Artes

Respiración y agonía en el “peso de la noche”; por Miguel Ángel Campos

Por Miguel Ángel Campos | 29 de abril, 2017

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Para Norberto José Olivar, que insistió en convertir una conversación en estas líneas.

La primera vez que leí la frase “el peso de la noche”, así, desgajada, solo tuve evocaciones metafísicas. Cómo podría tener la noche, pensé, una dimensión física, en consecuencia no podía formarme siquiera una imagen de aquel peso. Hoy, tras toda una vida de haber recordado y olvidado la frase, y solo fijada desde la tapa de la novela de Jorge Edwards, cuando debo enfrentarla para verla en su justa dimensión, comprendo que su continuidad y persistencia se debe a un alcance superior a aquello que nombraba, pues aludía sin quererlo,  a lo invisible, todo cuanto pugna fuera de las circunstancias y se asienta en lo rotundo –en este caso en el dictamen intuitivo de una sociedad, de una cultura, un modo de ser. Así, la frase no encierra una metáfora, es metafísica en su honda abstracción.

La dejo aquí de una vez, pues aunque para mí ya no es una frase que deba recordar en el tallado de su sintaxis, sino un hallazgo, una admonición, quiero mostrarla en su remoto vestido, y en la necesidad de enseñarla en medio de mis elaboraciones y juicios, y que acaso alguien pretenda ver fuera de su filiación o pertinencia. “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y quisquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública”, (Diego Portales, 16 de julio, 1832). Cuando la asociamos con la voz que la dice no podemos menos que entrar en el terreno de la valoración de lo salvaje, de la intuición y el instinto, y en claro detrimento de una manera de ilustración, esa de las razones mentales y las frases hechas. Portales es un hombre de negocios y no de altos negocios, más parecido a un mercader de buen gusto que a un negociante público, pero desde aquellos negocios de estanco y aduanas se eleva a la contemplación de la sociedad y en la posición de un hombre de acción que ya no hace negocios, no pequeños negocios. Convertirá la favorecida situación de Chile en la primera mitad del siglo en un experimento que lleva al país a romper con lo que era un destino natural en el resto del continente: caudillismo, lucha de facciones, petulancia de los intelectuales.

Su vida es corta pero tensa, como la frase mítica que produce una revelación  en la interpretación de un continente y su albur político, ella diagnostica y sanciona a la vez, se aparta de la tradición procesal para enunciar desde la remodelación y creación de un objeto, escudriña desde lo práctico lo real sin ceder al pragmatismo. Y ese diagnóstico llega a tiempo, rompe con las consideraciones de la ortodoxia (escuela, religión, instituciones) y apela a una exégesis de cultura y política en su mejor sentido utilitarista. Pero de ella no se hizo un programa, quizás nadie la oyó, y seguramente la mayoría, la generación romántica, la condenó. Y sin embargo, empapó como una energía raigal la vida pública, las maneras del poder y su relacionamiento con lo popular, desde la Constitución de 1833 hasta la alternabilidad absolutista de un Estado que garantiza cuarenta años (1831-71) de ejercicio de un protocolo que servía no a las formas jurídico-formales sino a aquella realidad de la sociedad que duerme en la noche y no es vanidosa ni quisquillosa.

La batalla de Lircay (1830) es un temprano acuerdo que desplaza del poder a los impugnadores de la herencia colonial; militarmente derrotados no son desterrados ni se los expurga, permanecen en aquel orden que debía ratificarse en otra fisiología y donde la disidencia de aquellos pipiolos iba a resultar fecunda, y aun contra su misma voluntad agria. (Un rápido contraste: en 1830 muere Bolívar, ocurre la disolución de la Gran Colombia, Venezuela entra en una fase de disputa sediciosa y violenta, para 1864 tenemos un país arruinado que solo existía en los documentos). De los pelucones queda la continuidad de lo estable, los usos de una comunidad patriarcal que aseguraban la unidad de la tradición en medio de la tentación de lo volátil y la negación del pasado inmediato y con él las figuraciones de lo societario. La conciliadora constitución es solo un ensamblaje de lo viejo con las expectativas de lo nuevo, en ella no se extinguen clases sociales ni se crean derechos sin ciudadanos, y hasta se restablecen fueros que podían espantar a los moderados (y conste que Lastarria y Sarmiento estaban lejos de serlo). Fundar sociedades  o nombrarlas, la transición desmentía aquel espejismo, pero el necesario “gradualismo” ante la ruptura y novedad, recordado por Iván Jaksic y como útil contexto en el prefacio de su biografía de Bello, se estrellaba contra lo políticamente correcto: la Independencia fue obra de una élite ilustrada, de alma jacobina. Aunque temiera hasta el temblor la amenaza de la pardocracia —el caso de Venezuela—, alentada por la Corona en sus aspiraciones de nivelación mediante la compra de prerrogativas.

