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2016: Imágenes del fin de una era; por José Luis Rénique

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Fotografía de The New Yorker.

“Esto —me dijo Ada con gesto grave— me ha chocado más que el 11 de septiembre”. Comparaba, por supuesto, el resultado electoral del 8 de noviembre último con el ataque a las torres gemelas del 2001 que pudo ver desde el departamento en que nos recibe el Día de Acción de Gracias. Desde que el Presidente Lincoln la instaurara —en 1863, en plena guerra civil— como la gran celebración unificadora laica de esta nación surgida bajo la invocación de la libertad de cultos, ha operado el Thanksgiving en el imaginario estadounidense. Más que nunca se atenúa ese efecto hoy, al parecer, ante la polarización prevaleciente. Tanto así que, en los últimos días, un programa radial ha pedido a sus oyentes que propongan “conversation changers” que ayuden a eludir el tema político durante la tradicional cena familiar del tercer jueves del mes de noviembre. Pertinente sugerencia en nuestro caso ante la súbita adición a la lista de invitados de Raúl, un hermano “trumpista” de nuestra anfitriona recién llegado de Miami.

I

Entre vianda y vianda inicio mi primer diálogo con un votante “trumpista” de carne y hueso. Como muy positivo para su negocio de construcción ve el cambio de mando: lo que redunda —subraya— en la creación de empleos. ¿Racista Trump? Ni hablar: mera retórica para llamar la atención de la audiencia. ¿Y su política internacional? Imposible que no mejore —dice— con la infusión de temperamento y mentalidad ganadora que habrá de imprimirle. Única opción, en todo caso, frente a una continuidad demócrata como ruta segura hacia una “tercermundización” norteamericana, ve mi interlocutor.

Eventualmente, un recuerdo de infancia de los hermanos —de sus años de exilio español zafando de la Cuba castrista— sirve de excusa para ventilar la tensión subyacente. Lo deja claro Ada, con una firme sentencia, justo al momento del café: “no me llama la atención que te guste Trump si tanto admirabas a Franco”. Como sintetizando el momento, “hemos vivido en una torre de marfil” me dice Andrés —el esposo puertorriqueño de Ada— camino al ascensor. Como un barquito de juguete se ve, a través del ventanal del piso 43, el USS Intrepid, un portaaviones sobreviviente de Okinawa, instalado en la ribera neoyorquina del río Hudson, convertido en museo naval.

II

Visitamos al día siguiente una recién inaugurada exhibición sobre Cuba en uno de los museos de la ciudad. Como testimonio postrero del multilateralismo de la era Obama puede verse esta muestra. Coincidimos ahí con Rosemary y Ernesto, una pareja de docentes de la universidad donde estudia mi hija. Evocamos con él, un veterano del trabajo internacional del FMLN de los años 80, las masivas movilizaciones en Washington D.C. contra la intervención en Centroamérica, mientras recorremos una sala dedicada a la ciénaga de Zapata. ¿Ayuda la memoria de la era Reagan a imaginar cómo será la que recién se inicia? También él hablaba de recobrar la “grandeza” americana, enterrando para siempre el “síndrome de Vietnam” y la vergüenza de Watergate, desplegando una mezcla de cinismo y arrogancia que con el escándalo Iran-Contras alcanzaría su punto cimero. Como entonces, concluimos, una combinación de “coboyada” y “destino manifiesto” veremos desplegarse en los tiempos que vienen.

Más memorias me incitan las bien logradas escenas del bombardeo de Londres de la película Allied —con Brad Pitt y Marion Cotillard— que vemos la noche del viernes 25. Acaso mi interés por la historia, le comento a mi hija, se remonte a los relatos de aquel episodio que le escuché a inicios de los 60 en el Colegio San Andrés de Lima a un profesor británico que lo había sobrevivido. “¡Verdad que tu naciste siete años después del fin de la guerra! me responde ella. Vuelvo a mirar, desde la otra ribera del Hudson, al USS Intrepid. Suficientemente cerca esta vez como para distinguir, en su cubierta, la estructura que aloja a la nave espacial Enterprise desde el 2012. La ví entonces, desde la ventana de casa, sobrevolando Manhattan, adherida al lomo de un Boeing 747. Uno de esos momentos en que el mito de que esta isla de menos de 60 kilómetros cuadrados es el centro del mundo parece hacerse realidad. El centro de un mundo, vale decir, que es hechura de la llamada “centuria americana”.

III

En clave de vaticinio recuerdo la conversación de 30 horas antes al pasar al lado del edificio de Ada y Andrés al amanecer del sábado 26. Voy de retorno a casa tras despedir a mi esposa que va camino de La Habana a cubrir el funeral del líder cubano. Franco, Trump, Castro: ¿piezas diferenciadas de un mismo compás autoritario global? ¿Absolverá la historia, como pretendía, al legendario comandante de la Sierra Maestra? Entre el odio, la veneración y hasta lo mágico-religioso, sobrevienen los intentos de respuesta.

