Artes

La frontera quemante de la iluminación // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 25 de febrero, 2017
Detalle de St. Francis of Assisi preaching to the birds, de Giotto di Bondone

Detalle de St. Francis of Assisi preaching to the birds (1295-1300), de Giotto di Bondone

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El monje zen que “carga la leña y corta la grama” interiorizando meditativamente a lo largo del día el contenido del kōan que le propuso su maestro está viviendo la cotidianidad de manera abismal: en la frontera quemante de la iluminación. Para Heidegger existen una manera auténtica y otra inauténtica de vivir la cotianidad: la inauténtica tiene que ver con lo que para él es el “ser” impersonal, la charlatanería, la anestesiante vocinglería social que, al invadirnos, nos sustituye: piensa, actúa y vive por nosotros adhiriéndonos a pautas y comportamientos masificados, gregarios. La cotianidad puede ser el ámbito de la inercia, de la opacidad, de la seducción de la entropía (la irresistible fascinación que ejerce lo inorgánico): el cáncer clandestino y tácito de lo tanático. O, por el contrario, puede ser el espacio de la salvación, si es vivida desde el velar (budista y cristiano), desde la atención, desde la sosegada (no crispada ni compulsiva) decisión de no dejarse arrastrar por la pulsión de muerte. “Dios anda entre los pucheros de la cocina”, afirmaba, como es sabido, Teresa de Avila. Y toda la doctrina espiritual de Teresa de Lisieux se cifra en el intento de encarar el transcurrir cotidiano como una parábola evangélica propuesta a cada uno de nosotros, personalísimamente, por Dios mismo. Los místicos nos enseñan a vivir la cotianidad en clave mistagógica: como una paulatina, acompasada, rítmica introducción al ámbito numinoso del Misterio con el tenemos una cita contraída desde el momento en que nacimos y que nos aguarda siempre, en el último fondo de nuestro abismo interior y a todo lo ancho de la expresividad del mundo.

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La solidaridad no puede, y no debe, ser impuesta. No puede, ni debe, ser una solidaridad vigilada policialmente Al ser vigilada, la pervierte enseguida el resentimiento. Y se transforma en odio.

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Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (2)

Sheyla Falcony
25 de febrero, 2017

Distinguido Poeta, cada vez que leo algunos de sus profundos y espirituales textos, me viene a la memoria aquella frase de Teresa de Lisieux: ¡Me alegra ser pequeña, porque solo los niños, y los que son como ellos, serán admitidos al banquete celestial!. Saludos !!.

douglas
9 de marzo, 2017

El título en inglés de la obra de Giotto ¿no es demasiado? Decía el poeta con porte de jayán Angel Ganivet en la primera de sus Cartas finladesas: “Nada hay más hermoso en el mundo que la llaneza y la naturalidad, y en gran error viven los que se rodean de misterios, que el tiempo se encarga de aclarar y de presentar ante nuestros ojos como envoltura de ridículas vulgaridades. Las ideas que los hombres tenemos deben de ser como piedras, y los cargos que ejercemos como cántaros: ocurra lo que ocurra, debe de romperse el cántaro. Cargos hay muchos e ideas pocas…”. O como dice la Hermione de Racine: “Je n’ai point du silence affecté le mystere…”.

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