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Los especialistas han detectado la continuidad de  flujos de  sintaxis entre Constitución y Código Civil, pero en aquel ajuste avanza más que una redacción. Lira Urquieta, por ejemplo, al referirse a cómo Bello encaró la arista de la existencia de los Mayorazgos señala: “La solución consignada en el texto constitucional de 1833 –y en la que tanta mano puso Bello– era ecléctica y algo sibilina”. Y eclecticismo ha debido ser en ese tiempo de América un modo más que político hermenéutico. Era una ordenación centralizada y personalista pero expresada en un formato republicano, iba a encontrarse con unos insumos reales frágiles, si obraba el puro protocolo el orden civil desaparecía. En cambio, los operadores de aquella suprema ley sabían cuánto realismo debían aplicar a su ejecución, la extrema discrecionalidad y libertad de movimientos prevista por los legisladores sirvió como previsión y recato al momento de confrontar realidad y ordenamiento. Pero Bello podía ser risueño cuando se trataba de responder por las razones últimas de una constitución. En un texto, “Constituciones” (1848), publicado en El Araucano, expone elementos principistas para demostrar que sociedad y legislación deben influirse mutuamente, cuando esto no ocurre no se debe a que el texto “no haya salido del fondo social sino porque carece de las calidades necesarias para influir y recibir influencias, de manera que esta acción recíproca modificando a las dos, las aproxime y armonice”. La ley modifica conductas si previamente las ha interpretado, y esto pudiera ser todo un código portaliano.

La mansedumbre, ese “peso de la noche”, el pueblo dormido y un poco indolente, no fue una incitación al abuso y la sobredeterminación de los poderes, esa tentación fue vencida ante la franqueza de la fuerza y el espectáculo de aquellos que debían ser redimidos. La sociedad que Bello encuentra en 1829 es de las más rezagadas del continente: instituciones, administración, expectación civil, corresponden a rasgos primitivos perfilados desde la mínima funcionalidad de la experiencia colonial. Lejos todo parecido con aquella estructura beligerante que se genera en la Capitanía General de Venezuela en el último tercio del siglo XVIII y de donde saldrá una generación deslumbrante. Es casi una comunidad de siervos y señores, un universo agrario donde no hay sino las básicas exigencias entre amos, terratenientes y estancieros, y campesinos feudalizados. Figuraciones del poder, educación como ideal, ambiciones sociales, espíritu corporativo, nada de eso encuentra Bello, y en cambio sí el español peor hablado que el gramático ha oído. Cabría esperar que ese cuadro constituyera el horizonte seguro de la entronización del despotismo y el sometimiento de la vida pública en manos de los primeros avisados. Aquella anarquía posterior a la Independencia, advertida por Bolívar en su reconvención tardía cuando se entera de la partida de Bello, duró solo lo suficiente para ejercitar las diferencias y evaluar las ventajas de construir la república con los haberes de una identidad verificable en la condición de sus modestos grupos sociales.

