Briceño-Iragorry no se quedó callado; por Elías Pino Iturrieta « Prodavinci

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Briceño-Iragorry no se quedó callado; por Elías Pino Iturrieta

Por Elías Pino Iturrieta | 20 de noviembre, 2017

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La obra de Mario Briceño-Iragorry fue ampliamente reconocida por los venezolanos de su tiempo y ha permanecido por la profundidad de sus reflexiones, en especial sus ensayos contra la dictadura de Pérez Jiménez. En su cruzada contra el régimen militar destacan Mensaje sin destino (1950), Aviso a los navegantes (1953) y La hora undécima (1956), que analizan los retos de una época de declive en letras agobiadas por el pesar. Hoy nos aproximaremos a unos escritos que no fueron del dominio público, a través de los cuales manifiesta posiciones que fueron más descarnadas si se comparan con las que entregó a la imprenta. Habitualmente comedido, el autor es otro cuando comunica sus ideas en cartas para sus amigos.

Uno de ellos es el jesuita Pedro Pablo Barnola, camarada de la intimidad y compañero de empresas de colaboración intelectual. En el Instituto de Investigaciones Histórica de la Universidad Católica Andrés Bello reposa un manojo de las cartas que le envía desde Madrid y Génova. Ahora el historiador irrumpe en el sigilo de la correspondencia para que se conozca mejor lo que entonces vivió Venezuela.

Veamos una primera carta, de 16 de marzo de 1956:

Querido Barnola, no puede usted saber cómo me siento por las noticias venezolanas. Mientras más me llegan, más contristado me pongo. El anuncio de tanta porquería me conduce a estados de postración que hacen temer por mi salud. ¡Qué bajo hemos llegado!

Quince días después, se anima a describir los motivos de su mortificación: “Con qué entusiasmo he escuchado a gente tenida por honesta, haciendo el panegírico de asesinos y de ladrones públicos (…) Eso me duele mucho”. Pero en otras misivas supera la depresión del ánimo, para analizar la situación en un tono que no llega a utilizar en los textos preparados para el público.

En un papel que escribe sin miramientos el 28 de julio, llega a decir:

Michelena pintó a Crespo sobre altiva caballería. Tito Salas pintó a Juan Vicente Gómez. A Marcos Pérez Jiménez no hay animal noble sobre el cual montarlo para un óleo vistoso. Los hoy llamados arbitrariamente “jefes” no son sino meros burócratas de uniforme o comerciantes vulgares adornados de presillas. El ejército actual es una simple expresión de las técnicas para matar, que han perfeccionado los científicos sin escrúpulos, al servicio del imperialismo.

Briceño- Iragorry, como sabemos, no es un líder del marxismo en connivencia con uno de sus secuaces a quien habla sobre el envilecimiento de las fuerzas armadas, o sobre la estatura minúscula del dictador. Pero también sabemos, o deberíamos saber, que fue acusado de comunista por el régimen. En correspondencia de 9 de abril de 1954, toca el tema a través de expresiones lapidarias.

Afirma:

MI comunismo me hace pensar en las críticas que los fariseos hacían a nuestro Señor porque andaba con publicanos. En cambio, hallo que les asiste la razón de motejarme de tal a aquella parte de la sociedad que mira como expresión de conducta cabal los procedimientos de Pedro Estrada.

Aunque no dice cuán grande es la parte que apoya a la dictadura, es probable que se refiera a un sector amplio. Así se desprende de la correspondencia que dirige a Barnola el 28 de julio de 1956. Una correspondencia que debe redactar en medio de la pesadumbre, si tenemos presentes los vínculos del autor con la Iglesia, mantenidos hasta el fin de su vida.

Vamos a leerla:

Venezuela es un caso moral (…) Lo que hoy reina en nuestro país es una farsa de orden, con cuyo apoyo se relaja la conciencia nacional. Este relajamiento, aunque sea duro decirlo, está indirectamente apoyado por una jerarquía y por un clero que, lejos de contradecir la inmoralidad y el crimen circundante, hacen el juego al dictador. Nuestro clero tiene miedo a sufrir y prefiere la mesa abastada y los honores seguros. No son los pastores venezolanos los que dan la vida por sus ovejas. (…) Los nuestros se entregan al materialismo que halaga con obsequios y ambiguas seguridades. (…) Muchos obispos y muchos sacerdotes de nuestra tierra dudan de la palabra de Cristo y buscan, por ello, estar bien con el demonio (…) no parece que rimen con una idea de cultura cristiana el asesinato, la tortura, las cárceles, los destierros, el peculado, el libertinaje, la injusticia, el dolo, el fraude que forman la substancia de la política actual.

En la carpeta que conserva la Universidad Católica, al lado de la misiva, está una pequeña ficha anotada por el padre Barnola. En ella aparecen unas palabras que utilizó doce años más tarde en el templo de San Francisco, cuando ofició una misa en el décimo aniversario de la muerte de quien lo había escogido como confidente. La frase dice: “Pero le hubiera avergonzado quedarse callado”.

Elías Pino Iturrieta 

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