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Apuntes sobre “Battle of the bastards”, un capítulo de #GameOfThrones; por Ángel Alayón

[ALERTA DE SPOILER]

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Tyrion Lannister: ¿Tenemos un plan?
Daenerys: Crucificaré a los consejeros. Incendiaré sus flotas. Mataré a todos sus soldados y sus ciudades serán tierra.

Arrasar con el enemigo no es siempre la mejor opción. Desde los tiempos del General Pirro sabemos que no todas las victorias son iguales. Las hay definitivas, pero también pueden ser dolorosas, inútiles o incluso suicidas.

Daenerys pretende acabar con la flota de The Masters y arrasar con sus ciudades. Tiene las armas y la sangre para hacerlo. Tyrion le muestra que tiene una mejor opción: utilizar su poder de fuego para rendir al enemigo y quedarse con la flota que tanto necesita para movilizarse hacia Westeros. A Drogon y sus hermanos les bastó con incendiar un solo barco para sellar la victoria.

El miedo se encargó del resto del trabajo.

La bandera pirata fue un símbolo de batalla, muerte y saqueos durante siglos. Peter Leeson, un economista que ha estudiado el comportamiento estratégico de los piratas, explica que la bandera de la calavera y los huesos era una mecanismo para disminuir la probabilidad de morir en forma violenta. La bandera transmite la información a otros barcos de que se aproxima un barco pirata. Antes de enfrascarse en una batalla, muchos capitanes preferían rendirse y negociar su vida y la de la tripulación. Por lo tanto, la bandera evitaba la violencia y le aseguraba a los piratas una existencia más tranquila. Pero, para que este mecanismo funcionara, la bandera debía estar asociada con firmeza a una reputación: si encontraban resistencia la lucha sería hasta morir.

Tyrion y Gusano Gris permiten que uno de los maestros sobreviva para que le transmita al mundo lo que es capaz de hacer Daenerys con sus armas. Lo hacen con la esperanza de que esa información los ayude a encontrar menos resistencia en su camino al trono. Así Daenerys escuchó a Tyrion y ahora se encuentra en una mejor posición estratégica en su búsqueda de los siete tronos.

El buen líder se reconoce en la calidad de quienes lo rodean. Nadie puede gobernar solo. No bien.

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Ramsay: No tienes los hombres, ni los caballos ni el ejército. ¿Por qué llevar esas pobres almas a la muerte? No hay necesidad de la batalla.

Ramsay calcula y sabe que no le conviene un combate cuerpo a cuerpo contra Jon Snow. “No sé si te ganaría, pero estoy seguro de que mi ejército le ganaría al tuyo”. La batalla, asimétrica, se hace inevitable.

La desventaja numérica de los Stark parece insalvable y uno recuerda aquellos versos populares: “Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Esta vez eran muchos y durante una buena parte de la batalla parecía que los dioses habían abandonado a los Stark.

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Las emociones también son un arma de autodestrucción. Ramsay provoca a Snow al comienzo de la batalla cuando hace que Rickon corra hacia la libertad sólo para ser atravesado por una flecha y así desequilibrar a Jon, quien preso de la ira comienza el ataque en solitario, tomando riesgos innecesarios al dejar atrás a un ejército sin instrucciones.

Sansa lo había advertido: “No lo conoces. A Ramsay le gusta jugar con los demás y tratará de que te equivoques. No hagas lo que quiere que hagas”. Un consejo que fue desestimado por obvio, pero a veces en lo obvio está lo que necesitamos saber. Pronto Snow y su ejército quedaron rodeados por el enemigo en un cerco asfixiante que anunciaba la derrota.

Fue Sansa quien recuperó Winterfell. Lo hizo mucho antes de la batalla de los bastardos. Lo hizo cuando se dio cuenta de que la asimetría numérica en ocasiones es insuperable y le pidió apoyo a Littlefinger y al Lord of The Vales. Es una vieja lección: la capacidad de pensar y anticiparse estratégicamente es un arma formidable.

La suerte de muchas batallas se define antes de que los ejércitos se alineen frente a frente.

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El ejército de Lord of The Vales deshizo el cerco y acabó con el ejército de Bolton, quien pretendió refugiarse tras la puerta de Winterfell. Wun Wun, el último de los gigantes, se encargó de derribar la puerta y así propiciar el encuentro definitivo entre Snow y Ramsay, un encuentro que terminó con el rostro desfigurado de Ramsay en un calabozo lleno de fieras hambrientas.

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Yara y Theon Greyjoy ofrecen sus barcos a Daenerys como parte de una alianza que les permita recuperar el trono de la Isla de Hierro.

Daenerys y Yara son dos mujeres hijas de padres terribles y ambas aspiran a gobernar un mundo dominado, aparentemente, por los hombres. Daenerys acepta la alianza y suma los barcos que le traen Yara y Theon, pero exige como condición que los Greyjoy abandonen su antigua forma de vida: los robos, los saqueos y las violaciones. Daenerys les dice:

“Nuestros padres eran hombres malos. Dejaron al mundo peor que como lo hallaron. No haremos eso. Dejaremos al mundo mejor que como lo hallamos”

Dejar al mundo mejor que como se encuentra. ¿No es acaso esa frase una regla para evaluar el desempeño de un líder político? ¿Es necesario recordar que no debemos evaluar a un político por sus intenciones sino por sus resultados? ¿Hasta cuándo un discurso puede imponerse sobre la realidad?

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Sansa le dice a Ramsay: “Tus palabras desaparecerán. Tu casa desparecerá. Los recuerdos de tí desparecerán”. La promesa de Sansa es una definición de la muerte: la desmemoria, ese momento en el que ya nadie te recuerda.

Ramsay confìa en que sus perros hambrientos resistirán la tentación de comer. “Mis perros de caza nunca me harán daño. Son bestias leales”.

Muchos trataron de encontrar una metáfora política en este encuentro entre Ramsay y sus perros. ¿Hasta cuándo dura la lealtad de los cercanos cuando hay penurias? ¿Cuán fiel a una posición política puede mantenerse un pueblo cuando hay hambre? Son preguntas de difícil respuesta. Kapuściński no es muy optimista:

“Yo creo que la pobreza no es una fuerza revolucionaria: es una situación que convierte al hombre en un ser muy pasivo. La pobreza no solo es material: es también social y psicológica. El pobre no lucha, porque para luchar por algo se necesita poder imaginarse un objetivo, un futuro mejor. Y el que tiene hambre no tiene tiempo ni ánimo para imaginar nada que no sea cómo pasar el día de hoy, de dónde sacar la próxima comida. Por eso esa gente no es capaz de organizarse, de luchar”

La literatura especializada encuentra que la escasez de alimentos es un disparador de las protestas sociales, pero que estas protestas sólo se convierten en eventos significativos cuando existe conducción política. Quizás eso explica el famoso resultado del Premio Nobel de Economía, Amartya Sen: nunca ha habido hambruna en democracia. Tales desastres humanitarios sólo ocurren bajo regímenes autoritarios.

Sansa le recuerda a Ramsay que sus perros eran leales, pero que ya no lo son: ahora mueren de hambre. Y hasta allí llegó Ramsay, esa encarnación del mal en el poder, devorado por sus propios demonios.