De la legislación colonial, y su largo uso en los años siguientes, se sirvió Bello para orientar sus codificaciones. Hábitos y necesidades de la población pasiva encajan como al desgaire en sanciones y acuerdos, en otros lugares se intentó vaciar en los proyectos principistas estilos y expectativas que eran ajenos, y a veces hostiles, a la población —así la distancia entre la costumbre y el derecho no se acortó, creó un hiato, hasta hoy, entre acuerdo y acordados. La de 1833 es una constitución cesárea sin César, por las potestades y el señorío que daba al gobernante, pero establecía la elección comicial en los tres ámbitos (presidencia, senado, municipalidad). En ella parece estar resuelto el predicamento expuesto por Irisarri en esa carta a O’Higgins donde le urge, en “tono ligeramente insolente” según Lira Urquieta, a definir la naturaleza del Estado (República, Monarquía, Aristocracia), y en la necesidad de dar conformidad al gobierno inglés en procura del reconocimiento de la nación independiente. En el otro extremo de esta reserva encontramos a Bolívar en 1810: impaciente, en los límites de la imprudencia en la audiencia con los funcionarios del Foreing Office, en una Comisión donde también está el discreto Bello. Aquella identidad no era una prioridad, ni siquiera era un problema real, como el proceso del modelo chileno demostró. Esa Constitución se sostuvo intacta hasta su reforma en un tiempo avanzado, de alguna manera expresaba el alcance de una sociedad en construcción, resumía sus tensiones y carencias y las exponía fuera de la retórica de la excesiva concurrencia política, y si ampliaba los poderes los contenía autorizándolos en una discrecionalidad que descubría en sí misma los riesgos de su uso. Me interesa ahondar, o abundar, en la significación de juicios y conceptos de la frase de Portales: cuál es la justa dimensión de esa noche benéfica, cómo la pasividad y ausencia de beligerancia de los ciudadanos pueden garantizar el bienestar y la ejecución de un proyecto tutor. Es claro que la índole resignada de ese pueblo alimenta la percepción de Portales, en esa cierta modorra que nada escruta él ve una ventaja para la acción de lo redentor. Pero el fondo, el tono de la valoración, tiene su propia conclusión, tal vez sin ironía aunque sí con angustia esta se duele de que sea así: después de todo la noche es la noche, lo oscuro y sin salida, el atraso y una forma de ignorancia que se confunde con la seguridad del que poco o nada aspira. Ese peso siempre será una molestia, la noche contiene aunque no oprima, resulta una carga que evita u omite el conflicto al precio de dejar hacer a los salvadores. La novela de Jorge Edwards (1965) simplifica la carga ontológica en el uso del préstamo de la frase: dibuja una sociedad conformista, sin apuros pero sin grandeza, mediocridad y fracaso enmarcando el futuro como duda. En un pasaje se muestra a alguien que dice querer estudiar filosofía porque eso permite pensar, a esto le responden al socaire, sin llegar a oírlo el aludido: “—¿Para qué querrá pensar tanto?”.

En Chile la gestión republicana y construcción de la nación parece está asociada en un mínimo grado con los letrados y los intelectuales del foro, y esto no ocurrió, por lo general, en el resto del continente. Esa “candente arena política” signada por el venezolano Romero García para identificar un lugar muy estimado por los parroquianos, arrastró a los alfabetizados en un ejercicio de desgaste y tocado de vanidad. Pero sí hubo polémicas, tediosas e insistentes (religión, historia, gramática, nada menos), ese tiempo de fundación fue dedicado a discusiones principistas. Y las encauza el hombre menos dado a litigios y diatribas, Andrés Bello, maestro del ajuste y la cesión. La minoridad de edad de un pueblo resultaba ideal para orientar un esquema de laboratorio y mantenerlo alejado de las chispas de la brasa. Cómo salir de esa noche sin deslumbrarse con la luz del día, cegarse con el sol, bastaba la ausencia de hombres sutiles y quisquillosos para reducir la política a una especie de deber profesional de unos representantes moralizados. Pero ese reposo de la masa debía dar paso a otra actitud, salida de la identificación adecuada del origen del bienestar y la tranquilidad. Aplicada a casi todo el continente la valoración del silogismo portaliano se sostiene en su primera parte. El caso venezolano es distinto, allí ilustración colonial y movilidad civil dan el tono de la Emancipación, el último tercio del siglo XVIII vale por toda una civilización, pero aquellas luces, y sin doctrina del bien público, se convierten con el nacimiento de la República en beligerancia personalista y el apetito de los héroes termina siendo aplastador, la herencia civil de la Colonia se extingue en la degollina igualitarista.

