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De viaje con Justo Sierra; por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 18 de noviembre, 2017

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“Así nació México, a nivel de su lago circundante y bajo el nivel de los otros lagos de la región; nació sentenciada, como su madre Tenochtitlán lo había estado, a batallar sin tregua con el agua, que penetraría todos los poros de sus cimientos e impediría la circulación de la salud en sus venas. De la ciudad de Cortés iba a irradiar una España americana hacia los mares y hacia los siglos”
Evolución política del pueblo mexicano (1940)

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Cuando visité Ciudad de México por vez primera en el año 2000, uno de los presentes que quería regalarme, en aquellos tiempos anteriores al control de cambio en Venezuela, era un ejemplar de la Evolución política del pueblo mexicano, de Justo Sierra. Me interesaba para los cursos sobre modernización urbana en América Latina desde los inicios republicanos, los cuales impartía en la Universidad Simón Bolívar (USB). Había consultado el clásico del erudito porfirista en bibliotecas y disponía de algunos capítulos digitalizados que pude descargar de internet; pero como lector chapado a la antigua, anhelaba incorporar el libro a mi propia biblioteca. Sin embargo, me fue imposible entonces hallar la edición de Biblioteca Ayacucho en librerías caraqueñas, las cuales ya asomaban el desabastecimiento por venir.

Mientras preparaba mi asistencia al congreso de Americanistas organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el año 2000 – cuando la USB financiaba todavía la participación de sus profesores en eventos internacionales – di por sentado que en México conseguiría el clásico aparecido en 1940, compilatorio de textos escritos en el novecientos. Sin embargo, afanado por la agenda académica y las visitas de rigor en un primer viaje de tan solo una semana a la capital azteca, sólo pude inquirir por la obra de Sierra, sin éxito, en librerías de la calle Tacuba, cercana al palacio de la Minería donde tenía lugar el congreso. Igual suerte corrí con las de Madero, en las inmediaciones del hotel Ritz donde me hospedaba. Tampoco encontré la Evolución en la librería del Palacio de Bellas Artes, e incluso en la mirífica Gandhi, que si mal no recuerdo, se encuentra entre las avenidas Hidalgo y Juárez, bordeando la Alameda Central. Y tan sólo en Porrúa pude hallar una compilación, publicada por la misma editorial de los famosos hermanos, de crónicas reunidas como Viajes, perteneciente a la emblemática colección “Sepan cuántos…”.

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Aunque no me entusiasmó mucho el hallazgo, a mi regreso decidí comenzar el volumen por las crónicas que Sierra tituló originalmente En tierra yankee. Esa ortografía decimonónica, sin castellanizar todavía al bando triunfador de la guerra de Secesión, rezumaba el pasmo continental ante el vecino que se erguía como Coloso del Norte, captado por el sabio mexica en escenas que pronto iluminaron mi pesquisa.

Durante su viaje por Estados Unidos en las postrimerías del siglo XIX, don Justo escuchó, en los clubes y teatros visitados en Nueva York, no solo candentes polémicas sobre la “cuestión venezolana” ante Inglaterra, en la que oficiara la segunda administración del presidente Cleveland, sino también debates sobre la inexorable independencia de Cuba. Rodeado de diplomáticos, hombres de negocios y de letras, el erudito notó, en tertulias de salones y foyers, que la emancipación cubana se asumía como un hecho venidero, inquietando más el futuro estatus de la isla: la mayoría de los gringos pensaba al respecto que la perla negra debía pasar a formar parte de la federación americana. Y por sobre todos los vaticinios, el diputado porfirista avizoró la importancia que los inminentes sucesos cubanos tendrían para consolidar la posición del Coloso del Norte en las Américas todas:

“Si su actitud ha sido hasta hoy reservada y en apariencia correcta, depende de que aquí una preparación para la guerra es más lenta y muy pública; pero, según informes que creo buenos, esta preparación quedará completa en el curso de 98; entonces la amonestación amistosa a España, se convertirá en aspérrima intimación, y el coloso levantará su voz formidable para formular un insolente ultimatum. Y los españoles no pueden forjarse ilusiones; una guerra por Cuba, que empezaría por hacer de Cuba misma la prenda pretoria que asegurase los gastos de la guerra, sería aquí enormemente popular: un puerto bombardeado, una ciudad saqueada, dos o tres centenares de buques mercantes pillados en la mar por los corsarios, son alfilerazos en el cuerpo del coloso; sólo servirían para irritarlo, ni lo desangrarán, ni lo rendirán.”

