores norteamericanos frente a la “peligrosa influencia” de inmigrantes y afroamericanos en el país. Otros la consideran una condena disfrazada a la globalización, donde el autóctono Mogwai es rebautizado como Gizmo y convertido en otro producto más, con terribles resultados. Ambas son lecturas válidas, pero dejan por fuera la simpleza y picardía con que Gremlins se presenta como una fábula navideña moderna, cuyo terror infantil permanece vigente 30 años después de espantarnos por primera vez.

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ITS A WONDERFUL LIFE 640

IT’S A WONDERFUL LIFE

Harry Bailey: Un brindis en honor a mi hermano George, el hombre más rico del pueblo.

Las tradiciones pueden ser, en el mejor de los casos, el elemento clave para unir a familiares y amigos bajo un mismo techo, celebrando una costumbre en común y disfrutándola como ninguna otra. Pero en muchas ocasiones, las tradiciones también pueden ser un verdadero fastidio. Son repetitivas, predecibles y en muchos casos vulnerables al ojo crítico que ha visto el mismo cuadro tantas veces que no encuentra en los bellos trazos nada más que una caricatura ordinaria. La verdad es que puede ser difícil ver lo excesivamente familiar con nuevos ojos; sino, pregúntele a cualquier estadounidense sobre It’s a Wonderful Life.

Uno de los clásicos norteamericanos más amados y conocidos, It’s a Wonderful Life narra la historia de George Bailey (James Stewart), un hombre altruista y bondadoso que en su pequeño pueblo natal de Bedford Falls es considerado un santo moderno. Sin embargo, en la víspera de Nochebuena George se encuentra al borde del suicidio: se da cuenta de las ambiciones que dejó de lado para mantener el negocio familiar (una cooperativa de ahorro y crédito), y entra en pánico cuando su tío pierde los ahorros de la compañía y éstos quedan en manos del villanesco magnate Potter (Lionel Barrymore). George, ebrio y deprimido, decide lanzarse de un puente cuando es interrumpido por Clarence (Henry Travers), su novato ángel de la guardia. Para salvarle la vida y “ganarse sus alas”, Clarence le muestra a George cómo sería el mundo si él nunca hubiera nacido. Si la trama le parece sospechosamente conocida, se debe a las infinitas veces en que ha sido citada y parodiada en otras películas y series, desde Los Simpsons hasta Los Muppets. En Estados Unidos, su popularidad alcanzó el estatus de ritual navideño cuando los derechos del film se hicieron de dominio público en los 70 y cada diciembre transmitían las desventuras de George Bailey y su milagrosa recuperación de fe. Miles de familias adoptaron la tradición de ver la película cada 24 de diciembre, y su constante rotación televisiva a lo largo de los años le ha brindado una inmerecida fama de antigüedad cursi, vista con la misma ironía condescendiente que más de uno profesa hacia las cuñas navideñas de Venevisión.

Un aspecto de It’s a Wonderful Life (y de muchos otros clásicos revisitados hasta el cansancio) es que su notoriedad de artefacto meloso descansa en sus momentos más célebres, cómo la afectuosa línea “cada vez que suena una campana, un ángel recibe sus alas”. Pero estos azucarados momentos de unión familiar y alegría son escasos, ya que pasamos tres cuartas partes de la película repasando el oscuro drama de George Bailey, un hombre amargado por sueños personales que tuvo que abandonar, y quién en sus momentos de mayor desesperación es capaz de maltratar a su esposa e hijos y acabar con su vida. En cada giro del destino Bailey es atado irrevocablemente a ser lo que más detesta: un pueblerino de Bedford Falls, atrapado en el cómodo calabozo de una vida simple y rutinaria. El fallo trágico de George es su incapacidad de ver que sus bondadosos gestos han sido la piedra fundacional de la felicidad de decenas de personas, y su ira ante lo que considera una malgastada existencia sólo es comparable con el alivio que siente al volver a la realidad, y notar que sin él, el mundo no sería el mismo. Esa catártica transformación de odio en amor por vivir sigue siendo el truco de magia central en It’s a Wonderful Life, un enternecedor acto de ilusionismo cinematográfico que continúa sorprendiendo sin importar cuántas veces la hayamos visto.