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La noche puede ser constatada desde Colombia hasta Argentina, pero no se la asume como un tiempo de resguardo, se la niega en un afán de exaltar las virtudes de las muchedumbre, esa masa igualmente sin rol protagónico pero utilizada para promocionar una ficción de sociedad. Es la noche y sin reposo y tan solo garantizando el derroche de los militantes de “las constituciones de papel”, como las llamó Vallenilla Lanz. Hasta hoy el espectáculo del continente no puede sino confirmar el aforismo de Portales: no nos liberamos del peso de la noche, mediante la educación que llevaría a las responsabilidades cívicas, pero se puso todo el énfasis de la redención en la toma del poder, se magnificó la “candente arena política”. El silogismo fue invertido, sólo para comprobar su validez, la noche, ausencia de sociedad del conocimiento, se volcó sobre la cosa pública a imponerle al tejido social programas constitucionales irreales, ejecutados por una élite variopinta vanidosa y personalista, y ya no hombres sutiles sino abiertos confiscadores del bien público.

Con la batalla de Lircay y la constitución de 1833 los chilenos parecen conjurar su destino por los siguientes 150 años, y hasta 1973. Las exigencias mundanas de la generación romántica, su repulsa de un orden solvente y sin mayores estigmas, el espíritu de novedad, mucho se parece al escenario de las elecciones de 1970: negación de una tradición de entendimiento, la conversión de la propiedad, todo en un rapto de radicalismo. Y salvando un abismo en la comparación, una esencial: la vanidad de ser la primera democracia que elige el socialismo por la vía electoral.  El ciclo íntimo de Portales lo muestra en una fulguración cuyo alcance contrasta con su breve acción pública y corta vida, el dos veces ajusticiado, este hombre encarna la entonación de los saberes perdidos y el fatum de un destino. Nunca antes fue tan certera la alianza entre el instinto del observador de masas y los solemnes acuerdos de los protocolos públicos (la distancia entre la fuerza reguladora de Portales y la instrucción salvífica de Bello parecía resolverse en una equidistancia práctica de novedad y ortodoxia).  En la primera descarga (1837) parece sellar con su muerte el consenso que llevará a Chile a ejercitar la estabilidad política y el asentamiento de instituciones raras en cualquier otra nación del continente, se consolida el orden social y la novedad surge pausada, fecunda en el seno del oxigenado dogma y el espíritu conservador del país que exorcizó la anarquía. En la segunda descarga, (1973), se contiene la vanagloria y el fantasma de la demagogia igualitaria, pues eso era, un espectro devorador y nunca una fase superior de convivencia, ahora la sangre es donación de las masas que han abandonado el reposo. La noche del resguardo de los puros ha dado paso al día murmurador y donde todos los misterios parecen resueltos: la república franca y una sobrestimación de la democracia electoral, el precio es alto y Portales es ahora un símbolo que no resulta difícil desentrañar, el orden se restaura y la sociedad en convalecencia se salva. Si los exaltados que lo asesinan le disparan a quemarropa en la mejilla izquierda, en el zafarrancho del 11 de septiembre de 1973 una bala de mediano calibre impacta la estatua dispuesta en la plaza frente al palacio de la Moneda, y justo en el tope del pómulo de  la mejilla del mismo lado. Ocurre dos veces, y sobre todo la segunda como tragedia, la comedia no podía sino ser ajena al hombre que representaba una fuerza antidemagógica. (La pesadilla que se vive hoy en Venezuela pudiera verse desde Chile como aquella ilusión que Don Yllán hace vivir al Dean en la alegoría “El brujo postergado”, del Infante Juan Manuel, sólo que para nosotros no es una ilusión, el grado al que ha descendido la condición de la vida allí obliga a dudar de cualquier restitución desde una sanación ordinaria).