Resultaron proféticas las palabras de Sierra en vista de los sucesos de febrero de 1898, cuando so pretexto del hundimiento del acorazado Maine, suerte de alfilerazo en su formidable musculatura naval, el coloso arremetió contra la vetusta flota enviada por Madrid, liquidada en una guerra de meses que hundió el imperio español en América y el Pacífico. Envuelta en vientos bélicos, fue sobrecogedora también la impresión de don Justo al visitar el Capitolio de Washington, cuyo domo, “centro de la transformación republicana del mundo cristiano”, le produjo admiración pasmosa, aunque más moral que estética. En la cima de la colina sagrada, contemplando aquella cúpula de omnipresencia laica comparable al San Pedro de Roma para la cristiandad, entre resentido y contrito, inquirió dentro de sí, en aquel momento sublime, la trascendental lección deducible del expolio perpetrado por el ejército gringo en su país hacía medio siglo. Porque no olvidemos que, después de la guerra iniciada en Texas, el tratado de Guadalupe Hidalgo había sancionado en 1848 –mismo año del nacimiento de Sierra– la anexión de California, Colorado, Nuevo México, Arizona y Nevada por parte de Estados Unidos.

Sin desconocer entonces las “iniquidades” sancionadas en ese formidable domo de Washington – desde la exacción a su patria hasta la esclavitud negra por tanto tiempo mantenida – trató don Justo de asirse a la “resignación orgullosa” con la que habría su nación de vivir, como otras latinoamericanas, a la sombra del coloso al norte del río Bravo. Por ello concluyó, como en designio de un modus vivendi para el siglo por venir:

“Admiro al pueblo cuyo centro de gravedad política es el Capitolio; su grandeza me abruma, y me impacienta, y me irrita a veces. Pero no soy de los que se pasan la vida arrodillados ante él, ni de los que siguen alborozados, con pasitos de pigmeo, los pasos de este gigante, que, en otro tiempo, fue el ogro de nuestra historia, como los niños a los hércules de circo. Pertenezco a un pueblo débil, que puede perdonar, pero que no debe olvidar la espantosa injusticia cometida con él hace medio siglo; y quiero, como mi patria, tener ante los Estados Unidos, obra pasmosa de la naturaleza y de la suerte, la resignación orgullosa y muda que nos ha permitido hacernos dignamente dueños de nuestros destinos. Yo no niego mi admiración, pero procuro explicármela; mi cabeza se inclina, pero no permanece inclinada; luego se yergue más, para ver mejor”.

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Allende las cavilaciones políticas concitadas en Sierra por la visita a Washington, me sorprendió encontrar en las crónicas de viaje vívidas postales de otras ciudades americanas trocadas a la sazón en metrópolis industriales. Es un reporte que – comparativo con las urbes europeas y nórdicas adentradas en el mecanicismo social y espacial gatillados por la industrialización – ya había encontrado yo, con diferentes itinerarios y estilos, en las crónicas de viaje de Rubén Darío y Gómez Carrillo, entre otras plumas del modernismo. Muestra de ese periodismo temprano y penetrante son las impresiones de Sierra al llegar a Chicago, a finales del siglo XIX, las cuales prefiguraron los análisis de Georg Simmel y de la escuela epónima de sociología, no por casualidad nacidos en la urbe industrial.

Repantigado en uno de los lujosos Pullman que se deslizaban con sus penachos de humo por los caminos de fierro norteamericanos, el maestro Sierra sintió entonces que arribaba, no a un cerebro o corazón del organismo nacional, sino a una “inmensa víscera, una formidable entraña” de la producción y el consumo. A primera vista, la metrópoli de la carne y los cereales parecía “una Nueva York descascarada de todo estilo, de toda hermosura, de todo color y originalidad”; sembrada sí de algunos fenomenales edificios que “tenían una fisonomía, una presuntuosidad de advenedizos ricos que no dejaba de llamar y hasta de embargar la atención”; lo cual no impidió al visitante insinuar, con sarcasmo, que no se perdería mucho de repetirse el ya legendario incendio de 1871. Con simbolismo histórico y hasta bíblico, Sierra confesó su fascinación por el fuego que arrasara con esa suerte de “Babel de las regiones frías”, a pesar de lo cual el proverbial empeño yanqui logró reconstruirla, con “sesenta mil edificios en treinta años”. Y mediante ese contraste entre la destrucción y el dinamismo recobrado, el autor ofrece otra postal formidable de la mecanizada vida de Chicago, la cual no deja de contraponer al aletargado tempo mexicano.