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 A CHRISTMAS TALE 640

UN CUENTO DE NAVIDAD

“Vivo en constante derrota, pero nací para la victoria”

Las familias pueden ser difíciles. Estar unido a un grupo de personas, a sus terrores y egos en eterna tensión por el sólo hecho de compartir su sangre, puede verse como un estado de locura impuesta y socialmente aceptada, y pocos eventos son mejores para ver este balance de cariño y rivalidad en acción que una reunión en familia. Cada encuentro tiene su propia dinámica al momento de lidiar con los demonios de la casa, pero en el agridulce drama francés Un cuento de Navidad (Un conte de Nöel) hay poco tiempo para la diplomacia en la familia Vuillard: la matriarca Junon (Catherine Deneuve) ha sido diagnosticada con cáncer y sus probabilidades de vivir se reducen a cada momento. Sólo un trasplante de médula ósea puede alargar su vida, y los restantes miembros del clan son convocados a pocos días de Nochebuena para encontrar un donante compatible.

Sólo reunir a la problemática camada Vuillard bajo un mismo techo es de por sí una hazaña. Anne Consigny es Elizabeth, la hija mayor (tras la temprana muerte por cáncer del primogénito, Joseph) que, motivada por un profundo y nebuloso rencor logró exiliar del núcleo familiar a su hermano menor, el impredecible y salvaje Henri (Mathieu Amalric). También está el más joven de los Vuillard, el afable DJ con antecedentes de enfermedad mental Ivan (Melvil Poupaud), su desencantado primo artista Simon (Laurent Capelluto) y Sylvia (Chiara Mastroianni), la pareja de Ivan y eterno objeto amoroso de Simon. Para completar la inestable lista de invitados está el hijo esquizofrénico de Elizabeth, Paul (Emile Berling), la radiante novia de Henri Faunia (Emmanuelle Devos) y el patriarca Abel (Jean-Paul Roussillon), un bastión de dulzura que recibe con nobleza los problemas de todos los demás, a cambio de un último encuentro que tal vez le devuelva la esperanza de mantener a su esposa viva.

El director Arnaud Desplechin maneja lo que parece un potencial episodio de novela mexicana con gracia y naturalidad, manteniendo el melodrama a un mínimo y concentrándose en los intercambios verbales de los padres e hijos, cargados de volátiles sentimientos pero expresándolos con la sabia aceptación de combatientes enemigos que se encuentran años después de la guerra. En una escena Junon y Henri charlan de su desprecio en común con sonrisas en la cara y bebiendo vino en el porche; en otra Elizabeth cuida de la sangrante nariz de Henri tras haber sido golpeado en la cara por el esposo de su hermana. A Desplechin le interesan sobre todo las cicatrices emocionales de sus personajes, angustiados por pérdidas que sólo intuyen y ofensas irreparables. Ante el prospecto de la muerte de uno de ellos los vemos tratar de aplanar sus diferencias y entablar un (irregular) camino hacia el perdón. No es tarea fácil, y como vemos reflejado en la obra infantil que disfrutan los Vuillard en víspera de Nochebuena, sangre será lo mínimo que corra para volver a entablar la posibilidad de reconciliación. Pero no es casual que el drama esté ambientado en Navidad, la época donde rezamos porque nuestros deseos se vuelvan realidad: más allá del manto de locura, enfermedad y decepción que cubre a los Vuillard,

A Christmas Tale es un discreto elogio al poder que tienen nuestros seres queridos de realizar milagros en nuestras vidas.

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THE NIGHTMARE 640

THE NIGHTMARE BEFORE CHRISTMAS

¿Qué lugar es este? ¿Ciudad de Navidad?