Que Washington dialogaría con La Habana “cuando los EEUU tuviesen un presidente negro y haya un Papa latinoamericano” había vaticinado Fidel en 1973, recuerda un diario español. Que, corroborando su talento para “leer los tiempos de la política mundial”, había elegido “el momento más oportuno para morir”, observa el historiador mexicano Enrique Krauze. El momento, vale decir, en que, “la llegada a la Casa Blanca de un populista de derecha, racista, adverso a los latinos y desdeñoso de su propia tradición constitucional, podría legitimar, retrospectivamente, a la Revolución Cubana asegurando el pase a la eternidad de su líder máximo”.[1] Desde La Habana, entretanto, su sentir del momento comparte una sencilla mujer cubana: “A pesar de mi dolor por la desaparición física de nuestro gran líder, padre, maestro, intelectual y guía —dice— mis esperanzas por mi patria libre son cada día mucho mayores”. Incluso en Lázaro —balsero, “palero” de Changó, anticastrista irreductible y mi eficiente peluquero por más de una década—, encuentro cierto aire de compunción: “yo, la verdad pensé que este hombre no iba a morir nunca”.

 IV

 Noviembre 9: Imposible dictar clases normales un día como hoy. Hasta en la clase de historia colonial, conversar sobre el resultado electoral me han pedido los estudiantes. Jamás he percibido abatimiento tal. Súbitamente, en este día, esta generación millenial de mayoritario origen migrante, representada por mis alumnos de una universidad pública, ha tenido que descubrir en qué país vive.

Meses atrás, a inicios de la campaña electoral, tuve que pedir compostura a un alumno que en plena clase sostuvo que había que ser muy estúpido para votar por Trump. En Lima, en agosto pasado, Jorge Millones me preguntó si representaba éste un verdadero movimiento de corte racista. Que se trataba —le respondí— de un demagogo histérico que muy difícilmente iba a lograr entrar al mainstream de la política estadounidense. Cómo explicar —como me decía un alumno— que el mapa electoral “haya quedado todito rojo” [el color de los republicanos] y con “algunos puntitos azules” [el color de los demócratas] en las dos costas del país, es la gran interrogante tres meses después. A la periferia parece haber sido arrojado el supuesto “centro del mundo” neoyorquino en que vivimos. Un viaje a la América profunda necesitamos ellos y yo.

 V

 Mucho he recordado en estos tiempos un texto aparecido 12 años atrás: ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense (Barcelona: Paidós Ibérica, 2004).  En el marco de la globalización y ante una creciente inmigración, urgía su autor —el influyente politólogo Samuel P. Huntington— a rescatar lo esencial de la “americanidad”, no como el producto de una “nación de inmigrantes”, como querían los multiculturalistas, sino a partir del legado de los “colonos anglosajones y puritanos”, creadores del marco cultural e ideológico que “americanizó” a olas sucesivas de migrantes. Ahí —y no en los supuestos aportes de todos los “otros”— lo esencial de la nación fundada por Washington. Particularmente urgente dicha definición, ante una migración que, como la mexicana —por su volumen, su concentración geográfica y su historia— se vislumbraba como extraordinariamente dificil de asimilar.

La victoria de Obama, no obstante, pareció relegar al olvido ese tipo de posiciones. Como la vía segura hacia una efectiva integración multicultural aparecía, más bien, su “coalición arco iris” y su seductora “política de la esperanza” que, según un analista, “parecían poner una política igualitaria al centro de la agenda nacional”. [2]Aún así, ni sus victorias ni su carisma alcanzarían a contener el avance republicano a nivel no sólo del Congreso sino de gobernaturas y legislaturas estatales. Señal de un descontento rampante que la recesión alentaba y que dejaba fuera de juego a la “política identitaria” demócrata en beneficio del populismo del Tea Party.

Habría que recordar que ya desde 2010 diversos observadores hablaban de una “rebelión antielitista” en ciernes. [3] Dinámica de la cual el propio Obama, con su estilo profesoral forjado en las aulas de Columbia y Harvard, no alcanzaría a librarse. Una brecha —entre un Partido Demócrata de “profesionales urbanos” de gustos refinados y simpatías culturales “políticamente correctas” y una clase obrera predominantemente blanca, habitada por un sentimiento de creciente marginación— que en las primarias de 2016 Bernie Sanders buscaría conquistar. No a tiempo, sin embargo, para cerrarle el paso a su inesperado competidor “trumpista”.