Enmarcado en ese paisaje edilicio que no dejaba de ser, no obstante su aparente falta de estilo y cohesión, admirable en su ingeniería y dimensiones, el aguzado ojo de don Justo — anticipándose al flâneur de Walter Benjamin y a la Sister Carrie (1901) de Theodore Dreiser — supo captar en la noche eléctrica y expresionista del Chicago comercial y proletario, la trajinada mecanización que apenas llegaba al México porfirista.

“Ya era plena noche, o por lo menos, plena sombra, cuando salimos de allí; las grandes avenidas mercantiles, surcadas por vagones funiculares que manejaban unos hombrones vestidos de hopalandas forradas de pieles, estaban apretadas de gente e iluminadas de blanco y oro por la luz de los focos incandescentes que brotaba a torrentes de los escaparates, y por la que bajaba en amplias vibraciones de las lámparas de arco. Surgiendo sin cesar de las penumbras palpitantes formadas en derredor de los altos cayados de fierro que sostienen los globos eléctricos, a la zona de luz cruda que las bañaba de lividez espectral, o a la que emitían los cristales de las tiendas y las iluminaba de costado, las jóvenes obreras que por millares salían de los almacenes para tomar sus “elevados” o sus tranvías, corrían por las aceras envueltas en sendas capas de paño, con sus canastillas en la mano y los ojos muy abiertos y muy fijos, como si una mano irresistible las atrajera hacia sí”.

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En otro viaje que hice a México en 2007, esta vez invitado a una feria del libro en Xalapa, busqué de nuevo sin éxito la Evolución de Sierra, hallando en cambio una selección de Prosas editadas por la UNAM. Varias de ellas son escritos políticos sobre la historia posterior a la Reforma de Juárez, marcada por el régimen de Porfirio Díaz instaurado en la década de 1880, del que don Justo fuera congresista y ministro. Tal como ocurriría más tarde con los “doctores” eruditos en la Venezuela de Gómez, la controversial ambivalencia económica y social del liberalismo finisecular llevó a algunos de los así llamados “científicos” a apologizar los prodigios de la pax porfiriana para justificar las sucesivas reelecciones del general Díaz, causa de su derrocamiento en 1911. Así lo hizo Francisco Bulnes, congresista y diplomático del régimen, al parangonar, en 1903, el bienestar alcanzado por el porfiriato con la prosperidad del imperio de Octavio: “Ha destruido las dinastías de los caciques, disuelto sus guardias nacionales; los ha privado de sus exacciones; prohíbe que tiranicen a los pueblos, y derrama torrentes de civilización en sus territorios para dejar a aquéllos sin prestigio, para conquistar a la sociedad; ha emprendido, como Augusto, grandes obras materiales que dan trabajo a grandes masas y levanta suntuosos edificios para satisfacer el bienestar, el orgullo y la vanidad de los mexicanos”.

Una apología similar de la tiranía ilustrada aparece en algunas de las Prosas de Sierra, quien fuera ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes desde 1901. Todavía en vísperas del estallido revolucionario, en la calma precedente a la tormenta, dedicó a don Porfirio, en ocasión de inaugurar la Universidad Nacional en 1910, otro panegírico de su pax, forjada sobre ferrocarriles, usinas y mieses:

“Mucho habéis hecho por la patria, señor; hoy el mundo contempla de cerca con qué solemne devoción os habéis puesto al frente de la glorificación de nuestro pasado, que oscuro y triste como es, ha sido aceptado entero y sin reserva por la nación mexicana, para hacer de él nuestro blasón de oro y de gloria. Habéis sido el principal obrero de la paz, la habéis incrustado en nuestro suelo con las cintas de acero de los rieles, la habéis difundido en nuestro ambiente con el humo de nuestras fábricas y os esforzáis con gigantesco esfuerzo en transformarla en frutos que anhelan nuestros amigos ricos, y en mieses que cubran nuestras planicies, regadas ya, con su maravilloso toisón de oro”.