En 1982, un joven animador llamado Tim Burton redactó un poema sobre un esqueleto que habita la escalofriante y mágica aldea de Halloween Town. Harto de la rutinaria preparación anual del Día de Brujas, Jack Skellington se aventura en el mundo de una festividad totalmente distinta, Christmas Town, y maravillado por lo que ve decide crear su propia versión de la Navidad. El proyecto se mantuvo como un anhelo privado de Burton hasta 1991, cuando Disney decidió producirlo a través de Touchstone Pictures, una filial que los ejecutivos consideraron más apropiada para manejar un material que consideraban muy “raro”, “oscuro” y “perturbador” para ser auspiciado por Mickey Mouse.

Tim Burton tomó las riendas como productor en jefe y creador de los personajes, enlistó a su amigo animador Henry Selick como director y con un presupuesto de poco más de la mitad de lo que había costado otra cinta animada del estudio, Aladdin, desarrolló The Nightmare Before Christmas, un largometraje sin precedentes en la animación norteamericana que cimentaría a Burton como una de las voces cinematográficas más rentables de Estados Unidos.

Para el momento en que The Nightmare… fue estrenada, Tim Burton ya se había destacado en Hollywood como el director de Batman, película que le dio licencia para expandir su estilo en proyectos más inusuales como Edward Scissorhands y Ed Wood. Su mezcla personal de teatralidad gótica y fantasía kitsch le valieron miles de aficionados ansiosos por devorar nuevas creaciones que tuvieran el sello de Burton. The Nightmare… llegó a recaudar más de 100 millones de US$ en su primer lanzamiento y, aún más importante, le dio la oportunidad a Disney de elaborar una extensa campaña de mercadeo que incluía la venta de juguetes, ropa, artículos de colección, libros y más.

Y eso nos lleva al día de hoy. Burton ya no es un director promesa, sino un nombre de cabecera en el negocio del espectáculo que ha generado los últimos años una legión de críticos desencantados con sus manierismos tan grande como su fiel horda de fanáticos. Para muchos espectadores el día en que Burton hacía películas diferentes parece haber quedado en el pasado; en más de una ocasión he escuchado en el reproche de un conocio las palabras “todas sus películas son iguales”. Mientras que The Nightmare Before Christmas continúa siendo un descubrimiento para niños y jóvenes de todo el mundo, se vuelve cada vez más difícil abarcarla con una mirada nueva que desestime las centenares de veces que hemos visto la cara de Jack en una camisa o en un collage improvisado por una adolescente en Facebook.

Sin embargo, vale la pena replantear nuestro aprecio por el Burton creador de The Nightmare…, un productor talentoso que tuvo el privilegio de contar con el amplio apoyo de los estudios y de la audiencia para continuar elaborando sus versiones en claroscuro de fábulas personales. Uno de los temas de The Nightmare…, también presente en películas como Ed Wood y Big Fish, es el complicado enamoramiento con el arte de crear y narrar historias. El gran dilema de Jack es que su pasión por ser el arquitecto principal de Halloween se desvanece una vez que ha relatado el mismo cuento demasiadas veces, y la falta de una excitante vía de expresión para un personaje de Burton es lo mismo que no existir. Su travesía para redescubrir su verdadera vocación como el Rey Calabaza está marcada por las alucinantes animaciones en stop-motion de Selick y su equipo de producción, la primera vez que Hollywood se comprometía a crear un largometraje animado con esa técnica. Y el mayor tributo que ofrece la cinta está dirigido a la distinguida tradición musical de Disney, elevando el registro emocional de sus personajes a través de composiciones de Danny Elfman como la jubilosa “What’s This?”, la macabra cancioncilla “Kidnap the Sandy Claws” y la nostálgica melodía de “Sally’s Song”.

Este año, con el estreno de un nuevo drama dirigido por Tim Burton llamado Big Eyes (¡sin Johnny Depp!) no sería una mala sorpresa navideña que el director siga los pasos de sus creaciones y explore más allá de su legitimada paleta de extravagancias hacia territorio desconocido.

Nelson Algomeda  Escritor de artículos sobre cine y TV. Editor y fundador de Revista Arepa. Puedes seguirlo en twitter en @algomedista

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