Hacia los pueblos del “cinturón del óxido” (rust belt) se dirige la mirada de esta Norteamérica que intenta digerir el sismo del 8 de noviembre. Súbitamente, una cadena tras otra envía sus reporteros a recorrer los pueblos del noreste de la nación, ahí donde la globalización ha dejado tierra arrasada —laboral y moralmente—, es preciso enfatizar. De ahí salieron los votos que hicieron la diferencia. Impulsados por esos múltiples resentimientos que en el discurso “trumpista” encontraban —en la línea de la “americanidad” delineada por Huntington— una dimensión redentora. Ante la inminente demográfica redefinición “americana”, para comenzar que, súbitamente, recuperaba la “blancura” como un criterio de unidad: esa vasta “canasta de deplorables” —en palabras de Hillary Clinton— que desengañados con los liberales citadinos de gustos sofisticados y preferencias globalizantes, terminarían por sentirse más cerca de un multimillonario que come Kentucky Fried Chicken en su avión bañado en oro y que les ofrece un nostálgico viaje a un mundo libre de las ataduras de lo “políticamente correcto”, en que los hombres eran hombres y las mujeres sabían cuál era su lugar. [4]

 VI

 El tráfico intenso, el frío polar, la brevedad de los días, el Empire State iluminado de verde y rojo, el retorno a casa cargado de exámenes por corregir. Es lo normal en esta época del año en que la “gran manzana” se reviste de “centro del mundo” una vez más: el árbol navideño de Rockefeller Center y la fiesta de año nuevo de Times Square como espacios simbólicos de un imaginario orden mundial.  De esta engañosa “normalidad” me rescatan, sin embargo, las noticias que recibo a través de la radio. Que desde una pequeña ciudad balcánica (Velos, Macedonia, 45,000 habitantes), por ejemplo, un grupo de adolescentes maneja una especie de centro emisor de los infundios y bravatas difundidos por la campaña Trump. ¿Velos, capital mundial de la post-verdad?[5] Al Kremlin, de otro lado, apuntan las acusaciones, ¡que Trump llama ridículas! de la CIA de “hackeo” al Partido Democrático. Y las noticias de Alepo, para terminar; demostración de en qué medida una perversa yuxtaposición de lo peor de todos los siglos, terminaría siendo esta indescifrable globalización contemporánea. ¿No es acaso la situación siria —como se ha dicho— el clavo final para el ataúd del legado internacionalista de Barack Obama, ganador del premio Nobel de la Paz de 2000?

 VII

 Finales de diciembre. En medio del desconcierto, como una vanguardia juramentada, los multimillonarios sepultureros del último intento fallido de capitalismo con “rostro humano” alistan sus fuerzas para el combate. Fe y voluntad aparecen, del otro lado, como las claves para la acción. A Madrid 1936 recuerda la invocación de un editor del New Yorker: “No permitiremos que el fascismo sea nuestro futuro, pero esta es, de seguro, la manera en que el fascismo empieza”.[6] A la “esperanza radical” del filósofo Jonathan Lear (“un nuevo estado de ánimo diferente al pesimismo o al optimismo, que consiste en tener la capacidad de reinventar el sentido de nuestra existencia cada vez que sea necesario”) invoca, por su parte, el escritor Junot Díaz para una lucha que en la resistencia de los pueblos indígenas de nuestra América encuentra su parangón.[7] Y en un tono más definidamente militante, a “hacer el duelo, resistir y organizarse” convoca la revista The Nation; sin concederle al enemigo, por cierto, la posibilidad de “normalizarse”, de convertir su visión barbárica —aunque legitimada por el voto— en el nuevo standard moral. De las cenizas del “excepcionalismo americano” un “reawakening” o “nueva guerra santa” parece perfilarse en el horizonte. De sus avatares seremos testigos o protagonistas. Toda una era, no solamente un año, parece terminar este frío diciembre norteño.

[1] Enrique Krauze, “Fidel Castro: de aquí a la eternidad” en The New York Times Es, 12-9-2016.
[2] Víctor Silverman, “La América de Obama: ¿quién gobierna?” http://www.academia.edu/3710094/La_Era_de_Obama_versi%C3%B3n_breve_
[3] Peter Baker, “Elitism: The Charge Obama Can’t Shake” en The New York Times [Week in Review], 10-30-2010.
[4] Joan C. Williams, “What So many People Don’t Get About the U.S. Working Class” en Harvard Business Review, 11-10-2016
[5] NPR, “Fake News Expert On How False Stories Spread And Why People Believe Them,” 12-14-2016.
[6] David Remnick, “An American Tragedy” en The New Yorker, 11-9-2016.
[7] Junot Díaz, “Under President Trump, Radical Hope is Our Best Weapon” en The New Yorker, 11-21-2016.

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