Pero a pesar del tono hagiográfico, el “Maestro de América” –según el título que le otorgaron muchas universidades latinoamericanas– no estaba llamado a correr la misma suerte de otros acólitos del régimen. Fundador de la futura UNAM y promotor de la restauración de monumentos precolombinos, como la pirámide del Sol en Teotihuacán; mecenas oficial de becas en Europa a Diego Rivera y otros miembros de la pléyade artística por venir, Sierra fue tan “usufructuario del porfirismo” como “precursor de la Revolución”, al decir de Abelardo Villegas. A medida que se reconoció la continuidad histórica entre ambos ciclos, la figura de don Justo, aquilatada por su erudición formidable, permaneció incólume y se agigantó desde ambas perspectivas. Con orientaciones pedagógicas más cercanas a Comte que a Rousseau, como ministro promovió tanto la alfabetización y el “laicismo educativo” entre las masas emergentes, como la especialización universitaria; buscó que esta, sin embargo, no estuviera cooptada por el “aristocratismo intelectual” de los cenáculos modernistas o arielistas, donde el mismo Sierra brillara. Por haber sido así un “caudillo cultural”, como lo llamara Enrique Krauze, fue igualmente respetado por los revolucionarios: no solo los miembros del Ateneo de la Juventud –Antonio Caso, José Vasconcelos, Alfonso Reyes– continuaron su obra, sino también el presidente Francisco Madero lo nombró ministro plenipotenciario en Madrid, donde el Maestro de América falleció en 1912.

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En vísperas de otro viaje a la UNAM en septiembre de 2015, finalmente pude ubicar en Caracas un ejemplar de la edición que Biblioteca Ayacucho hiciera de la Evolución política del pueblo mexicano. Ya no tan apurado por leer sobre el período republicano, siguiendo las prisas de mis cursos de quince años atrás, esta vez decidí, como abreboca para el viaje, comenzar por el libro primero de la obra, dedicado a las civilizaciones aborígenes y la conquista. Fascinado por esa “prosa historiográfica” que sintetiza sus “bien musculadas facultades estéticas”, como señaló Alfonso Reyes a propósito del legado recibido por Sierra de Michelet, Renan y Taine, lo que más me sedujo de este primer libro es cómo relata, con detalles eruditos y tensiones novelescas, los entretelones que precedieron y siguieron a la conquista. Y una vez impuesto Cortés como un césar, el día después del suceso épico es captado por la pluma de Sierra en una cotidianidad que no escamotea los trascendentales desafíos por venir:

“Nada limitaba la autoridad del conquistador cuando se irguió sobre los escombros de Tenochtitlán debelada; Cuauhtémoc, ‘el águila caída’, yacía a sus pies, y con el heroico príncipe, todo el imperio federal de Anáhuac; los aliados, que habían sido los instrumentos principales de la conquista, ebrios de sangre y hartos de botín, aclamaban al Malinche y se retiraban en masas profundas a sus montañas o a sus ciudades, llevando por tal extremo grabado en el espíritu el prestigio de los vencedores de los mexica, que, puede decirse, al auxiliar a los conquistadores, ellos mismos se habían conquistado para siempre”.

Influido acaso por aquellas páginas iniciales que de Sierra había leído sobre la visita a Washington, otro episodio de la Evolución que me sorprendió fue el análisis calmo del maestro sobre la guerra con Estados Unidos, desmarcándose tanto del nacionalismo de la historiografía romántica como del antiamericanismo frecuente entre arielistas de su generación. Llevado por su facticidad positivista, el historiador reconoce la inexorabilidad de la cesión de Texas, suerte de “rompeolas” frente al expansionismo yanqui, el cual se aprovechó de los enfrentamientos entre federalistas y centralistas en el México de Santa Anna. De no haber esos bandos propiciado el conflicto con el vecino descomunal, no se habrían perdido algunos de los otros territorios contemplados en Guadalupe Hidalgo; a pesar de lo cual, reconoce don Justo, como haciendo honor a su nombre: el tratado del 48 fue “doloroso, no ignominioso”.

Al comentar estas impresiones sobre la Evolución a los colegas que me invitaran en 2015, se excusaron por no haber leído obra alguna de Sierra, lo cual preferí atribuir a su juventud y formación original como arquitectos. Para que no se sintieran incómodos, les conté entonces la anécdota referida por Villegas en el prólogo a la edición de Ayacucho, ilustrativa del desconocimiento del Maestro de América entre las nuevas generaciones: durante las revueltas de 1968, los estudiantes de la UNAM decidieron cambiar el nombre del auditorio Justo Sierra, insignificante para ellos, por el de Che Guevara. Este último personaje sí despertó de inmediato la curiosidad de los colegas mexicanos sobre mi parecer respecto de la Venezuela socialista. Sonriendo y lamentando la ignorancia de los estudiantes de marras sobre el fundador de su alma máter, me limité a confirmar cuan afortunado me sentía de que el olvidado don Justo me haya acompañado en varios de mis viajes.

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Arturo Almandoz Marte 

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