Blog de Jorge Carrión

Bolívar en tiempos de tuits; por Jorge Carrión

Por Jorge Carrión | 2 de enero, 2015

Compartimos con los lectores de Prodavinci el prólogo escrito por Jorge Carrión para el libro El último rostro de Chávez de Albinson Linares, gracias al autor, quien amablemente cedió los derechos.

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Bolívar en tiempos de tuits; por Jorge Carrión 640

Jim Wormold, el protagonista de Nuestro hombre en La Habana, envía a la sede central de los servicios secretos británicos, en la lejana Londres, planos de bombas enemigas. En realidad, se trata de planos de aspiradoras. Porque él no es más que un vendedor de aspiradoras que se disfraza de espía del M15 para costear la universidad de su hija. Algo de ese truco de magia hay en el arte de la crónica: tú lees el texto como si de una bomba de relojería se tratara, pero en verdad consiste en un electrodoméstico, en el resultado de una operación de diseño industrial, de artesanía. La primera lectura debe conducir a una sucesión de pequeñas explosiones, la ilusión pirotécnica; pero la segunda debe revelar los mecanismos que el cronista ha utilizado para construir su artefacto. Todas las crónicas son bombas desactivadas por el artificiero que es la Historia.

En los últimos años hemos cambiado el Big Brother por el Big Data. En el caso de Hugo Chávez esa mudanza ha sido literal: ha muerto el Gran Hermano Venezolano y ha dejado tras de sí una cantidad ingente, ingobernable de información, que sus sucesores ya se encargarán de ocultar y alterar y que los cronistas ya tratan de ordenar e interpretar. Cuando Albinson Linares comenzó a trazar este perfil de un líder seriamente enfermo (contra todo pronóstico: moribundo), se enfrentó a un gigantesco volumen de bibliografía, artículos, entrevistas, videos, tuits, testimonios y puntos de vista. Hay que leer El último rostro de Chávez como un combate cuerpo a cuerpo con todos esos datos. Un combate de boxeo contra un hombre que se convirtió a sí mismo en mito y que presidió la República Bolivariana de Venezuela desde 1999 hasta 2013: catorce años, toda la vida adulta del autor. Un campo de fuerzas en que decenas de viajes por el territorio venezolano y por el cubano, con sus correspondientes entrevistas y lecturas de todo tipo, se van articulando hasta revelarse como una efectiva maquinaria narrativa.

He tratado en vano de escribir crónicas sobre Venezuela en cada uno de mis viajes a ese país. En el primero de ellos, a finales de 2006, dicté un par de conferencias en un taller de crónica al que asistía un joven Albinson, inquieto y contestatario, como tiene que serlo un buen periodista. Tres años más tarde pasé algunas semanas en Caracas y conseguí reunir el material para una crónica que no iba a ser sobre Chávez, sino cómo se representaba a sí mismo (en apariciones públicas, en su ahora sí mítico programa de televisión Aló, Presidente) y cómo era representado por el pueblo, en grafitis de exaltación homérica y en otros de caricatura evidente (como aquellos en que tenía las orejas de Mickey Mouse). De modo que no era tanto una crónica como un análisis de crítica cultural: un nuevo fracaso de dar cuenta de la realidad venezolana o, quizá, un intento de ampliar el campo del género. Lo publicó el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia, junto con un artículo de Alberto Barrera Tyszka que observaba la relación que el Comandante estableció entre política y telenovela. En esa tensión podría leerse este libro: el culebrón de una vida y, sobre todo, de una muerte. Una vida sobrexpuesta, hiper-representada, con horas y horas de grabación en directo; y una agonía –en cambio– en las sombras, plagada de informaciones contradictorias, entre dos países que un hombre, con sus acciones y con su propio cuerpo, consiguió emparentar. Mi última noche en el trópico Albinson y yo compartimos unos rones y corroboré que a la inquietud y a la rebeldía había que añadirle algo que es fundamental para que el buen periodista sea, además, un gran cronista: las lecturas.

Albinson Linares es un gran lector, un lector voraz de todo tipo de literatura, sobre todo hispanoamericana y norteamericana. El último rostro de Chávez es un ambicioso ejercicio de literatura documental, en que la rigurosa investigación periodística se reviste de capas de prosa que recuerdan, entre otros, a Norman Mailer, a Alberto Salcedo Ramos y a Jon Lee Anderson. Aunque las citas de los testimonios tengan mucho peso, aunque las cifras y los datos muestren la severa indagación en los hechos, encontramos en el texto detalles que apuntan hacia la literatura, incluso hacia la poesía. Comparaciones que enlazan la enfermedad con la pasión personal (el cáncer tiene el tamaño “de una bola de béisbol”); adjetivos esperados junto a otros que sorprenden (“el verbo incontinente y abrasivo”, “su voz se proyectó, sonora y ronca”); metáforas que aúnan religión y procesos políticos (“se inmoló en los altares del martirio electoral”); o hipéboles que relacionan el duelo con el calor tropical (“El luto se suda a mares en los pueblos de Perijá”) son algunas de las figuras retóricas que el autor maneja para que la colmena de datos y hechos zumbe al son sabroso de la literatura. Un son cuyo ritmo es marcado por Twitter: el nuevo pulso de la información global.

En una fase previa, este libro se tituló Hugo Chávez, nuestro enfermo en La Habana. Parece ser que Wormold, el personaje de Greene, está inspirado en un espía real, español para más señas, llamado Juan Pujol, alias Garbo. El agente doble que engañó a los nazis, ayudó a los ingleses y fue recompensado por ambos bandos durante la segunda guerra mundial. El héroe que permitió el Desembarco de Normandía confundiendo a las tropas alemanas con información falsa. El escritor de ficción que tejió una maraña de historias, biografías, operaciones, filtraciones y traiciones digna del mismísimo novelista y expía que lo reencarnó en vendedor de aspiradoras. Albinson Linares escribió una crónica sobre ese espía que huyó de la inminente guerra fría para morir en el calor caribeño de Choroní. Como tantos otros textos anteriores a este, su primer libro impreso, se revela ahora como uno de los muchos esbozos que trazó antes de abordar una crónica extensa, que intenta abarcar una vida en el momento de su extinción, cuyo título podría haber sido El crepúsculo de los hombres o, menos ampulosamente, Bolívar en tiempos de tuits.

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Jorge Carrión 

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