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Los nombres de Bello y Portales están atados en una relación de entendimiento, de pensamiento y acción, que no era posible juzgar en su momento, tal vez no hubiera dos personalidades más distintas y opuestas. Temperamento flemático uno, sanguíneo el otro, podría decirse que todo los diferenciaba, desde religión y estilo hasta las maneras personales (uno decía preferir una cueca y la hamaca, otro las horas del invierno en el desván). Los unía el sentido común y la veneración del orden, pero sobre todo el enigma de América, su resolución. Podría decirse sin incurrir en exceso que sobre estos dos nombres descansa lo que sea el diseño y éxito del programa societario chileno y más allá del siglo XIX. “Bello y Portales son como dos columnas sobre las que descansa la república de Chile”, dice alguien (Hugo Montes), la definición resulta sintética y la elección inobjetable. Uno, el sabio formado en la observación de dos mundos, América naciente, Europa regente, maestro de la conciliación y ajuste; el otro, genio de la intuición y paradigma de la ascendencia sobre el poder. Toca a Bello redactar el proyecto de acuerdo de homenaje que el Senado rinde al asesinado, un dejo sentimental descubre el denso afecto, el fondo espiritual de aquella corta amistad: “El Senado llora la noble víctima inmolada por los amotinados; arrebatado en medio de una carrera gloriosa, señalado con servicios importantes a la seguridad de Chile…”  Evaluar la noche y sus posibilidades no es menos emocionante que transformarla en luz del día, ver en la modestia de la mediocridad una concesión, una pausa para introducir la útil tutoría, la enmienda urgente capaz de conservar la inadvertida sanidad, construir desde la paciencia y el relativo solaz el complejo prospecto que redimirá a los simples: quizás podríamos resumir así la proeza de aquellos dos hombres. En el redil de afinidades nos tropezamos con una frase de Bello que parece hermana recatada de aquella otra, si bien no nos deslumbra y corresponde más bien a una integridad de la educación benéfica, retiene del mundo revelado por la portaliana su aspiración transformadora. En ella están los actores de la noche, y la noche misma, aunque nombrada con escándalo, están los operadores de la contención y el resguardo, la élite moralizada, grave ante la desmesura del poder, también el abismo entre los educados y el pueblo desapercibido, incluso hasta todas unas categorías (masa, ignorancia, noche). “Qué haremos con tener oradores, jurisconsultos, estadistas si la masa del pueblo vive sumergida en la noche de la ignorancia” (1836). La segunda descubre un horizonte de trabajo y enmienda, separa y califica para mejor aleccionar, nombra las virtudes en la urgencia de superar confusión y equívocos, los relativismos de la sociedad auroral. Es hija de la ilustración y las filosofías del progreso, de la naturaleza enaltecida. La primera viene en línea directa de la observación oblicua de los sociólogos del recelo, de los cronistas retardados, acechadores, detrás debe estar la monotonía ordenadora del libro de Ercilla.

La mano dura pero nunca áspera de quien descreía de las virtudes del pueblo relajado, modela el uso de unas instituciones nada permisivas y lo modera el espíritu de las mismas normas, la legislación que interpreta y reconduce a la vez. Bello codifica y funda, alecciona lo público desde un saber que se impone mediante el contraste y la conciliación, la sociedad expectante recibe los instrumentos que la preservan de su desconcierto y confiscan la anarquía. Al final de sus días, el mismo año de su muerte, Bello vio aprobada una ley de tolerancia religiosa, era como el resumen de una diligencia de estructuración que remataba en sus aspectos más sutiles. “Bello desaparecía después de dejar sentadas las bases de una democracia social y política, adornada por la guirnalda de la tolerancia, que le otorgaba inconfundibles rasgos, en el convulsionado cuadro que ofrecía la América Hispánica, en la segunda mitad del siglo pasado” (Ricardo Donoso). Portales había desaparecido hacía casi treinta años, cuatro sucesiones presidenciales habían ocurrido en casi absoluta armonía desde 1831, el que había recelado de la “masa” y no se avenía con la demagogia podía contemplar su limpio legado, uno de franqueza y realismo político y clara intuición del alcance de los saberes intelectuales al servicio de una doctrina solvente. La noche quedaba atrás pero el futuro ya no dependería de la tendencia al reposo, más bien de la activa vigilia y hasta del insomnio: de los instrumentos de regulación y las instituciones de representación y práctica de los intereses cívicos. De la educación como disolvente del resentimiento social, del conocimiento como honda sutileza. Todo aquello expresión directa de los objetos de civilización donados por el “compadre” (Como se sabe, Portales era el padrino de María Ascensión, la tercera hija de Bello).

Miguel Ángel Campos 

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